viernes, 9 de mayo de 2008

La Conquista del Desierto y el capitán Rufino Solano

Un extensísimo e interesante artículo nos ha sido enviado en forma de "comentario" (y que por su extensión no sabemos como llevarlo a forma de artículo, como desearíamos), a la entrada sobre la beatificación de Ceferino Namuncurá, y con el evidente propósito de ilustrar a los equivocados y confudir a los bandidos que niegan la innegable obra piadosa de conversión al catolicismo de los indios pampas, y la generosidad política de “hacerlos gente” e incorporarlos a una vida civilizada donde el rapto de mujeres, el robo de haciendas, el homicidio y toda clase de rapacería no constituyesen el modo habitual de vida. Y los muy vivos nos dieron nuestro primer Beato ¡qué tal! Eso es aprovechar bien las cosas que Dios pone en el camino.

Lo que vino después no es culpa nuestra, es decir de los argentinos ahora en el exilio, sino de la demosgracia libertina, falaz y descreída, que vino muy luego; o sea, cuando la mariconería, predominante ahora, juzgó que podía lanzarse sin peligros a la calle por que los benditos soldaditos de frontera y los curas de Don Bosco, habían puesto en orden al temible desierto, que estaba hai' nomá', dejando sus huesos blanqueando al sol en tan arduo intento. Y que fue la última Cruzada propiamente dicha que vio la era moderna. Vale.

Para que se sepa lo que era aquello, contamos una sola anécdota: Después de la terrible batalla de San Carlos contra las huestes de Calfucurá, en marzo de 1872, donde la indiada, reconociendo en el capitán a un viejo amigo, le pedía a gritos que se pasara de bando, las relaciones con la toldería no podían ser peores. Enterado que el Emperador de la Pampa está en las últimas, Solano (en la foto, a la extrema izquierda, junto al padre de Ceferino) va a visitarlo, más o menos un año después de la batalla que puso fin al Imperio pampa. Calfucurá lo recibe con gran cariño y el soldado cristiano le ruega que le entregue las cautivas que tenga, para que no sean sacrificadas a su muerte, como era tradición india. El gesto de Calfucurá es inmenso de magnanimidad: le dice a Solano que parta esa misma noche con las cautivas, por que en pocas horas él morirá y no le será posible evitar que el malón lo mate a él y a las mujeres huincas. Y con este último gesto de gran señor, Calfucurá entrega su alma a Dios esa misma noche, cuando Solano ya huye a toda marcha, distante de la toldería lo suficiente para ponerse a salvo de los furiosos caciquejos que, muerto el Emperador, lo persiguen a muerte sin darle alcance.

La diferencia entre los indios de aquellos tiempos y los criminales patricidas de hoy en día, es el arrepentimiento, esa extraña forma de nobleza repentina, divina inspiración, que corona la testa del más bruto y cuya ausencia rebaja al más pintado. A cuidarse mucho, pues

1 comentario:

MARÍA dijo...

Realmente impresionante y conmovedor el artículo sobre el Capitán Rufino Solano. Hay que considerar la situación que vivían las personas cautivas, especialmente las mujeres, a las cuales se les hacía vivir un infierno en vida: sometidas cruelmente a un sufrimiento moral y físico, condenadas a una angustia sin límites ni esperanzas, la pérdida absoluta del contacto con todos sus seres queridos, el renovado martirio, etc. Ellos son solo algunos rasgos del cautiverio, que podemos llegar a imaginar. Respecto si es un tema de la de la actualidad o el pasado, rescato las palabras vertidas por una mujer cautiva que expresan lo siguiente: “Estoy cansada de sufrir, de llevarlo por dentro todos los días, de decirme mentiras a mí misma y de ver que cada día es igual al infierno del anterior…”; "Estoy cansada de sufrir y eso hace que la muerte sea una opción dulce”; las palabras transcriptas han sido extraídas de una carta enviada por la Sra. Ingrid Betancourt a su esposo el 28 de febrero de 2008, ella es víctima de cautiverio por parte de las FARC en la selva colombiana, estado en que se encuentra desde hace más de seis años. La significación y alcance de hechos de esta naturaleza provocan la conmoción y preocupación mundial. Más allá del tiempo, no cabe ninguna duda que el sufrimiento, el desconsuelo y la desdicha padecidas por las víctimas de cautiverio deben ser absolutamente similares en todas las épocas, tanto en la actualidad como en el pasado. Es por ello que considero que la obra del capitán Rufino Solano, salvador de cientos de cautivas en la Argentina, debe ser reconocida y recordada en su justa dimensión. Les saluda muy atentamente: MARÍA.-