martes, 2 de enero de 2007

La Vendee

Un artículo de Vittorio Messori

Ya tenemos aquí el libro aguafiestas, la implacable obra de un joven historiador que ha provocado las iras de la inteligencia francesa, que —suntuosamente patrocinada por François Mitterrand— celebró en 1989 «glorias» y «fastos» de la Grande Révolution que cumplía entonces doscientos años.
Estamos hablando de “Le génocide franco-français: la Vendée vengée”, de Reynald Secher.
Estas terribles páginas tuvieron en su momento algún eco en nuestros diarios, pero la industria «oficial» del libro, que sin embargo va saqueando de todo, hasta lo irrelevante, especialmente del francés, no había encontrado sitio para ellas. Ha suplido esto una nueva y pequeña editorial que —¡rara avis!— no sólo no esconde su orientación católica, sino que de esta inspiración quiere hacer la única base, sin compromisos, de su producción.
Su programa editorial, por lo tanto, prevé la publicación de obras nuevas, originales o traducciones, pero «malditas», o sea rechazadas por la ideología dominante en las editoriales, incluida alguna que ya fue, o aún se declara, «católica». Pero también prevé la recuperación de obras del pensamiento cristiano de los siglos XIX y XX imposibles de encontrar, muchas veces no por falta de mercado, sino por falta de «simpatía» por parte de cierta cultura que se declara «pluralista», «paladina de la tolerancia», mientras está realizando una dura censura ideológica.
Esta nueva editorial, en la fase inicial de su actividad —antes del libro sobre la Vendée, que hemos mencionado y del que hablaremos más adelante— publicó otro ensayo contra-rrevolucionario. Es el panfleto, también aguafiestas, “Pourquoi nous ne célébrons pas 1789”, escrito por Jean Dumont, que en pocas páginas, acompañadas por ilustraciones raras de la época, muestra con vigor e información extraordinarios «los falsos mitos de la Revolución francesa», tal como dice el título de la traducción italiana. En un tamaño y a un precio reducidos aquí tenemos la obra de síntesis que muchos lectores buscaban para aclararse las ideas (en una perspectiva que quiere ser explícitamente católica) acerca de aquella revolución cuyos efectos aún perduran.
Pero vamos a ver ahora Le génocide franco-français, ese libro de Secher que, pese al obstruccionismo realizado por el conformismo «políticamente correcto», ha provocado en Francia una profunda conmoción.
Reynald Secher, el joven autor (nacido en 1955) originario de la Vendée, fue a buscar una documentación que muchos consideraban ya perdida. En efecto, los archivos públicos han sido diligentemente depurados, en la esperanza de que desaparecieran todas las pruebas de la masacre realizada en la Vendée por los ejércitos revolucionarios enviados desde París.
Pero la historia, como se sabe, tiene sus astucias: así Secher descubrió que mucho material estaba a salvo, conservado, a escondidas, por particulares. Además pudo llegar a la documentación catastral oficial de las destrucciones materiales sufridas por la Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los «sin Dios» jacobinos.
En los mapas de los geómetras estatales de la época está la prueba de una tragedia inimaginable: diez mil de cincuenta mil casas, el 20 % de los edificios de la Vendée, fueron completamente derruidas según un frío plan sistemático, en los meses en que se desen-cadenó la furia de los jacobinos gubernamentales con su lema aterrador: «libertad, igualdad, fraternidad o muerte». Prácticamente todo el ganado fue masacrado. Todos los cultivos fueron devastados.
Todo esto, según un programa de exterminio establecido en París y realizado por los oficiales revolucionarios: había que dejar morir de hambre a quien, escondiéndose, había sobrevivido. El general Carrier, responsable en jefe de la operación, arengaba así a sus soldados: «No nos hablen de humanidad hacia estas fieras de la Vendée: todas serán exterminadas. No hay que dejar vivo a un solo rebelde.»
Después de la gran batalla campal en la que fueron exterminadas las intrépidas pero mal armadas masas campesinas de la «Armada Católica», que iban al asalto detrás de los estandartes con el Sagrado Corazón y encima la cruz y el lema «Dieu et le Roy», el general jacobino Westermann escribía triunfalmente a París, al Comité de Salud Pública, a los adoradores de la diosa Razón, la diosa Libertad y la diosa Humanidad: «¡La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo que lamentar ni un prisionero. Los he exterminado a todos».
Desde París contestaron elogiando la diligencia puesta en «purgar completamente el suelo de la libertad de esta raza maldita».
El término «genocidio», aplicado por Secher a la Vendée, ha desatado polémicas, por considerarse excesivo. En realidad el libro muestra, con la fuerza terrible de los documentos, que esa palabra es absolutamente adecuada: «destrucción de un pueblo», según la etimología. Esto querían «los amigos de la humanidad» en París: la orden era la de matar ante todo a las mujeres, por ser el «surco reproductor» de una raza que tenía que morir, porque no aceptaba la «Declaración de los derechos del hombre».
La destrucción sistemática de casas y cultivos iba en la misma dirección: dejar que los supervivientes desaparecieran por escasez y hambre.
Pero ¿cuántos fueron los muertos? Secher da por primera vez las cifras exactas: en dieciocho meses, en un territorio de sólo 10.000 kilómetros cuadrados, desaparecieron 120.000 personas, por lo menos el 15 % de la población total. En proporción, como si en la Francia actual fueran asesinadas más de ocho millones de personas. La más sangrienta de las guerras modernas —la de 1914-1918— costó algo más de un millón de muertos franceses.

Genocidio, pues; verdadero holocausto; y, como comenta Secher, tales términos remiten al nazismo. Todo lo que pusieron en práctica las SS fue anticipado por los «demócratas» enviados desde París: con las pieles curtidas de los habitantes de la Vendée se hicieron botas para los oficiales (la piel de las mujeres, más suave, era utilizada para los guantes). Centenares de cadáveres fueron hervidos para extraer grasa y jabón (y aquí se superó hasta a Hitler: en el proceso de Nuremberg se documentó —y las mismas organizaciones judías lo confirmaron— que el jabón producido en los campos de concentración alemanes con los cadáveres de los prisioneros es una «leyenda negra», sin correspondencia con los hechos). Se experimentó por primera vez la guerra química, con gases asfixiantes y envenenamiento de las aguas. Las cámaras de gas de la época fueron barcos cargados de campesinos y curas, llevados en medio del río y hundidos.
Son páginas, disponibles ahora, que provocan sufrimiento. Pero la búsqueda de una verdad escondida y borrada bien vale el trauma de la lectura.

4 comentarios:

Cruz y Fierro dijo...

Hablando de recomendaciones, para mí el mejor sitio (lejos) en Internet sobre la Vendée es http://gvendee.free.fr/

Saludos

Fernando Rodrigues Batista dijo...

Muy bueno los temas contenidos en el blog, me gusto mucho.

Saludos desde Brasil.

Recomiendo a todos mi blog www.reconquistabr.blogspot.com


Fernando Rodrigues Batista

Etienne dijo...

Quisiera saber cual es la editorial, y donde se venden estos libros, ya que tengo ganas de leerlo. Si me podes responder a mi mail, estebanpincemin(arroba)hotmail.com. Te agradecería cualquier respuesta, eso si no me inultes por que ahí no creo que te agradezca.

Luis de Guerrero Osio y Rivas dijo...

Me atrevo a una crítica sin conocer el libro por lo que ya es costumbre: Debe dolernos que salgan obras excelentes de historiadores por lo demás inconexos, dado lo cual son de utilidad limitada. ¿De qué sirve mencionar La Vendée sin mencionar Irlanda que padeció dos veces la misma política del anatema judío vuelto en su rebeldía y negación de Cristo contra los hijos de Dios? ¿Y el genocidio de la India? La historia enseña por el pasado lo que se proyecta a la vuelta de la esquina, pero aislada no enseña ni proyecta nada. Irlanda padeció dos veces lo mismo, en los siglos XVI y XIX. Bacon llamó "la caza salvaje a los salvajes irlandeses" a la obra de Lord Cecil, su tío. Intentaba nada menos que purgar al rico suelo de Irlanda de su raza irlandesa, y estuvo a punto de lograrlo. "En los bosques,―informa Alice Stofford Green en Irish Nationality sobre la época― los irlandeses hambrientos se arrastraban por el suelo, incapaces de sostenerse en pie, como espectros salidos de sus tumbas; alborozados, como si asistieran a un festín, cuando podían comer algunos berros. Así fueron desapareciendo todos en poco tiempo; y el país, antes poblado y próspero, quedó de repente sin rastro de hombre o de animal." Estas escenas de genocidio del siglo XVI iban a repetirse a fines del siglo XIX en lo que se llamó la Gran Hambruna Irlandesa. La tierra producía, pero el alimento les era negado. Se enviaba a Inglaterra y a donde fuera. Cuatro millones de irlandeses irían a EE.UU., otros serían enviados muertos de hambre a Australia en los llamados Coffin Ships —barcos ataúd— porque el estado famélico de sus ocupantes garantizaba que no llegarían muchos con vida. Los Irlandeses permanecieron siempre firmes en la fe católica por la cual supieron dar la vida hasta la casi extinción nacional y racial. El genocidio de la India lleva el nombre de una compañía, la British East India Company. El estimado oficial británico―solo para Bengala, y el año más crítico― fue de que un tercio de los bengalíes bajo su control, o sea, diez de los treinta millones, murieron de hambre en 1770. No sólo la Compañía, sino sus directivos en lo particular y para su propio peculio se introducían como intermediarios para la mayoría de las transacciones comerciales. Tejedores y textileros eran obligados a vender. Toda competencia fue eliminada paulatinamente al ser obligados los comerciantes a comprar todo a los ‘ingleses’. Los métodos coercitivos de los agentes de la Compañía fueron ‘varios e innumerables’...multas, prisión, flagelación ...Peor sería Rusia bajo el comunismo, 120 millones con una bala en la cabeza. Gorbachov señalaba 45 millones bajo Stalin a sumarse a las pérdidas humanas derivadas de la Segunda Guerra Mundial. En Alemania se habla de entre nueve y medio y trece millones eliminados bajo las tropas de ocupación terminada la misma guerra, la mayoría por hambre. Los precedentes de clara intención por la usura judía son parte fundamental de la historia medieval, y de las numerosísimas expulsiones de judíos haciéndose expulsar de todos lados. Si la información no se enlaza, ¿para que sirve? ¿Estamos al borde del genocidio universal? Eso ya se llama humanicidio y con ostentación de feticidios, homosexuales y armas de devastación nunca antes vistas. Lo que está a la vuelta de la esquina es el Apocalipsis.