viernes, 2 de mayo de 2008

¡Que nos lo llevan!

El angustiado grito galvanizó los corazones y unificó las voluntades del pueblo de Madrid; en especial la de aquellos más humildes y olvidados, como el pueblo llano y la nobleza vieja, paulatinamente desplazada por la nobleza de toga y de favor que iban creando estos extraños reyes extranjeros. Los franceses se llevaban a la jaula de oro de Valençay al último Infante de España que quedaba en la villa y Corte; y eso, ya no se podía permitir. De manera espontánea, el pueblo asaltó a cuanto francés se interpuso en su camino, no olvidando tampoco a los afrancesados, individuos de esa nueva aristocracia borbónica los más, que veían con buenos ojos la invasión francesa a España. Ellos, los afrancesados, pensaban que esta invasión podría concluir esa especie de revolución francesa sin jacobinos, y manteniendo la cabeza de los reyes en su sitio. Pues que la lección de los primos borbones de Francia no querían repetirla los borbones españoles en ellos mismos; de modo que, en todo cuanto les fue posible permitieron —¿o sería más justo decir: fomentaron?— la revolución “francesa” en su propio país, a condición que se respetasen sus vidas, sus haciendas y se hiciera poca bulla. El pueblo llano y la nobleza tradicional nunca llegaron a comprender, por lo menos a tiempo, ese extraño patriotismo de esa escandalosa familia instalada en la Corona de España desde 1714 y, acostumbrados como estaban a una familiaridad tradicional con sus monarcas, juzgaron era llegado el momento de dar la vida por ellos con la misma sencillez con que se da por un padre en peligro.

El castillo de Valençay
en imagen fotográfica hecha por Hipólito Bayard
a los pocos años de la Guerra de Independencia española

Por de pronto, ignoraban que el hijo de Carlos IV, don Francisco de Paula Borbón, ese último Infante que quedaba en Madrid aquel 2 de mayo de 1808, tomaba filosóficamente sus prisiones que, al socaire de un Tratado firmado en 1807, debía “interpretarse” de la misma manera como ahora se juzga la “protección” que ofrece la mafia a cambio de suspender una extorsión. El Tratado de Fontainebleau, una supuesta excusa para pasar por España y atacar a Portugal, aliada de Inglaterra, había dado a Francia en los hechos, el control militar de la capital y de las principales rutas españolas y favorecido la instalación local de un poderoso ejército al mando del general Joaquín Murat, un aguerrido y valiente botarate que causaría a Madrid, a España, a Europa y al propio Emperador —su cuñado— muchos de los momentos más amargos y crueles de su existencia contemporánea; y que terminaría su vida frente a un justiciero pelotón de fusilamiento en 1815.

Mientras la sangre corría por las calles de Madrid, la ópera bufa de la familia real —como con innegable gracejo nacional llamaría más tarde un historiador a estos episodios— seguía su curso en el lujoso castillo de Valençay. Carlos IV y su mujer, soñando con sustanciosas recompensas y sórdidas presencias, abanonaban en las manos del Corso una herencia sagrada que no les era permitido poner en manos de extraños; y a su propia desventura, a un pueblo que no merecían y cuyos arrestos harían sonreir al Cid desde los luceros. ¡Ay Dios bendito: qué buenos vasallos si hubiese buen señor!

Creyendo, pues, que los españoles serían gráciles y asustadizas empanadas “que se comen con solo abrir la boca” —según la genial y breve descripción que de sus compatriotas hiciera más tarde don José de San Martín— Murat ordena el mismo día 2 de mayo y el siguiente un crudelísimo escarmiento, consistente en la ejecución, por cualquier medio disponible e imaginable, de varios centenares de madrileños y cuyo número exacto hoy mismo no es posible precisar, pero que acaso superaría los dos millares.

La reacción nacional fué instantánea y fulminante

Señores Justicias de los pueblos a quienes se presentase este oficio, de mí el Alcalde de la villa de Móstoles:

Es notorio que los Franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la defensa, sobre este pueblo capital y las tropas españolas; por manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria, armándonos contra unos pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo, Después de haberse apoderado de la Augusta persona del Rey; procedamos pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente, como los Españoles lo son.

Dios guarde a Ustedes muchos años.
Móstoles dos de Mayo de mil ochocientos y ocho.

Andrés Torrejón, Simón Hernández


y el incendio se propagó por toda España con una velocidad y precisión que, aún hoy, hace meditar a los propulsores de las comunicaciones electrónicas. Gran parte de este alzamiento patriótico débese el espíritu local y foral que todavía animaba a los españoles, aún nada aturdidos por las modernas lisonjas del “bienestar” a cualquier precio, ni empachados de asistencialimos y otras tiranías viles, que un carácter todavía viril no estaba dispuesto a soportar.

¡Viva el Rey católico, mueran los malos gobiernos! se oía por todas partes —probándose hasta la saciedad, como solo pudo ocurrir en España, que ese pueblo era dueño indiscutible de una madurez política pocas veces vista en un Occidente ya casi completamente apóstata y creciemente —¡ironías de la revolución!— democrático.

Pocas semanas después, los invencibles ejércitos imperiales morderán el polvo de su primera y más feroz derrota en el paso de Baylén, obligando al Emperador a abandonar todos sus proyectos concebidos para su nueva Europa, y marchar a toda prisa para atender esa Península díscola, valiente e invencible. Pero ya no había remedio y el principio del fin estaba asomando; y el Emperador, acaso el hombre más talentoso que hayan dado estos siglos, lo comprendió enseguida y perfectamente. Y acaso, también, olfateó la repugnancia que hedía desde Valençay, por la cual tantos españoles daban alegremente sus vidas y —nobleza obliga el decirlo— con innegable grandeza de alma no quiso nunca utilizarla para desmoralizar a los sublevados, echándosela a la cara. Como fuese, lo cierto es que Napoleón no intentó vencer la resistencia anti-francesa denigrando los símbolos que mantenían unidos a los españoles, contentándose con poner a su hermano en el trono.

Mas la suerte echada estaba; y estos hechos fueron el detonante de la Guerra de la Independencia. De ambas guerras de la Independencia, la española y la americana.

Napoleón, que contaba con importar a España la Revolución de que era portaestandarte, con el auxilio de la propia casa real, vio su (doble) fracaso y separó a los Borbones de España, en un último, inútil y desesperado intento por apaciguar los ánimos y evitar esa guerra a dos puntas que terminaría con su amada y hasta ese momento ascendente estrella.

Lo demás es historia archisabida y casi nada comprendida; pues lo que recordamos hoy es una gesta patriótica esencial, no sola ni principalmente un hecho histórico aislado o acreedor a una aburrida evocación escolar o militar de circunstancias. Una gesta de la misma natura que aquella que, poco después, emprenderían los reinos americanos empeñados en buscar la restauración de Fernando el deseado, contra los ejércitos invasores de la Pepa (la constitución afrancesada y liberal de 1812), que suprimía los derechos del rey de Castilla a estos reinos.

Sin embargo, un oportunista borbonismo, excesivamente comprometido con la Revolución o con su propia supervivencia, se ensañaría más tarde con esos mismos reinos de ultramar y se dedicaría a desnaturalizar la gesta americana —tanto o más monárquica que la madrileña— intentando, por cualquier medio, demostrar que la Independencia transatlántica era consencuencia de un tan imposible como insostenible iluminismo americano y no lo que realmente fue: un rechazo del propio Fernando VII —el más repelente de los hombres públicos de su tiempo— a su misión real, y consecuencia inmediata y exacta de al orfandad a que este episodio redujo a su súbditos americanos.

Estas Américas, que un año y dos años antes habían probado su enconada fidelidad al rey batiendo en el campo de batalla a los contingentes ingleses invasores, esos mismos ingleses que los bonapartistas decían querer abatir, a su vez, en Portugal, no deseaban ni buscaban su indendencia del REY, sino de la España liberal y afrancesada, a la que igual amaban.

Por lo que, se ve, lo real es que los tiros y navajazos del 2 de mayo de 1808, sonaron desde Madrid en ambas márgenes del Atlántico mar.

Hay poco o nada escrito sobre todo esto, aunque haya demasiado papel impreso sobre las Guerras de Independencia en ambas márgenes del Imperio Español. El posterior y paralelo camino que seguirían las guerras civiles americanas y españolas y que arrancan de la introducción en la política de los gérmenes revolucionarios por parte de la propia Familia Real española, aún con su más y sus menos de detalles suplementarios y meramente anecdóticos —Constitución liberal de Cádiz de 1812, unitarios y federales en la Argentina, apostólicos y liberales y México, isabelinos y carlistas en España, conatos monárquicos en América— no hará más que remarcar la semejanza y señalar un destino común quebrantado y pisoteado por sus propios custodios, aunque las neblinas de la distancia y el tiempo y los afanosos intereses de los facciosos busquen desautorizar hecho tan principal y esclarecedor; y con ello, aléjese su posible comprensión histórica definitiva, necesariamente unitaria.

10 comentarios:

Cruz y Fierro dijo...

Muy bien por lo que toca a la España peninsular, pero esta versión tan redondita de las independencias americanas que -para el caso argentino- podríamos llamar irazustiana o nacionalista clásica deja demasiados cabos sueltos.

Otro día podemos hablar también de la artificial oposición entre Borbones y Austrias (que el nacionalismo argentino recoge quizás del falangismo), pues sólo hay que seguir el derrotero de estos últimos en Europa central (sin romanticismos).

Ludovico ben Cidehamete dijo...

Querido amigo:
Es cierto cuanto Ud. dice; pero tal vez la discusión futura debería centrarse en ¡los cabos sueltos!
El innegable monarquismo a ultranza (e inclusive pro-borbónico) de San Martín, Belgrano, el Congreso de Tucumán, el Plan de Iguala, Ithúrbide o el siempre indeciso Bolívar no dejan demasiado espacio a la duda en este renglón. Es demostrable que la poca monta de los personajes reales europeos (y su implícita adhesión a los nuevos cánones revolucionarios) y, en especial, la repelente personalidad de Fernando VII, hayan dado lugar a la declaración republicana masiva de los años siguientes a 1810, pese a los intentos monárquicos de los reinos americanos. Los experimentos brasileño, que duraría hasta 1888, y los dos imperios mexicanos son cuestiones que han dado mucho que hablar a ideólogos y literatos interesados, pero poco casi nada a auténticos críticos históricos, que toman dichos casos como intentos extranjeros de invasión, o como la perpetuación de una clase política,etc. Es decir, análisis marxista de la historia. Si uno se pone en la situación de, por ejemplo, Santo Tomás de Aquino, cuando estudia los regímenes políticos antiguos (sea o no suyo el texto, suya es sin duda la idea) se hace crítica histórica, filosofía de la historia; si se lee a Mitre o Groussac (que mucho de bueno tuvo el nobilísimo ciego), no se está haciendo crítica sino apologética.
Tal vez pueda parecer que los Irazusta hicieron lo mismo; pero ellos, o Vasconcelos (a mi modesto entender, con algunos errores), abrieron un camino que, hasta entonces y salvo excepcionales casos, como los de Rómulo Carbia, Juderías o Philip W. Powell, estaba minado por la lucha del protestantismo contra la Iglesia, y lo siguió estando hasta el siglo XX, estropeando todo intento serio de hacer Historia post-Reforma.
Si el prejuicio ha sido el criterio dominante para hacer historia, ¡sonamos!
Algún día, si Dios quiere, escribiré sobre los Gálvez, tío y sobrino y militares ambos, que además de ser los verdaderos gestores de la independencia yanki (una especie de Armada Invencible del siglo XVIII) "pensaron" una IberoAmérica futura que todavía está pendiente, y que, casualmente, coincidía fantásticamente con los ideales que llevaban los tres Libertadores.
Un caso interesante y sumamente vinculado es la misteriosa y tripunte aparición reciente de un supuesto "Plan Maitland", algo que, a mi entender, no pasa de una maniobra que tiene por finalidad extraviar la partida de bautismo de la América moderna.
En fin: el asunto daría para mucho más, y de hecho lo da; pero me parece que supera estas modestas páginas.
Un cordial saludo
L. b-C.

Cruzamante dijo...

Excelente artículo.
Me gusta hasta por nacionalista clásica e irazustiana.
Suyo en Xto Rey

Cruz y Fierro dijo...

Querido Ludovico,

no sé si habrá leído la nota que escribió el Prof. Antonio Caponnetto para El Caballero de Nuestra Señora. Ahí se hace mención de varios de esos "cabos sueltos" de que hablo. Entre ellos, el que se conmemora hoy, el Himno Nacional que convierte en tenida masónica cualquier festejo patrio.

In Dómino

Ludovico ben Cidehamete dijo...

Gracias, CruzyFierro por el dato; voy a buscar el artículo o se lo pediré directamente al autor.
I. D.
L. b-C.

Cruz y Fierro dijo...

El Problema Del 25 De Mayo
Por Antonio Caponnetto

[El Caballero De Nuestra Señora, 2º época Año: 8 Numero 147 8 de mayo del año del Señor 2008]

Querido Marcelo:

Me pides que te escriba para El Caballero de Nuestra Señora –publicación que llevo gratamente en el corazón desde los tiempos en que la iniciará, el inolvidable Padre Carlos Lojoya- alguna nota sobre La Revolución de Mayo.


Permitime que te diga porqué me resulta tan difícil hacerlo.


Tradicionalmente prevalecía la visión liberal y masónica de Mayo. Mayo era un dogma indiscutido, en virtud del cual debía repetirse que la patria había nacido en 1810, bajo los sacros auspicios de la democracia, del liberalismo y de la macabra Revoluta de 1789. España era una madrasta malísima –como la de las patochadas infantiles de Walt Disney- y habíamos hecho muy bien en sacárnoslas de encima. Los realistas eran tiranos opresores, los revolucionarios eran libertadores, y cada quien ocupaba su bando de malo o de bueno en los libros de texto. ¡Manes de parabienes!

No le faltaba fundamento in re a esta visión. Porque efectivamente, este Mayo liberal, masónico, antiespañol y aún anticatólico había existido. Quien se acerque a las malandanzas de Castelli, Moreno y Monteagudo –entre tantos otros- podrá comprobarlo. Otrosí queda penosamente al descubierto cuando se consideran los escritos o los actos del curerío progresista de entonces, más confundidos que Casaretto después del Summorum Pontificum de Benedicto XVI. Por eso desde Roma llegaron voces legítimamente recelosas sino admonitorias respecto del movimiento revolucionario, como lo ha probado Rómulo Carbia en su La Iglesia y la Revolución de Mayo.

Nuestro mismo Himno ratifica penosamente la existencia oficial de ese Mayo en todo contrario a nuestras raíces católicas. Hasta Ricardo Rojas –que le ha encontrado un par de plagios a la letra, y que nos exime “de la admiración estética”- se intranquiliza un poquitín ante aquello de “escupió su pestífera hiel”. ¿No será mucho, Vicente? Cristina lo canta a lo yanky, con la mano en su siliconado pecho. Yo, caro amigo, te confieso, como bautizado, no puedo andar gritando por ahí que la libertad es “un grito sagrado”. Y si tengo que ver “en un trono a la noble igualdad”, ya no es igualdad, pues está entronizada y ennoblecida.

Como fuere, el Mayo masonete existió y es aborrecible. Existió y fue el que terminó imponiéndose, salvo durante el interregno glorioso de Don Juan Manuel. Los zurdos –que atacan a Roca por lo que tuvo de bueno- suelen decir que “es preferible un Mayo Francés a un Julio Argentino”. Tengo para mí en ocasiones, ante tanta confusión, que es preferible que no haya mayos.

Los revisionistas –salvo alguno que creyó ver en el 25 de Mayo un 17 de octubre avant garde, y en el gorro frigio al famoso pochito con visera- en principio, pusieron las cosas en su lugar. Al menos los mejores de sus representantes probaron que hubo otro Mayo. Monárquico, hispánico, católico, militar y patricio; enemigo de Napoleón que no de España, fiel a nuestra condición de Reyno de un Imperio Cristiano, en pugna contra britanos y franchutes, filosóficamente escolástico, legítima e ingenuamente leal al Rey cautivo, y germen de una autonomía, que devino forzosamente en independencia, cuando la orfandad española fue total, como total el desquicio de la casa gobernante. Federico Ibarguren y Roberto Marfany, entre otros, se llevan las palmas del esclarecimiento y de la reivindicación de este otro Mayo. Mas nadie ha empardado, en claridad y en rectitud de juicio, al Mayo Revisado de Enrique Díaz Araujo. Sólo ha salido un tomo de los tres anunciados que componen la singular obra, pero es para aguardar ansiosos que la tríada se complete.

Tampoco faltan hechos y personajes para probar la existencia de este Mayo genuino. Están las Memorias de Saavedra, la Autobiografía de Domingo Matheu, la de Manuel Belgrano, las cartas de Chiclana, Viamonte y Tomás Manuel de Anchorena. Está la obrita curiosa de Alberdi, El Gobierno de Sudamérica, y el mensaje magnífico de Rosas a la Legislatura, del 25 de mayo de 1836. Y hasta las fábulas humorísticas de Domingo de Azcuénaga están para nuestro entendimiento de la época.

Leyendo meditadamente este material, es asombroso cómo se intelige el pasado y cómo se disipan las ficciones ideológicas. Lo que surge de estos valiosos testimonios no es el enjambre de conjeturales paraguas populistas, sino la espada de Saavedra “de dulce y pulido acero toledano, y que en su mano parecía una joya”, al buen decir de Hugo Wast. Espada puesta al servicio de la misma causa por la que en España, hacia la misma época, se desenvainaran otras para enfrentar al invasor Bonaparte. Y si surge también el Cabildo de estas veras semblanzas, es porque entonces, el mismo no era aún una figurita didáctica, sino una hidalga institución de raigambre medieval, custodia de los fueros locales y comarcales.

Pero están los documentos que retratan este Mayo porque estuvieron los acontecimientos y los hombres que los protagonizaron. Y esto sería lo más importante por considerar y celebrar hoy, sino fuera que ese “Mayismo” fue derrotado, y prevaleció el otro. No sólo historiográficamente, que ya es grave, sino política y fácticamente, que es lo peor.

Escuchemos a Rosas, en un fragmento de su valioso mensaje precitado: ”No se hizo [la Revolución de Mayo] para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad. No se hizo para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud. ¡Pero quien lo hubiera creído! Un acto tan heroico de generosidad y patriotismo, no menos que de lealtad y fidelidad a la nación española, fue interpretado en algunos malignamente […] Perseveramos siete años en aquella noble resolución de mantenernos fieles a España, hasta que, cansados de sufrir males sobre males, nos pusimos en manos de la Divina Providencia y confiando en su infinita bondad y justicia tomamos el único partido que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España y de toda otra dominación extranjera”.
Nuestros amigos carlistas, de un lado y del otro del Atlántico, están enojados con el 25 de Mayo. No les falta razones, ni son pocas las verdades que al respecto han recordado. Puede aceptarse incluso lo que enseñan: que nuestra guerra independentista tuvo algo o bastante de una dolorosa guerra civil, en tanto americanos hubo que se sentían inaboliblemente insertos a la Corona, con un gesto de lealtad que los honra. Puede y debe aceptarse, además, que la fábula escolar de “los realistas” malvados y los “patriotas” impolutos es un cuento de mal gusto. El realista Liniers fue un arquetipo de nuestra lucha soberana; el patriota Moreno, la contrafigura del cipayo. Y hasta tienen razón los carlistas cuando comentan que, en ciertas zonas hispanoamericanas, los negros defendieron la Corona y se batieron por su causa, sin importarle su condición. Claro que hablamos –como lo hace Luis Corsi Otálora- de los bravos negros que enarbolaban orgullosos los pendones de la Orden de San Luis- y no de los morochos mercenarios de D’elía. Por eso decía Ramón Doll que “hay negros de todos los colores”.

Pero determinadas cosas vinculadas a nuestro 25 de Mayo, los admirados carlistas parecería que no quieren ver, o ven a medias, y entonces precipitan sus juicios. No quieren ver, por ejemplo,la gravísima crisis moral del Imperio Español, sintetizada en aquella sentencia tan dura cuanto cierta de Richard Heer: “España estaba gobernada por un galán frívolo, una reina lasciva y un rey cornudo”. No quieren ver que, a comienzos de 1810, sólo quedaban las apariencias de España, con “los franceses que salen por un lado y los ingleses que entran por el otro”, según afirmación de Benito Pérez Galdós en “El equipaje del Rey José”. No quieren ver que tanto ultraje, tanto vejamen, tanta depredación y anonadamiento de la Madre Patria, eran males causados por sus mismos reyes felones, por su misma borbonidad traicionera, por la vacancia y la acefalía cobarde de una Corona, que ya no era la de los siglos del Descubrimiento y la Evangelización.

Y no quieren ver –como lo ha sintetizado certeramente Luis Alfredo Andregnette Capurro, replicando a Federico Suárez Verdeguer- que “las Cortes de 1810 y 1812, pletóricas de iluminismo jacobino, y Fernando VII con su avaricia absolutista, precursora del liberalismo, sellaron la destrucción del Imperio Católico. Crimen incalificable, porque la Revolución (en el sentido del verbo latino volver hacia atrás),aspiró a una unión más perfecta con la Metrópoli”. Crimen que se ejecutó con varias puñaladas traperas, como cuando el 24 de septiembre de 1810, las Cortes de Cádiz aprobaron la ley por la cual se dispuso la extinción de Provincias y Reynos diferenciados de España e Indias, en clara señal de abolición de los honrosos Pactos sellados por Carlos V en Barcelona el 14 de septiembre de 1519.

¿De qué lado estaba entonces la traición? ¿De los americanos que se levantaban jurando fidelidad al rey Cautivo, deseando conservar sus tierras, aunque reclamando la necesaria autonomía para no ser arrastrados por la crisis peninsular, o de la casa gobernante española que pactó la rendición ante Napoleón Bonaparte? ¿Quiénes eran los leales, los que se rebelaban aquí, a imitación de los combatientes hispánicos, para comportarse como súbditos corajudos y lúcidos, o aquellos funcionarios, cortesanos y monarcas que se desentendieron vilmente de la suerte de estos Reynos, como lo gritaba Fray Pantaleón García en el Buenos Aires de 1810? ¿Adónde la fidelidad? ¿En las intrigas borbónicas para convertirnos en pato de la boda, como decía Saavedra; o en este surero Buenos Aires levantado en hazañas, primero contra el hereje britano, y contra los alcahuetes de Pepe Botella después, y en ambos casos, levantado siempre con la bandera de España entre los mástiles?

A ver si nos vamos entendiendo.

La historia es historia de lo que fue, no de lo que pudo haber sido, o de lo que nos hubiese gustado que fuera.

Nos hubiese gustado que el Imperio Hispano Católico no se extinguiera; y que nosotros nos constituyéramos en “la última avanzada de ese Imperio”, como cantaba Anzoátegui. Nos hubiese gustado que Mayo no hubiese sido necesario; y seguiremos repitiendo con José Antonio: “si volvieran Isabel y Fernando, ya mismo me declaraba monárquico”; esto es vasallo de aquella Corona por la cual la monarquía se reencontró a sí misma como forma pura y paradigmática de gobierno.

Nos hubieran gustado tantas cosas.

Pero los hechos se dieron de otro modo, seguramente por permisión de la Divina Providencia. Y no renegamos de nuestro Mayo Católico e Hispánico, ni de una autonomía que no era desarraigo, ni separación espiritual, ni ingratitud moral. No renegamos de aquellos patriotas que, portadores de sangre y de estirpe hispanocriolla, tuvieron que batirse al fin, heroicamente, para que esa autonomía fuese respetada.

¿Ves, querido Marcelo, porqué es tan difícil hablar o escribir sobre el 25 de Mayo?

¿Qué festejamos ese día? El Mayo masón desde ya que no. Ese será el del Bicentenario Oficial. Un festejo tan desnaturalizado y horrible como lo fue el de la gloriosa Reconquista y Defensa de 1806-1807. Será el Mayo falsificado y ruin, liberal y marxista, agravado por el magisterio soez de Felipe Pigna –nuevo Taita Magno de la Historia, como lo ridiculizaría Castellani- según el cual, Moreno fue el primer desaparecido y Saavedra el primer represor. Y lo peor es que a esta obscenidad llaman algunos ahora revisionismo histórico.

El Mayo de algunos de nuestros entrañables amigos españoles, tampoco podríamos festejar. Para ellos lo de aquí fue una simple traición a España; y aunque traidores hubo, sin duda, tuvo aquel acontecimiento protagonistas centrales transidos de lealtad y de fidelidad, de arraigo espiritual y encepamiento religioso, de recto y fecundo amor al solar natal, de prudente, gradual y legítimo sentido de emancipación americana.

El Mayo de los revisionistas heterodoxos, que vieron en aquellas jornadas de 1810 un alzamiento de orilleros resentidos y desarrapados rencorosos, tampoco es celebrable. Entre otras cosas, porque no existió. El piqueterismo es cosa de este siglo. Tampoco el Mayo de los católicos liberales, que creyeron calmar sus conciencias encontrando alguna tonsura entre los revolucionarios, aunque enseñaran las peores macanas modernistas.

Si algún Mayo recuerdo con gratitud,emoción y decoro; con absoluta austeridad de manifestaciones festivas, es el que encarna aquel Comandante de Patricios, que afirmando con meridiana claridad que se alzaba contra franceses e ingleses -y contra todos aquellos que aquí o acullá quisieran comprometer el destino de estas tierras franqueándoles las invasiones- puso su condición militar al servicio de Dios y de entrambas Españas.

De él dijo Braulio Anzoátegui: “Saavedra era un militar que jamás andaba sin uniforme, porque comprendía que un militar sin uniforme es una persona peligrosa que de pronto le da por pensar como un político cualquiera, y piensa y es capaz de olvidarlo todo; es como una dueña de casa que olvida lo que vale la docena de huevos. En esto se parecen las malas dueñas de casa a los malos militares: en que no saben cuánto valen los huevos”.

Saavedra lo sabía. Y tenía fama de saber estas cosas fundamentales. Por eso, el Capitán Duarte lo quiso proclamar Rey de América. Pero Moreno lo acusó de borracho y lo desterró de la ciudad. También desterrado acabaría Saavedra.

Curioso destino el de nuestros hombres de armas. Si no saben cuánto valen los huevos los nombran Generales. Si proclaman nuestra soberanía pasan a la historia por borrachos.

Te mando un abrazo fuerte
En Cristo y en la Patria

Antonio Caponnetto

Ludovico ben Cidehamete dijo...

¡Muchas gracias, CyFierro!
L. b-C.

Cruz y Fierro dijo...

Un texto aparecido en Cabildo que me reenviaron ayer:

MAYO: HONOR EN LA FIDELIDAD

El Alzamiento antibonapartista en las Españas de 1808, produjo la reaparición del antiguo espíritu medieval feudalista y municipal que enfrentó al prometeico liberalismo que traían los ejércitos del Corso.

El juntismo español de esos momentos marcó una clave de gloria en el accionar contrarrevolucionario. La misma situación se dio en los Reinos de Indias, donde estaba muy clara la adhesión al Monarca. Fidelidad ya exhibida con altivez en las reuniones de Montevideo y Buenos Aires de agosto de 1806 y febrero de 1807, cuando Liniers fuera proclamado Jefe Militar y luego Virrey. Se daba por entonces el primer fracaso de Gran Bretaña en su intento de destruir el Imperio Hispano Católico transformando sus atomizados restos en dependencias financieras de la masónica City londinense. Honor a la Patria que mostró la “Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo” en el Cabildo Abierto del 21 de septiembre de 1808 donde expresó su voluntad de formar “una Junta como las de España”.

El suceso histórico de Mayo de 1810 estalla en el espíritu siempre presente en las “Repúblicas Comunales Indianas” y como resultado de la certeza de la pérdida de todo el territorio de la Madre Patria a manos del jacobinismo napoleónida. El acontecimiento daba un fuerte impulso a lo que se ha dado en llamar Revolución Americana. Ésta, como muy bien lo señalara nuestro Profesor de juventud, el Dr. Felipe Ferreiro: “…no fue un proceso anti hispánico sino una variante regional de la revolución española, y aspiraba a una unión más perfecta pugnando por conseguir un reajuste general administrativo y particularmente mayor autonomía, pero siempre dentro de la unidad hispánica…”

Cabe entonces afirmar, aunque para algunos despistados todavía pueda sonar a herejía, que la Revolución de Mayo fue un acto de Lealtad encaminada precisamente a asegurar el voto a la Corona, emitido por el pueblo de Buenos Aires al jurarla canónicamente el 23 de agosto de 1808, no por imposición de las autoridades, sino contra la cobarde demora. Un relato de esa jornada que aparece en el tomo 1º del Archivo Pueyrredón permite aquilatar el sentimiento fernandista de Unidad de Destino que tenía entonces Buenos Aires y que se extendía por las Capitanías y Virreinatos. Unidad de los Reinos tal como aparecía en la Real Cédula de Carlos V, y luego en el espíritu de la Leyes de Indias. Discrepancias sobre la forma mejor de conducir a los pueblos durante la vacancia del Trono desembocaron en una guerra civil en la que los bandos mostraron su sincera lealtad monárquica. Así, José Artigas, vencedor en Las Piedras y hombre de la Junta Grande de Buenos Aires, propuso al Virrey Elío un armisticio: “…para conservar ilesos los dominios de nuestro augusto soberano Fernando VII de la opresión del tirano de Europa…”

Perfecta comprensión del acontecimiento de la Patria Grande lo mostró don Juan Manuel de Rosas en meditado discurso ante el Cuerpo Diplomático el 25 de mayo de 1836. Allí lucen los párrafos que reproducimos: “Qué grande, señores, debe ser para todo argentino este día consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía… Y cuán glorioso es para los hijos de Buenos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y dignidad sin ejemplo. No para sublevarnos contra las autoridades legítimamente constituidas. No para rebelarnos contra nuestro soberano, sino para conservarle la posesión de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los españoles sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, poniéndonos en actitud de auxiliarlos. Estos, señores, fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo celebrado en esta Ciudad el 22 de mayo de 1810, cuya acta debería grabarse en láminas de oro para honra eterna del gran pueblo porteño. Pero ¡ah! ¡Quién lo hubiera creído! Un acto que ejercido entre otros pueblos con menos dignidad y nobleza mereció los mayores elogios, fue interpretado entre nosotros malignamente como una rebelión disfrazada por los mismos que debieron haber agotado su admiración y gratitud para corresponderlo dignamente, etc…”

Refiriéndose a esta alocución escribió Don Julio Irazusta: “Ella concilia el hecho de la emancipación con el lealismo imperial y monárquico de nuestro primer gobierno autónomo y salva la dignidad nacional de la tacha de perfidia colectiva…” Como bien lo expresa el Maestro, el Restaurador deja muy claro el sentido de la Revolución de Mayo y su rechazo a la versión del siniestro Monteagudo, que difamara a los hombres de Mayo, a quienes señaló como cubiertos por “una máscara inútil y odiosa”. Calumnia que, aunque refutada por el Dr. Vicente Pazos Silva, en aquel momento fue repetida por Mitre en su “Historia de Belgrano”. De ahí tomó categoría de axioma.

El verdadero carácter de la Revolución de Mayo fue de Honor en la Fidelidad y jamás de perfidia culpable de la guerra con la Madre Patria. El enfrentamiento llegó luego del 24 de septiembre de 1810, cuando la masónica Asamblea de Cádiz desdeñó el federalismo natural de Reinos y Provincias, basado en la comunidad de sangre y Fe para instaurar un inmenso Estado centralizado según el modelo de la subversión francesa. Fue el momento en que José de San Martín se incorporó a la lucha de América.

Luis Alfredo Andregnette Capurro

Ludovico ben Cidehamete dijo...

¡Sí señor mío, así fué!
Es Ud. un perfecto caballero, mi amigo.
Y en cuanto al texto, le agrego:
La misión de 1808 a Buenos Aires del marqués de Sassenay, un emigrado francés que volvió a Francia al amparo de la amnistía bonapartista de 1798 y elegido para la misión por el Emperador por su antigua amistad íntima con don Santiago de Liniers, fue tal vez el acto más trascedental que haya tenido lugar entre nosotros en esos años. Sassenay debía convencer a los ultramarinos de jurar lealtad a José Bonaparte, nuevo rey de España, o amenanzar con un castigo ejemplar.
Para Liniers, que acogió al viajero en su casa, fue funesto: Nunca más se libraría de la sospecha de haber sido partidario de juramentar al Rey José, contra los derechos del recientemente proclamado Fernando VII, preso en Bayona.
Para Sasseney fue espantoso: quedó preso de las autoridades y sus peripecias para volver a Francia, son increíbles y dan para una novela del tipo del Conde de Montecristo. Cuando logró regresar, su mujer norteamericana no lo reconoció.
El Cabildo se apresuró a jurar lealtad a Fernando VII, lo que hizo a Buenos Aires el primer reino del Imperio en aclamarlo como rey, antes que lo hiciera cualquier otra autoridad en toda la extensión imperial, con el propósito de vencer la demora en que incurría el acorralado virrey Liniers y evitar que nadie tomara partido por José Bonaparte, el usurpador, el tirano, etc.
Es muy probable que, aparte y más allá de las personas intervinientes y las circunstancias que rodearon los crueles episodios, estos hechos hayan determinado la inflexible determinación de la Junta con Liniers. Cuando esto ocurría aquí, junio 1810, Elío lo tenía todavía preso a Sassenay en Montevideo.
La negativa a jurar rey José I en 1898, y la continuidad de la Junta de Mayo en esta porfía, nos echó encima a todo el Ejército español...
Cordiales saludos de L. b-C.

PD: ¿No es un bello homenaje al día que festejanos decir estas verdades?

Ludovico ben Cidehamete dijo...

En la penúltima línea quise decir: 1808. Vale.