miércoles, 25 de julio de 2007

Santiago el Mayor

Los Hechos de los Apóstoles y la Tradición coinciden en que Santiago, el hermano de Juan Evangelista, fué ejecutado en Jerusalém hacia el año 44 de nuestra era, por orden de Herodes Agripa, bajo la incitación de los judíos. El lugar elegido para el suplicio del Hijo del Trueno, arrojada fuera toda casualidad creída ingenuamente por incautos y pretensiosos, fue el mismísimo monte Calvario, cuyas piedras retuvieran aún la Preciosísima Sangre del Mesías, derramada sobre la Calavera y los despojos de Adán.

La misma Tradición, sostiene que sus reliquias fueron llevadas, en accidentado periplo, hasta Galicia por sus discípulos, muchos de los cuales le siguieran, pocos años antes, como compañeros de viaje por las remotas y aún salvajes tierras de Hispania, a fin de adquirir prosélitos para el Divino Maestro y siguiendo una interior e indubitable inspiración. Algunos historiadores modernos, como el gallego don Claudio Sánchez Albornoz, han puesto en crisis la afirmación que sostiene este hecho y, por consiguiente, han declardo inverosímil que los despojos mortales que guarda la Basílica gallega fueran las reliquias del Primer Apóstol mártir; para ello, han debido recurrir a una supuesta historia, aún más inverosímil, que propone que los huesos compostelanos serían los del obispo español Prisciliano, muerto en pública ejecución en Alemania, a mediados del siglo IV, por obscuras razones.

Sin embargo, la Tradición del viaje de Santiago a España, causa motiva oculta que parece serlo de todas estas discusiones, como que es señal irrefutable de una predilección divina difícil de seguir traicionando, se mantiene incólume; principalmente, por los rastros inequívocos de esta predilección; que en España, sobre ser abundantes, son siempre milagrosos.

Santiago Apóstol
por Rivera

Como al pasar, destacamos dos casos: el primero, la extraordinaria Reconquista, una Cruzada netamente nacional que, a destiempo, o a contratiempo y despechando las restantes empresas continentales de idéntico propósito pero desolado final, fue coronada por el éxito militar, político y religioso más impresionante de toda Europa; y segundo, el notable caso del Santuario mariano del Pilar de Zaragoza —la añeja Cesaraugusta de los tiempos apostólicos— en el cual el Apóstol Jacobo recibiera la visión de la aún terrenal Madre de Dios para brindarle consejo, apoyo y protección divina y ordenarle que volviera a Jerusalém y que, símbolo y todo como ha sido por espacio de cientos de años de una Fe única, y de la constancia con que la Divina Providencia ha buscado poseer primero y retener después, la península ibérica, ha sido milagrosamente preservada de las bombas con que los sicarios del Adversario intentaran demolerla en muchas ocasiones, entre 1936 y 1939. Bombas que, impactando en el edificio sin explotar, se conservan en el Santuario para testimonio. Desde luego que, si se prefiere, se puede seguir pensando en la ubicua casualidad como causa de estos milagrosos hechos ordenados a la preservación de España católica (a la par que confirmación sobrenatural de la epopeya peninsular jacobea), pero al precio de desmentir aquella misma “ciencia” bajo cuyos auspiciosos pliegues se ampara un irracional negacionismo. A no dudar: Santiago, el Pilar y los santuarios respectivos, son en su conjunto una rotunda y dolorosa pateadura que la Misericordia Divina pone en las carnosas mientes de los miserables.

La casualidad es el argumento predilecto, casi único, de la insensatez, puesto que antepone al natural y férreo curso de las cosas, el sobrehumano desprecio por la evidencia más concluyente; algo así como invocar a la superstición grandota, para aplastar a las supuestamente más pequeñas.

La heroica presencia del tronante Apóstol hiende la ordinaria superficialidad con que algunos (malos) españoles de hoy en día, buscan librarse de un modo de ser religioso e histórico tan vital, inaplazable y necesario, como que promete el “no ser”, a todos aquellos que pretendan abjurar de ser como Dios los quiso.

¡Santiago, y cierra España!



lunes, 23 de julio de 2007

Otro Aviso importante

Santa Brígida de Suecia

Un maligno y persistente enfado electrónico nos ha puesto en mora con nuestra bitácora. Rogamos a nuestros lectores, que han demostrado su generosidad ilimitada acompañándonos, que se estiren un poco más y soporten este embargo que, suponemos, no durará más que algunas horas. O acaso, un par de días más, mientras recuperamos algunas fotografías e imágenes que teníamos destinadas a ilustrar las notas de esta página. Muchas gracias y que Santa Brígida, patrona del día de hoy por quien tenemos especial devoción, los bendiga desde el Cielo.



viernes, 20 de julio de 2007

Aviso importante

En la entrada anterior intitulada Summorum Pontificum, el enlace que remitía al texto latino del Motu proprio del mismo nombre, ha sido convenientemente actualizado, pues el Servicio Informativo Vaticano ha reutilizado la dirección del enlace para otra noticia que no se refería al decreto papal relacionado.

El resto, ha quedado como se hallaba en su origen. En breve, si Dios quiere, publicaremos algunas reglas sencillas para su interpretación práctica tomadas de otras páginas interesantes.



miércoles, 18 de julio de 2007

El nombre de “Guadalupe”

Un muy apreciado lector nos solicitó que diéramos aquí, entrada y espacio a una colaboración suya sobre el nombre de Gudalupe, la Virgen Patrona de América; nunca imaginamos, al recibir el aviso, que tendríamos el raro gusto de leer una tan interesante como bien documentada exposición sobre asunto tan misterioso. De modo que al placer de conceder lo que con tanta amabilidad se nos pedía, agregamos el de hacerlo con un objeto de crecido interés propio y cuyo valor intrínseco no requiere ser encarecido en lo más mínimo. El enlance es este de aquí, y la entrada es de la autoría de don Luis de Guerrero Osio y Rivas, de México.

Y si se nos permite la intromisión de un pequeño comentario de nuestra propia cosecha, quisiéramos agregar que el intento, plenamente logrado, era probar la singularísima intervención del Cielo en todo lo que rodeara y concernía a la Emperatriz de América, como lo demuestra la nada azarosa coincidencia de circunstancias puestas de manifiesto por el autor. Y también, vemos que se rescata la Independencia americana como un designio divino contra el torpe y masónico gobierno de los Borbones, y no como lo quieren presentar los sutiles venenos anglios, cual resultado de ideológicas pretensiones; y en esta tesis, es claro el autor. Los dejamos con él.



viernes, 13 de julio de 2007

Subsistit in ...

Un triste día de 1972, que por la fecha debía serlo de alegre festejo, mientras Giovanni Battista Montini, a quien el mundo conocía mejor como “Su Santidad el Papa Paulo VI”, celebraba el día del Pontífice de aquel año, se le oyó exclamar las palabras más amargas que se han escuchado de boca de un Vicario de Cristo.

Él, que con un entusiasmo indoblegable había continuado la obra iniciada por el Papa Juan XXIII, concitando a todos los Obispos del mundo, reunidos en Roma desde 1963 en un Concilio Ecuménico, II del Vaticano, para remozar la Iglesia y relanzar el Mensaje de Cristo, se veía ahora burlonamente forzado a reconocer que, habiendo esperado en vano la llegada de una época de floreciente religiosidad, una soleada primavera de la Iglesia, se enfrentaba a una sorpresiva y fría era de nebulosas, plagada de dudas, de contestación, protesta y confrontación, que aparentaban tener por único fin, la destrucción de la Casa de Dios, como él mismo ha constatado poco tiempo antes. Culpa de ello al adversario, a quien llama “el diablo”, por haber realizado su obra de muerte y división, prácticamente sin oposición alguna interna de importancia, hasta allegarse inclusive al propio estrado del Altar: “El humo de Satanás —corrobora el horrorizado testigo— ha entrado en la Iglesia de Dios por algún resquicio” («da qualche fessura sia entrato il fumo di Satana nel tempio di Dio»); no lo dice como una interrogación —como se pretenderá hacerlo aparecer años después— ni al modo de San Pedro —cuya fiesta está celebrando— como una advertencia: llanamente, realiza ante su atónito público, una dolorosísima y espantosa verificación: El demonio se está apoderando de la Iglesia. Por eso, agrega allí mismo sin otro trámite: “Creíamos que el Concilio traería días soleados para la Historia de la Iglesia. Por el contrario, son días repletos de nubes, tormentosos, con niebla, días de ansiedad e incertidumbre”. Por los ojos de Pablo, otra vez Pedro está llorando su negación.

Ya cuatro años antes, no sin desagrado y con bastante sorpresa, ha constatado con intensa alarma la existencia de un trasfondo barroso que lo aturde y aniquila su voluntad, y ha tenido que comenzar a hablar de autodemolición de la Iglesia ante los aún más aturdidos seminaristas lombardos: «La Chiesa attraversa, oggi, un momento di inquietudine. Taluni si esercitano nell’autocritica, si direbbe perfino nell’autodemolizione. È come un rivolgimento interiore acuto e complesso, che nessuno si sarebbe atteso dopo il Concilio. Si pensava a una fioritura, a un’espansione serena dei concetti maturati nella grande assise conciliare. C’è anche questo aspetto nella Chiesa, c’è la fioritura. Ma poiché “bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu”, si viene a notare maggiormente l’aspetto doloroso». Autodemolición: es un término tremendo, por que exige perentoriamente pensar en que la complicidad interna ha hecho expugnable la fortaleza, y ha rasgado la túnica inconsútil en varios lugares, permitiéndose el ingreso del diablo desde adentro. Pero él es el Papa, y aunque su torturada personalidad no crea que se pueda hacer cosa alguna, al menos no callará, y hasta él mismo se acusa; de hecho, resulta ser el Pontífice que con mayor precisión ha diagnosticado los males que sufría la Iglesia y quien con más frecuencia ha hablado de ello, acudiendo siempre a palabras, términos y tropos que señalan inequívocamente entrega, cobardía y por fin: la traición.

Anche nella Chiesa regna questo stato di incertezza. Si credeva che dopo il Concilio sarebbe venuta una giornata di sole per la storia della Chiesa. È venuta invece una giornata di nuvole, di tempesta, di buio, di ricerca, di incertezza. Predichiamo l’ecumenismo e ci distacchiamo sempre di più dagli altri. Cerchiamo di scavare abissi invece di colmarli.

Come è avvenuto questo? Il Papa confida ai presenti un suo pensiero: che ci sia stato l’intervento di un potere avverso. Il suo nome è il diavolo, questo misterioso essere cui si fa allusione anche nella Lettera di S. Pietro. Tante volte, d’altra parte, nel Vangelo, sulle labbra stesse di Cristo, ritorna la menzione di questo nemico degli uomini. «Crediamo in qualcosa di preternaturale venuto nel mondo proprio per turbare, per soffocare i frutti del Concilio Ecumenico, e per impedire che la Chiesa prorompesse nell’inno della gioia di aver riavuto in pienezza la coscienza di sé. Appunto per questo vorremmo essere capaci, più che mai in questo momento, di esercitare la funzione assegnata da Dio a Pietro, di confermare nella Fede i fratelli. Noi vorremmo comunicarvi questo carisma della certezza che il Signore dà a colui che lo rappresenta anche indegnamente su questa terra». La fede ci dà la certezza, la sicurezza, quando è basata sulla Parola di Dio accettata e trovata consenziente con la nostra stessa ragione e con il nostro stesso animo umano.

Pocas entregas atrás, recordábamos que San Agustín encuentra justo que Dios, que es omnipotente, demuestre esta infinita potestad, principalmente, cuando saca bienes de males, por que desta forma altera inclusive la causalidad natural de las cosas, pero sin alterar nada en realidad; que es como decir (si no fuera una herejía hecha y derecha) que el mal casi le viene como anillo al dedo, para probar su infinita sabiduría y poder. Montini, quien carecía de la más mínima confianza en sí mismo y cuya elección por Dios como Papa fue para él mismo, según nos cuentan sus amigos, un misterio jamás dilucidado del todo, tuvo de todas formas la dignidad y el buen gusto de no convocar ninguna comisión especial para evaluar la crisis y efectuar el diagnóstico, consciente de la traición que lo rodeaba: con toda sencillez, y armado exclusiva y solitariamente de su atormentada y anulante personalidad, enfrentó el humo de Satán como pudo y supo, que fue bastante mal según parece; y a sabiendas —refiere Jean Guitton— que su extremadamente dubitativo carácter le impedía adoptar cualquier remedio eficaz, por lo que suponía haber sido misteriosamente preferido por Dios, para Su mayor gloria, justamente por su apabullante nulidad, como intuyó en sus últimos meses de vida. Y, así, entregó su alma al Creador. Desta manera, pues, tan sencillamente terrorífica, quedó configurada y diagnosticada una enfermedad nueva, inaudita en la Iglesia de Cristo, como era esa paulatina destrucción desde adentro y hacia afuera, como si estuviera minada por sus propios miembros; como si aquello que le había sido dado para su bien, fuera ahora la misma causa de su mal.

Estas “rendijas”, o rajaduras, del Papa Paulo VI, han quedado abiertas desde entonces —sino desde antes— y el humo sulfuroso del adversario ha ingresado a designio hasta los tuétanos de la Iglesia, corrompiéndolo casi todo y aumentando hasta la saciedad los males descriptos por aquel Papa martirizado.

Y que sepamos, nunca nadie hasta ahora, se ha preocupado de cerrarlas como era debido; acaso, se han abierto más con el paso de los años y la lógica revolucionaria (“contestataria”, decía Paulo VI) de los miembros más bochincheros de la contra—Iglesia; sumado a la poca atención que se ha prestado, de hecho, a estas tremendas palabras de este aún más asombroso Vicario de Cristo. Hoy, a no ser por el clero “tradicionalista”, o al menos expresamente antimodernista, la clerecía sería un oficio prácticamente vacante por falta o deserción de las vocaciones, crecientemente desde 1969. Se cuenta que cuando Juan Pablo II asumió su pontificado, suspendió el trámite de más de 100.000 solicitudes de reducción al estado laical de otros tantos sacerdotes. La frecuentación de los Sacramentos se tornó tan rara como la predicación de su necesidad para la Salvación, y la Iglesia quedó convertida en una obra social de dimensiones universales...

Hasta ahora.

Ejerciendo Dios Nuestro Señor su potestad de confundir a sus enemigos, en 2005 fue electo Papa un antiguo teólogo modernista y asesor del Concilio que decíamos al comienzo, con casi ninguna formación tomista —se diría— aunque provisto de una fuerza crítica poco común para estos tiempos de relativismo y chanchullo. Su primer intervención, próximas las Navidades de su primer año como Papa, fue verificar que si la Iglesia fuese rupturista con la Tradición, con su pasado, poco crédito merecería Su Divino Fundador, que la habría dejado a la intemperie, y al voleo de los tiempos y las modas. Y así lo dijo. Enseguida, anunció la publicación de un libro propio dél, en el cual demostraba que, contrariamente a lo que sostiene la predominante hipercrítica bíblica católica criptoprotestante, Cristo Jesús, el Mesías, verdadero Dios y verdadero hombre, es el mismo y único personaje histórico que narran los Evangelios. Y si es así, resulta contrario a toda lógica creer que lo más —la Fe en el hombre Dios— salió de lo menos —las comunidades apostólicas primitivas— resultando más probable que haya sucedido a la inversa, o sea que las comunidades primitivas de los tiempos apostólicos, surgieron de la Divina Predicación. Nunca, pero nunca, insistiremos demasiado en la importancia de este “descubrimiento” llevado a cabo por un teólogo de formación pseudo protestante y alejado, tanto como se pueda estarlo sin dejar de ser católico, de las definiciones del Syllabus, el Concilio Vaticano I o el decreto Lamentabili, y acostumbrado a estudiar que la fe católica no es obra de Dios, ni la Iglesia el Cuerpo Místico de Su Divino Hijo, sino el concurso constante de los hombres en un mismo objeto de creencia. Digamos: algo así como una fe sociológica (si no fuera una estupidez la frase). Por que evidentemente, revela una inteligencia orientada por la FE; y eso, es un don del Cielo, como nos enseña la Sagrada Teología. Y además, es un cauterio seguro contra la herejía.

Resultó quel hombre era consistente hasta la ... germanofilia, y consideró que no podía romperse la Tradición bajo ningún pretexto y restableció, pocos días atrás, la forma tradicional de elegir al Papa. El sábado pasado, saltando sobre sí mismo y sellando una rendija fenomenal, restauró en todo su esplendor la Liturgia Tradicional y, en especial, la Santa Misa, dando así un paso tan largo como el tiempo de la desazón de los últimos 40 años. O más. Ayer, hizo que la Curia romana repitiera en voz alta y clara, que la única Iglesia verdadera es la católica, apostólica y romana, (casi) sin dejar ningún tipo de recoveco (resquicio o rajadura) para la relativización desta esencial verdad, connatural con la Divina institución de la Iglesia. Cierto es, que se trata únicamente de una aclaración lingüística y no de un documento teológico —por otra parte innecesario. Pero si alguien pudiera creer poco clara esta afirmación, léanse las protestas de los protestantes, los anglicanos y ¡los budistas!, que la han entendido perfectamente bien, como que para ellos estaba destinada.

Las afirmaciones referidas a obscuros ecumenismos, pues, van encaminándose hacia el significado tradicional de este término, tal como la Iglesia lo ha entendido siempre (Mortalium animos).

Entre medio, ha restaurado la teología correcta y verdadera sobre el Santo Sacrificio de la Misa, como el Sacramento central de la Fe cristiana que es, y hacia el cual confluyen los demás, mediante una Exhortación Apostólica que ha tenido la virtud de cerrar —además de la boca de ciertos charlatanes profesionales dotados de profesorales dignidades— algunas rajaduras en la trabazón litúrgica básica; como por ejemplo, destacar que la Liturgia es objetiva, pues es la Oración de Cristo ante el Padre. No está nada mal.

Hoy mismo, sin respeto humano de ninguna especie, mutiló —no, cabezas esta vez, no— un papelón que hicieran los obispos reunidos en Aparecida, Brasil, que bordeaba peligrosamente la insubordinación, la herejía, el sarcasmo y la insolencia, todo a una.

Hizo renunciar sin miramientos a tres obispos (uno dellos de una sede primada y cardenalicia) por haberle mentido el primero, y por maricuetes los otros dos; sellando desta manera la rajadura de las malas costumbres, que se había convetido en una lepra de la Iglesia; y de todo el mundo ¡vamos!.

Es cierto que Benedicto XVI no ha dejado expresamente declarado que la Iglesia de Cristo, más que “subsistir en”, ES la Iglesia católica. En realidad, ha hecho algo mucho mejor: lo ha probado, volviendo a presentar al mundo, en sus propias manos, la túnica inconsútil del Divino Fundador.


jueves, 12 de julio de 2007

Beato Ceferino Namuncurá

LA CONGREGACIÓN PARA LA CAUSA DE LOS SANTOS, ha anunciado que Su Santidad, Benedicto XVI, ha firmado el correspondiente decreto por medio del cual queda confirmada la cualidad requerida por la Iglesia para la declaración de beatitud del santito de las Tolderías, Ceferino Namuncurá.

El joven candidato, muerto en Roma el 11 de mayo de 1905 mientras intentaba prepararse para ser sacerdote salesiano, pues quería misionar entre sus hermanos de sangre, había nacido en Chimpay, en una toldería de indios “pampas” —una generalización que evoca la unión de tribus de ranqueles y pampas provocada por su abuelo Calfucurá— asentada sobre el gran codo del Río Negro, unos 18 años antes —se acepta como fecha probable de su natalicio el día 26 de agosto de 1886— hijo del cacique—coronel Manuel Namuncurá y de una cautiva chilena, de nombre Rosario Burgos. Namuncurá padre era hijo, a su vez, del fiero cacique Calfucurá, un verdadero azote de las Pampas.

El coronel Manuel Namuncurá y
su hijo Ceferino

Pero la obra civilizadora de los argentinos, en especial del Ejército y de la Iglesia, unidos de una forma que jamás debió abandonarse, llevó a las tolderías la civilización, la fe y ¡cómo no! la posibilidad de la santidad.

El cacique quiere lo mejor para su hijo y lo envía a Buenos Aires, a unos talleres de la Armada, para que aprenda un oficio, bajo la protección paternal del general Luis María Campos. Pero Ceferino no desea la vida militar ni ese oficio que su padre le depara: él quiere ser sacerdote, aunque todavía no conoce bien ni la lengua castellana, ni el latín. Su padre, entonces, le encomienda el chico a Luis Sáenz Peña, presidente de la Nación, quien lo coloca a estudiar, como interno, en el Colegio que los salesianos han abierto hace poco en el barrio de Almagro. Sus amigos y compañeros —el futuro Carlos Gardel es uno de ellos— lo recuerdan alegre, animoso y decidido a obtener su propósito. De los pocos que vivirá, son éstos sus años más fecundos y alegres, aunque la tuberculosis, el mal de su raza, haya clavado ya sus garras mortíferas en los frágiles pulmones del aprendiz.

La ideología, la estudipez, la mentira interesada o un plebeyo interés mortecino, han intentado desdibujar la ruda vida de la indiada en los tiempos en que llegó hasta la toldería el clarín de Occidente, pretendiendo convertirla en una especie de edén pagano. El indio pampa o ranquel, especialmente el de aquellas tribus que, como las del abuelo de Ceferino, dedicábanse a traficar hacia Chile lo robado en la Argentina, o vivían muchísimos años, como don Manuel, el padre de nuestro biografiado, a quien se suponía más que centenario (aunque la partida correspondiente acuse ¡97 años!) a la fecha de su muerte sobrevenida tres años depués de la de su hijo Ceferino, o perecían en la flor de la juventud, por causa de algún entrevero fiero con otra tribu o con el ejército, en Chile o la Argentina, o por que eran víctimas de alguna enfermedad fatal, como la viruela o la tuberculosis. La vida tribal era simplemente brutal, más animal que humana y los críticos que, hoy, desde la cómoda placidez de una regalona vida cristiana, blanca, huinca, pretenden mitificar la horrenda toldería como un dechado de virtudes paradisíacas liquidadas por el invasor llegado de un Occidente católico —del cual reniegan sin reconocer que de él viven, y que gracias a él pueden levantar su queja—, simplemente escupen al cielo. ¿Volverían a su vida “silvestre” y, desde ese testimonio, proclamar su fe? No lo han hecho, ciertamente.

Lo cierto es que las pestes, la constante guerra interna, la ausencia de todo sentido de pertenencia a una raza o a un pueblo, o del respeto a la propiedad tal como la conocemos los romanos de hoy, así como el escaso valor que, en su paganismo, asignaban a la vida propia o ajena, o a los vínculos familiares, hicieron de estas pobres criaturas víctimas propicias de Satán. Por lo cual, ni los “fusiles de repetición” (arma aún no inventada durante las primeras campañas al Desierto) ni los cañones “krupps” (los primeros de los cualles llegarían al país en tiempos en que Ceferino estuadiaba felizmente instalado en Buenos Aires) serían, como preferiría macanear la zurda, los que vencieron a esta indómita raza, sino su propia vida salvaje y su natural debilidad.

Se cuenta que no gustaban de vacunarse contra la viruela, enfermedad devastadora para su raza, por lo cual Juan Manuel de Rosas, en alguna de sus excursiones por la Pampa hacia los años ‘30 del siglo XIX, hubo de hacerse aplicar la vacuna antivariólica en solemne acto público, presenciado por más de 200 caciques y capitanejos entre los cuales, probablemente estaría el padre de Ceferino, para desafiar a su hombría y doblegar el temor a lo desconocido de estos hijos de la estepa americana.

Don Manuel, el padre de Ceferino, le entregó su hijo a los misioneros salesianos para su educación con entusiasmo tal, que hasta aceptó de estos sacerdotes un fortísimo consejo que, ni hoy, pensamos que lo darían con la misma valentía y confianza en la Providencia Divina: Le pidieron al cacique que se casara y el cacique aceptó, tomando por esposa, ante Dios, allá por el año 1900, a una de sus concubinas más jóvenes y contando él, por entonces, unos 90 años de edad.

Esta ambientación es preciso hacerla, por que la santidad no floreció en cualquier parte civilizada, o en alguna aldehuela española, italiana o francesa irrigada por casi dos mil años de catolicismo que, sino práctico, ofrecía al menos menos una cultura católica, sino en la Pampa brutal, uno de los últimos reductos de la barbarie más acabada que el hombre pudo conocer directamente en el mundo moderno. Aceptar que los aduares eran paraísos destruídos por el huinca, no solamente es una falsedad: es rebajar el inmenso mérito de Ceferino y mojar la pólvora que hacía verdaderamente explosivo el celo misionero de aquellos padrecitos únicos, maravillosos, que envió Dios a la Patagonia.

Ceferino niño aún
con monseñor Cagliero

El hijito de la cautiva chilena Rosario Burgos y del autócrata pampeano, parte para Roma a principios del siglo nuevo ¡qué ilusión! Pero el viaje no es lo más extraordinario que le sucede y tiene una finalidad principalmente terapéutica, pues ha sido llevado para intentar una cura desesperada a la tisis casi terminal que aqueja al pupilo: Un día, su protector y guía, monseñor Cagliero, que lo quiere hacer estudiar el Seminario, lo presenta a San Pío X, uno de los Papas —y de los hombres— más extraordinarios que han existido. El encuentro entre los dos príncipes ha de haber emocionado profundamente a ambos: al hijo del señor de las Pampas y al Vicario de Cristo. Y a los presentes, a no dudar; a tal punto, que es ocasión aprovechada por los más dispares testigos para llenar páginas emocionantes de discutible gusto literario. Pero ambos estarán pensando, seguramente, en su ya próximo encuentro en el Cielo, ajenos al suceso mundanal que ofrece la circunstancia.

Y pocas semanas después, sobreviene la muerte. Y la Gloria del niño pampa.

La vida de Ceferino ha demostrado que la conversión y la santidad son posibles en cualquier situación, no obstante las máximas diversidades culturales concebibles y hasta las adversidades morales más intransigentes, pero a condición de mediar —eso sí— un apostolado eficiente, verdadero y corajudo y sin vueltas ni piruetas psicologistas ni subjetivistas. Heroico, digamos, al estilo incomparable de Don Bosco. Por que aunque la civilización grecorromana haya sido —y siga siendo— la materia apta de mayor excelencia que el critianismo haya podido encontrar en su camino, por Divina disposición, para su máxima fertilidad, el Evangelio y la Salvación son de hecho para todo el mundo, aunque no todo el mundo la aproveche o la acepte.

Esto es, pues, y si se quiere entender bien, la mayor prueba de ecumenismo católico que hemos encontrado en los últimos tiempos. ¡Bendito sea Dios, que lo hizo en estas tierras!



sábado, 7 de julio de 2007

Summorum Pontificum



Su Santidad, Benedicto XVI, por la Gracia de Dios Pontífice Romano y Sucesor de Pedro, ha ordenado publicar el día de hoy el Motu proprio, que lleva el nombre del título, por el cual queda restablecido el Ritual Romano, según el texto ordenado en 1962 por S. S. Juan XXIII.

A partir de ahora, casi todos los Sacramentos podrán volver a impartirse según aquel ritual, además de mantenerse el establecido en 1970 por S. S. Paulo VI como forma ordinaria, aunque en paridad de derecho con el Ritual anterior.

En el caso de la forma tradicional del Rito de la Santa Misa, el Romano Pontífice se ha limitado a indicar expresamente que jamás ha sido derogado y que los sacerdotes podrán continuar con su uso, sin necesidad de tener que recurrir a ningún permiso especial o autorización extraordinaria de la jerarquía; los fieles podrán asistir libremente a su celebración; y, donde no exista ya, pedirla al párroco, al obispo o a inclusive a la Santa Sede, sin necesidad de recurrir a trámites imprácticos, engorrosos o estériles, como sucedía hasta el presente por imperio de las anteriores normas pontificias que, de hecho, solamente limitaban el uso de estas formas litúrgicas jamás abrogadas por lo cual, por lo presente, quedan expresa y nominalmente reformadas.

El texto completo, en castellano, del Motu Proprio Summorum Pontificum, puese leerse en este enlace, de la página del VIP, Servicio informativo del Vaticano.

Los riesgos que encierra esta audaz iniciativa apostólica, el más grande y significativo acontecimiento católico —y por consiguiente, universal— destos últimos cuarenta años de peregrinación por el Desierto, y que por este acto parece tocar ya a su fin, los expone paternalmente su Santidad por medio de una Carta explicativa adjunta, que consideró necesario adunar al sencillo, claro y escueto texto legal —siguiendo una costumbre inaugurada en tiempos de S. S. Paulo VI, dada la generalmente traumática recepción pública de los textos legales.

Dios Nuestro Señor, bendiga a este valiente Pontífice, que nos ha devuelto el esplendor de la Santa Misa.


jueves, 28 de junio de 2007

La elección papal y la Misa Tradicional

Su Santidad Benedicto XVI ha resuelto reponer, en general, las normas que regían tradicionalmente el Cónclave electivo del Romano Pontífice, acudiendo a la forma de un inesperado motu proprio denominado DE ALIQUIBUS MUTATIONIBUS; por lo cual, a partir de ahora, volverá a ser preciso que la elección del pontífice cuente siempre con el voto afirmativo de los dos tercios de los cardenales presentes, cualquiera que haya sido el tiempo empleado para ello y sin que sirvan de pretexto para reducir o prescindir de esa mayoría calificada, las votaciones precedentes sin acuerdo, como era hasta hoy por disposición innovatoria promulgada por S. S. Juan Pablo II.

Maximin Giraud y Melanie Calvat
los videntes de La Salette

Aunque no deja de ser un verdadero alivio este retorno a la Tradición que, de hecho, no permitirá que minorías audaces manejen un Cónclave, como podría haber sido con el régimen vigente hasta ahora, es sorprendente que el Papa, quien a pesar de sus muchos años de edad recién estrena —como quien diría— su Pontificado, se ocupe de cuestión humanamente tan alejada del pensamiento general y del futuro que, juiciosamente, pudiera considerarse inmediato. Será, acaso, que se teme, ante el estado de virtual cisma proveniente del sector progresista y siguiéndose las pisadas de algunas profecías de Nuestra Señora en La Salette, que la Iglesia deba volver a soportar —aunque ahora por última vez— la elección de dos Papas, uno falso y otro verdadero, como resultado de un Cónclave dividido y, sobre todo, irreconciliable.

Pero lo más llamativo es que la publicación viene acompañando, casi al paso, el anuncio más formal que haya existido hasta ahora, sobre el desembargo de la Misa Tradicional.

¿Verá el Papa en este hecho, ahora indispensable para la verdadera restauración de la Iglesia —sumida en las soledades del sepulcro— el principio del fin de su gobierno pontificio o el comienzo de un grave cisma, o ambas cosas? Un excelente artículo de Panorama Católico, en el cual se repasan los comentarios de la red que ha generado esta decisión, y el estado de insubordinación general, haría creer que es así; a lo menos, respecto del estado cismático en que se encontraría la Iglesia católica, por obra de los obispos constestarios de la autoridad petrina. Es esta la comprensión que se da al recentísimo acto de S. S. de entregar a 30 obispos de todo el mundo, copias del inminente Motu Propio sobre la unidad del Rito Romano, que incluye a partir de ahora, las formas imperantes hasta 1962 junto a las de 1969, como facultativas para cada sacerdote, y exigible cuando se reuna cierta cantidad de fieles que lo pidan.

La incógnita es, pues, el nexo entre estos dos motuproprios, y qué consecuencias no deseadas pretende enjugar Su Santidad con las previsiones sobre el Cónclave.

Lo que es evidente es que la Santa Misa —como no podía ser de otra forma, pues se trata en definitiva de Cristo mismo— es la piedra del escándalo, del tropiezo, de este pontificado en sus relaciones con la autodenominada Iglesia postconcliar. La creciente protestantización de la jerarquía, en el sentido de considerarse a sí misma, como conjunto o colegio, como una instancia superior al Sumo Pontífice —hipótesis condenada con censura automática en la ley canónica, cánon 1372— va ganando posiciones en la Iglesia, y toma connotación ante cada acto pontificio que enderece la Liturgia, la Doctrina o las prácticas pastorales erradas, tal como demuestran los hechos de la reciente Conferencia continental de Aparecida, Brasil.

Mujer, ¿por qué lloras?
Porque se han llevado el Cuerpo de Mi Señor

Sin embargo, y si nuestro conocimiento de la personalidad del Vicario de Cristo no falla, Benedicto XVI no es un hombre de naturaleza negociadora, pues une una rara reciedumbre de carácter a una convicción profunda sobre su misión en la tierra. No quiere esto decir que no oirá paternalmente, o que no tratará con toda delicadeza, a los disidentes que salgan a su paso; más bien, supone que distinguirá siempre entre desobediencia y desobedientes, inclinándose por reprimir lo primero y condescender con los segundos.

La división y la opresión, han sido siempre un castigo de Dios a la infelidad; y la primera víctima es Pedro, signo terrenal de la unidad de la Iglesia. Pidámosle por el Papa a Nuestra Señora, Madre de la Iglesia; y él hará lo que Dios quiera.



martes, 26 de junio de 2007

Un interesante artículo del Padre Iraburu

Hoy agregamos para nuestros lectores un artículo del Padre Iraburu, titulado Utopía y Política, el cual puede leerse con sólo ingresar al enlace.

Lo recomendamos con toda vivacidad, por que allí se despejan muchos interrogantes, se refutan muchos errores y se estimulan las verdaderas formas de participación del católico en la vida política (la verdadera, no la facciosa o electoralista), conforme lo enseña la Doctrina católica.

Sabemos, además, que es una preocupación que tiende más separar, que a unir; a fraccionar la modestísima presencia católica en el mundo de la política, antes que a cohesionarla y permitirle cierta necesaria unidad de acción.

Por razones metodológicas (¡jé! con esto explicamos cualquier cosa ...) hemos colocado el documento de hipertexto en una fecha en la cual no existíamos todavía. Como página web, claro. Lo cual nos permite acumular en la misma los documentos que, Dios mediante, vayamos subiendo para ustedes.

Ludovico ben Cidehamete



viernes, 22 de junio de 2007

Una razonable y oportuna confusión ...

¡Un “error tremendo”! dijeron algunos; para otros, ganados del anfibológico espíritu moderno, era “una desprolijidad”. Nosotros creemos que simplemente desnuda una cruda (palabra cuyo origen es el mismo de cruel) realidad. El candidato que acepta las reglas de juego de la partidocracia liberal, da igual quién sea, pues es idéntico a todos los demás. Los ingleses, coautores del alumbramiento de la mal llamada democracia argentina luego de la derrota de junio de 1982, deben saber el escaso valor que tiene hacer estas distinciones, que no designan ninguna diferencia substancial. Consiguientemente, no las hacen ni les preocupa qué piensen los demás sobre estos furcios.

—¿Pero se puede saber de qué está hablando ...?

En la edición digital del día de ayer del periódico inglés Daily Mail, ilustrando una noticia sobre unas recientes declaraciones de Néstor Kirchner, y ubicada sobre un epígrafe que lleva su nombre ¡hay una foto de Mauricio Macri!

Tal como hemos demostrado en incursiones anteriores, nos cuesta mucho trabajo aceptar acríticamente la inocencia de estos juegos periodísticos y recibir con idulgencia estos errorcillos; en especial, en vísperas de una elección municipal que compromete al ilustrado (es un decir) de la fotografía, como al soberbio figurón mencionado al pié de la misma y cuyos dichos (también es un decir) motivan la nota, y que de manera inconstitucional hácese llamar “Presidente de la Nación”.

Sin embargo es, eso sí, prueba fiel del sainete en que se ha convertido la política argentina y de la ínfima e intercambiable personalidad de sus circenses actores principales —con licencia del Circo verdadero, que bastante buena nos ha hecho la infancia ... y no tanta infancia—. El Domingo próximo, solemnidad del nacimiento de San Juan Bautista, el Precursor, el sufrido pueblo de la muy Noble y Leal villa de la Santísima Trinidad, Puerto de Santa María de Buenos Aires, deberá elegir a su jefe de Gobierno entre dos gárrulos candidatos, siendo el preferido el de la fotografía; no porque tenga grandes méritos personales que exhibir, sino acaso por no presentarlos tan malos como su contricante, un marxista sin ningún talento; pero mayormente por no tener demasiada afinidad con el gobierno nacional extinguido de pleno derecho el pasado 25 de mayo aunque sedente aún en la Plaza Mayor gracias a un hábil golpe de estado, del cual el contrincante innominado forma comparsa.

Acojámonos al patrocinio del Precursor, y roguemos al Cielo que nos conceda volver a ser una ciudad muy Noble y Leal con el Creador.




Más sobre el Limbo

En dos entradas anteriores (aquí y aquí), nos ocupamos de un documento de la Comisión Teológica Internacional registrado confusamente por algunos medios electrónicos y escritos, cuyo dictamen pretendía dejar vacío el Limbo, o sea, aquel lugar al cual serían destinados los justos difuntos, que no han sido incorporados a la Iglesia de Cristo por medio del Bautismo.

El famoso documento aún no se había publicado en aquellos días, y así lo dijimos expresamente; no sin antes indicar que, como los propios integrantes de la Comisión lo manifestaran, su contenido no era vinculante, ni dogmático y ni siquiera sentencia probable de la Iglesia; sino y únicamente, una “reflexión teológica”, algo así como un macaneo libre y sin consecuencias .

El documento íntegro ahora está publicado, por lo menos en italiano e inglés, en la página de la Comisión.

Pero la conmoción provocada por la noticia siguió sumando víctimas bienintencionadas, como parece surgir de la página noticiosa de ACIPRENSA, y del silencio consiguiente a su auténtico libramiento al público. El sitio amigo Rorate Cæli, en una entrada reciente, pasa concienzuda revista a la frívola sentencia final que, supuestamente, corona un documento innecesario; sentencia que no agrega, quita o añade nada a lo que ya decía el Catecismo, aunque sí declara que sus conclusiones, aún modestísismas como son, contradicen la doctrina cierta de ... de todos los Doctores de la Iglesia.

Quien quiera tomarse el trabajo inútil de leerlo íntegro, provisto de un traductor de italiano, puede hacerlo en la página de referencia que hemos indicado arriba.

De todas formas, nos hacemos un deber advertir a nuestros lectores que los dictámenes de la Comisión Teológica que se pueden econtrar en la página antedicha, actualmente cuatro, son de escaso, nulo o hasta negativo valor doctrinal; como una muestra (y bastante fea por cierto) puede leerse el Documento llamado “Memoria y Reconciliación”, un mamarracho plagado de errores bíblicos, inexactitudes teológicas y semánticas y monumentales falsedades históricas; y de una “teología” notable por su ausencia más completa y absoluta; y dónde la permanentemente confusión entre el Cuerpo Místico de Cristo con sus integrantes, y aspirantes a integrantes, es casi la regla. Con estos antecedentes, por nuestra parte, ciertamente modesta, no le extenderemos carta de credibilidad a la dicha Comisión, pese a poderse encontrar en ella algunas cosillas interesantes, pero de escasísimo valor propiamente teológico.

¿Ya lo leyó? Bien: allá Usted. Ahora lea atentamente el recuadro que sigue:

De la Alocución Singulari quadam, de 9 de diciembre de 1854: «... En efecto, por la fe debe sostenerse que fuera de la Iglesia Apostólica Romana nadie puede salvarse; que ésta es la única arca de salvación; que quien en ella no hubiere entrado, perecerá en el diluvio. Sin embargo, también hay que tener por cierto que quienes sufren ignorancia de la verdadera religión, si aquélla es invencible, no son ante los ojos del Señor reos por ello de culpa alguna. Ahora bien, ¿quién será tan arrogante que sea capaz de señalar los límites de esta ignorancia, conforme a la razón y variedad de pueblos, regiones, caracteres y de tantas otras y tan numerosas circunstancias? A la verdad, cuando libres de estos lazos corpóreos, veamos a Dios tal como es (1Jn 3,2), entenderemos ciertamente con cuán estrecho y bello nexo están unidas la misericordia y la justicia divinas; mas en tanto nos hallamos en la tierra agravados por este peso mortal, que embota el alma, mantengamos firmísimamente según la doctrina católica que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo (Ep 4,5): Pasar más allá en nuestra inquisición, es ilícito».

De la Encíclica Quanto conficiamur moerore, a los obispos de Italia, de 10 de agosto de 1863 «...Notoria cosa es a Nos y a vosotros que aquellos que sufren ignorancia invencible acerca de nuestra santísima religión, que cuidadosamente guardan la ley natural y sus preceptos, esculpidos por Dios en los corazones de todos y están dispuestos a obedecer a Dios y llevan vida honesta y recta, pueden conseguir la vida eterna, por la operación de la virtud de la luz divina y de la gracia; pues Dios, que manifiestamente ve, escudriña y sabe la mente, ánimo, pensamientos y costumbres de todos, no consiente en modo alguno, según su suma bondad y clemencia, que nadie sea castigado con eternos suplicios, si no es reo de culpa voluntaria»

Nuestro Señor Jesucristo: «Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado se salvará.» (Mc 16, 15-16)

San Pío X

Pío XI en Casti connubii: «Y con ser cierto que los cónyuges cristianos, aun cuando ellos estén justificados, no pueden transmitir la justificación a sus hijos, sino que, por lo contrario, la natural generación de la vida es camino de muerte, por el que se comunica a la prole el pecado original; con todo, en alguna manera, participan de aquel primitivo matrimonio del paraíso terrenal, pues a ellos toca ofrecer a la Iglesia sus propios hijos, a fin de que esta fecundísima madre de los hijos de Dios los regenere a la justicia sobrenatural por el agua del bautismo, y se hagan miembros vivos de Cristo, partícipes de la vida inmortal y herederos, en fin, de la gloria eterna, que todos de corazón anhelamos.»

San Pio X, Catecismo Mayor: «546. Los sacramentos más necesarios para salvarnos son dos: el Bautismo y la Penitencia; el Bautismo es necesario a todos, y la Penitencia es necesaria a todos los que han pecado mortalmente después del Bautismo.»

Idem: «563. Hay que darse prisa en bautizar a los niños, porque están expuestos por su tierna edad a muchos peligros de muerte, y no pueden salvarse sin el Bautismo.»

Queda claro, en primer término, que el Magisterio de la Iglesia se ha ocupado del problema con variopinto lenguaje, pero una única doctrina. Y finalmente y para terminar el asunto, que esta nueva boutade de la Comisión Teológica Internacional, es un argumento más en favor de su supresión.



jueves, 21 de junio de 2007

Atanasio

En su reciente catequésis de los miércoles, el Papa Benedicto XVI ha hablado del gran Atanasio, Padre y Doctor de la Iglesia.

El sobrio discurso papal, simplemente congenial con el espíritu del santo rememorado, acentúa la actualidad de la doctrina que el alejandrino expuso con tenacidad, coraje y lucidez contra todos los que negaban la perfecta divinidad de Cristo, Segunda Persona de la Trinidad Santísima. Con toda justicia se podría pensar, de la mano pontificia, que hablaba para nuestros tiempos; en los cuales, a escasos días del centenario de la Encíclica Pascendi de San Pío X, pervive la herejía arriana y semi—arriana en el ya triunfante cisma modernista, haciendo necesaria una nueva dosis de ataque de ortodoxia atanasiana.

No solamente fomentó y sostuvo la tesis predominante —y finalmente definida como auténtica— en el Concilio de Nicea, del cual fue luminaria principal y vocero del Espíritu Santo, sino que, muerto Alejandro, el obispo que lo tomara como consejero, fuera como sucesor suyo en el gobierno patriarcal, paternal, ejemplar y vigilante obispo de aquella diócesis egipcia. Fue poco dado a enjuagues temporales o públicos que, en su tiempo como en el nuestro, enredan en las polleras lujuriosas de la política perdularia a tanto varón que se debería más a la santidad personal, que a los arreglos irenistas con el mundo. Por disposición permisiva de la Providencia Divina, sufrió cinco expulsiones de su diócesis decretadas por el emperador Constantino y sus sucesores y, gracias a ello, predicó contra Arrio en el mundo germano, tanto desde su destierro en Tréveris como más tarde en la misma Roma. San Agustín enseña que es más grande y potente la manifestación de la Providencia divina cuando saca bienes de algún mal, juzgado insoportable por los hombres, que cuando impide ese mismo mal, pues con esto, no solamente pone en acto el bien pensado eternamente por Él, sino que contraría el curso natural de las cosas, exhibiendo su inmenso poder. Sin lugar a dudas, este es un caso de esos. Atanasio sufrió difamaciones, persecuciones y maltrato de sus hermanos en el Episcopado, cuanto de los propios seguidores del desgraciado heresiarca Arrio, cuya final conversión a la doctrina verdadera truncó una misteriosa e inesperada muerte en el 336, víctima probable del veneno de quienes estaban interesados en impedir su conversión.

San Atanasio
297—373

Sus errores, no obstante esta casi segura intención retractatoria, se difundieron de todas formas por todo el mundo romano de la mano de los bárbaros, arrianos en su casi totalidad por la predicación de los discípulos de Arrio —particularmente el obispo Ulfila—, cuando el huno Atila los corrió hacia el Occidente europeo desde las estepas orientales que habitaban; y así llegó hasta España misma y pasó al norte de África, de donde sería finalmente barrida por la otra gran herejía cristiana, acaso también hija del arrianismo: El Islam.

Como prueba de la pervivencia de esta herejía y de la actualidad de Atanasio, pocos días y pocas entradas atrás, recordábamos la iluminada intervención de Jacques Maritain (a quien Dios Nuestro Señor, por intercesión de Atanasio el Grande, perdonará sus desvaríos por esta valiente defensa de la Divinidad de Cristo), Etienne Gilson y otros intelectuales católicos ante el pontificado de Paulo VI, a fin de impedir que un semiarrianismo de corte progresista, manejara a su antojo y corrompiera el Símbolo o Credo sancionado en Nicea a instancias del, todavía, joven presbítero Atanasio. Este error perdura entre nosotros, en la traducción del Símbolo.

Es un santo modelo para nuestros días, tan llenos de mundanal compromiso y de dudosas (y algo repugnantes) concordancias con ese mundo, señalado por Nuestro Señor como uno de los enemigos del alma. Como doctor, manifestó su amor de predilección por la Verdad, más allá de cualquier respeto humano, pues el compromiso con la Verdad lo es también por la Verdad y con los hombres, en cuanto destinatarios de la Revelación del Cristo. Como obispo, su intransigente vigilancia sobre la pureza de la doctrina, la Ortodoxia, de la cual sabíase depositario antes que coautor, lo enemistó con los poderes terrenales (y eclesiásticos), que lo expatriaron varias veces; sin sueldo, sin autómovil y sin fotos en los diarios. En una oportunidad y por espacio de seis años, vivió oculto entre los anacoretas del desierto, lejos de las tronantes “asambleas” pero cerca de Dios ¡qué felicidad!; sólo Él sabe cómo lograron los alejandrinos hacer regresar a su arzobispo a su sede, luego de probar aquellas delicias de la vida solitaria en el desierto, entre san Pacomio y los hijos de san Antonio Abad, el Ermitaño, de quien dice la tradición que fue amigo. Como Patriarca, su lucha inclaudicable por la libertad de la Iglesia, sobre la cual posee un patronato indiscutible, todavía enrojece a más de una autoridad constituída. Es decir, si fuera el caso que alguna supiera algo de historia; cosa que, por estos terrenales parajes, parece constituir un auténtico imposible metafísico, desde que todo saber se nutre, primeramente y como dice la Escritura, del Temor de Dios.

El gladiador de Dios entregó su alma a los 76 años, expresando aquella famosa confesión de Esperanza cristiana: «Mi vida fue un calvario. Me persiguieron pero no pudieron conmigo. Te acompañé en esta vida en tu Pasión Dolorosa, ahora espero acompañarte en tu gloria en la Vida Eterna».

San Antonio Abad, cuya impresionante biografía escribiera san Atanasio, en sus primeros años en el Desierto se fue a vivir a un sepulcro vacío, ejemplo que se viera forzado a imitar nuestro santo, en algun de las tantas oportunidades en que tuvo que salir huyendo de su sede patriarcal. Bravo y singular ejemplo para aquellos que hoy, lejos de vivir esta vida presente como el sepulcro del alma, la viven como sepulcros. Blanqueados.



miércoles, 13 de junio de 2007

Iglesia católica

Hay infinidad de interpretaciones sobre el sentido de las palabras “catolicismo” e “iglesia”, en tanto cuanto referidas a la Iglesia de Cristo. Las modernas interpretaciones, como algunas que se pueden consultar en documentos emanados de Conferencias Episcopales locales o continentales, y también y mucho más grave, en instrucciones litúrgicas, eluden casi siempre la doctrina tradicional, que de hecho queda abrogada por mero reemplazo o postergación, en beneficio de los abusos lingüísticos favorables a posturas sociologistas, humanistas o “asambleístas”.

Así y por ejemplo, el término “asamblea” ha perdido su sentido prístino, referido por antonomasia —como ahora veremos— a una reunión en torno a algo superior, para ser reemplazado por una mera y voluntarista multitud autocongregada, que es únicamente un sentido segundo, extensivo o análogo. Es realmente notable como el erróneo empleo de una lengua viva y el abuso de las traducciones con criterios alejados del sentido original (del origen) se prestan a toda clase de confusiones. Acaso nada inocentes.

Pero veamos qué decía un Padre de la Iglesia sobre todo esto:

La Iglesia se llama católica o universal porque está esparcida por todo el orbe de la tierra, del uno al otro confín, y por que de un modo universal y sin defecto enseña todas las verdades de fe que los hombres deben conocer, ya se trate de las cosas visibles o invisibles, de las celestiales o las terrenas; también, por que induce al verdadero culto a toda clase de hombres, a los gobernantes y a los simples ciudadanos, a los instruidos y los ignorantes; y, finalmente, porque cura y sana toda clase de pecados sin excepción, tanto los internos como los externos; ella posee todo género de virtudes, cualquiera que sea su nombre, en hechos y palabras y en cualquier clase de dones espirituales.

Con toda propiedad se llama Iglesia o convocación (o asamblea), ya que convoca y reúne a todos, como dice el Señor en el libro del Levítico: Convoca a toda la asamblea a la entrada de la Tienda de Reunión. Y es de notar que la primera vez que la Escritura usa esta palabra «convoca» es precisamente en este lugar, cuando el Señor constituye a Aarón como sumo sacerdote. Y en el Deuteronomio Dios dice a Moisés: Convoca el pueblo o asamblea, para que Yo le haga oir mis palabras y aprendan a temerme. También vuelve a mencionar el nombre de Iglesia cuando dice, refiriéndose a las tablas de la ley: Y en ellas estaban escritas todas las palabras que el Señor os había dicho en la montaña, de en medio del fuego, el día de la iglesia o convocación; es como si dijera más claramente: «El día en que, llamados por el Señor, os congregásteis». También el salmista dice: Te daré gracias, Señor, en medio de la gran iglesia, te alabaré entre la multitud del pueblo. Anteriormente, había cantado el salmista: En la Iglesia bendecid a Dios, al Señor, estirpe de Israel. Pero nuestro Salvador edificó una segunda Iglesia, formada por los gentiles, nuestra santa Iglesia de los cristianos; acerca de la cual dijo a San Pedro: Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y los poderes del infierno no la derrotarán.

En efecto, una vez relegada aquella única iglesia que estaba en Judea, en adelante se van multiplicando por toda la tierra las Iglesias de Cristo, de las cuales se dice en los salmos: Cantad al Señor un cántico nuevo, resuene su alabanza en la Iglesia de los fieles. Concuerda con esto lo que dijo el profeta a los judíos: Vosotros no me agradáis —dice el Señor de los ejércitos—, añadiendo a continuación: Desde el oriente hasta el poniente es grande mi nombre entre las naciones.

Acerca de esta misma santa Iglesia católica escribe Pablo a Timoteo: Sabrás ya de este modo como debes conducirte en la casa de Dios, que es la Iglesia del Dios vivo, columna y fundamento de la verdad. San Cirilo de Jerusalén, Catequésis 18, 23-25. PG 33, 1043-1047

No está demás recordarlo, en los tiempos de terribles e irreconciliables divisiones como los que corren.


lunes, 11 de junio de 2007

Los sabios modernos

POR EL VOTO democrático —palabra ésta destacada en la noticia original; nosotros nunca destacamos la democracia, empero la practicamos— de los presbíteros de la diócesis alemana de Rottenburg —nombre que, traducido, quiere decir casualmente Ciudad roja— no se aplicará en dicha localidad la imperada reforma en la traducción de la fórmula de la Consagración de la Preciosísima Sangre de Nuestro Señor Jesucristo durante la Santa Misa, por la cual donde se leía anteriormente “por todos”, debe traducirse ahora únicamente “por muchos”.

Convengamos: la desobediencia a la autoridad pontificia en Alemania tanto como el resto de Europa Occidental no es una novedad, de modo que no ha sido el hecho éste el que ha llamado nuestra atención. No, no llama nuestra atención una desobediencia (más) que, a esta altura de los acontecimientos y con más de seis meses de promulgada la perentoria instrucción por medio de la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, aún está pendiente de cumplimiento en casi todo el universo, mientras tampoco, que sepamos, ha merecido ninguna clase de comentario o acción positiva de parte de ningún obispo. Esto, que es el statu quo corriente en la Iglesia Católica desde que S. S. Juan XXIII desistió de imponer la disciplina eclesiástica por medios coercitivos, ni siquiera es noticia. Y para probarlo, recordamos al pasar que lo previmos al comentar en esta página la promulgación de la nueva exigencia del Vaticano, en noviembre de 2006.

Pues no; lo que realmente sorprende es que la decisión de los presbíteros alemanes estaría anclada en su discrepancia con la Santa Sede, pues según ellos, la actual traducción reflejaría más fielmente la versión original evangélica, y lo prueban con ... ¡la opinión bíblica de un “teólogo” luterano, que discrepa con la de la Iglesia!

Y sorprende también que el ordinario del lugar no haya suspendido de inmediato a estos supuestos y revoltosos sacerdotes que, en realidad, parecen ser ministros luteranos y no presbíteros de la Santa Iglesia.

Las todavía vigentes disposiciones canónicas, establecen que es el Romano Pontífice el liturgo por antonomasia; permitir exabruptos como el que mencionamos, contesta una exclusiva potestad litúrgica del Vicario de Cristo y amenaza poner en grave crisis su autoridad y la validez de los actos litúrgicos locales, además de dejar a los revoltosos al margen de la Iglesia; aunque esto último parece no ser demasiado preocupante en los tiempos que corren. Tomando ocasión de recientes casos acaecidos en Europa (occidental, of course) el dicasterio romano específico ha hecho notar que la apostasía jurídica se configura recién al llenarse ciertas formalidades que enumera, como por ejemplo, la exteriorización expresa de la abdicación de la fe católica. ¿Cómo llamar, pues, a esto que proponen los sacerdotes alemanes, cuando aceptan como maestro en Sagrada Escritura y en Sagrada Liturgia a un hereje —al menos formal— antes que a la Silla Apostólica, cuya autoridad de paso rechazan? ¿Y el Obispo local nada hace?

Estos interrogantes quedarán sin respuesta, como parece bastante evidente demostrar. Notemos, de paso, que la noticia dada a conocer en medios alemanes indican que los presbíteros de la diócesis de Rottenburg-Stuttgart se han apoyado en las tesis del conocido biblista protestante Joachim Jeremias, fallecido en 1979; mientras que Catholic Word News, posiblemente al amparo de una inexcusablemente defectuosa traducción, dice que los protestatarios se han acogido a la opinión de un ¡teólogo luterano del siglo XVIII!

Los modernos sabios de Rottenburg

Joachim Jeremías (que no guarda ningún parentesco, espiritual o familiar, con el homónimo santo profeta hebreo y cuya similitud de nombres es más que nunca una pura casualidad), al igual que Rudolf Bultmann, a partir del camino abierto por el libre examen bíblico luterano de los positivistas del siglo XIX, ha sido de los más insignes investigadores bíblicos modernos: hipercríticos con relación al carácter verdadero de la narración contenida en las Sagradas Escrituras, cuya historicidad esencial han cuestionado y en particular la Persona, figura y existencia misma del Salvador (que, según ellos, sería un invento de las primitivas comunidades cristianas), han dado pie a numerosas tesis ultra liberales que niegan de plano la utilidad de las Sagradas Escrituras como texto revelado; y que, adoptadas acríticamente por un biblismo católico poco fuerte en su fe (y con la mollera hecha hilachas ¡qué embromar!), han degenerado en muchos de los mayores y más censurados errores de la herejía modernista, condenados ya por Pio IX y el Concilio Vaticano I.

Un padrino de lujo se han echado encima estos curitas alemanes; tal vez más discípulos del apóstata Loisy que de Nuestro Señor Jesucristo.

El problema no es que esto exista y se publique, sino que nadie se escandalice por el avanzadísimo (y desde el punto de vista natural: irreversible) estado de descomposición del clero y de la doctrina católica. Desde luego, la exigencia de la Congregación para el Culto Divino relativa a la traducción de la fórmula de la Consagración, ha caído en saco roto en varias partes del mundo, y nadie acusa recibo de la gruesa estocada romana al estómago de la nueva teología.

Este asuntillo de las traducciones de los textos litúrgicos y sagrados no es novedoso como herramienta manejada por los modernistas en aras de la perversión de la doctrina; al pasar, recordamos aquel furioso episodio de mediados de los años ‘60, cuando Etienne Gilson y Jacques Maritain ¡nada menos! protestaron airadamente ante el amigo de Maritain, Paulo VI contra la traducción del término “consubstantialem Patri” del Credo como “de la misma naturaleza del Padre”, afirmando que la fórmula, mal traducida, era semi-arriana y podía sugerir no solamente Tres Personas sino hasta tres dioses. Hoy, por desgracia, se continúa utilizando la fórmula errada sin explicaciones adicionales. Hoy, también, todos sabemos que muchas traducciones del Misal, edición típica 2002, no están autorizadas ni reconocidas por la Santa Sede, lo que haría imperativo rezar la Santa Misa solamente en latín, versión 1969, como lo manda el cánon 928 del Código de Derecho canónico, especialmente en todos aquellos lugares donde subsista el rechazo vaticano a las traducciones de los Episcopados y no esté aprobado alguna versión local en lengua vernácula.

Mientras que la autoridad no mande como es debido, no es otra cosa que pura usurpación ¡qué se la va a hacer! El poder mal ejercido o no ejercido, ofende a Dios, que es su propietario, pues no es fiel reflejo de lo que manda el Creador de toda autoridad, de todo poder, al deferirlo a sus representantes, estén o no constituidos sacerdotes por el Orden Sagrado, que es principalmente sacerdotal y no de régimen per se. Por eso, San Agustín dice “SUPRIMID LA JUSTICIA, ¿Y QUÉ SON LOS ESTADOS SINO GRANDES PANDILLAS DE BANDIDOS?” (San Agustín, La ciudad de Dios, libro IV, capítulo IV)



viernes, 1 de junio de 2007

Misa Tradicional en Buenos Aires

Para los amantes de la Misa Tradicional, una buena noticia: el próximo Domingo 3 de junio, a las 11 de la mañana, el sacerdote argentino, Padre Federico Mazzutti (de la Fraternidad San Pedro), celebrará una Misa Tradicional solemne en la Iglesia San Benito, Villanueva 929, entre Maure y Gorostiaga. Según informes que nos proporciona Una Voce de la Argentina, el sacerdote celebrante será puntual.

jueves, 31 de mayo de 2007

Desaparecida

Algunos amigos bientencionados —provistos de un optimismo enervante y un afecto a prueba de evidencias— nos han pedido que comentemos el documento final de los Obispos “latinoamericanos” reunidos en Aparecida, Brasil, del cual (confesamos paladinamente nuestra pereza) no hemos podido avanzar más allá del resúmen oficial publicado en el sitio correspondiente. El documento extenso, actualmente en la mesa del Papa para su aprobación, aún no se conoce. El dicho resúmen es lo que nuestro amigo Teófilo intenta que leamos.

No diremos nada nuevo si afirmamos, simplemente, que es algo completamente prescindible; lo único de interés que tuvo dicha reunión, a juzgar por lo publicado, han sido las palabras de Su Santidad el Papa y la notable, sugestiva e intempestiva irrupción del cardenal Castrillón Hoyos para parlar de cuestiones atinentes a su actual gobierno, asuntos ambos tratados con anterioridad.

El resto es más de lo mismo y se resume en una sencilla palabra: decepción.

Y no por que esperásemos mucho de los magnates, que es cosa vitanda, según el salmista, poner la esperanza en los hombrs; sino que, por costumbre de fe, prestamos mayor atención a los Apóstoles que a los hombres ... pero no cuando hablan como hombres. Y como hombres vulgares, además.

La Conferencia del CELAM

Afortunadamente, tenemos la creciente sospecha que a la mayoría de los católicos, estos papirotes les traen completamente sin cuidado, razón por la cual podemos sentir mitigada la vergüenza que nos causan como católicos y como ibero americanos.

El número 678 de la revista católica argentina “Cristo Hoy”, que se hace eco de los discursos y participaciones de Aparecida, está dedicado casi enteramente al problema de la migración de los católicos hacia las sectas de inspiración luterana o calvinista, como los evangélicos y los pentecostales; su éxito, según indican las disertaciones de algunos padres asistentes al Sínodo continental, se debería a su agresividad y a cierta inteligente explotación de las debilidades propias de la Iglesia. No consta que se hayan tratado en profundidad estas condiciones que hacen de la Religión verdadera, una bolsa pesada de llevar por la vida y de fluctuante contendio, convirtiéndola en una carga insoportable, ni de qué forma práctica se piensa transmitir las verdades eternas, a millones de sedientos seres humanos, que ante el vaciamiento del catolicismo, huyen hacia las sectas en busca de aquello que no se les da. Y lo de millones, lejos de ser una exageración, es un dato concreto publicado en el mismo periódico católico: cerca de un millón de católicos brasileños fluye, anualmente, hacia las sectas.

El apartamiento de la doctrina evangélica, clara, fuerte y alta, y la adopción universal paralela (y esperable) de una liturgia humanista, que so pretexto de acercar a los hombres entre sí, horizontaliza la relación del hombre con Dios, no han merecido un lugar destacado en el Senado eclesiástico, pese a su estridente evidencia y a su pavorosa claridad. Y ha sido así, no obstante la intervención del Cardenal Castrillón, que si no marramos demasiado el tiro, vino no tanto a advertir sobre una próxima disposición pontificia muy resistida (restaurar la Liturgia vigente hasta 1969, o mejor dicho, el Ritual Romano de 1962, íntegro) o a pulsar temores y temblores locales, como a exponer un rumbo señero en la Evangelización de América y poner como un ejemplo ruidoso, el camino que han tomado ciertas prácticas litúrgicas cuya defunción había sido vista por muchos con torpe alegría.

Concretamente, el cardenal reconoció el florecimiento de comunidades que, de un modo u otro, han acudido a la protección de la Comisión Ecclesia Dei o se han puesto bajo su régimen y cuyos integrantes son ya varios cientos de miles, sin contar a los seguidores de Monseñor Marcel Lefebvre, que son otro tanto. Desde luego, la actual apertura de los fieles hacia estas formas litúrgicas tradicionales, revela no solamente una posibilidad real para el mantenimiento y sostenimiento de la Fe probadamente apta, sino que señala un camino digno de ser transitado por la Jerarquía. Esto, parece ser, ha sido el mensaje subliminal dejado por el Cardenal Castrillón a la magna audiencia, que escuchó sin oirlo. Como hemos recordado en otra entrada, Pío XII enseñaba que la Liturgia de la Iglesia no engendra la fe católica, sino más bien es una consecuencia de la misma, y los sagrados ritos del culto dimanan de la fe, como un fruto del árbol: Eso explica la decadente liturgia actual y pone sobre el tapete el verdadero problema que hay detrás de ello: La Fe. El conocido liturgista Monseñor Klaus Gamber decía, apoyándose en textos antiguos, que la Liturgia es una Patria, en la cual nos encontramos con Dios mientras permanecemos en la tierra. Este sería, entonces, el velado mensaje que quiso dejar el cardenal Castrillón en Aparecida, no bien el Papa tomó su rumbo, de retorno a Roma.

Por eso, seguir hablando de hipotéticos compromisos mundanos, aunque se trate de deberes de Justicia o de asistencia a los más pobres, o de cualesquier otros tópicos completamente alejados del fin eterno que propone la Iglesia como fin mismo de la vida presente, es alejarse de Cristo y vaciar la Iglesia de su contenido sobrenatural, aunque se llenen las iglesias (cosa que nos gustaría ver) y los cepillos de las colectas rebosen (cosa que no veremos).

Verdad, Sacramentos, Penitencia, Virtud, Castidad, Oración, Muerte, Juicio, Vida Eterna, Infierno, Purgatorio, veneración por las Sagradas Escrituras, ¡Apokalypsis! son enseñanzas que, casi, han desaparecido del lenguaje católico, y sus reemplazos no satisfacen a las almas, sedientas de Verdad Divina. Inclusive, cosa asombrosa, las referencias a la Santísima Madre de Dios, la Virgen María (a Quien ahora se alude con un confianzudo María a secas que, lo admitimos, nos parece una grosería) son más bien sociológicas antes que piadosas: se limitan a constatar una eclesiología mariana; y listo. El edulcorado Amor de la homilética actual, se ha convertido en una noción abstrusa que, de ordinario, se presenta como contradictoria con ciertas y determinadas virtudes consideradas como tales en la antigüedad, como la reciedumbre del ánimo, la irreemplezable Caridad de la Verdad o el efecto medicinal de la pena justa. La prioridad que por propio derecho tiene la Verdad sobre el Amor (prioridad de orden ontológico, al fin de cuentas) no figura en ningún lado, pese a ser la materia de una excelente predicación pontificia en los últimos tiempos. Y es que la deformación del Amor, que es el sentimentalismo (tan parecido al amor como se asemeja un cadáver a un hombre), ha reemplazado no solamente a su contrario, sino a la razón misma, sin la cual el hombre no puede conocer a Dios por medio de la Fe por que, bien se dice, ella es un obsequio de la razón.

De modo que, si el diagnóstico es aproximadamente certero, la pregonada actitud de “ver, juzgar, obrar” ha fallado en el último paso, o acaso, en todos los tres, pues se ha visto mal, se ha juzgado peor y se piensa obrar ... sólo Dios sabe cómo.

Por estas razones, querido Teófilo, no queremos hoy hablar desto.

domingo, 27 de mayo de 2007

Pentecostés

VENI CREATOR SPIRITUS

Veni Creator Spiritus,
Mentes tuorum visita:
Imple superna gratia
Quae tu creasti pectora.

Qui diceris Paraclitus,
Altissimi donum Dei,
Fons vivus, ignis, caritas,
Et spiritalis unctio.

Tu septiformis munere,
Digitus paternae dexterae,
Tu rite promissum Patris,
Sermone ditans guttura.

Accende lumen sensibus,
Infunde amorem ordibus,
Infirma nostri corporis
Virtute firmans perpeti.

Hostem repellas longius,
Pacemque dones protinus,
Ductore sic te praevio
Vitemus omne noxium.

Per te sciamus da Patrem
Noscamus atque Filium,
Teque utriusque Spiritum
Credamus omni tempore.

Deo Patri sit gloria,
Et Filio, qui a mortuis
Surrexit, ac Paraclito
In saeculorum saecula.
HIMNO AL ESPÍRITU SANTO

Ven del seno de Dios, oh Santo Espíritu,
A visitar las mentes de tus fieles,
Y haz que los corazones que creaste
Se llenen con tus dádivas celestes.

Tú que eres, con el nombre de Paráclito,
El altísimo don de Dios altísimo,
Y caridad y fuego y viva fuente
Y espiritual unción para tus hijos;

Tú que eres beneficio septiforme,
Índice de la diestra soberana,
Prometido del Padre sempiterno,
Generoso dador de la palabra:

Aclara con tu luz nuestros sentidos,
Infunde tu hondo amor en nuestros pechos,
Y fortalece con tu eterno auxilio
La flaqueza carnal de nuestros cuerpos.

Repele con tu ardor al enemigo
Y, dándonos la paz sin más demora,
Sé nuestro guía para que podamos
Evitar los peligros que nos rondan.

Haz que por tu intermedio conozcamos
Al Padre y a su Hijo Jesucristo,
Y que creamos, hoy y en todo tiempo,
En Ti que eres de entrambos el Espírítu.

Gloria sin fin al Padre y, con el Padre,
Al Hijo, resurgido de la muerte,
Y al Espíritu Santo que los une
Desde siempre, por siempre y para siempre.


Traducción y recreación: Francisco Luis Bernárdez

viernes, 25 de mayo de 2007

25 de Mayo

Dios te guarde
Patria Mía

miércoles, 23 de mayo de 2007

Hergé


EL 22 DE MAYO DE 1907 —cien años atrás—, madame Alexis Remi, nacida Elisabeth Dufour, daba a luz al niño Georges Prosper, quien familiarmente era llamado por sus conocidos Georges Remi; sus iniciales G. R., invertidas en “R. G.”, darían lugar al sobrenombre de “Hergé”, por el cual cuatro generaciones de jóvenes le conocerían en vida, y otras incontables después de su muerte el 3 de marzo de 1983.

Su genial creación gráfica y moral, Tintín, se estrenó en enero de 1929 con Tintín y los soviets, una historieta de fuerte contenido católico y anticomunista que le fuera encomendada por un sacerdote belga, que por entoncs estaba encargado de la formación de las juventudes católicas belgas, e inspirador suyo en cuanto a la seriedad que debía observar en su documentación previa a cada creación. Esta obsesión por la perfección y la exactitud la conservaría toda su vida, en todas sus obras.

Este primer paso, que señalaría toda su obra futura por su fuerte y sostenido tono crítico contra el comunismo y los distintos desastres del liberalismo “occidental”, le hizo acreedor, como es conjeturable, a públicas o encubiertas persecuciones, inclusivas de la inevitable acusación de “colaboracionista” con la ocupación alemana entre 1940 y 1944, o por una posible pertenencia al movimiento rexista belga de León Degrelle. Su temperamento, sensible y algo neurasténico, no soportó estos ataques que lo acosarían hasta su muerte, provocándole agudas depresiones, tormentos psíquicos y, como consecuencia, desaveniencias familiares y personales. Hergé era en cierto sentido un hombre difícil, pues su innegable genialidad para la historieta ilustrada, llamada inciertamente comic, exigíale esfuerzos muy superiores a las limitaciones impuestas por la típica turbulencia ideológica de su tiempo, de su posición política tradicional; y hacía estragos en una personalidad de relativa inocencia, característica con que contaba para describir con riqueza inigualable a sus múltiples personajes, a los cuales prestó más atención que a sus argumentos; algo así como emanaciones de sí mismo. No hay nada que hacerle: el estilo es el hombre y, en el artista, se nota y se sufre mucho más.

La incomparable humanidad de sus personajes y su riquísima variedad, no tiene parangón ninguno en el ahora extendido género que cultivó. Cualquier semejanza posible cae bajo la demoledora personalidad que imprimió a cada participante de sus historietas, aún los de menor cuantía. La historieta moderna, decididamente mercantilizada, en su ramplona vulgaridad y urgida por la consiguiente necesidad de generar impactos visuales de baja moralidad y ninguna inspiración, no puede competir con la sencillez humana y cálida del realista y honrado Tintín; o con el nobilísimo marino, capitán Haddock, un alcohólico recuperado a medias, atacado seguramente de una melancolía perpetua por el mundo nada épico que le toca vivir; ni con el engolamiento torpe, simpático, ególatra, oficial y amistoso de los policías Dupont y Dupond. Ni qué decir de Milú, el perro más famoso de todas las historietas de todos los tiempos, objeto de la lealtad más que perruna de su famoso amo. El detallismo de Hergé es probervial y único: las inscripciones chinas que aparecen en las paredes dibujadas en la historieta ambientada en Shangai, son auténticos ideogramas chinos con proclamas políticas. El detallista Hergé no tuvo entre su gremio, desgraciadamente, ningún imitador en este renglón, prueba contante y sonante de la improvisación que reina en ese ámbito, pero también de una postura ideológica amiga de la indefinición.

En 1973, el Gobierno anticomunista de Taiwán lo invitó oficialmente a visitar la isla nacionalista como un homenaje a su obtra El loto azul, publicada en 1935 y ¡cuándo no! con un argumento totalmente a contramano del pensamiento oficial europeo de aquel tiempo, cuyos gobiernos (todos, sin excepción ...) veían con buenos ojos el avance del occidentalizado y ordenado Japón contra la tumultuosa China. ¡Pero Tintin estaba en contra! Y además, en la historieta se denunciaba la entente táctica entre los reyes del opio y los jerarcas comunistas, entonces en lucha contra el Partido Nacionalista chino.

El catolicismo visceral de su autor, lejos de ser su característica “a pesar de la cual” (como dice la envidiosa zurda) la obra es admirable, es el secreto mismo del éxito indisputado de Tintin, la historieta realista (no de ciencia ficción) más famosa de todas las épocas; y ese realismo católico europeo estilo antiguo régimen —curiosamente equivalente, en la novela policial, al chestertoniano Padre Brown— la clave de la atracción irresistible que sigue ejerciendo sobre jóvenes y grandes. Personajes libres, sin ataduras ideológicas ni poses partidistas, ni ninguna otra carga ni condicionamiento mental previos, más que una corajuda Moral tradicional a prueba de ... comerciantes y editores.

En la última escena de estas historietas, con alguna rara excepción, Tintín y el capitán Haddock, seguidos de cerca por Milú, emprenden el ingreso a casa. Moulinsart, el hogar, es el punto final de todas las aventuras; uno creería que es el motivo de todas ellas.