domingo, 28 de enero de 2007

La Contrarreforma católica y Santo Tomás de Aquino

E SABE que hoy coexisten en la Iglesia Católica, sin propiamente convivir, dos teologías que, acaso por el peso del inmenso prestigio del Papado romano, no han degenerado aún en dos “Iglesias” contrapuestas. Una, es la de la Iglesia tradicional, la de siempre, la de la Promesa y, por consiguiente, el Cuerpo Místico de Cristo, y que incluye a la Iglesia triunfante y la Iglesia Purgante y tiene al Papa por cabeza visible.
La otra es la Iglesia progresista, que ha roto las amarras con la Tradición, con la Cruz, con el Sacrificio, con los santos, con el Purgatorio, con el infierno (pues sí, la Iglesia también tiene un lazo con el infierno, aunque sea negativo), con el concepto tradicional de Vida Eterna, con la Parusía y con todo aquello que le recuerde su pertenencia al Cuerpo Místico del que Cristo es la cabeza y el Espíritu Santo el alma.
Las actuales circunstancias han acercado peligrosamente al Romano Pontífice a la situación de tener que elegir una de ambas por que, como era previsible, la segunda teología, la progresista, no necesita un Papado, ni un Papa, al cual ve como un lastre a su resuelto camino de secularización y, por consecuencia, no reconoce en la soberanía petrina lo que ella es, una potestad vicaria de Cristo, sino como una mera prelatura de honor que se ha convertido, por arte del birlibirloque, en la mera “vicaría de Pedro”.
La definición dogmática del Concilio Vaticano I sobre la infalibilidad papal en materia de doctrina atinente a la fe y las costumbres, dejó abierta esta llaga sin posibilidad de, acaso, cerrarse alguna vez, por que supuso la irreformable necesidad, no tanto de la existencia del Papado en sí, sino la afirmación de una autoridad magistral única e infalible, como consecuencia de la admisión expresa de un principio teológico superior a la infalibilidad institucional, que sería meramente instrumental, y que tiene que ver con la inerrancia e integridad de toda la Revelación, por causa de la Perfección Divina que la ha dado, que la ha hecho conocer al hombre sin error ni mácula alguna y que así mismo, la mantiene. La Segunda Carta de San Pedro lo expresa con absoluta precisión y claridad:
«Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios. Hubo también en el pueblo falsos profetas, como habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Dueño que los adquirió, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el Camino de la verdad será difamado. Traficarán con vosotros por codicia, con palabras artificiosas; desde hace tiempo su condenación no está ociosa, ni su perdición dormida...»

Una doctrina única, perenne y nada “móvil”, era exactamente lo contrario al sentido mismo del “progresismo”, en el fondo una especie de gnosis de mala cuna, que se iría “perfeccionando” en el tiempo, hasta concluir con la deificación del hombre ... por sí mismo.
La contestación, el desacato, la desobediencia y la más pedestre irreverencia han reemplazado ya hasta las buenas maneras, por que, como decimos, existe una “teología” paralela que ha resuelto prescindir de la roca en la cual se apoya y de la cual bebe su vital licor, y deste modo cesar a Pedro, vicario de JesusCristo.
El Papado, para subsistir —y no decimos esto con un alcance meramente humano o político, sino sobrenatural: para poder mantener Pedro el depóstio que Dios mismo le ha confiado— deberá recurrir a todos aquellos que todavía creen en su sobrenatural investidura y su condición de “dulce Cristo en la Tierra”, puesto que es la Fe, y la Fe verdadera, lo que justifica en primerísimo lugar.
Por lo tanto, el Papado deberá iniciar cuanto antes la Contrarreforma católica que deje intacta la Iglesia después del creciente cisma de 40 años ¡40 años de andar rondando por el desierto, sin rumbo alguno! y cuya profanación de todo lo sagrado no se ha detenido ni ante el Sagrario mismo.
Muchos escritores tradicionales piensan que el esperado acto jurídico liberando la Misa Tridentina o Tradicional, no será más que un modesto comienzo de la contrarreforma; creemos en cambio, que será imposible para Su Santidad dar curso a esta generosa iniciativa (cuanto menos para él, que tiene una formación progresista previa, pero un grande y honrado corazón) sin caer acaso en un mal previsible e inevitable, como sería la desintegración de buena parte de la Iglesia por una suerte de esquizofrenia doctrinal latente, que se hará entonces patente y por lo cual se verá forzado a afrontar una restauración total del orden tradicional, desechando por concomitancia todo aquello que puso a la Iglesia en la presente situación de postración casi total; y corriendo el riesgo, si no lo hace, de permitir que el propio Papado se venga abajo; y con él, toda la Iglesia visible.
El cardenal Daneels, uno de los líderes progresistas más acreditados, ha dicho que no le parece tan temible la restauración de la Misa Tradicional, a la cual él ve como una “locomotora”, cuanto “a los vagones que vienen detrás”, que es la doctrina tradicional restaurada en todo su esplendor de Verdad incorruptible (como recuerda el Príncipe de los Apóstoles en la misma Carta); plenitud y vigor encolumnada tras del Santo Sacrificio de la Misa, aludiendo elípticamente el cardenal Daneels a la infalible eficacia del principio lex orandi, lex credendi, que en la Iglesia no falla jamás. Los progresistas van mucho más lejos que los católicos respetuosos y amantes de la Tradición, al aceptar explícitamente que han creado una nueva teología, o acaso una nueva Iglesia, no tanto a partir de los anfibológicos términos de los documentos del Concilio Vaticano II, sino del Novus Ordo litúrgico del Papa Paulo VI, que lograran imponer en base a un supuestamente proteico “espíritu” del Concilio (al cual Benedicto XVI aludió con certera caracterización como una hermenéutica de la discontinuidad y la ruptura), aunque no en total concordancia con él; aceptan, así, que la nueva Misa, no obstante su indiscutible validez objetiva, constituye un acto latréutico creado por el hombre, mas no es lo dado por Dios mismo, cuyo es, el “secreto” de la eficacia satisfactiva sobrenatural de la Liturgia católica tradicional. En síntesis, aceptan que la nueva Liturgia es grata a los hombres, pero se muestran indiferentes al hecho de que tal vez no lo sea a los ojos de Dios, por que el Dios de ellos no es necesariamente Trinitario, ni semejante al Dios revelado de la Biblia, sino un dios a medida humana que está en todas las cosas que ascienden en el tiempo o en la Historia hacia su divinización, al estilo Rahner; y que por lógica consecuencia, no pediría al hombre que conservase lo que Él, en su Divina Misericordia, ha dado gratuitamente como instrumento latréutico eficaz.
Cada cosa, por el mismo medio que ha sido hecha, es reparada; como la casa —nos recuerda el Angélico, en “De rationibus fidei”, cap. V— que cuando se derrumba, es reparada por la misma forma de arte por la cual fue construida.
Si la Iglesia ha ido desarrollánodose en lo puramente humano (difícilmente escindible de lo sobrenatural, es cierto) en torno a la Misa y la Presencia Real, del mismo modo deberá restaurarse. No hay nada humano que pueda reemplazar ese material de reconstrucción. Si por añadidura, consta que el Papado romano ha sido desde el momento de la Ascensión la garantía de unidad de gobierno y régimen, y la potestad sacramental y magistral por antonomasia, no podría sostenerse seriamente que las modernas teologías, ni las reuniones, ni los entusiastas macaneadores de mesianismos al contado, o los marketineros de la complaciente religión “catostante”, podrían restablecer aquello cuya existencia tan poco les debe.
Por fe, sabemos que no será posible jamás que la Iglesia se pierda; de manera tal que la elección que deba realizar Su Santidad será por fuerza afín, como una necesidad, con la Promesa de indefectibilidad dada por Cristo a Su Cuerpo Místico, de la cual garantía el Papado es, por sí mismo, una clave esencial, aquel mismo material roqueño sobre lo cual fué hecha. Nadie podría derogar el Papado, ni discutirle su Oficio Santo, ni recibirle a Pedro la restitución del depósito cuya custodia le ha sido confiada, salvo Cristo mismo, Quien la ha fundado, y establecido el depósito por los siglos; y nunca hombre alguno. Ni siquiera el Papa.

7 comentarios:

... dijo...

Con todo respeto...
Parece como si hubieran dos bandos: los "tradicionalistas" y los "progresistas". El Bien y Mal enfrentados. A mi no me queda tan claro. Quizá habría que separar entre los que son fieles al dogma y los que no. La misa que es tal, en el idioma que sea, y la que es cualquier cosa.
Creo que necesitamos una Iglesia más livianita, bien fiel al dogma, pero que sea accesible a cualquiera. Que sea atractiva a los hombres porque es el Cuerpo de Cristo y no por sus formas.Donde uno se sienta en casa, porque los católicos son gente que se diferencia por su amor al prójimo y no simplemente por sus ritos peculiares. Es cierto, la forma es importante, pero que pasa con la materia?
Necesitamos cátolicos que realmente crean que Cristo está en la Eucaristía, sea en el idioma que sea. Que realmente quieran seguir a Cristo y hacer su Voluntad. Aunque a veces su Voluntad signifique renunciar a la nostalgia del pasado glorioso de la Iglesia en la tierra y asumir las necesidades actuales.
El problema con muchos progresistas no es que propongan una liturgia heterodoxa, sino que no tienen nada de fe: la Iglesia es simplemente un actor político más. Por lo tanto, cualquier tipo de dogma no tiene importancia.
Solo es una opinión.

saludos

Juan

Anónimo dijo...

Excelente blog,

te recomiendo este:

www.voxclamantistraditio.blogspot.com

Saludos.

Ludovico ben Cidehamete dijo...

Querido Juan:
Ya ha pasado la época en que podía recurrirse a argumentos sencillos para edificar al mundo, por que el Progresismo ha echado sus cartas sobre la mesa (y sobre la Misa) en innumerables ocasiones, y está resuelto a ganar la partida, cambiando la Iglesia de siempre por otra a medida humana. La Pastoral de los obispos franceses de la zona de Besançon de noviembre pasado, las declaraciones casi siempre heréticas del Cardenal Carlo María Martini sobre moral, o del Cardenal Daneels sobre teología, o de los obispos austríacos, o de algunos alemanes, y de infinidad de "teólogos" modernistas que discuten al Papa su carácter, su oficio, su condición, su primado, su autoridad, su potestad sacramental, y miles de cosas más, no nos permiten ir demasiado lejos en los análisis y nos ponen frente al estado actual de una crisis de 40 años de exteriorización, aunque de mucho más añeja raíz.
Auqne sea deseable una Iglesia con fe verdadera, siempre será imposible conocer el estado de la fe de la Iglesia, si no es por medido de alguna de sus manifestaciones exteriores, por la Iglesia no puede juzgar ni conocer la interioridad del hombre, reservada sólo a Dios; y ninguna manifestación tan rica en este sentido como la Liturgia, la acción santificadora de Crsito y Su oración al Padre, repetida por nosotros (y realizada por los ordenados) para nuestro bien.
Lex orandi, lex credendi.
Por lo tanto, la fidelidad al dogma, un asunto en verdad de gravísima importancia, también es reconocible en la forma de rezar, de manera que siempre se vuelve al centro: La Eucaristía, la Presencia Real.
De todo esto se sigue que cualquier discusión sobre qué sería mejor, hoy ya está agotada, después de 40 años de charla neutralizante. Hoy hay que ir a los hechos, pues la palabras resultan estériles, sobre todo cuando se detienen con excesiva morosidad sobre el estado (interno) de la Iglesia y no hemos recuperado todavía la capacidad de salir de nuestros propios dramas hacia el mundo, para catequizarlo, como los santos misioneros del pasado, por que hemos perdido nuestra identidad patriótica.
El Progresismo, quisiera instalar al hombre en el mundo cómoda y definitivamente; la Tradición (si se nos permite llamarla así) advertir al hombre que el mundo, el demonio y la carne son sus enemigos jurados.
La Tradición, afirma que Cristo deberá llegar en el último instante de nuestras equivocaciones para sacarnos del pozo total en que nos meteremos por, precisamente, desoirLo tanto tiempo. El Progresismo, sencillamente no tiene sentido escatológico alguno, por que no cree en la Segunda Venida.
Repase los "intérpretes" modernos del Apokalypsis y verá lo que venimos diciendo.
Y el problema (como el problema del ecumenismo, según dichos de estos días de Benedicto XVI) es que estas antinomias son insolubles tal como se las quiere plantear: O ellos (los progresistas y todos los demás equivocados) vuelven al seno de la Tradición, o nada ... no hay Iglesia.
La Liturgia, decía Monseñor Gamber, es como una Patria, en la cual debemos reconocernos hijos de Dios y herederos del Cielo. Más allá de las legítimas variedades no pueden coexistir "liturgias" que sencillamente desprecien a Cristo, centro de toda la Creación, con las que lo tienen como verdadero Dios y verdaderamente presente en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en el Altar, por la eficacia del Sacramento.

De allí nuestra cita de la sentencia de Santo Tomás (como justo homenaje a su día, además), que nos indica que las cosas se deben reconstruir del mismo modo por el cual han sido hechas; sólo se recuperará la aptitud para salir al mundo a discutirle su maldad, cuando recuperemos nuestra identidad católica; y esto sucederá cuando reconstruyamos nuestra ciudadela interior, por los mismos medios con que el Espíritu Santo construyó la Iglesia en sus comienzos.
Toda innovación está llamada al fracaso, como prueba el mismo caso de la Misa Nueva, a partir de la cual, y pese a las posibles buenas intenciones del Papa que la promulgó, se agravó la situación de la Iglesia hasta su casi total extinción presente, como advirtió ése mismo Papa apenas dos o tres años después de librarla al público; desengañémonos: la gente no va a Misa ni siquiera en los "países católicos" y salvo algunos reductos de piedad que Dios quiere conservar ¿Dirá Ud., acaso, que no es así?

Como verá, pues, coincido con Ud., pero trato de ir más al fondo todavía en la búsqueda, no de las cosas que agradan a los hombres, cuya exaltación no nos ha favorecido, sino en aquellas cosas en que, probadamente, Dios se ha visto agradado.
I. D.
L. b-C.

... dijo...

Estoy de acuerdo en muchos puntos, pero no me convence la dialéctica progresismo vs. tradicionalismo. Pero respeto que usted piense asi, y supongo que estará convencido de ello.
¿Cómo se entiende este saludo de Benedicto XVI por la muerte del Abbé Pierre, un exponente del progresismo católico?
http://aciprensa.com/noticia.php?n=15475&PHPSESSID=a5dd3aded14ff40e1adc36f5e1e35a41
¿Un simple formalismo?

Ludovico ben Cidehamete dijo...

Apreciado:
Lea la última página del último capítulo del libro "De la cábala al Progresismo" del P. Julio Meinvielle, y comprenderá inmediatamente por qué sucede lo que Ud. dice. Por de pronto, verá que el artículo indica la progresiva necesidad del Papa de definirse, aunque lo haga lentamente, a favor de una u otra tendencia; lo cual significa que ya coexisten, y no que a nosotros parece que existan.
Por lo demás, a lo que nos referimos es a una definición doctrinaria, no humana, que deje afuera a todo aquel que alguna vez militó en el progresismo. Este tipo de chapucerías se las dejamos a los progresistas. Por nuestra parte, mantenemos el sentido cristiano de toda lucha, que culmina en el Reino de los Cielos sin excluir a nadie que, de corazón, desee quedar dentro.
L. b-C.

... dijo...

Bueno, voy a ver si consigo el libro del Padre Meinvielle. Ya que estamos, dejo un artículo para leer y pensar...
http://www.atrio.org/?p=207

Ludovico ben Cidehamete dijo...

Apreciado anónimo:
Leeré el artículo. Ya lo encontré.
Gracias
L. b-C.