martes, 25 de diciembre de 2007

Himno de laudes

Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal,
ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un cielo en la tierra
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo!


lunes, 3 de diciembre de 2007

Adviento, tiempo de penitencia

El cacique Coromoto, jefe indio venezolano enemigo de la Religión, fué envenenado por la mordida de una serpiente; moribundo, se le aparece la Virgen Nuestra Señora y le dice que pida el Bautismo, que sanará y será Apóstol. Coromoto murió muchos años después de vencer la picadura de la Serpiente con la ayuda del Cielo, en plena vejez, convertido en un Apóstol para su pueblo.
La Virgen de Coromoto es la Patrona de Venezuela

CUANDO los resortes del fraude y el engaño no están todavía debidamente aceitados y utilizados, la gente en general, si puede y hay por qué o quién, elige bien. Así pensaba Castellani de la democracia; así lo creemos nostoros también.

El golpe venezolano de ayer, primer Domingo de Adviento en el Rito ordinario, ha sido un rotundo desmentido a los infundios de la zurda, el indigenismo ideológico y el progresismo paquete y, aún, para el marxismo ortodoxo (que como podrán leer aquí, escapa del perdedor caribeño a toda la velocidad que da su silla de ruedas moral) que se postulaban como la única y mejor alternativa política para el desastre de lo que ellos llaman despreciativamente, al modo anglosajón, “Latinoamérica”. Su desprecio olímpico a la noble cuna de América, la bien donada, a su fundación católica y castellana, les brota de odio y resentimiento y asoma cada vez que un país americano rechaza la ideología después de haber aceptado, o algo así, al hombre; después de todo, su patrón odia desde el principio de los tiempos ¡qué más pueden hacer sus corifeos de ahora! Así que el zurdón Chávez, pese al auxilio invalorable de Juan Carlos de Borbón y de Estados Unidos, que comedidamente se prestaron a hacer notorio su jueguito de “Patria—Antipatria”, demostrando además que, efectivamente, son socios, ha perdido la guerra en pro del socialismo bolivariano (hemos oído muchos insultos y denuestos contra el Libertador; pero este sí que es nuevo...), que no es otra cosa que una vuelta más de rosca hacia la concreción del ideal progresista o neoliberal, o “neocon”, como dicen agora, esto es: un bolsillo liberal y una cultura marxista.

Es innegable que Hugo Chávez representó, en algún momento, una ilusión para Venezuela; pero rápidamente fue captado por el progresismo (una especie variable y proteica de la social democracia clásica) y su discurso ramplón, castrista, irrespetuoso, impío y atropellador, lo llevó al pozo. No menos que su soberbia, al pretender quedarse con Venezuela en un puño por medio de una reforma constitucional que ha sido el escándalo de toda América.

Desde Fernando VII, América, en cuanto ha podido y le han dejado, ha sido fiel a su consigna: “¡Viva el Rey católico, mueran los malos gobiernos!”, y esta regla, o la que implícitamente se puede extraer de ello, es lo que han ignorado casi todos los mandones locales desde hace dos siglos, fieles a concreciones o hechuras más de ideas foráneas que a sus tradiciones patrias, y cuya expresión más elemental es, a saber: Que se puede amar a los hombres y aún decírselo, pero que ello no es promesa ni aseguramiento de goces de alcoba: el terreno ganado, no es terreno conquistado. Aquí, a la gente no le gusta que le tomen el pelo, que la engañen o, como proclamaba un sabroso personaje de la televisión mexicana antes de iniciar su venganza: “¡Se aprovechan de mi nobleza ...”. En las recientes elecciones argentinas, más del 30% de los convocados no fue a votar o aniquiló su voto, demostrando que consideraba un fraude la elección: “¡mueran los malos gobiernos”!, de manera tal que los candidatos triunfantes no podrían esperar un apoyo de más del 25% de los electores. Y éste, aún, condicionado a la buena marcha de las cosas públicas, algo imposible de lograr para cualquier gobierno partidocrático que, por defecto de cuna y por inercia electoralista, aquello para lo cual es expresa y absolutamente ineficaz es, justamente, la política.

Chávez representa —en su forma más modesta— la fatal unión del liberalismo cruel y despiadado con el marxismo homicida, ladrón y desvergonzado, esa última etapa del ataque contra el Trono y el Altar desatada a los pies de la Santa Cruz y que hoy, a falta de nombre con que bautizar este esperpento, llamamos “progresismo”.

El médico de Estagira

Para ser completamente sinceros, no dejaremos de recoger la pena que nos da la frustración de lo que pudo ser una esperanza de verdadero buen gobierno en alguna de las Américas. Chávez no fue elegido por Dios para eliminar la Religión, la propiedad, la familia, la patria potestad, el tipo de cambio, el uso del suelo o el sistema métrico decimal, que son todas cosas que un gobierno, salvando las esenciales diferencias entre unas y otras, no tiene derecho alguno a toquetear; y que se toquetean cuando, precisamente, no se sabe ordenarlas, demostrándose así la falta de capacidad política más elemental. Aristóteles seguirá enseñanado, hasta el fin de los tiempos (que ojalá lleguen de una vez) que el bien común más excelente es la diversidad, asunto que, tangencialmente, toca S. S. Benedicto XVI en su reciente Encíclica; de la cual algo diremos, si Dios quiere. Y por lo tanto, toda tendencia a la uniformidad (lo contrario de la unidad) es antinatural, impolítica y resistida por los pueblos. Y por los Cielos, que la crearon.

Se inicia, pues, este tiempo de Adviento con una buena noticia y un acto de la Misericordia Divina. La primera, la novedad de la derrota de las pretensiones injustas de Hugo Chávez para nuestra bienamada tierra venezolana, la “pequeña Venecia” americana. Lo Segundo, la posibilidad de que él mismo, si quisiera tener pasta de héroe, arrojase su camisita colorada al basurero de donde jamás debió tomarla, gobernando su país para Dios y para el bien dellos mismos, que para eso es un Gobierno —bueno. Y se ganase así el Cielo.

Por desgracia (para él, mucho más que para Venezuela, pues la naciones pagarán sus pecados en esta tierra, pero sus gobernantes ...) no nos parece probable, y ni siquiera tendrá la oportunidad de meditar bien estas cosas de las que tanto depende. Pues ni Estados Unidos (que sostiene Venezuela y a Chávez con publicidad en contra y la compra de TODA la producción petrolera caribeña) ni los ideólogos del marxismo revanchista y resentido (que le escriben sus libretos) se lo permitirían fácilmente.

Adviento, pues, es tiempo de estrecha y observante penitencia, más para unos que para otros.

Decirlo, lo podemos hacer y lo estamos haciendo; pero saber aprovecharlo no depende de nosotros.

Pero en una désas, se le aparece la Virgen otra vez.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Tres escritores

León Bloy

EN los ardores laborales del final del año y a caballo de triquiñuelas electorales que parecerían ensombrecer el futuro de los hispanohablantes, pasó en noviembre el anivesario 90 de la muerte de León Bloy. Al socaire de una simpatía que deja en la penumbra toda buena razón a favor o en contra, Bloy se nos aparece como una contrafigura hecha de la misma materia que otro grande de las letras y la fe: G. K. Chesterton. ¿Por qué unir sus nombres? El ser contemporáneos no lo explicaría con suficiencia; ser defensores de una Fe hallada, en el primero, a golpes y rudamente; y en el segundo, con la firme placidez de un viaje al puerto seguro, marcaría todavía más diferencias de las convenientes para permitir unirlos en algo común. Sin embargo, resulta que las paradojas del inglés y los fenomenales arrebatos del continental, los unen por el extremo del absurdo como instrumental con que, cada uno con su estilo propio, juzgó el rumbo del mundo, se diría casi de la misma manera, exacta, precisa y nada optimista. Si uno acentuó el optimismo sobrenatural apelando al fin último del hombre, el otro no tuvo más remedio que impugnar la hipocresía de un mundo que no estaba preparado para ese fin, sino que,más bien, se alejaba dél a la velocidad de la luz ... o de las tinieblas, que —seguro— es directamente proporcional a la de la luz.

No era una consecuencia, solamente, de dos temperamentos diferentes, sino el resultado de dos vidas diferentes: Al gordo de Beaconsfield la paradoja le resultaba congenial, una humorada divina de la cual el hombre, cuanto más quisiera librarse della, más sufría su asedio; algo así como un remedio con cuyo uso solamente era consentido salvarse y nunca perderse, salvo traicionarlo. Maestro indiscutible de la paradoja, Chesterton jamás cayó en esa segunda natura del género que es el cinismo, como Bierce, o Shaw o Wilde, que intentaron cultivarlo sin desentrañarlo. Bloy vivió en una paradoja desde su nacimiento; el fué una figura paradojal: Era un príncipe obligado a vivir como un plebeyo en un mundo ramplón y atorrante en el cual no valía la pena ser príncipe ni atorrante; él, que había sido creado para dar a manos llenas, debía pasársela mendigando a cada instante. Escribía por amor, exclusivamente, y no por cálculo ni por placer, como cuando tuvo que desalentar a un novel escritor a quien no quería ofender, pero tampoco traicionarlo encareciendo un talento fementido. ¡Dios mío, que poco placer tuvo en escribir ciertas cosas!

—¡Usté macanea! Todo el mundo escribe al fin y al cabo por placer, por que nadie hace nada que no lo de algún placer, como dijo el gran fon Misesss dice el editor interesado.

En parte es cierto, a condición que nos pongamos de acuerdo sobre qué es el placer; algunos escriben por placer, al menos al comienzo y otros no, lo hacen por deber; lo mismo que las demás cosas de esta vida, algunas se hacen con placer y otras se hacen ... por que hay que hacerlas. Dios pone en la vida de cada uno una encrucijada, en la cual se debe elegir; y ordinariamente, se nos permite ver las consecuencias de nuestra elección. Sin embargo, casi todos eligen la via que consideran mejor, no la más placentera, sino la mejor, por que todo hombre obra bajo razón de bien, que no es lo mismo que el placer, aunque el bien procure un justo placer. Y esto, lo hacen igual los mediocres y hasta los malvados, que ven en su propio bienestar un fin bueno, aunque el mal nunca procure placer verdadero. La diferencia no es solamente la noción de placer, sino la vida moral de cada cual, o mejor dicho, la elevación de esa vida. Si además la vida religiosa —o sea nuestra relación con Dios y lo que nos figuramos, o a veces constatamos, que Dios espera de nosotros— es profunda, el único placer verdadero es alcanzar la vida Eterna por medio de la fuente de Agua Viva, como atestigua San Agustín.

No hemos investigado si existe en Chesterton alguna referencia a Bloy o, si acaso, lo habría conocido —como escritor, decimos. Nadie nos discutirá si decimos que Chesterton es, seguramente, mejor escritor que León Bloy, por lo menos, en el aspecto formal. El barroquismo del francés, su exasperante prosa de párrafos extensísimos y la abundancia de figuras como martinentes y tropos violentísimos, crispan antes que serenar y ponen tanta distancia cuanto es posible hallarla, del estilo plácido, preciso y oportunamente jocoso del Tío Gilbert. Además, la incomprensión de Bloy hacia España y hacia la Conquista, probable hija de la envidia oficial francesa y más notoria en su Napoleón que en ninguna otra parte, lo hace antipático al lector peninsular. Cierto es que en ninguno de los dos hay debilidad ni vulgaridad siquiera; ambos suben hacia el Cielo desde el barro más negro en un instante y con facilidad flamígea, fusores como son, a través de las letras, del Cielo con la Tierra, con ese lenguaje con que nos hablan los profetas y a las que uno, chicato y retacón, no puede ni asomarse sino con ayuda exterior —como las crisis económicas. Escuchamos hace años a un notable sacerdote decir que las obras de algunos escritores son en cierto modo litúrgicas, en cuanto realizan, en forma esencialmente distinta a la Liturgia verdadera, desde luego, esa unión del mundo visible con el sobrenatural.

G. K. Chesterton

Lo que en Chesterton es crítica severa, a veces jocosa y siempre buen fundada, en Bloy es explosión de indignación inaudita y de estelares dimensiones. Un caso: la pobreza como mal social (no como virtud), tiene en Chesterton un crítico notable y le lleva, casi naturalmente, hacia la exposición del distributismo como doctrina alternativa al liberalismo y al socialismo; en Bloy la pobreza es simplemente un modo de vida, su propio modo de vida, el único que tiene y del cual no puede dejar de escribir por que es su hermana gemela de la que jamás apostataría, y arranca en rugidos de irritante protesta que, a más de un siglo de proferidos, aún retumban con fuerza. Así, algunos vieron en uno y otro comunistas en ciernes, donde ellos veían la malicia pecaminosa de la angurria y la codicia desmedidas —que son propiamente dos pecados de copiosa desmesura y egoísmo.

Lo más destacado es que los dos vieron el mundo como un espejo medio ahumado, al modo paulino en Corintios XIII, 12, y de los grandes místicos, donde el mal presente es bien futuro y viceversa. Y esa es la razón por la cual no ventilaban quejas sobre los males que ellos sufrían, acaso voluntariamente aceptados, pero se airaban contra los males infligidos a los demás y que dañaban tanto a sus autores como a las víctimas. Para Chesterton, la paradoja era el modo regular —si se nos consiente la licencia de decirlo así— de explicar la Gloria Eterna que debe ser la aspiración de todo hombre; Bloy en cambio, excretó su condena, vociferante, a la cara de una civilización —o lo que quedaba de ella— que rehuía la santidad como el sapo a la guadaña, pero que igual terminaría degollada por su impiedad.

De un artículo de Borges sobre Bloy, extraemos algunas ideas muy interesantes, que el argentino no pudo continuar hasta su evidente conclusión, quizá por dos razones: una, porque, talentoso para el decir, el buen hablar y el buen escribir, era un fracaso total para pensar ( ¡Dios da pan al que no tiene dientes ...!), y la otra, por que las consecuencias eran aterradoras...; y dice así: La tercera (se refiere a unas cartas de Bloy sobre el sentido paradojal de la vida y las cosas) es de una carta escrita en diciembre: “Todo es símbolo, hasta el dolor más desgarrador. Somos durmientes que gritan en el sueño. No sabemos si tal cosa que nos aflige no es el principio secreto de nuestra alegría ulterior. Vemos ahora, afirma San Pablo, per speculum in ænigmate, literalmente: en enigma por medio de un espejo y no veremos de otro modo hasta el advenimiento de Aquel que está todo en llamas y que debe enseñarnos todas las cosas”. La cuarta (carta) es de mayo de 1904. “Per speculum in aenigmate, dice San Pablo. Vemos todas las cosas al revés. Cuando creemos dar, recibimos, etc. Entonces (me dice una querida alma angustiada) nosotros estamos en el cielo y Dios sufre en la tierra. ” La quinta es de mayo de 1908. “Aterradora idea de Juana, acerca del texto Per speculum. Los goces de este mundo serían los tormentos del infierno, vistos al revés, en un espejo. La sexta es de 1912. En cada una de las páginas de L’Ame de Napoleón, libro cuyo propósito es descifrar el símbolo Napoleón, considerado como precursor de otro héroe — hombre y simbólico también— que está oculto en el porvenir. Básteme citar dos pasajes: Uno: “Cada hombre está en la tierra para simbolizar algo que ignora y para realizar una partícula, o una montaña, (de los materiales invisibles que servirán para edificar la Ciudad de Dios.” Otro: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es, con certidumbre. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz... La historia es un inmenso texto litúrgico donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida.”

Párrafos de los cuales el maestro porteño, sin ninguna duda una pluma eximia y admirador incodicional de los dos anteriores, no pudo extraer su principal sentido, a saber: Que en el estado actual del hombre, en naturaleza caída, no se puede ver ni comprender los misterios del propio bien eterno sino de una manera obscura, imprecisa, vacilante y espasmódica. Y que por lo tanto, sin el auxilio de la Fe, que reemplaza la impotente razón como un espejo es ícono de un ser vivo que está fuera de nuestro ángulo de visión, no existe verdadera gnosis, sino paparruchadas de ilusionista.

Y por último, resta declarar que esto es un homenaje (quizá dos) y no un ensayo, de manera que nuestros eruditos y temidos lectores no lo vayan a tomar en más de lo que es y se nos vengan encima.


sábado, 17 de noviembre de 2007

El mundo sin Cristo

En una declaración reciente, los señores Obispos de la Banda Oriental han manifestado su posición doctrinaria frente al aborto: “Nuestra postura contraria al aborto no está fundamentada prioritariamente en premisas de orden religioso, porque el derecho de un ser humano a nacer está inscrito en la misma naturaleza humana”.

Es una verdadera lástima que, siguiendo la moda nuevaolera de negarse a sí mismos como Apóstoles de Cristo, acudan a argumentos de derecho natural —verdaderos ciertamente— pero insuficientes en la boca de un obispo, quien es ante todo un indigno servidor de Nuestro Señor Jesucristo y necesariamente, Su testigo; fiel, dentro de lo posible. “Quien me confesare ante los hombres, Yo lo confesaré ante el Padre”, es el mandato singular que rige estas terribles circunstancias, en las cuales —lo admitimos— no se acierta ya a cuál remedio acudir para impedir este brutal crimen del aborto.

Sin embargo, la renuncia a Cristo, a ser Su Voz, Sus Manos, y aún su benévolo y paternal látigo, debería ser lo último en abandonarse o, mejor dicho, lo que jamás se debería abandonar: Yo vivo, más no soy yo, sino Cristo quién vive en mí, recordaba el Apóstol modelo.

¡Qué poco valor tiene esta vida de Cristo en uno! Y en el mundo si vamos al caso, como para que no quiera emplearse, ni siquiera, para aleccionar a los católicos contra un crimen infame y bestial; y a los no católicos, de amonestación sobrenatural sobre una verdad que los alcanzará igualmente algún día, tanto como a todos los bautizados. Por que en nadie está el poder de exonerarse ante del Juicio de Dios invocando su ateísmo: Dios mismo inscribió la ley natural en el corazón de todos los hombres y, cuando manda cumplirla, lo hace por que es bueno, además de ser bueno por que Dios lo manda; pero siempre lo hace como Dios. Y es en Su Santo Nombre que hay posibilidad de obtener el perdón. Pues Él es juez y juzgará con rigor estos crueles desamores; y toca a sus Apóstoles aleccionar al mundo en Su santo Nombre, advertirlo, amonestarlo y prepararlo para el día del Juicio que seguramente sobrevendrá.

La exigencia de la hora es el testimonio heroico de Cristo, de Su realidad histórica y sobrenatural y de Su Realeza social indiscutible e irreemplazable. ¿Para qué celebramos fiestas como la del Cristo Rey, si nada le debemos como rey por derecho originario, ni tan siquiera un modesto reconocimiento de ser Él, como tal, Vida completa y Vida eterna?

Nos llena de tristeza esta novedad —no de estupor, pues es pan diario nuestro el leer cosas déstas— y nos mueve a ponerlo por escrito el que, en la modestia de este medio, pudieran acaso reflejarse y retroceder aquellos que quieren salvar al mundo sin despreciar al mundo, pero recurriendo más y más a lo que, de por sí, ya está perdido y es causa misma de perdición, como el demonio y la carne. La desacralización tan parloteada no es, primeramente, una cuestión puramente litúrgica sino de adhesión viva y real a Cristo, una configuración a Él y con Él en todo y que, en el sacerdocio, se da de un modo pleno y total y por toda la eternidad; el sacerdote, al aceptar el llamado y la sagrada ordenación, renuncia al mundo —y desto es signo el negro de su sotana, al cual signo tampoco debería renunciarse— al amor meramente humano y a los criterios de este mundo, para buscar con sincero y creciente afán el elevarse con el Divino Maestro hasta la Morada Eterna. Grande será, así, su recompensa, si es fiel trasunto de Cristo.

Y si no, no quisiéramos estar en sus zapatos; ni siquiera si fuesen morados.



PS: En un discurso de pocos días atrás, Su Santidad Benedicto XVI recordó a los obispos allí presentes, portugueses en visita ad limina, que “la verdadera misión de la Iglesia: no debe hablar principalmente de sí, sino de Dios”. La noticia apareció recién en el servicio de ayer, así que la agrego hoy. Y porque algunos creen que no se debería decirle nunca nada a los obispos cuando se equivocan, (¡¿Y cómo va a saber uno, que no es naides, cuándo se equivocan, éh, éh!?) provistos como se encuentran de una idolatría nunca vista en la historia de la Iglesia, que era la historia de hombres libres, hijos de Dios, y no esclavos de una adherencia seca y vacía que se parece tanto a la obedicencia como una piedra de colores a un caramelo.

martes, 13 de noviembre de 2007

¿Por qué te callas?

Un sonado, o más bien súper difundido episodio, ha tenido por actores —en el más estricto sentido de la palabra, nos parece— al rey Juan Carlos de España y al presidente Hugo Chávez de Venezuela.

De Chávez, un cholito carón y resentidillo no vale la pena hablar, pues su carrera como agente yanki recién comienza y tiene todavía un largo camino que recorrer, para llegar a encontrarse en la posisición de su amigo y admirado Fidel; aunque sus estudiadas boutades, concebidas para mejorar su imágen pública, resulten insuficientes para alterar el natural y lento decurso de su aburridez congénita, ni para aligerar su sonsonete zurdillo y vulgarón.

Hoy un juramerto ...

Juan Carlos de Borbón es otra cosa: Nieto del último rey de España, fue elegido por Francisco Franco, el Caudillo de España, para instaurar a partir de él una estirpe monárquica en la España de la posguerra. Cuando aún “no era nadie”, su educación, su noviazgo, su casamiento principesco, su sostenimiento cotidiano, sus vacaciones extensísimas y hasta su sastre, los pagó el ahora oprobioso régimen de Franco, al cual está a punto de traicionar por enésima vez, como felón y perjuro que es. Una típica Ley zurda, denominada con trampa y sin ingenio como de la Memoria falsa, ha sido aprobada por el PSOE (el mismísimo partido causante de la expulsión tramposa de su abuelo y de muchas de las muertes por asesinato de los mártires españoles), a fin de condenar en bloque y legislativamente al régimen político nacido de la victoria sobre el comunismo de 1939. Una revancha estilo Jólibúd, digamos: no te gano en la realidad pero te ridiculizo en el cine.

Para don Juan Carlos, quien desde luego no asistió —ni él ni ninguno de su familia— a la beatificación de los 498 mártires españoles realizada en San Pedro el último domingo de octubre, el problema es enorme y específico, pues de no vetar la ley en cuestión —que además de ser un dislate histórico es un disparate legislativo, pues la ley ordena para lo futuro y nunca prejuzga de lo pasado, por que es irretroactiva (menos para los peronistas)— dará su personal aprobación a la condena definitiva e inapelable pronunciada contra la rama en la cual está tan cómoda y orondamente sentado; la cual, a no dudar, será serrada con indecible deleite por muchos más de los que él cree. Por que si existe algún monumento o recuerdo del franquismo que realmente se encuentre vivo y presente entre los españoles más que ningún otro, ese es el rey Juan Carlos

Mañana una traición ...

Juan Carlos es un hombre que acostumbra callar a tiempo y destiempo (salvo que exista algún beneficio en hacer lo contrario), vicio que denota oportunismo, o cobardía o complicidad. Calló cuando lo de Tejero (que obedecía a su rey antes que a sus impulsos); calló cuando lo del divorcio, cuando lo del aborto, cuando ... ¡tantas cosas! Su vida ha sido un dechado de silencios reveladores, traicioneros y culpables, digamos, a partir del juramento que profiriera en noviembre de 1975 comprometiéndose a respetar las Leyes Fundamentales del Reino de España ... franquista.

Ahora, si calla siguiendo una costrumbre inveterada y que lo ha mantenido a flote por 32 años, se hundirá en el fango que no quiere denunciar; por que él primero que nada, es una reliquia insigne y excepcional del Régimen franquista. A Chávez, pues, en un momento de relajación, le ha revelado el secreto de su permanencia donde lo puso Franco: ¿Por qué no te callas? no fué una admonición, sino un consejo de correligionario.

Allá él, que poco nos importa. Pero sí nos importan España y la Monarquía española, de la cual estas provincias fuéramos parte principalísima en su día; y por las cuales rogamos a Dios Nuestro Señor que, en recuerdo de San Fernando, el santo rey de Castilla y León, ejemplo de caballerosidad, lealtad e hidalguía, las salve nuevamente de los indignos que en ellas se aposentan.



lunes, 12 de noviembre de 2007

La Revolución

El 7 de noviembre de 1917, hace 90 años, daba comienzo la Revolución Bolchevique en Rusia mediante el asalto del Palacio real de San Peterburgo y la toma de unidades administrativas y militares en Moscú y otras ciudades.

Las más de 100 millones de víctimas mortales que se cobró la aventurilla, dislocan completamente el argumento socorrido de la “tiranía” zarista —un régimen más liberal que los liberales posteriores, más modernos, y ciertamente mucho menos mortal que la Revolución Comunista— y dejan sin explicar una derrota militar ante Alemania que costó muchos sacrificios y privaciones a Rusia, y sobre todo, dejó al Comunismo como culpable del delito de felonía. Esa falta horrenda cuya infamia, en palabras del más ilustre soldado del siglo XIX, “ni el sepulcro puede borrar”.

¿Qué importancia tendría todo eso para el partido? Ninguna: el partido, la ideología o “la causa”, por inexplicables motivos psicológicos dignos de otro estudio pormenorizado, se antepuso a aquellos bienes que tradicionalmente se ponían por delante de la propia vida y por cuya vigencia, ésta se entregaba con gusto y hasta alegre desinterés: la Iglesia, Patria, la lealtad jurada, la camaradería, la familia, el amor al suelo, al terruño y a los paisanos ... ¡el rey!. Homenajeando abstracciones de mortal resultado, afanes idílicos de nunca conquistado bastión, se abatieron aquellas banderas que portaban las más dignas realidades —las más dignas de ser vividas—, lábaros de las cosas prójimas y amables que pasaron, inexplicablemente, a engrosar las filas del enemigo más acérrimo.

La vida del pobre o del rico se volvió, insensiblemente, portadora de una tristeza metafísica, un horror al ser y a ser, dejándose así paso a una vida llevada adelante solamente por el tedioso trabajo de no matarse.

Entre 1925 y 1935, los planes quinquenales stalinistas mataron de hambre (en forma real, no literal) unos 40.000.000 de ucranianos, rusos, bálticos, polacos ... ¡El partido estaba primero! ¡Dios “estado”, ese invento demoníaco de Juan Bodino, como nuevo Moloch, requería los sacrificios del pueblo! Desde luego, tanto sacrificio era contra nada, contrapartida estéril de una fantasía malparida, una ilusión de gabinete saturado de drogas, alcohol y azufre; una fanfarronada cruel del destino misérrimo de millones de nuevos pobres “redimidos” por el anticristo.

El mundo “occidental” lo supo y, canalla y cómplice, según es su hábito regular desde 1789, calló.

El Cielo habló por boca de su Madre en Fátima, y la Iglesia juzgó y condenó, y por mejor decir: gritó la condena más profunda, el rayo más fatal, que háyase podido lanzar desde la Cátedra petrina. Intrísencamente perverso” lo llamó la Esposa del Cristo, con unas palabras que ni siquiera el Adversario ha merecido jamás. Y es lógico, pues al menos satanás y los hombres son obra de Dios, nada intrísecamente malos sino sólo accidentalmente —y por eso es condena y no beneficio el Infierno eterno—; pero el Comunismo es obra del maligno y de hombres malos de consuno: superior tenía que ser a cada uno de sus autores.¡Intrínseca perversidad que, de la mano de misteriosos hermanos de encrucijada, alcanzó a alzarse con la Santa Rusia y ha esparcido sus errores por el mundo, como anticipó el Cielo en Leiría en 1917!

La guerra, ese clamor de realidad vejada, reclamó sus fueros y en 1941 se restablecieron los servicios litúrgicos, se volvió a hablar de Rusia en lugar de Unión soviética, de patriotismo y de camaradería en vez de lucha de clases, porque, como es sabido, nadie entrega su vida por el sistma métrico decimal, por una fantasía o una abstracción, sino por cosas concretas y próximas. Ni la Patria, con ser todo lo que ella es, concita tanto fervor como los bienes más próximos: el camarada, la familia, el hermano ... Así que el régimen restableció temporariamente unas realidades que, desde sí mismas, vocaban los hombres a las armas mejor que la fantasía demoníaca; admitiendo así y de paso, su propia e ilevantable inepcia, su condición antihumana demostrada en esa incapacidad manifiesta de no convocar a nadie ni por medio del más sacrosanto temor.

La mancha repugnante de expandió al socaire de la decidida protección brindada por la hermandad anglosajona, pervadió primero Europa oriental, luego China y el sudeste asiático, más tarde algunos países africanos e hispanoamericanos; y es que, en efecto y como advirtiera la Virgen Nuestra Señora: sus errores se han esparcido por todo el mundo. No solamente como forma singular y nueva de tiranía política, sino como criterio secular, como LA filosofía predominante frente a la vida y a las cosas de este mundo, y del otro también. El comunismo, substituyendo idealmente al Paraíso; exigiendo, eso sí, más sacrificios que aquél, pues sobre no ser voluntarios ni facultativa la elección de los medios para alcanzarlo, todo en él es compulsión y violencia, terror, vacío y tristeza sin fin y nada dichoso, pacífico o contemplativo.

Anglosajonia se ha preocupado con eficaz esmero de proporcionar puntualmente recursos, defensa armada y argumentos existenciales al Comunismo intrínsecamente perverso. Los órganos de difusión en todas sus formas profieren, como la bestia apocalíptica, blasfemias y mentiras, opiniones falseadas, verdades a medias y, en todo sentido, propaganda comunista. Es probablemente la etapa final, la prevista por Antonio Gramsci como la aurora del verdadero triunfo, cuando toda la cultura (al menos la disponible con cierta facilidad) sea comunista.

La última foto de Lenin

El principal fautor de la Revolución de octubre-noviembre, Lenin, moriría pocos años después probablemente enloquecido, obseso o poseso, a juzgar por las horrorosas descripciones que sus biógrafos más profesionales y menos comunistas nos han dejado sobre sus últimos tiempos. Una imagen, que dejamos aquí para testimonio, parecería darle razón a los más pesimistas de estos autores. Consta sin duda alguna que él y Sverdlov dieron la orden fatal que terminaría con la vida de toda la familia imperial, crimen tan inútil como todos los demás, pero muy representativo del valor que se daba a la vida por aquellos tiempos, en esos lugares, por esa gente.

El “derrumbre” de 1989, las glasnost, perestroikas, Gorbachoves, Yelstines y demás marionetas de los años '90 no engañan a nadie sobre el futuro de esta gran revolución, posiblemente la última, que ha asolado al mundo. El noticiero perpetuo, el Apokalypsis, prefigura este hecho con la aparición de la cabeza coronada que, supuestamente muerta, vuelve a las andadas hasta la Segunda Venida. ¡Y qué andadas!

No podemos sino pensar que, la Revolución Comunista, goza de muy buena salud y mantiene prisioneros a cientos de millones de seres humanos, sin Dios, sin familia, sin Patria, sin amigos, sin esperanzas ...

La Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María Santísima y, por consiguiente, la conversión de Rusia, están pendientes y esperan su hora de la verdad. El mal dispersado por Rusia comunista cesará, pero será tarde para detener sus efectos mortíferos para el alma y el cuerpo, que ya se sienten en todo el mundo como el incómodo dolor de huesos del condenado a morir. ¡Si hasta una simple beatificación de 498 mártires del comunismo es materia de escándalo generalizado, antes que de arrepentimiento! Consta, pues, que sus autores lo harían de nuevo, si pudieran. Uno de ellos, al menos, nonagenario ya, espera pacientemente su hora; y no se diga que no sabe esperar. ¿Qué no harían otra vez, si pudieran, si Dios no se interpusiera ...?

Roguemos a Dios Nuestro Señor y a Su Madre Santísima, quiera abreviarnos lo más posible este mal trago, por amor a Su Misericordia.


jueves, 1 de noviembre de 2007

Dies Iræ


DIES IRÆ

(Secuencia de la Misa de Difuntos)

Dies irae dies illa,
solvet saeclum in favilla,
teste David cum Sibylla.

¡Oh, día de ira aquel en que el mundo se
disolverá, como lo atestiguan David y Sibila!

Quantus tremor est futurus,
quando judex est venturus,
cuncta stricte discussurus.

Cuán grande será el terror cuando el juez venga a juzgarlo todo con rigor.

Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra regionum
coget omnes ante thronum.

La trompeta, al esparcir su atronador sonido por la región de los sepulcros, reunirá a todos ante el trono.

Mors stupebit et natura,
cum resurget creatura
judicanti responsura.

La muerte se asombrará, y la naturaleza, cuando resucite lo creado, responderá ante el Juez.

Liber scriptus proferetur,
in quo totum continetur,
unde mundus judicetur.

Se abrirá el libro en el que está escrito todo aquello por lo que el mundo será juzgado.

Judex ergo cum sedebit.
Quidquid latet apparebit,
nil inultum remanebit.

Entonces el Juez tomará asiento. Cuanto estaba oculto será revelado, nada quedará oculto.

Quid sum miser tunc dicturus?
Quem patronum rogaturus,
cum vix justus sit securus?

¿Qué diré yo, miserable? ¿A qué abogado acudiré cuando aun el justo penas está seguro?

Rex tremendae majestatis,
qui salvandos salvas gratis,
salva me fons pietatis.

¡Oh Rey de terrible majestad, que a los que se han de salvar salvas gratuitamente! ¡Sálvame fuente de piedad!

Recordare Jesu pie,
quod sum causa tuae viae:
ne me perdas illa die.

Acuérdate, piadoso Jesús, de que por mí has venido al mundo; No me pierdas en aquel día.

Querens me sedisti lassus,
redemisti crucem passus.
Tantus labor non sit cassus.

Al buscarme, fatigado, tomaste asiento, me redimiste padeciendo en la cruz. Que no quede en vano tanto trabajo!

Juste judex ultionnis,
donum fac remissionis
ante diem rationis.

Oh justo juez de las venganzas, concédeme el perdón en el día en que pidas cuentas.

Ingemisco tamquam reus,
culpa rubet vultus meus;
suplicanti parce Deus.

Gimo como reo, la culpa ruboriza mi cara. Perdona, Señor a quien te lo suplica.

Qui Mariam absolvisti
et latronem exaudisti,
mihi quoque spem dedisti.

Tú que perdonaste a María (Magdalena), y escuchaste al ladrón y a mí mismo me diste la esperanza.

Preces meae non sunt dignae,
sed Tu bonus fac benigne,
in perenni cremer igne.

Mis plegarias no son dignas; pero Tú, buen Señor, muéstrate benigno, para que yo no arda en el fuego.

Inter oves locum praesta,
et ab haedis me sequestra,
statuens in parte dextra.

Dame un lugar entre tus ovejas y apártame del infierno, colocándome a tu diestra.

Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis.
Voca me cum benedictis.

Arrojados los malditos a las terribles llamas, convócame con tus elegidos.

Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.

Te ruego, suplicante y anonadado, con el corazón contrito como el polvo, que me cuides en mi hora final.

Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla.
Judicandus homo reus,
huic ergo parce Deus.

¡Oh día de lágrimas, aquel en el que resurgirá del polvo el hombre para ser juzgado como reo! A él perdónale oh Dios.

Pie Jesu Domine,
dona eis requiem.
Amen

Piadoso Señor Jesús: dales el descanso eterno.
Amen.

video


Requiem æternam dona eis, Domine; et lux perpetua luceat eis
In memoria æterna erit justus; ab auditione mala non timebit


lunes, 29 de octubre de 2007

El Infierno está que arde ...

En una ceremonia oficial realizada en la Basílica de San Pedro del Vaticano, la Iglesia beatificó ayer, domingo, a 498 mártires del comunismo durante el período 1934 a 1939. Con lo presente, suman más de 1.000 el número de los canonizados y beatificados en éste y el anterior pontificado, que entregaron su vida en testimonio de Cristo en la España comunista de aquellos años. Algo más que los que obtuvo la persecución de Diocleciano.

Alguno que otro, presuntuosos de su falsa buena memoria, ha soltado por ahí, junto con el azufre indisimulable de su aliento, que el régimen surgido del Alzamiento nacional de 1936 había fusilado a 18 sacerdotes; el propósito evidente es contextualizar el sacrificio de los mártires en una lucha meramente civil para sostenerse, así, la tesis de la relativa ambigüedad de la posición de sendas partes en conflicto y —como quien se pasea por la Historia rapiñando cosillas de aquí y de allí, como en una verdulería— desmitificar el aplastante número de elevados a los altares y el hecho evidente de la motivación estrictamente religiosa de los asesinatos. Como no es cuestión atinente al asunto, no nos molestaremos en negar los fusilamientos de los 18 religiosos por los nacionales; pero tampoco pasaremos adelante sin hacer una modesta y doble declaración, a fin de dejar cerrado el punto: los comunistas mataron unos 7.000 religiosos y sacerdotes, del total de 16.000 víctimas mortales comprobadas y comprobables asesinadas en España expresamente por odio a la fe, entre 1936 y 1939, por comunistas, anarquistas, brigadistas y todos los ístas que se quiera imaginar, contra las ¡18 víctimas! que podrían exhibir estos resentidos olvidadizos. Si dicen —como lo hacen ahora y seguirán haciendo— que lo que importa es el hecho y no la cantidad, habrá que preguntarles por qué sus siniestros defendidos no se conformaron y detuvieron la matanza luego de los primeros asesinatos de sacerdotes, digamos unos 10 ó 20, sino que continuaron su camino de sangre hasta el exterminio de todos los miles nombrados, si con los primeros dejaban sentado el hecho de su interés. Pero sobre todo ello, que siendo patético es anecdótico, queremos afirmar que la Iglesia, que es la única que puede juzgar y fallar estos casos en forma definitiva, en el de los de los religiosos y eclesiásticos españoles beatificados y canonizados —y que abarca desde niños hasta un venerable anciano de 100 años— ha declarado solemnemente que han sido martirizados por odio a la Santa Fe y que ello, unido al insoportable perdón que brindaran a sus asesinos, basta para fijar la primer y tajante diferencia entre unos y otros; sin desmerecer a los no beatificados, pero sin hacer de éstos mártires y sin negar que sean o pudieran ser, solamente, pobres víctimas de alguna injusticia en el mejor de los casos. O como dijera de 16 de los 18 sacerdotes fusilados por las tropas nacionales el Embajador de Estados Unidos, Mr. Bowers: «esta lealtad de los católicos vascos a la democracia ponía en un aprieto a los propagandistas que insistían en que los moros y los nazis estaban luchando para salvar a la religión cristiana del comunismo». Este embajador lo dijo todo; pero en particular, que no fueron muertos por odio a su sacerdocio sino por política.

Un fusilamiento “político” ...

Esperamos haber sido claros, porque lo que ocurrió en España aquellos años no fue solamente un artero, premeditado y profusamente difundido ataque a la nación española, sino principalmente una persecución religiosa en debida forma, de manera tal que sería torpeza o malicia un negacionismo antihistórico o, siquiera, el menor atisbo del modernísimo e inmoral “equilibrismo” o contextualismo, consistentes en pretender compensar entre sí estos 7.000 asesinatos, más los de las restantes 300.000 de víctimas civiles y militares tras las líneas rojas cometidos sobre todo entre 1936 y 1937, con los fusilamientos que el régimen franquista impuso a ciertos delincuentes durante y después de la guerra civil. El mismo hecho de su diferente cronología predica esta verdad, si no se quiere apelar al argumento de su aplastante superioridad numérica y la saña enloquecida con que fueron cometidos. Pero sobre todo, milita en favor de los mártires otro contexto tan evidente como olímpicamente ignorado: la vesánica locura disparada desde la república contra todo aquello que fuera signo, símbolo o tuviera alguna apariencia de catolicismo; por poner un ejemplo (si no bastara el famosísimo de la fotografía), en Cartagena no quedada ni un sólo templo católico en pie cuando entraron las fuerzas nacionales, ni tampoco, nada en absoluto del ajuar de las iglesias destruidas. ¿Qué perentoria necesidad, como no fuera el odio inexorable que sube del infierno, pudo justificar esta inmensa tragedia? ¿Qué excusa existe para intentar poner en el mismo platillo, de la Gloria ya declarada, a ambos bandos, el uno descarada y manifiestamente sacrílego, el otro yendo a la muerte con palabras de perdón, confesión de la Fe verdadera e inimitable alegría cristiana? ¿Y cuál de los dos “bandos” ofreció su perdón al otro, y cuál dellos respondió con su resentimiento, su odio, su “Memoria” esquizofrénica y su hemipléjica moral de situación?

Y por eso, por esa gigantesca e inocultable desproporción, las iras del báratro han inundado por estos días la prensa en general con toda clase de infundios y mentiras, fuera silenciando las beatificaciones —excurso fallido, si los hay—, fuera contrariándolas como si de actos políticos (ciertamente, con 70 años de demora ...) se trataran. Consta, por lo demás, que ceñir la persecución religiosa en España al trienio de la guerra civil es, además de una inexactitud lo menos culposa y sospechosa de parcialidad, un arma de doble filo; si es verdad, se justifica indirectamente el Alzamiento, al dejar establecida una causa autónoma de suficiente gravedad y expedito el camino a la resistencia a la opresión. Pero además, se ignora que el anticlericalismo español y el asesinato de religiosos o el robo, profanación o incendio de bienes y edificios religiosos, viene fomentádonse sin prisa pero sin pausa y en creciente aumento desde el Trienio liberal de 1823 y la Revolución de 1834; y en el siglo XX, la Semana Trágica de 1909, las jornadas del 10 y 11 de mayo de 1931 o la Revolución de Asturias de 1934, injustificables excesos que también han entregado sus decenas de mártires a la Iglesia y su parte de gloria al catolicismo en España. Y que no pueden explicarse precisamente como una reacción circunstancial ante el Alzamiento. En cuanto al período de éste, es conocidísima la memoria sobre la cuestión y situación de la Iglesia, elevada por Manuel de Irujo al Gobierno republicano que él mismo integraba como ministro sin cartera y luego de Justicia ¡nada menos!, a mediados de 1937:

La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo —los organismos oficiales los han ocupado en su edificación obras de carácter permanente. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda.

Y es que el asunto, como queda patentizado por la confesión de los propios inculpados, no menos que por la declaración de heroicidad de las virtudes y la libranza del derecho a la veneración popular, no es de ningún modo político: Aunque se pudiese, sin mentir en nada, llamar a estos muertos “mártires de la guerra civil”, o de España, o de la Cristiandad, puesto que son todo eso y mucho más, no sería justo con ellos, pues sería una verdad a medias o, acaso, una mentira bien disfrazada. Pues lo que interesa ahora por aquí, es que son derechamente “mártires de Cristo” y de su Iglesia; testigos heroicos e inmediatos, irrecusables y veraces de la Realeza y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, de su Señorío de allí arriba y de aquí abajo y de la Santidad de la Iglesia. Y aceptar esto, en pleno siglo XX y XXI, convengamos en ello, para el demonio es mucho pedir.

En la forma extraordinaria de la Liturgia latina y que es la únic que conocieron estos mártires, ayer Domingo, se celebró la Fiesta de Cristo Rey, fiesta mayor que en la forma ordinaria ha pasado al último domingo de noviembre. En su Encíclica Quas Primas, por la cual se instituye la Fiesta, afirma el papa Pío XI que Cristo es rey deste mundo por tres motivos, a saber: por filiación y derecho de primogenitura, por derecho de conquista a precio de sangre y por derecho de rescate a precio de Su Vida, y por derecho de excelsitud, en cuanto es el hombre más perfecto que haya existido jamás y en quien existe una supereminente Caridad, propia de la Unión Hipostática, que lo eleva por encima de todo lo creado y lo hace merecedor, en justicia, del reino terrenal. Recuerda el Papa que, siendo Cristo Ungido del Padre y Uno con Él, es por justa causa supremo legislador y supremo juez y que como tal, lo confiesan las Sagradas Letras. Y en efecto, lo vemos legislando y premiando a quienes lo obedecen: Quienes guarden sus preceptos demostrarán que Lo aman y guardarán la Caridad (Jn 14,15; 15,10). Los mártires son los primeros en la hora del Amor a Dios, y la conservación de la Caridad, la recibirán eternamente como recompensa por su perseverencia heroica en la Fe; por que la Fe es el principio y la Caridad el Fin.

¿Son acaso y en algún sentido “políticos” estos martirios? Acaso lo fueron en un sentido mucho más espiritual del que supusieron sus victimarios de sangre y los más insidiosos, los de hogaño, aquellos que ponen en crisis su virtud heroica con argumentos facciosos y rastreros; y en todo caso, en un sentido que se les oculta casi totalmente. Continua diciendo el Papa Pío XI:

... erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales. Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano.

En algo presintieron bien sus asesinos, pues aquellos gloriosos mártires luchaban por su Rey, un rey eterno y terrenal que sobre los sanguinarios también extendía sus reales manos enclavadas, y cuyo cetro se extiende desde las cosas del cielo a todas las creadas, sin excepción. El Padre Castellani, en un brevísimo comentario sobre la realeza de Cristo, nos recuerda que cuando Cristo afirma ante Pilato que Su reino no es de este mundo, no dice que no se extienda hasta aquí abajo sino que no está causado ni originado aquí, pero que Su potestad lo alcanza a este mundo en el cual es Rey de Reyes con toda justicia, como que para eso mismo ha nacido y venido; por lo cual no ha querido dejarse coronar por los judíos que lo buscaban para hacerlo Rey, pues no necesitaba un título pasajero como el que da el mundo, como no había aceptado el que le ofreciera el maldito en el Desierto, por que la unión hipostática era supereminente causa para ser Rey por toda la eternidad y no, acaso, por el breve término una vida.

Una vida que, por eso mismo, gustoso daba Él —que no se la quitarían de no haberlo permitido— por obediencia al Padre y para satisfacción de Su Justicia.

Lo mismos pensamientos que tendrían los 498 nuevos mártires agregados al martirologio por S. S. Benedicto XVI.

Y seguro, víctimas del mismo odio ruin y desesperado del Enemigo acechante y fracasado.


viernes, 26 de octubre de 2007

Homenaje a un caído

El teniente aviador naval de la Armada Argentina don Agustín Alonso ha perdido la vida el pasado miércoles, a causa de la caída del avión de instrucción Aermacchi que tripulaba, causada por los desperfectos y pésimo mantenimiento de la aeronave que piloteaba. El restante tripulante se halla fuera de peligro.

No es la primera vez que esta máquina, ahora definitvamente perdida, y las restantes de la unidad, habían suscitado problemas a los aviadores navales, pues ya en otras ocasiones había planteado despefectos en su funcionamiento en pleno vuelo, que hacían recomendable bajo todo punto de vista el suspender su empleo. Pero para el Gobierno usurpador, la vida de un piloto representa un valor que no supera los 1.000 dólares mensuales; y la reposición de una máquina cuesta varios millones de la misma moneda. Como todo se mide en términos materiales, una vida humana, aunque sea de una excelente persona, no vale nada comparada con el dinero que debió gastarse en reparaciones y repuestos; y sobre todo, cuando con ese metálico se pueden realizar turbios negocios, olvidarse bolsas con el valor de la vida de los subordinados en los baños oficiales, o traficar divisas por montos equivalentes a una reposición a cero de un avión, aunque sea a expensas de las vidas humanas de los sacrificados jefes, oficiales y tropa de las Fuerzas Armadas.

Aermacchi de la Armada Argentina

Como en el caso del incendio del rompehielos Almirante Irízar —que gracias a la Divina Providencia, a la permanente intercersión de Stella Maris, la Virgen Capitana de nuestra Marina, y también a la pericia y decisión de su comandante, no provocó vícitimas fatales— toda la culpa es de los tiranos usurpadores del Gobierno político de la Nación Argentina, que sangra hoy nuevamente por la pérdia de uno de sus mejores hijos, muerto en cumplimiento de su deber de soldado. La falta de mantenimiento del material aéreo es devastadora al punto que su uso, en meras tareas de salvamento, importa un riesgo de muerte difícilmente soportable e imposible de compensar.

Las máquinas Aermacchi fueron radiadas de servicio después de las pérdidas sufridas por la 1ª Escuadrilla Naval de Caza y Ataque en la guerra de Malvinas, ante la imposibilidad de obtenerse en el mercado mundial repuesto para sus turbinas inglesas, a causa del embargo británino posterior a al guerra. El reflejo de esta situación puede verse más en esta página, en la cual se sugiere que la Escuadrilla naval había quedado sin operatividad merced a haberse radiado de servicio los aviones, semejantes al estrellado, por su notoria obsolesencia.

Para estos días, tristes como pocos por la pérdida simultánea de varios ilustres defensores de Dios, la Patria y la Familia, este golpe es difícil de sufrir sin el auxilio de la Gracia; en especial, por la indignación que brota de la indiferencia que fue causa de este nuevo agravio a la Vida y a la Patria.

Por lo cual encomendamos a este héroe a las oraciones de nuestros lectores

Teniente Aviador naval Agustín Alonso: ¡Presente!


jueves, 25 de octubre de 2007

La justicia terrenal y el Temple de los soldados de Cristo

Un 13 de octubre de 1307, daba comienzo público la persecución oficial del rey Felipe de Francia contra la Orden del Temple; merced a un engaño indigno de un caballero, el rey atrajo a los jefes del Temple a París, su propio señorío, en el cual podía ordenar su detención sin riesgo alguno, como en efecto mandó hacer. Luego de imponerlos a duras prisiones y tormentos, temiendo con razón su absolución por parte del Papa y su propia y consiguiente excomunión por haber puesto la mano sobre el Pontífice Romano, mandó quemarlos en la Isla de Francia, centro de París, en 1313, luego de trajines que resumiremos brevemente. En el espacio de todos estos escasos siete centenares de años, no se ha terminado de esclarecer, ni de escribir tampoco, una historia que permita conocer de manera definitiva la verdad sobre este obscuro episodio que, lejos de involucrar la responsabilidad de la Iglesia como querrían sus detractores, fue en verdad el verdadero comienzo de un calvario tremendo y causa nada despreciable del actual estado de postración, además de coincidir con el punto de arranque del ya floreciente cisma occidental y punto de inflexión en el abandono definitivo de la idea de instaurar una Teocracia católica, perdida del todo bajo León XIII. Pero de momento, el Temple era sin duda un obstáculo formidable para no temer que, por su mera existencia, peligraran los siniestros planes cesaropapistas del rey de Francia; la miopía eclesiástica no comprendió a tiempo que, cediendo interna y externamente a las inicuas exigencias temporales contra estos leales súbditos suyos, se entregaba la propia Santa Sede a sí misma, indefensa y maniatada, a las pasiones del mundo.

Al presente, parece ser voluntad de la Santa Sede dar a la publicidad un volúmen conteniendo facsímiles de los documentos determinantes del proceso canónico a los caballeros Templarios, incluyéndose la sentencia absolutoria y testimonio elocuente de su completa y perfecta inocencia de los cargos de herejía y que, dictada por el Papa Clemente V, fuera conocida y publicada pocos años atrás bajo el nombre de “Pergamino de Chinon”; sin duda, su aparición ha dado un giro completo a la cuestión templaria, no solamente absolviendo de culpabilidad en los delitos imaginarios a la Orden, sino también al propio Papa de felonía, situándolos con bastante exactitud donde quedaron el Papado y el Temple luego de este triste asunto: en el duro papel de las víctimas de los feroces apetitos políticos y el odio del mundo.

Pero la tenacidad del rey francés ya lo tenía resuelto a apoderarse de Europa, comenzando por expandir sus fronteras (bastante menos extensas que el actual territorio francés) aunque, para lograrlo, le fuera preciso secuestrar y retener extorsivamente a su máximo pontífice, y contando para este nefasto propósito con el ingenio diabólico del valido real, ministro Nogaret. El cesarismo real se sumó a una imperiosa necesidad de dinero que la liquidación de los cuantiosos bienes templarios podía sufragar sin esfuerzo, si se jugaba la carta con ingenio; estaba pendiente de satisfacción contra el Papado, además, una afrenta reciente contra el poder temporal, estrictamente a causa de que el anterior papa, Bonifacio VIII librara, como respuesta fulmínea a ciertas inicuas pretensiones reales, una declaración solemne definiendo la supremacía del poder espiritual sobre el poder político, por medio de la bula Unam Sanctam; acto ejecutado antes de morir el Papa Bonifacio, avergonzado a causa de las humillaciones recibidas de Nogaret en la ciudad de Anagni donde lo mantuvieran secuestrado por orden del infame monarca. El conflicto se suscitó cuando Felipe, a fin de perjudicar más aún el poder papal, deteriorado ya con la declinación al trono de Pedro del papa Ceferino, apresó, juzgó y condenó a un sacerdote por delitos imaginarios violando la jurisdicción exclusiva pontificia, montándose para ello un espectáculo circense con pretensiones judiciales, testigos falsos y la exposición minuciosa de horrorosas fantasías y estrafalarias mentiras; y poniendo a punto la maquinaria que se utilizaría pocos años después contra el Temple. Pero ¡estaban los templarios!, así que se decidió poner cerco a este único escollo serio y temible que existía en defensa de la libertad de la Iglesia y de la persona del Papa y que era defensor incondicionalmente favorable al Pontificado Romano; para esas fechas, la Gran Orden del Temple, el poderoso ejército de monjes guerreros, estaba asentada definitivamente por toda Europa, tras la caída y retirada de Jersualém, bastión que fueran los últimos en abandonar dejando tras de sí una incontable cantidad de muertos en los combates por asegurar la partida de los reyes cruzados.

Los años, acaso también una vergüenza mal disimulada y de fea causa y, sobre todo, ese trágico compás humanista y modernista de complejos de culpa —nacidos a la par de la pérdida del sentido de su misión sobrenatural— y el trasluz de arrepentimientos públicos tan innecesarios como inoficiosos, formaron en la Iglesia (institucional) una suerte de generalizado desprecio oficial por la que fuera una de sus creaciones espirituales más exitosas y gloriosas y sólo comparable a la Conquista de América: la Caballería —producto del infalible genio apostólico del gran Bernardo de Claraval— y quintaesencia y compendio de la futuras virtudes militares por todo el mundo. La luminosa inspiración del doctor Seráfico, convirtendo salteadores y bandoleros trashumantes en caballeros andantes, mutando más su finalidad que su oficio y edificando sobre barro hediondo una catedral espiritual jamás repetida en la Historia, no solamento no ha merecido un justo reconocimiento de la Historia contemporánea, sino que ha sido vilipendiada en la era moderna porque, aburguesada como está, no resulta congenial con las virtudes de la Caballería, ni con el procedimiento del Santo, ni con ... la santidad.

Desertando de su hontanar de principios, la era moderna que se abre con el Renacimiento, se ha visto cargada proporcionalmente de prejuicios y ya no discierne entre verdad y mentira, mito, leyenda o historia y está preparada para digerir acríticamente todo suerte de mentiras y difamaciones, a condición de presentárselas decentemente revestidas. Los templarios fueron acusados de homosexualismo justo al comienzo de una era vergonzosa por el aplauso descomedido y cómplice que, dispendiosa y estúpida, prestó a todos los desvaríos paganos que el cristianismo había arrinconado; de ser fuente de desorden, cuando en los extremos orientales de Europa, era la única garantía de orden; de homicida, cuando su sola presencia era disuasivo a malandras y asesinos. El problema serio no era aquí la Verdad, sino la fidelidad de estos caballeros al Papado y el rey francés lo sabía muy bien, temiendo que —resuelto ya a apoderarse del papado y del papa, y también de la Religión— fuera a tener que enfrentarse, armas en mano, con la poderosa Orden. Optó entonces por llamar toda clase de testigos falsos, estimulados por el soborno o con el terror, que declararon lo que se les ordenó, sin temor alguno a la contradicción ni, penoso es decirlo, a las consecuencias en la Vida Eterna. Los conmilitones del régimen, los logreros de siempre, prestaron su concurso con alegría y decisión, contando con obtener así el beneplácito y favor reales. El Papa, en un intento tan desesperado como inútil y tardío, sujetó entonces la Orden a la Inquisición romana bajo su directa potestad, pensando librar a los reos del tormento casi cotidiano que les infligía el inquisidor real (algo así como un comisario de instrucción) para obtener unas “confesiones” de culpas imaginarias, no obstante la formal condena del tormento como método de instrucción judicial que, desde hacía 10 siglos, había formulado la Iglesia. Como cualquier historiador serio no ignora pero tampoco se anima a declarar, la Inquisición romana era empleada por la Iglesia para librar a los reos de la mano, mucho más pesada y menos imparcial, de los gobiernos civiles, transfiriéndolos a los jueces canónicos que extendían su manto protector y acaso también el proceso, bastante más allá de la vida natural del reo y de los caprichos políticos. Las grandes “víctimas” de la Inquisición, como Galileo Galilei, pueden atestiguar esta verdad que salvó sus vidas de las garras de los políticos; y también, por contradistinción, las centenares de miles de víctimas que asó la Inquisición luterana surgida a mediados del siglo XVI, al socaire de la loca unificación del poder político y religioso. Lo cierto es que el Papa, fuera miope o cobarde o cómplice, fracasó en sus reiterados intentos de retener para la Iglesia y para sí la competencia sobre los Templarios, ya perdidos entre las garras del cruel francés Felipe IV sin ver, o tal vez sin fuerza para impedirlo, que en ello iba enancada su propia (mala) suerte; en realidad, se acobardó ante el rey más de lo necesario, pues estaba visto que Clemente no tenía pasta de mártir ni de héroe, aunque sí tal vez de cómplice, y que el rey no tenía tanto poder como decía. No obstante y a pesar dello, honra la verdad recordar que en agosto de 1308 libró su sentencia de formal y completa absolución que hemos referido más arriba (y que algunos reputan un simple borrador sin valor jurídico alguno ... ¡conservado 700 años como un tesoro!), sin acertar por ello a mejorar la situación del Temple, pero sí, empeorando la suya propia y comprometiendo seriamente su triple corona, ya decididamente sujetas al triste poblado de Avignón, al rey francés y al venidero cisma occidental.

Esta miopía, de paso, ha arrojado la memoria de los monjes soldados a los pies de esos enemigos de Dios y mercachifles de la verdad, negociantes impenitentes del pasado, que son los masones; que como cualquier rastacueros que se precie, buscan apropiarse de una honorable genealogía ajena para alzarse más allá de sus escasas facultades y nulos méritos; e intentando curarse en salud de una irremediable vulgaridad y una más fatal chocarrería. Pero esa es otra historia; interesante, sí, y parte del cruel e injusto olvido en que se ha sepultado a estos pobres caballeros, y dato de relevancia del tremendo abandono irenista en que se ha sumergido la Iglesia por la pérdida de —digámoslo así— su autoconciencia de Cuerpo Místico de Cristo, de ser la evangélica Sal del mundo y no la Reina de la Noche de “La Flauta Mágica”.

Las consecuencias, tal vez imprevisibles en el día, han sido concausa de 100 años de cisma occidental, de prisión papal en Aviñón, de humillación del Cuerpo Místico y de pruebas inenarrables de los fieles ministros del Señor. Un error produce un desgarramiento, el desgarramiento una herida y la herida, la infección y la muerte.

El “asunto templario” se precipitó cuando, buscando el Papa dar un último golpe para salvar a la Orden y a sí mismo, creó una comisión de cardenales que debían oír otra vez las defensas de aquellos caballeros que quisieran exponerlas a nombre de su ilustre corporación, pero sin detener las presiones reales ni sus propios temblores; llegados a París los legados, cansado el rey de las desatenciones pontificias de los últimos años, ordenó asesinar por el fuego a todos sus prisioneros sin esperar el casi seguro veredicto absolutorio, o al menos dilatorio, de los emisarios papales. La leyenda de la intimación lanzada por Jacques de Molay a comparecer ante el juicio de Dios antes del año, proferida en 1313 desde la hoguera, no la afirmamos ni la negamos; pero en ese período de tiempo los tres involucrados, el Papa Clemente V, el Rey Felipe IV y el maligno Nogaret, comparecieron efectivamente ante el Trono divino.

No consta cómo les haya ido a ese trío ante tan definitivo Tribunal de Uno Solo; sí constan los males que se siguieron de tanta felonía, cobardía y abandono y los dolores que la Iglesia tuvo que sufrir por abandonar a los suyos en las garras, sedientas de sangre santa, del gobierno de las naciones.

Ese mismo poder mundano que, temblando de odio y terror ante la cercanía del Justo de Dios, ofreciera Satanás en el Desierto al Ungido a ver si lograba que se postrara y lo adorase. Y aunque allí fracasó para siempre, es de su natura el no poder evitar intentarlo todo el tiempo hasta el fin de los siglos. Y cuentan que, de vez en cuando, le va bien.


domingo, 14 de octubre de 2007

Summorum Pontificum es un engaño ...

Pero no, no nos estamos refiriendo a la Carta Apostólica de Su Santidad Benedicto XVI levantando las fantasmales, pero largamente efectivas, restricciones sobre la Misa Tradicional. Aludimos a la traducción del importantísimo párrafo 5º, § 1º del motu proprio, en el cual se ordena a los párrocos acceder a las peticiones para la celebración regular del Rito Extraordinario en ciertas condiciones.

¿En qué condiciones, realmente? Según algunos, diz que dice el motu proprio, cuando exista un “grupo estable” de fieles. Razón por la cual, un hombre nada sospechoso de ser adherente a, ni simpatizante con las “formas litúrgicas anteriores”, monseñor Camile Perl, a quien siempre hemos considerado un poco fiel secretario de la Comisión Ecclesia Dei, al condenar con vehemencia y con toda razón a los obispos y episcopados desobedientes que se niegan a cumplir esta disposición pontificia o se toman el atrevimiento de limitarla, sostuviera pocas horas atrás que «abbiamo ricevuto la facoltà di preparare questa nota per la definizione di alcuni aspetti del Motu Proprio papale quale, ad esempio, quello del gruppo stabile. Dovremo cioè chiarire per gruppo stabile cosa si intende, quante persone precisqamente dovranno chiedere al proprio parroco di celebrare con il rito pre-conciliare» (hemos recibido la facultad de preparar esta nota para la definición de algunos aspectos del Motu Proprio papal, por ejemplo, lo referido al grupo estable. Deberemos aclarar que se entiende por grupo estable, y cuántas personas deberán solicitar al párroco la celebración con el rito pre-conciliar)

Cuando hace unos meses llegaban a nuestra mesa de trabajo (¡si las mesas hablaran!) borrador tras borrador del futuro motu proprio, veíamos con sumo agrado que S. S. el Papa se negaba a poner un número mínimo de fieles como requisito para crear la obligación del párroco. ¿Será que ahora, por vía de interpretación de un órgano inferior al autor que creó la Carta Apostólica, se creará una exigencia que fue desechada y que, por consiguiente, no existe en el texto? Veamos qué hay detrás de todo esto. Porque ...

¡Nada es lo que parece!

(A partir de aquí, se han tomado algunos textos de la página del P. John Zuhlsdorf)

El problema proviene de las versiones que existen en línea en Internet. Principalmente, en las copias del Motu propio que se pueden encontrar en la website de la USCCB, la Conferencia de Obispos católicos de EE. UU. Pero las dudas se agravan al nivel de sospecha, cuando se observa que en dicha página, donde inexplicablemente coexisten dos versiones latinas distintas entre sí, sólo una de ellas ha sido tomada como base para todas las traducciones al castellano, y que se trata justamente de aquella que no es oficial de la Santa Sede.

Veamos qué dice el texto oficial de la Santa Sede y cuál sería su traducción posible:

Art. 5, § 1. In paroeciis, ubi coetus fidelium traditioni liturgicae antecedenti adhaerentium continenter exsistit, parochus eorum petitiones ad celebrandam sanctam Missam iuxta ritum Missalis Romani anno 1962 editi, libenter suscipiat.

Nuestra Traducción: En las parroquias donde hubiere continuamente un grupo de fieles adheridos a la tradición litúrgica previa, reciba el párroco con largueza las peticiones para celebrar la Santa Misa según el Rito del Misal Romano editado en 1962.

Existen algunos términos en latín que son engañosos o difíciles de traducir a las lenguas modernas, no obstante su semejanza fonética o morfológica con vocablos parecidos. Por ejemplo: no está claro que extensión tenga el término coetus. Ni tampoco, pensamos, que exsistit pueda interpretarse alternativamente como emergente o existente, pues podría ser ambas cosas.

El término latino continenter es un adverbio y, por lo tanto, se aplica y corresponde como modo propio únicamente al verbo de la oración; y el verbo es exsistit. Por lo tanto, el adverbio no puede ser aplicado a coetus, o grupo, por que gramaticalmente no corresponde hacerlo en ningún caso: coetus es un substantivo y el adverbio, por definición, modula la acción verbal. Luego, “grupo estable” no se corresponde de ninguna manera con coetus continenter exsistit, lo cual sucede por que no se está traduciendo correctamente el texto del artículo 5º, § 1 del motu proprio, y de consiguiente se altera en su misma substancia la aplicación de esta parte tan determinante de la Carta Apostólica.

Por eso nos llama tanto la atención que un funcionario de cierto nivel de la Comisión Ecclesia Dei pueda decir que, por orden pontitificia, se estaría preparando un documento explicativo sobre una regla jurídica que, en realidad, es inexistente.

El caso es que la traducción tendenciosa se ha repetido hasta el infinito arrojando dudas sobre la aplicación de la regla del art. 5º, por la imposibilidad de fijar el concepto de “grupo estable” que, en la realidad, no existe en el texto original. Si se piensa que “grupo estable” podría significar que el grupo de fieles que soliciten la Misa Tradicional deberían ser parroquianos, o bien, que acaso implique que el grupo no deba cambiar en alguna característica; o, tal vez, que el grupo debería estar formado en tiempo previo a formularse la petición, se comprenderá mejor el propósito de esta fea maniobra. La alteración del adverbio continenter por el adjetivo “estable” aplicado al sustantivo coetus, en reemplazo del correspondiente a la acción verbal exsistit, ha introducido una importante alteración en el sentido de toda la frase.

Pero veamos la causa probable, y después, resuelva Ud. mismo la incógnita, si puede y lo dejan.

Art. 5, § 1. In paroeciis, ubi coetus fidelium traditioni liturgicae antecedenti adhaerentium stabiliter existit, parochus eorum petitiones ad celebrandam sanctam Missam iuxta ritum Missalis Romani anno 1962 editi, libenter suscipiat.

Está claramente anotada la diferencia con el texto anterior, proporcionado por la Santa Sede y, leído a la ligera por quienes tienen conocimientos superficiales de latín, pareciera que encajaría mejor con aquello de “grupo estable” (que es la forma mentis instroducida machaconamente ...), pese a que stabiliter, por ser también un adverbio, debería aplicarse igualmente al verbo de la oración y no a un sustantivo.

¿Sorprendidos? Este texto modificado se puede encontrar en el sitio de la conferencia de Obispos católicos de los Estados Unidos ... junto al texto oficial de a Santa Sede ¿Quién les habrá dado permiso para modificarlo y, sobre todo, para publicar uno junto al otro en aparente paridad jurídica...?

Santa Sede página oficialUSCCB (Conferencia EE.UU.) pdf en línea
Art. 5, § 1. In paroeciis, ubi coetus fidelium traditioni liturgicae antecedenti adhaerentium continenter exsistit, parochus eorum petitiones ad celebrandam sanctam Missam iuxta ritum Missalis Romani anno 1962 editi, libenter suscipiat.Art. 5, § 1. In paroeciis, ubi coetus fidelium traditioni liturgicae antecedenti adhaerentium stabiliter exsistit, parochus eorum petitiones ad celebrandam sanctam Missam iuxta ritum Missalis Romani anno 1962 editi, libenter suscipiat.

Ahora conocemos el probable origen de todas las traducciones castellanas erróneas que circulan por ahí.

¿Cuál es el resultado práctico de todo esto? Dos cosillas a nuestro entender, quedarían aquí comprometidas, a saber: La primera, que si la Carta Summorum Pontificum no ha puesto ninguna restricción de tipo cuantitativo ni temporal a la posibilidadad de pedir y obtener la celebración parroquial de la Misa Tradicional, no deberían ponérselas aquellos que solamente estan concernidos a obedecerla sin interpretarla ni condicionarla; Monseñor Ranjith ha dicho de ellos que son ni más ni menos como instrumentos del demonio. Segundo: Otra vez, se pone de manifiesto el peligro diabólico que acecha siempre a toda iniciativa pontificia, o de cualquier otra autoridad eclesiástica, ordenada a la restauración plena de la Iglesia, en peligro de desaparición por los conatos de autodemolición, o sea, destrucción interna o desde dentro iniciados con febril locura desde el Concilio Vaticano II, como recordada S. S. Paulo VI. Y pensamos que algunos obispos desobedientes, están sirviendo al demonio todavía mejor de lo que cree Monseñor Ranjith.


sábado, 13 de octubre de 2007

Por la Patria, la Vida y la Familia

Para pedir por estos bienes necesarios y tan maltratados por propios y ajenos, el Foro por la Vida y la Familia ha organizado lo que denomina “Sitio de Jericó” en la capilla del Corazón Eucarístico de Jesús, conocido localmente como “Las Esclavas”, ubicada en la calle Montevideo 1372 de la Ciudad de Buenos Aires.

Consiste ello, substancialmente, en Adoración, Misa y rezo del Santo Rosario ante el Santísimo Sacramento durante 7 días, implorando, como el pueblo hebreo ante las murallas invencibles, que Dios haga caer la muralla de odio que está destruyendo la Argentina, la Familia y la Vida.

Comienza hoy, sábado, con una Misa a las 8 de la noche y continúa hasta el fin del séptimo día, 20 de octubre, con Misa Solemne y Procesión con el Santísimo Sacramento.