sábado, 2 de agosto de 2008

¿Cuántos se salvan?

¿Se salvan muchos o pocos...? No sabemos a ciencia cierta absolutamente nada sobre esto.

—¿Cómo nada de nada? Algo sabemos, vea usté. Como se informa aquí (y bastante bien por cierto) parece que serán unos poquitos, o algunos más en ciertas circunstancias, pero nunca muchisísimos...

El problema, no obstante existir, tal vez sea un falso dilema en un sentido, porque si yo me salvo la pregunta es ociosa: la salvación es, ante todo, una cuestión personal. Y esto es rigurosamente cierto mal que pese a los populistas sentimentales de siempre y a los diversos progresistas “normalizados” contra el crecimiento demográfico del Infierno, al amparo de von Balthasar, o algún otro derogacionismo infernal de tufo sospechoso. Pues el infierno existe y el Papa se ha propuesto restablecer el santo temor a la perdición eterna como un estímulo incesante para alcanzar la Salvación. Pero sin duda alguna, el primer impulso religioso, como tal, es la salvación propia, como recordáramos en otro artículo anterior, al amparo de castellaniana autoridad.

De arranque, la cuestión es peliaguda, pues compete al hombre preguntarse primero si él se salvará y de qué modo debe hacerlo (y ésta es la recomendación divina) y, recién después, convertirse a sí mismo en causa vicaria de la salvación ajena de la cual podrá ser medio, nunca causa; pues eso no es cuestión suya, en el sentido propio, sino del otro.

—¡Ah, pícaro, no me contestó!

Y no, con certeza no se puede responder, a no ser: “No sé, no sé, no sé ...”, lo cual no es una respuesta sino una verificación de la realidad.

Pero aún así, no es todo: Los Santos Padres son crudamente escépticos sobre la cantidad de los que llegarán a la Gloria, pensando que serán la menor parte de la humanidad. E intentan afirmarse en textos de escritores sagrados de incuestionable autoridad y pesadez.

Pero por cierto debe darse que, contra esto, (y también contra el falso optimismo moderno) se interpone la mismísima Gloria de Dios, que razonablemente no puede tolerar que el demonio le arrebate así como así a la mayor parte de la humanidad rescatada a precio de Sangre por Su Hijo, consintiéndole un triunfo que asegurósele perdido irremediablemente al pie de la Cruz. Imposible, absolutamente imposible. En todo caso, es aceptable que haya sido poco didáctico informar al género humano, vía Revelación, el número exacto de los elegidos, o su porcentaje —cuestión cuantitativa muy del gusto tilingo moderno, pero muy alejada del carácter aristocrático del espíritu antiguo— para evitar los efectos perniciosos de las euforias optimistas que, alejando al hombre del consejo que manda la vigilancia permanente, expusieran su alma a la eterna perdición.

En segundo lugar, sería un atentado a la Divina Misericordia pensar que se pueda permitir al demonio que se llevase cautivos por toda la eternidad a una gran cantidad de seres que Dios creó para Sí, para la Caridad perfecta y la visión beatífica. Santo Tomás afirma sin el menor rubor que la Misericordia es la perla más excelsa en la corona divina.

Si Dios hubiese revelado que muy pocos se salvarían, casi nadie haría el esfuerzo por salvarse y la Redención sería filfa pura, una anécdota pasajera en el eternamente triste decurso de la humanidad; que habría sido creada para el infierno y no para el Cielo, en cuanto que Dios no puede haber creado algo para un fin al que nunca llegará. Impensable, contradictorio y contrario a lo que afirma San Pablo en Tesalonicenses 5: Porque Dios no nos ha destinado al castigo, sino a obtener la salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo; él murió por nosotros para que, despiertos o dormidos, vivamos con él, y otra vez en 1 Tim 2, 3-4. De modo que la Salvación debe ser posible y, además, asequible con cierta facilidad a la mayor parte de la Humanidad, bajo ciertas condiciones. Como se explica en el artículo que venimos glosando, y que incluye una santa y fiel predicación del Evangelio por parte de la Iglesia, una frecuente recepción de los Sacramentos y una vida cristiana que, aunque no exenta de caídas, se alimente sobre todo de una Esperanza cristiana (Rom. 8, 24) en la Misericordia de Dios.

Santo Domingo Savio, en sus últimas horas sobre la tierra, interrogaba a Don Bosco sobre la certeza de la propia salvación, obteniendo como respuesta del Santo que, cumpliendo estas cosas, razonablemente puede tenerse la certeza de la Salvación eterna.

Por otra parte, si la predicación cristiana fuese que la salvación es avío para unos pocos elegidos, como afirman los Testigos de Jehová, el pesimismo borraría por completo la virtud teologal de la Esperanza que, como tal, carecería de sentido y todos los esfuerzos por llegar al Cielo serían abandonados inmediatamente, por inútiles. Dios todo lo puede, menos contradecirse; de manera que éste no puede ser el sentido del mensaje divino.

—Pero qué dice, hombre ¿y aquello de la puerta estrecha no es verdá, eh?

Vaya que sí lo es; pero el caso es que la puerta no es el destino final sino la entrada, y si es angosta quiere decir que debemos soportar sus estrecheces con buen ánimo para podder llegar al Cielo, y no puede significar, ni por implicancia, que lo que haya detrás sea pequeño y angosto como la puerta ... Con ese criterio, las cerraduras de los palacios deberían ser enormes ...

Por más datos, cuando el Apokalypsis menciona el número de los castos elegidos, que trepan los 144.000, les agrega incontinenti una muchedumbre incontable:

Después de esto apareció en la visión una muchedumbre innumerable de toda nación y raza, pueblo y lengua; estaban de pie ante el trono y ante el cordero, vestidos de blanco y con palmas en la mano

El color blanco y las palmas en sus manos señalan su salvación de manera inequívoca. Y son incontables, innumerables. O sea muchísimos y no una pusillus grex.

Por último, muchos comentaristas serios afirman que las frases de Nuestro Señor como ésta: No temáis, pequeña grey, que a vuestro Padre del Cielo plugo daros el reino o aquella otra Lo que hiciéreis con alguno de éstos, ConMigo lo hacéis..., están referidas por antonomasia a los sacerdotes, los elegidos vírgenes, mientras que solamente por extensión analógica pueden aplicarse a todos los fieles creyentes. Pero que no se refieren a la salvación de la humanidad en general, sino a un grupo particular que ha sido llamado singularmente.

¿Podemos dudar que iremos al Cielo tras nuestros santos sacerdotes?

—Entonces, ¿se salvarán solamente los sacerdotes que son vírgenes? ¡Nooooo, más quisieran ellos! No, no es eso lo que está revelado, pero sí es lo que creían algunos albigenses o los susodichos Testigos de Jehová, o cualquier sectario con espíritu farisaico. Pero si fuese así, Abrahám no se habría salvado, como cree la Iglesia con serio fundamento, ni San Pedro, ni ningún padre de familia, como San Joaquín o Santa Ana y algunos otros que, según manifiesta la Iglesia con certeza sobrenatural, están ya en el Cielo.

Hay, pues, que rezar para tener sacerdotes santos, en la certeza que son ellos canal de salvación para las muchedumbres que tiene Dios previstas desde toda la Eternidad. Existe un último argumento, proveniente de la Tradición de los primeros siglos, en favor del elevado número de los que serían salvados y es éste: Que Dios creó a los hombres para compensar el número de los ángeles caídos, que habrían sido también innumerables; y que por lo tanto, el número de los salvados sería correlativo al de los ángeles caídos, de modo que el ciclo humano se cerraría al llenarse dicho número. Y por lo tanto, el número del género humano sería igual a los hombres necesarios para compensar los ángeles caídos, menos los condenados...

La Vírgen del Apokalypsis
Velázquez

Nada sabemos de aritmética divina ni atestiguamos la veracidad de esta última opiniòn, pero existe y se puede leer en comentaristas antiguos de los Sagrados Libros.

Otro problema (y vamos concluyendo) es el tiempo en que se vive; lo presente no permite abrigar casi ninguna esperanza sobre el destino trágico de la mayor parte de la humanidad ... actual. La humanidad, en realidad, está compuesta por los individuos de todos los tiempos y no solamente por los del tiempo presente; sin embargo, como el hombre juzga de lo desconocido según lo que le es conocido, juzga de lo eterno según lo presente. Y generalmente, mete la pata. El intento de conocer si muchos o pocos serán salvos está signado por la inmensa fetidez de la apostasía moderna y, por consiguiente, nuestro juicio será parcial, incompleto y asímismo, falso, casi de necesidad. Hubo tiempos mejores, aún en épocas paganas. ¿Los habrá mejores? No sabemos —lo creemos poco probable. Como sea, la respuesta a una cuestión tan tormentosa no debe reservarse a una época como la presente, atípica en todo sentido e inhumana en cualquier sentido. O acaso, debe fomentarse en la época presente, aquejada de un plácido y resignado pesimismo, más que en ninguna otra, justamente para contrarrestar dicho veneno. Y la pérdida del sentido religioso (propiamente, el de la salvación personal) no es un dato menor.

Pues bien, entonces: ¿cuántos se salvan?

Se salvan los que seriamente se quieren salvar. Si Dios quiere; y la Virgen Bendita.

8 comentarios:

Ludovico ben Cidehamete dijo...

Sí Anónimo, pienso lo mismo. Y considero también a salvo a los que van al Purgatorio.
Cordialmente
L. b-C.

Anónimo dijo...

Muy buen post.

Osvaldo

AMDG dijo...

Creo que relacionar virginidad con salvación no tiene ningún sentido. La virginidad solo puede ser “extraordinaria”; es decir, una “anormalidad”.

No sabría juzgar los tiempos actuales. Hay muchas cosas que dan verdadero asco, pero también hay mucha gente muy buena y generosa.

Un saludo

Ludovico ben Cidehamete dijo...

Apreciado AMDG:
No relacionamos la virginidad con la salvación, puesto que la virginidad por sí sola no es meritoria -como Ud. sugiere- si no va unida al sentido cristiano y hasta natural, si se quiere, de "castidad".
Lo hemos mencionado, si Ud. se fija bien, para desecharlo, precisamente por que todavía hay quienes piensan que de la virginidad depende la salvación y esto es un error teológico y una aberración de la razón natural.
Cordialmente

L. b-C.

Bucéfalo dijo...

Querido amigo,

¡ha traicionado usted los primeros principios del socialismo, pretendiendo erróneamente que "la salvación es, ante todo, una cuestión personal"!

Lo es, para los libres. Pa' quienes no lo son, van los méritos de otros.

Piense uted, por ejemplo, en un joven cocodrilo, o un sufrido xenoexoestraterrestre de alguna remota vieja estrella de una igualmente remota y aun más vieja galaxia.

Usted puede ser libre porque ellos sufren. Porque la existencia (ojillo aquí: ¡piense en la distinción real!) del bicho terrestre permitió formar su cuerpo, en esa arcilla evolutiva que le dio sus genes; y la existencia del remoto sufridor al deberse a leyes naturales asegura la quenosis del Creador, quien de manifestársele en patencia viciaría la libertad de usted.

Así que pórtese usted muy bien, que debe hacer méritos por todos los no libres. Así compartirá usted el paraíso con el último crocodíliddo, el último hipopotamus y el último alieno.

Y no ver delicia allí, sería pecado.

¿Ve usted, que el socialismo marxista leninista coincide en esto con los valores de la Fe?

Un cordial abrazo, y orante

Bucéfalo dijo...

VERSION PARA COMUNICAR (LA ANTERIOR CONTIENE ERRATAS; PERDON POR LA MOLESTIA)
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Querido amigo,

¡Ha traicionado usted los primeros principios del socialismo, pretendiendo erróneamente que "la salvación es, ante todo, una cuestión personal"!

Lo es, para los libres. Pa' quienes no lo son, van los méritos de otros.

Piense usted, por ejemplo, en un joven cocodrilo, o un sufrido xenoexoextraterrestre de algún remoto solcito viejo en una igualmente remota y aun más vieja galaxia.

Usted puede ser libre porque ellos sufren. Porque la existencia (ojillo aquí: ¡piense en la distinción real!) del bicho terrestre permitió formar su cuerpo, en esa arcilla evolutiva que le dio a usted sus genes; y la existencia del remoto sufridor al deberse a leyes naturales generales asegura la quenosis del Creador, quien de manifestársele en patencia viciaría la libertad de usted.

Así que pórtese muy bien usted, inmerecido libérrimo, que debe hacer méritos por todos los no libres. Así compartirá usted el paraíso con el último crocodíliddo, el último hipopotamus y el último alieno.

Y no ver delicia allí, sería pecado. Rechazo del buen fin de la libertad, y de su responsabilidad en ella.

¿Ve usted, que el socialismo marxistaleninista coincide en esto con los valores de la Fe?

Un cordial abrazo, y orante

Bucéfalo

Anónimo dijo...

He leído superficialemente este post, pero me ha llenado de esperanza. Lo voy a leer más detenidamente cuando tenga un poco más de tiempo.

Gracias.

Anónimo dijo...

Dios quiere que todos se salven.
Por eso la Segunda Persona de la Santa Trinidad, Jesucristo, entregó su vida y su sangre.
Pero......., también hizo al hombre libre. Pues de no ser libre el hombre no podría merecer. Y el mayor mérito (recompensa) para el hombre es alcanzar la Gloria Eterna del Paraíso.
Pero esa misma libertad, permite al hombre dar la espalda a Dios.
De ahí nace el demérito del hombre.
Por tanto, de ese demérito, el hombre concluye su existencia temporal para empezar otra eterna: el infierno. La causa del infierno: que el hombre es libre para rechazar al Amor.
La causa del Cielo, que el hombre es libre para amar al Amor.