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lunes, 16 de noviembre de 2020

“Padeció Bajo Poncio Pilato” de Vittorio Messori

H mos leído el libro de Vittorio Messori “Padeció bajo Poncio Pilato”, aprovechando el tiempo remanente que nos ha acordado nuestra presente condición de presidiarios sin condena ni prisión preventiva judicial. Una idea clara y explícita en el libro y sobre la cual no abundan muchos pensadores modernos, es la de la Paternidad divina referida a cada uno de nosotros en particular e incuestionablemente inaugurada por Cristo, el Hijo de Dios Encarnado, en el Nuevo Testamento; porque en el judaísmo, Dios es ciertamente llamado Padre por las Sagradas Escrituras, pero refiriendo siempre a una paternidad colectiva, es decir, como padre del pueblo elegido y, en forma tal que, mediante adjetivos, Dios aparezca como un Padre distante y todopoderoso, justo hasta lo vengativo. Anota el escritor que la referencia a Dios como “Padre” en el Antiguo Testamento no supera las 14 veces y, siempre, presentado como lejano, remoto e inalcanzable. En cambio, en el Nuevo Testamento, en Cristo es el Padre de cada uno de nosotros, e inclusive es llamado Abbá por Jesús, o sea Papito, Quien anima a los Apóstoles y a sus seguidores a tener a Dios como Padre de cada cual, diferenciando esa paternidad colectiva referida a un pueblo, la que queda actualizada, en Su Persona, como una efectiva Paternidad individual, no ya puramente del común. Así, la mención de Dios como Padre próximo y cercano, en los Evangelios llega casi a las 200 citas; y si bien el término hebreo Abbá se usa una sola vez, se repite no obstante en San Pablo y se utiliza en su forma griega en los demás Evangelios, pero respetándose siempre ese significado cariñoso e infantil inaugurado y enseñado por Jesús. San Pablo lo dice claramente: “A Dios lo llamamos Abbá, Padre”.

Esta novedad del trato a Dios Padre y de Dios Padre, inaugurada en los Evangelios, es clara consecuencia de la Encarnación del Hijo de Dios, verdad teológica aceptada sencilla pero profundamente por los Padres de la Iglesia —misterio de filiación que se perpetúa en los Sacramentos— y perdida de vista cada vez más velozmente por el modernismo, quedando de hecho suprimida.

Dedica además algún espacio al juicio o asamblea que condenó al Señor, ilegítima, ilegal y hasta perjudicial para la tradición judía, pero sin otorgale la profundidad que acuerdan a su ensayo los hermanos Agustín y Joseph Lémann en “La Asamblea que condenó a Jesucristo”, obra que recomendamos en grado sumo y se puede encontrar en castellano editada por Criterio Libros y que, en Buenos Aires, se consigue en el Club del libro Cívico de Claudio Díaz.

Messori arremete contra el destructivo método “histórico crítico” tipo bultmanniano (lo cual es muy de agradecer), que so pretexto y a fueza de positivismo, cientificismo y racionalismo tanto ha dañado la fe y, ciertamente, lo hace desde una perspectiva muy, pero muy bien documentada. Aunque recurre con demasiada frecuencia a menciones más bien modernas (o modernistas) que no surgen ni siquiera implícitamente del contexto de la Revelación —las Escrituras o la Tradición— como las recurrentes citas al “colegio apostólico”, que es una noción tan moderna como su raíz protestante y democrática; aceptada inclusive de hecho y practicada por las Iglesias orientales cismáticas, en los denominados sínodos nacionales “autocéfalos”, pero sin que se le vea por ningún lado relación alguna con los textos sagrados ni con la tradición apostólica y católica. Que se lo mencione en el Concilio Vaticano II no supone ni permite aceptar que tenga lugar de tradición católica. La bolilla negra se la lleva la aceptación acrítica de una presunta distinción entre “las religiones” —en plural en el libro— judía y cristiana porqué, por más que se aceptase (y no sin reservas) que el cristianismo ha tenido lugar en un contexto religioso y cultural judío, está demostrado por el P. Julio Meinvielle que la religión judía nunca existió ni existe como tal autónomamente, sino que —cuanto religión— se trata en puridad de un cristianismo preliminar truncado por los errores y miopía de los jerarcas judíos del tiempo de Jesús, que no vieron que en Él se hacían presentes cumplidamente todos los signos proféticos. Porque los judíos eran depositarios de la Promesa divina sobre la venida del Redentor, que inicialmente aceptaron; la Promesa del Cristo, hecha en primer término a Adán en las puertas del Paraíso y, más tarde, renovada a Abrahám; por lo tanto, han sido “cristianos in fieri”, desde que el Señor los apartara para Sí como pueblo elegido y los hiciera depositarios de sus promesas, cerrando con ellos una Alianza, la Antigua, mas incompletos hasta la Primera Venida del Ungido y fuera de ella, a causa de su rechazo al Mesías; pero cristianos, no solamente judíos, porque no existe una religión judía por sí sola, sino una única Religión Mesiánica prometida a Adán por Dios e instalada por Él mismo en el seno del pueblo hebreo, que como queda dicho, que lo apartó para Sí a fin de que de su simiente naciera el Redentor. Así pues, no existe propiamente hablando una “religión judía”, sino una única religión cristiana, una Religión de la Promesa, la del Mesías, del Ungido, que está completa recién con Su Primera Venida, o incompleta, o mejor dicho: truncada, en la estéril espera posterior de los judíos. La incompleta o trunca es la parte judía o que podríamos llamar “período judío del cristianismo”, el cual equivocadamente todavía espera la Primera Venida del Mesías y lucha denodadamente contra el catolicismo precisamente por esta causa; y la parte completa, es la que aceptó la venida del Mesías y su Salvación, su Iglesia, Su Cuerpo Místico, con la doctrina cristiana y sus Sacramentos y la que en consecuencia aguarda la Segunda Venida del Señor, que es impensable sin su Primera Venida, sin la Encarnación del Verbo de Dios que lo hace posible. Cuanto menos religión cristiana completa hay, es decir, cuanto menos Cristo haya o cuanto más sea rechazado, más Anticristo hay y más cercano está su advenimiento. Por eso el triunfo religioso del judaísmo, es decir la proliferación de la noción de “pueblo elegido judío”, sin Redentor a la vista y cuyo Padre colectivo es el Dios creador, no solamente rechaza la Paternidad Divina auténtica inaugurada por y en Jesús, el Mesías, sino que acerca la aparición del Anticristo. Es por esto que, después de 2.000 años sin profetas, sin milagros, sin jueces, sin tierra prometida, algunos judíos han abandonado la religión de sus padres, la de la Promesa, y han optado en su desazón por adoptar un error teológico venenoso, cual es afirmar que ellos, en tanto pueblo judío, son aquel mismo Mesías prometido, autoconstituyéndose en pueblo mesiánico por sí mismo, de manera que ya no se debe espera la llegada de otro Mesías personal, Salvador, Redentor. Otras ramas del judaísmo siguen heroicamente con su paciente espera del Mesías y, finalmente, unos pocos han aceptado que Jesús de Nazareth era el Mesías prometido, pero a falta de profetas verdaderos, no hanse atrevido a cruzar el Mar Rojo hacia la Iglesia, que es el Cuerpo Místico del Redentor, tal como había profetizado San Pablo (2 Corintios 3,14 “Pero se embotaron sus inteligencias. En efecto, hasta el día de hoy perdura ese mismo velo en la lectura del Antiguo Testamento. El velo no se ha levantado, pues sólo en Cristo desaparece”). Sobre esto hay una excelente intuición de Carlos Disandro en la introducción a su “Santa Hildegarda y su visión del Anticristo”; este autor, tan poco ecuánime en cuestiones teológicas, sin ninguna duda tuvo algunas intuiciones geniales y esta, es una de ellas.

«En estos tiempos apocalípticos, cuyos signos son releídos por innumerables corrientes culturales, según hermenéuticas a veces contrapuestas, distingo tres grandes orientaciones provisorias, dignas de mayor profundización, que aquí no cuadra.
1) La que podríamos llamar posición clásica en la Iglesia y en la cristiandad, cuyo ejemplo típico encontramos en el texto de Santa Hildegarde y que en síntesis se expresaría así: el fundamento de toda la creatura, de toda la historia, de toda la revelación, de toda la beatitud, originaria, incoativa o culminante, es la primera venida de Cristo, lo que nosotros llamamos de modo comprensivo el mysterio de la Encarnación. En esa primera venida se cumplen ya todos los requisitos y contenidos de la consumación, y es precisamente el debilitamiento de esta experiencia lo que acelera el advenimiento del Anticristo y por ende la segunda venida del Señor. En otras palabras, la escatología está realizada, es preciso convivirla en la historia, cuyo despliegue es en cierto modo cumplimiento temporal de esa realización...»

En su justiciero afán por desmontar la fábula modernista (especialmente la de Alfred Loisy) sobre los Evangelios tomados como una simulación, como un fraude creado para demostrar que en Jesús se cumplían todas las profecías, esto es, la tesis que sostiene que se inventaron los hechos evangélicos para hacerlos encajar con la profecía, Messori intenta demostrar lo contrario, vale decir, que en Jesús no se cumplirían perfectamente todas las profecías, lo cual contradice expresamente la S. Escritura: «era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lucas 24: 44). Creemos que no llega a comprender que, en realidad, esta herejía no hace sino rendir involuntaria pero justiciera y cumplidamente los honores correspondientes a un hecho que es innegable: en Cristo, efectivamente, se cumplieron todas las profecías, que los judíos se negaron a acreditar y ver y por eso extraviaron su camino y el del pueblo que les seguía, hasta que Dios quiera abrirles los ojos. Anteponiendo las doctrinas de los “doctores” al texto de las Escrituras pura y simple, los judíos no pudieron ver los signos proféticos que se cumplían en Cristo; aunque Santo Tomás afirma que los doctores sí comprendieron el cumplimiento de las profecías, y de allí la gravedad de su pecado. Y por eso los falsos doctores del Modernismo no tuvieron otra alternativa que, no pudiendo suprimir las fuentes de la Revelación, intentar envenenarlas con invenciones y “ciencia” falsaria. En tiempos del Señor, era preciso suprimir un abuso, no la Escritura y su acabado perfeccionamiento en la Encarnación del Verbo de Dios. Hoy, impedidos de suprimir la Escritura, intentan quitarle su vigor sagrado.

Pero en general, debe aceptarse este libro como una importante y hasta determinante contribución al estudio ortodoxo de los Evangelios y aunque se echen en falta, junto a algunas máculas como las que hemos señalado arriba, un remato parusíaco que aparece fatalmente a las puertas de nuestros días. ¿Qué se puede esperar de este mundo donde el Tiempo de la Paciencia Divina inaugurado por el Señor en la Cruz, dé paso al tiempo de la Segunda Venida...?

Madeleine Chasles, en su librito “El que vuelve”, felizmente reeditado entre nosotros por Vórtice, afirma que Cristo tras Su Resurrección, vivió cuarenta días con los suyos, hasta la Ascensión. Enfrenta este hecho a aquellos que se oponen a la idea que los que han sido transformados por el arrebato, pudieran acaso convivir con los viadores en un mundo transformado donde, muchos, serán beneficiados por este nuevo estado mientras la restante humanidad vivirá de manera semejante a la anterior —que es la presente— aunque sin la constante mortificación del pecado, sin su aguijón diría San Pablo, o bien muy reducida o hasta suprimida, consecuencia de lo cual es la desaparición de la tristeza y el presentimiento pesimista de la muerte, pues habrá sido vencida como anticipa el Apóstol.

¿Y los judíos?

Pues deberán convertirse; al menos, los sinceramente apegados a la tradición mosaica deberán hacerlo al manifestárseles el Señor en su Segunda Venida o, inclusive, antes de eso gracias a algún portento del estilo de los profetizados en Garabandal por Nuestra Señora, como el Aviso o el Milagro. Algunos no creen en esta aparición de la Ssma. Virgen. Los judíos tampoco lo creen. Nosotros simplemente lo vemos como algo lógico y necesario y perfectamente en línea con el plan de Dios de hacer todo, pero absolutamente todo lo que sea preciso para la salvación de las almas más recalcitrantes.

Como las nuestras.

domingo, 3 de mayo de 2020

de Prada: Carta del sobrino a su diablo (IV)

En alguna entrada del pasado hemos declarado que éramos como la urraca: ladrona y perseverante en su latrocinio. Sin embargo, como en el vicio del pecador está presente el homenaje a la virtud, hoy le pedimos permiso implícito a don Juan Manuel de Prada para dejar aquí asentada su magnífica Carta...

4 de mayo de 2020, por Juan Manuel de Prada

Has de saber, amadísimo tío, que en mis aventuras por la España coronavírica me subo mucho, por puro afán de travesura, a los autobuses, aprovechando las horas de mayor concurrencia. Entonces, en mitad del trayecto, me quito la mascarilla, para regocijarme con las reacciones de pavor y angustia de los pasajeros, a quienes desde hoy sus gobernantes, con el respaldo de los «expertos», les exigen ir embozados; los mismos expertos y gobernantes que antes lo consideraban inútil y hasta ridículo.

Algún día tendrás que lamerme devotamente los bajos, por someter a estas gentes a la superstición científica, que además de convertirlas en zascandiles trémulos que acatan órdenes contradictorias, las aparta de nuestro Enemigo. Reconozco, por supuesto, el mérito de los carcamales que inspirasteis a aquel fraile agustino protestón y rey de la gayola la idea disparatada de que el pecado original había limitado la razón humana. Desde entonces, muchos sabios decidieron prescindir de las verdades metafísicas, conformándose con explorar las ciencias físicas. A estos sabios les prometisteis que la dedicación a la ciencia los convertiría en dioses. Pero muchos de ellos, en lugar de abjurar del Enemigo, acabaron reconociendo su grandeza; porque, como dijo algún capullo, «el primer sorbo de la copa de la Ciencia aparta de Dios, pero cuanto más se bebe de ella... más claro se ve en su fondo el rostro del Creador». Como tú sabes mejor que nadie, titajo Escrutopajo, la Verdad no se puede contradecir a si misma; y la ciencia y la fe, si son verdaderas, acaban siempre coincidiendo en sus conclusiones, aunque difieran en sus métodos y en sus objetivos formales.

No se trata de exaltar las ciencias físicas en detrimento de las metafísicas, carcamalote de mis entretelas, sino de convertir la ciencia en superstición, haciendo creer fatuamente a los botarates que ni siquiera han probado de ella un sorbo que ya se han bebido la copa completa. Y a continuación, se encumbra como sacerdotes de esta superstición a unos «expertos» que transmiten a la plebe las instrucciones disfrazadas de ciencia que convienen en cada momento al gobernante de turno. Instrucciones que, aunque sean paparruchas cambiantes, las masas comulgarán fervorosas, porque la superstición científica se ha convertido entretanto en religión sustitutoria de las masas. Y como bien sabes, titete Escrutopete, «sólo se destruye lo que se sustituye».

Así, la confusión mental generada por los «expertos», además de convertir a los hombres en plastilina que el tirano de turno puede modelar a placer, les impide distinguir la ley moral que nuestro Enemigo grabó en sus almas, así como las consecuencias ineluctables de quebrantarla, que son las que han traído esta plaga coronavírica. Porque (como a veces intuyen toscamente los ateos, cuando dicen que el planeta se rebela contra nuestros abusos) todo mal de naturaleza es efecto impepinable del mal moral; he aquí la verdad que he logrado ocultar a estas pobre gentes, mientras se quitan y se ponen la mascarilla. Pero a veces, en medio de mi triunfo, me asalta una tristeza irremisible; pues todo nuestro triunfo, titito Escrutopito, sólo servirá a la postre para apresurar la catástrofe final y la consiguiente rehabilitación sobrenatural. Hasta nosotros, titote malote, estamos trabajando para nuestro Enemigo. A veces, cuando nadie me ve, deseo fervientemente morir, como antaño deseaban los santos. Porque tú y yo, titirrititín mío, sabemos que la muerte no es un castigo, sino una promesa; una promesa de la que tú y yo hemos sido excluidos para siempre. Perdóname, pero la teología siempre me pone triste; y nadie sabe más teología que nosotros, los diablos.

viernes, 27 de marzo de 2020

Lo Imprevisto (para las horas inciertas)



Señor, nunca me des lo que te pida.
Me encanta lo imprevisto, lo que baja
de tus rubias estrellas, que la vida
me presente de golpe la baraja

contra la que he de jugar. Quiero el asombro
de ir silencioso por mi calle oscura,
sentir que me golpean en el hombro,
volverme, y ver la faz de la aventura.

Quiero ignorar en dónde y de qué modo
encontraré la muerte. Sorprendida,
sepa el alma, a la vuelta de un recodo,
que un paso atrás se le quedo la vida



Conrado Nalé Roxlo, argentino, 1898-1971



miércoles, 20 de mayo de 2009

El aborto en el Derecho Positivo Argentino

No bien regresamos a este medio, encontramos a nuestra disposición una esperada obra que, no por repetidamente anunciada, resultó menos interesante ni menos gratificante. Se trata de “El aborto en el Derecho Positivo argentino”, escrito eruditísimo preparado por el doctor Ricardo Bach de Chazal que abarca todo lo imaginable que, en materia jurídica, pueda interesar al tema presentado. Se destaca de entrada la mesura escolástica con que el autor trata los argumentos adversarios, sin entrar prácticamente nunca en el terreno ad hominem; lo cual, visto el horripilante marco fáctico de la obra, es digno de todo encomio y difícilmente imitable.

Hay que declarar con toda firmeza antes de seguir que, en este problema del aborto, rigen más la hipocresía, la malicia y el engaño que el derecho o la razón; pero una forma muy eficaz, quizá la más eficaz, de desenmascarar estos vicios es, precisamente, un estudio enjundioso, valiente y profundo del crescendo, jurídico y emocional, con que se ha querido presentar este horror entre nosotros, abriendo un debate que nadie pedía y ofreciendo falaces “soluciones”, infames de todo punto de vista. El autor no trepida en llamar a las cosas por su nombre y, a expensas de resultar ocasionalmente algo pesada la lectura —de todos modos no es un libro de literatura de diversión, exactamente, sino una obra científica— repasa con extensa minuciosidad todas las reglas legales que ha sido preciso pasar a cuarteles de invierno para poder instrumentar, aunque sea del modo clandestino y tramposo en que se ha hecho, los preparativos para la previsible despenalización del aborto. El repaso de los casos judiciales que hacían lugar a estos homicidios agravados —auténticos crímenes perpetrados con la complicidad de los jueces— proporciona una radiografía completa de las argucias, falacias y mentiras, además de las gravísimas omisiones y fallas jurídicas, de que se ha valido el poder institucional para hacer pasar estos hechos criminales.

Este libro, además de indispensable y necesario en toda biblioteca como volúmen de consulta permanente y seguro, es único por la extensión temática. No conocemos, dentre la extensa bibliografía sobre esta penosa hecatombe herodiana que asola el mundo, una obra jurídica tan completa y tan bien fundamentada; la cual, por añadidura, podrá servir a profesionales y estudiosos de otras latitudes por el nutrido aparato crítico que la acompaña y complementa, sin dejar de mencionar el estudio histórico que ocupa un entero capítulo y precede al estudio del título, propiamente dicho.

La editorial de la Universidad Católica Argentina presenta la obra en un formato de fácil manejo, tipografía bien adecuada a la densidad del tema tratado (aspecto técnico poco frecuentado en obras de esta clase) y, además de una razonable extensión, un índice bien estructurado.

Una última nota, que nos parece importante destacar aunque no tenga relación directa con la obra o el autor, es que la oferta de este libro en algunas librerías lo encasilla en el rubro de “Bioética”, algo que, ciertamente, no es. Es una obra jurídica y hasta de moral, si se prefiere, por que el homicidio de un descendiente no nacido, no es propiamente un asunto de bioética sino un problema penal de escandalosas proporciones morales y sobrenaturales, al resultar una oposición directa y desafiante a la Divina Providencia. Y en último y naturalista análisis, un problema político de moral cuyas consecuencias apuntan a tal grado de envilecimiento de la sociedad, que sitúan al testigo imparcial frente al hecho mismo de la extinción voluntaria del género humano.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Presentación de un libro del Padre Julio Triviño

Antonio Caponnetto presentará, este viernes que viene, 7 de noviembre, a las 7 de la tarde (“19 horas” para los formalistas) el libro del padre Julio Triviño titulado “El Cura Brochero”. El evento tendrá lugar en la Editorial Dunken, Ayacucho 357, ciudad de Buenos Aires.

Esta obra, que es una reedición de la original, fue pensada por su autor hace más de 50 años y publicada algo más tarde. Fue en una de sus primeras misiones sacerdotales donde del P. Triviño, en Traslasierra, en Córdoba, asoció su curiosidad de hombre sabio, santazo e historiador, a la figura del Padre Brochero, el cura gaucho que había catequizado esos parajes 60 años atrás, cabalgando a lomo de su mula todoterreno y capeando, a Catecismo puro, la inclemencia de una época paganizada por la caida de la Religión, que tuvo su golpazo feroz en 1852. Sí: Caseros fue nuestra Revolución Francesa y Brochero uno de los innumerables curas que salvaron al pueblo fiel de la desbandada de la apostasía, como el P. Champagnat en Francia, por la gracia de Dios. Los santos, y algunos santos en particular, son signos inequívocos de predilección divina que las naciones deben tomar en cuenta. Los liberales lo saben, los masones, más áun, y les temen o los matan; los “catostantes”, en cambio, miran para otro lado, o hablan distraídamente de pavadas o volublemente del amor ...

José Gabriel Brochero
en su vejez

Triviño nos acerca al Cura Gaucho desde lontananza donde lo ha puesto la Historia histérica, hasta la proximidad de un hombre de carne y hueso, aquejado de mil enfermedades y acicateado por el celo de las almas para Dios, para lo cual su sacerdocio ha sido en verdad y en efecto, oblación pura y signo de santificación. Esa fe simple y morrocutda del hombre de campo —del hombre de campo que es cristiano, se entiende, no del que es simplemente hombre de campo, del pago: pagano— que ha aceptado a Dios, a Su Realidad inmensurable, del mismo modo en que lo hace con las realidades naturales. Brochero murió de lepra en 1914 y se supone que había nacido en 1840.

Al presente, Triviño es un jovial sacerdote que ha pasado los 85 años de edad y los 60 de sacerdote. Lo único que lamenta de su extensa existencia, es la ausencia de sus amigos y conocidos, que ya lo han precedido en el camino al Cielo. Considera que este es el precio que hay que pagar por una vida larga; aunque desta forma, Dios vaya descarnando los afectos para preparar el Tránsito. Sus libros y su docencia poética, que no es poca ni desconocida, aunque no salga en lanación, acaso sean la razón de su permanencia en la tierra; o de su demorada llegada a la Gloria, según se vea. Los ataques contra Dios han arreciado y, en cierto modo, cambiado de perspectiva; así que el soldado debe estar atento y, sobre todo, militar.

Si antes se intentaba negar Su existencia —y un torpe intento de remedo lo hemos leído, casi con risa, en las sosas líneas de F. Savater (el filósofo de los anteojos rosas) publicadas en la tribuna de doctrina no hace mucho— hoy se ataca directamente a Dios, a través de todo lo que es Su imagen o representación: la paternidad natural y sobrenatural, el sacerdocio ordenado, la Iglesia, la autoridad legítima, el orden.

Sabemos que Triviño lo sabe y que desea dedicar sus últimos años, su último suspiro, a dar este combate, que la certeza sobrenatural de servir al Rey de reyes da por ganado, pero que la humana labilidad exige combatir.

viernes, 30 de mayo de 2008

Al Sagrado Corazón de Jesús

Mármol con sangre, tu frente;
lirios con sangre, tus manos;
tus ojos, soles con muerte;
luna con muerte, tus labios.

Así quiero verte, Cristo,
sangriento jardín de nardos;
así, con tus cinco llagas,
cielo roto y estrellado.

Rojo y blanco, blanco y rojo,
te vio la niña del cántico:
bien merecido lo tienes,
por santo y enamorado.

Abismo reclama abismo:
¿o no lo sabías acaso?;
el amor llama a la muerte:
muerte y amor son hermanos.

Amor quema, amor hiende
carne y alma, pecho y labio.
Amor, espada de fuego;
amor, cauterio y taladro.

Así quiero verte, Cristo,
con sangre, lirios y mármol;
soles y lunas con muerte
en tus ojos y en tus labios. Amén.


martes, 20 de mayo de 2008

Elogio de la urraca

Los días como hoy, húmedos y cálidos, nos hacen añorar una inspiración que, como el ángel esquivo de Sor Juana Inés, nos elude caprichoso y atrayente; hechicero y furtivo. Pero para consuelo, tenemos siempre a mano un saludable espíritu de rapiña y, como las urracas, córvidos nos hacemos por pura conveniencia. Para unir la bajo a lo alto, lo más a lo menos, la virtud al vicio y salir airosos, robamos hoy del nido de Los papeles de don Cógito una cita de San Luis María Grignon de Monfort, tocayo nuestro y admirable santazo francés que paseó por su Patria predicando a Cristo; igual que los cuervos, robando de los sepulcros la inspiración para vivir, evocando a la muerte para alabar a la Vida. Es una espiritualidad difícil, ruda, exacta y certera. Y sobre todo, realista. Nos recuerda aquello de San Pablo que tanta molestia dió a los espíritus místicos: Ahora vemos todo enigmáticamente en un espejo (videmos nunc per speculum in ænigmate). Quedáos con Dios.

PRERARACION PARA LA MUERTE
Disposiciones para morir bien.
DISPOSICIONES REMOTAS
I. Pensar todos los días en la muerte: 1.°, que es cierta; 2.°, que está cercana.; 3.°, que es engañosa; 4.°, que es terrible; 5.°, que es cruel; 6.°,que es semejante a la vida.
II. Vivir bien: 1.°; evitar el pecado mortal y el venial deliberado; 2.°, combatir la pasión dominante; 3.°, amar la cruz ; 4.°, frecuentar los sacramentos; 5.°, practicar la oración y la obediencia; 6,°, tener una gran devoción a la Santísima Virgen.
III: Hacer con tiempo el testamento: 1.°, hacer decir misas antes de la muerte; 2.°, hacer el testamento dicho en buena forma; 3.°, devolver los bienes mal adquiridos 4°, pagar las deudas.
IV. Ser fiel a ciertas practicas de los santos para pensar en la muerte y prepararse a ella: 1.°, al acostarse, tomar la postura de un muerto; 2.°, en cada comida tomar un bocado de pan como alimento de los gusanos que devorarán el cuerpo 3.°, mirar las enfermedades como corredores de la muerte; 4.°, tener una calavera en el aposento y meditar lo que es, lo que será. y reflexionar sobre sí mismo; 5.°, mandarse hacer su caja y su mortaja y besarlas todos los días.
San Luis María de Montfort. Preparación para la muerte


domingo, 20 de abril de 2008

Aviso importante — Imprenta casera

A partir de hoy, ponemos en marcha la página web destinada a contener principalmente archivos de texto imprimibles, y otros más que iremos subiendo a medida que podamos hacerlo y se nos ocurra, como subsidio a nuestros lectores que nos han pedido poder disponer de algunos textos difíciles de hallar.

La novedad estriba en la posibilidad de imprimir cuadernillos encuadernables en forma de libro plegado y formato de hoja A4 apaisada, conteniendo cuatro páginas por cada hoja. Los cuadernillos variarán su extensión —16 ó 32 páginas; es decir 4 ú 8 hojas, respectivamente— según lo creamos más fácil para imprimir y encuadernar. Las hojas, como es natural, deben imprimirse en ambas caras.

Esperamos aquí sus comentarios sobre este nuevo servicio; que como queda dicho, Dios mediante, se irá ampliando con el tiempo.


miércoles, 26 de marzo de 2008

Malcontent

a tentación era demasiado fuerte y nuestra lucha, demasiado breve. Admirados y satisfechos con nuestra claudicación (¡es lo peor de estas tentaciones!) allí va, para hacer cómplices a nuestros lectores.

No sin antes referir y recomendar esta creación paralela del gran Cruz y Fierro denominada Máximas, sentencias y exabruptos de un malcontent. Que los desintoxicantes en grajeas son caros y, generalmente, hacen daño a la salú del cuerpo y del alma. Y este es gratis; o sea, grato.


sábado, 15 de septiembre de 2007

Stabat Mater


Stabat Mater, según traducción y recreación de Lope de Vega.

1. La Madre Piadosa estaba
junto a la Cruz, y lloraba
mientras el Hijo pendía;

2. cuya alma triste y llorosa,
traspasada y dolorosa
fiero cuchillo tenía.

3. ¡Oh cuán triste y afligida
estaba la Madre herida,
de tantos tormentos llena!

4. Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

5. ¿Y cuál hombre no llorara
si a la madre contemplara
de Cristo en tanto dolor?

6. ¿Y quién no se entristeciera
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

7. Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.

8. Vio morir al Hijo amado
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

9. ¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor,
para que llore contigo.

10. Y que, por mi Cristo amado
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

11. Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.

12. Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

13. Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;

14. porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

15. ¡Virgen de Vírgenes santas!
Llore yo con ansias tantas
que el llanto tan dulce me sea;

16. Porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

17. Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;

18. Por que me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

19. Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;

20. porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria.
Amén

1. Stabat mater dolorosa
juxta Crucem lacrimosa,
dum pendebat Filius.

2. Cuyus animam gementem,
contristatam et dolentem,
pertransivit gladius.

3. O quam tristis et afflicta
fuit illa benedicta
Mater Unigeniti.

4. Quae moerebat et dolebat,
Pia Mater cum videbat
Nati poenas incliti.

5. Quis est homo qui non fleret,
Matrem Christi si videret
in tanto supplicio?

6. Quis non posset contristari,
Christi Matrem contemplari
dolentem cum Filio?

7. Pro peccatis suae gentis
vidit Jesum in tormentis
et flagellis subditum.

8. Vidit suum dulcem natum
moriendo desolatum,
dum emisit spiritum.

9. Eia Mater, fons amoris,
me sentire vim doloris
fac, ut tecum lugeam.

10. Fac ut ardeat cor meum
in amando Christum Deum,
ut sibi complaceam.

11. Sancta mater, istud agas,
crucifixi fige plagas
cordi meo valide.

12. Tui nati vulnerati,
tam dignati pro me pati,
poenas mecum divide.

13. Fac me tecum pie flere,
crucifixo condolere,
donec ego vixero.

14. Iuxta crucem tecum stare,
et me tibi sociare
in planctu desidero.

15. Virgo virginum praeclara,
mihi iam non sis amara:
fac me tecum plangere.

16. Fac ut portem Christi mortem,
passionis fac consortem,
et plagas recolere.

17. Fac me plagis vulnerari,
fac me cruce inebriari,
et cruore Filii.

18. Flammis ne urar succensus
per te Virgo, sim defensus
in die judicii

19. Christe, cum sit hinc exire,
da per matrem me venire
ad palmam victoriae.

20. Quando corpus morietur,
fac ut animae donetur
Paradisi gloria.

Amen.





martes, 3 de abril de 2007

Martes Santo

Ojos muertos que miráis
con mirar indescriptible
y con fuerza irresistible
atraéis y cautiváis,
¿por qué, si muertos estáis
tenéis tan viva expresión
que así turbáis mi razón
trocando vuestras miradas
en dos punzantes espadas
que parten mi corazón?

Al veros, ojos pidadosos
todo mi ser se conmueve
¿Quién a miraros se atreve
sin llorar, ojos llorosos?
Me cautiváis, amorosos,
me reprendéis justicieros,
inspiráis dolor y calma,
sois tiernos y sois severos,
y las borrascas del alma
enfrenáis sólo con veros.

¡Ah! Permitid ojos píos,
ojos que sois el encanto
del cielo, que con mi llanto
borre mis locos desvíos;
bebí en cenagosos ríos
aguas de ponzoña llenas
que, al infiltrarse en mis venas
causaron fiebres ardientes.
¡Cómo olvidé que érais fuentes,
de aguas dulces y serenas!

Amen

viernes, 9 de febrero de 2007

Jean Dumont † 2001 In Memoriam


JEAN DUMONT, LA MUERTE DE UN CLÁSICO

Una de las características más lamentables de la historiografía española de las últimas décadas es el papanatesco servilismo con que se alaba la obra de ciertos autores por el simple hecho de ser anglosajones y políticamente correctos. Esta última circunstancia ha llevado, por ejemplo, a alabar ininterrumpidamente la obra de Gabriel Jackson (ya muy atrasada y superada) o la de Paul Preston (penosamente parcial y deficiente) a la vez que se pasaban por alto los aportes de otros autores o españoles o políticamente incorrectos. Semejante acercamiento a la obra historiográfica ha tenido, entre otras consecuencias, el de desconocer obras de autores que, aunque extranjeros, se conformaban mal con el discurso dominante. Uno de esos casos ha sido el del francés Jean Dumont, fallecido hace unos días 1 .

La obra de Dumont, excelentemente documentada y totalmente exenta de apriorismos cargados de prejuicios, se caracterizó por una búsqueda honrada de la verdad por muy antipática que ésta pudiera resultar para ciertos sectores políticos, sociales o académicos. Los resultados fueron, por regla general, excelentes. En este ensayo sobre Isabel la Católica, por ejemplo, no sólo se da una recuperación de un personaje histórico excepcional sino también un abordamiento valiente de cuestiones como la expulsión de los judíos, el final de la Reconquista, los inicios de la Inquisición o el descubrimiento de América. Todas y cada una de las cuestiones son respondidas con una solidez excepcional. Resulta por ello oportuno recordar también otras obras suyas publicadas también por Ediciones Encuentro. En La Hora de Dios en el Nuevo Mundo, Dumont supo trazar la trayectoria vital de algunos de los primeros evangelizadores españoles en América; en Proceso contradictorio a la Inquisición española describió como nadie la evolución histórica de esta institución situándola en su contexto y en sus verdaderas dimensiones y, finalmente, en Lepanto, la historia oculta, abordó las claves internacionales de esta gran batalla y las razones de que el peso de la misma recayera de manera casi exclusiva sobre España y fuera eludido por Francia.

No le parece al autor de estas líneas que el fallecimiento de un historiador deba ser motivo para instar a la lectura de sus obras. Éstas deben ser examinadas por su valor intrínseco prescindiendo de que el que las realizó, viva o no. Sin embargo, en este caso concreto creo que debe realizarse una excepción porque Dumont fue un gran —y silenciado— hispanista y porque examinar cuestiones tan espinosas como la expulsión de los judíos, la Inquisición, el exilio de los moriscos o el papel de la iglesia en el descubrimiento de América exige en la actualidad leer con el debido interés sus obras.
1 El artículo es de julio de 2001. Volver

Jean Dumont, La “incomparable” Isabel la Católica, Madrid, Ediciones Encuentro, 242 páginas. ISBN: 84-7490-314-9

jueves, 8 de febrero de 2007

La Vulgata Clementina Digital

a Santa Biblia que hoy tenemos el inmenso gusto de ofrecer a nuestros lectores, en la sección Lecturas Ejemplares, es una edición completa de la traducción de San Jerónimo, conocida como Vulgata Clementina, o Sixto—Clementina, y preparada a partir de los decretos del Concilio de Trento autorizados por el Papa Sixto y refundida a principios del siglo XVII por el Papa Clemente.
Gracias al esfuerzo de Michael Tweendale culminado en 2005, y a un grupo de colaboradores, esta cuidadísima edición digital, que ofrecemos en formato PDF, puede copiarse libremente, con la condición “moral” de avisar a los autores cualquier defecto o error que se advierta en su texto o edición. Vale.

viernes, 5 de enero de 2007

R. P. Horacio Bojorge s. j.

Nos han pedido que destaquemos algo de la figura y obras del Padre Horacio Bojorge. Creemos conveniente para llenar esta inquietud, remitir a su página, en la cual se encontrarán bibliografía, biografía y algunos otros detalles interesantes.
Sus obras se pueden encontrar allí copiadas en ficheros digitalizados, de tipo hipertexto.
El Padre Bojorge reside en Montevideo, y viaja asiduamente para visitar a las numerosísimas personas interesadas en sus conferencias, exposiciones y predicaciones.

martes, 2 de enero de 2007

La Vendee

Un artículo de Vittorio Messori

Ya tenemos aquí el libro aguafiestas, la implacable obra de un joven historiador que ha provocado las iras de la inteligencia francesa, que —suntuosamente patrocinada por François Mitterrand— celebró en 1989 «glorias» y «fastos» de la Grande Révolution que cumplía entonces doscientos años.
Estamos hablando de “Le génocide franco-français: la Vendée vengée”, de Reynald Secher.
Estas terribles páginas tuvieron en su momento algún eco en nuestros diarios, pero la industria «oficial» del libro, que sin embargo va saqueando de todo, hasta lo irrelevante, especialmente del francés, no había encontrado sitio para ellas. Ha suplido esto una nueva y pequeña editorial que —¡rara avis!— no sólo no esconde su orientación católica, sino que de esta inspiración quiere hacer la única base, sin compromisos, de su producción.
Su programa editorial, por lo tanto, prevé la publicación de obras nuevas, originales o traducciones, pero «malditas», o sea rechazadas por la ideología dominante en las editoriales, incluida alguna que ya fue, o aún se declara, «católica». Pero también prevé la recuperación de obras del pensamiento cristiano de los siglos XIX y XX imposibles de encontrar, muchas veces no por falta de mercado, sino por falta de «simpatía» por parte de cierta cultura que se declara «pluralista», «paladina de la tolerancia», mientras está realizando una dura censura ideológica.
Esta nueva editorial, en la fase inicial de su actividad —antes del libro sobre la Vendée, que hemos mencionado y del que hablaremos más adelante— publicó otro ensayo contra-rrevolucionario. Es el panfleto, también aguafiestas, “Pourquoi nous ne célébrons pas 1789”, escrito por Jean Dumont, que en pocas páginas, acompañadas por ilustraciones raras de la época, muestra con vigor e información extraordinarios «los falsos mitos de la Revolución francesa», tal como dice el título de la traducción italiana. En un tamaño y a un precio reducidos aquí tenemos la obra de síntesis que muchos lectores buscaban para aclararse las ideas (en una perspectiva que quiere ser explícitamente católica) acerca de aquella revolución cuyos efectos aún perduran.
Pero vamos a ver ahora Le génocide franco-français, ese libro de Secher que, pese al obstruccionismo realizado por el conformismo «políticamente correcto», ha provocado en Francia una profunda conmoción.
Reynald Secher, el joven autor (nacido en 1955) originario de la Vendée, fue a buscar una documentación que muchos consideraban ya perdida. En efecto, los archivos públicos han sido diligentemente depurados, en la esperanza de que desaparecieran todas las pruebas de la masacre realizada en la Vendée por los ejércitos revolucionarios enviados desde París.
Pero la historia, como se sabe, tiene sus astucias: así Secher descubrió que mucho material estaba a salvo, conservado, a escondidas, por particulares. Además pudo llegar a la documentación catastral oficial de las destrucciones materiales sufridas por la Vendée campesina y católica, levantada en armas contra los «sin Dios» jacobinos.
En los mapas de los geómetras estatales de la época está la prueba de una tragedia inimaginable: diez mil de cincuenta mil casas, el 20 % de los edificios de la Vendée, fueron completamente derruidas según un frío plan sistemático, en los meses en que se desen-cadenó la furia de los jacobinos gubernamentales con su lema aterrador: «libertad, igualdad, fraternidad o muerte». Prácticamente todo el ganado fue masacrado. Todos los cultivos fueron devastados.
Todo esto, según un programa de exterminio establecido en París y realizado por los oficiales revolucionarios: había que dejar morir de hambre a quien, escondiéndose, había sobrevivido. El general Carrier, responsable en jefe de la operación, arengaba así a sus soldados: «No nos hablen de humanidad hacia estas fieras de la Vendée: todas serán exterminadas. No hay que dejar vivo a un solo rebelde.»
Después de la gran batalla campal en la que fueron exterminadas las intrépidas pero mal armadas masas campesinas de la «Armada Católica», que iban al asalto detrás de los estandartes con el Sagrado Corazón y encima la cruz y el lema «Dieu et le Roy», el general jacobino Westermann escribía triunfalmente a París, al Comité de Salud Pública, a los adoradores de la diosa Razón, la diosa Libertad y la diosa Humanidad: «¡La Vendée ya no existe, ciudadanos republicanos! Ha muerto bajo nuestra libre espada, con sus mujeres y niños. Acabo de enterrar a un pueblo entero en las ciénagas y los bosques de Savenay. Ejecutando las órdenes que me habéis dado, he aplastado a los niños bajo los cascos de los caballos y masacrado a las mujeres, que así no parirán más bandoleros. No tengo que lamentar ni un prisionero. Los he exterminado a todos».
Desde París contestaron elogiando la diligencia puesta en «purgar completamente el suelo de la libertad de esta raza maldita».
El término «genocidio», aplicado por Secher a la Vendée, ha desatado polémicas, por considerarse excesivo. En realidad el libro muestra, con la fuerza terrible de los documentos, que esa palabra es absolutamente adecuada: «destrucción de un pueblo», según la etimología. Esto querían «los amigos de la humanidad» en París: la orden era la de matar ante todo a las mujeres, por ser el «surco reproductor» de una raza que tenía que morir, porque no aceptaba la «Declaración de los derechos del hombre».
La destrucción sistemática de casas y cultivos iba en la misma dirección: dejar que los supervivientes desaparecieran por escasez y hambre.
Pero ¿cuántos fueron los muertos? Secher da por primera vez las cifras exactas: en dieciocho meses, en un territorio de sólo 10.000 kilómetros cuadrados, desaparecieron 120.000 personas, por lo menos el 15 % de la población total. En proporción, como si en la Francia actual fueran asesinadas más de ocho millones de personas. La más sangrienta de las guerras modernas —la de 1914-1918— costó algo más de un millón de muertos franceses.

Genocidio, pues; verdadero holocausto; y, como comenta Secher, tales términos remiten al nazismo. Todo lo que pusieron en práctica las SS fue anticipado por los «demócratas» enviados desde París: con las pieles curtidas de los habitantes de la Vendée se hicieron botas para los oficiales (la piel de las mujeres, más suave, era utilizada para los guantes). Centenares de cadáveres fueron hervidos para extraer grasa y jabón (y aquí se superó hasta a Hitler: en el proceso de Nuremberg se documentó —y las mismas organizaciones judías lo confirmaron— que el jabón producido en los campos de concentración alemanes con los cadáveres de los prisioneros es una «leyenda negra», sin correspondencia con los hechos). Se experimentó por primera vez la guerra química, con gases asfixiantes y envenenamiento de las aguas. Las cámaras de gas de la época fueron barcos cargados de campesinos y curas, llevados en medio del río y hundidos.
Son páginas, disponibles ahora, que provocan sufrimiento. Pero la búsqueda de una verdad escondida y borrada bien vale el trauma de la lectura.

jueves, 28 de diciembre de 2006

San Pío X

Nos habíamos hecho solemne compromiso de no transgredir el receso navideño, por varias razones poderosísimas: La primera, que por una suerte de pacto implícito entre todos nosotros, la noticia que todo el mundo espera no debería ser reemplazada por ningún artículo de blog, ni bueno ni malo, y esperarla en santa espectación no se veía nada mal. La segunda, que por estos días, los atareados habitantes del hemisferio Sur (que no son nuestro únicos lectores pero sí los más concernidos) se encuentran cerrando su año laboral, familiar, militar y social, para dedicarse a sus vacaciones anuales ... con buenas noticias.
En general, este mundo puerco no ofrece muchas oportunidades de recibir buenas noticias; queremos decir buenas en serio. Así que preferíamos dejar correr estos días de amable trajín.
Sin embargo, una mano amiga nos ha acercado un libro de reciente publicación que no hemos podido resistir la tentación de criticar, en el mejor sentido de la palabra. Parecía un desafío en el Día de los Santos Inocentes, que son los primeros Mártires
El librito se llama «El Papa San Pío X: Memorias», y su autor es el cardenal Rafael Merry del Val, quien habiendo nacido español en el Londres de los primeros años de Disraeli, escribió esta obra en inglés, hasta que fue publicada en castellano en Madrid, en 1946, poco más de 15 años después del fallecimiento del cardenal. La presente, parece ser la primer edición argentina, realizada sobre esta otra anterior en castellano.
Rafael Merry del Val murió en 1930 también con fama de santo, y su causa de beatificación está iniciada. Conoció al cardenal Giuseppe Sarto recién en el Cónclave de 1903 —el mismo en el cual fue vetado el cardenal Rampolla del Tindaro por decisión del Emperador de Austria y del cual saldría Papa el cardenal Sarto— mientras oficiaba de Secretario. León XIII lo había hecho Arzobispo apenas pasados los 30 años de edad y lo había conservado como funcionario en el Vaticano, apreciando de esta forma sus inmensas dotes de trabajador fiel, incansable e inteligente. Antes de la elección de José Sarto para ocupar la Silla de Pedro, había intercambiado con él solamente unas diez palabras en la propia capilla del Cónclave, donde el adolorido cardenal pedía al Señor que el cáliz que se le venía, pasara de largo ... Merry del Val, por encargo del Decano del Colegio de Cardenales, se acercó a Sarto para pedirle que lo autorizara a anunciar que jamás aceptaría el Solio Pontificio; decisión que, gracias a Dios, esa misma mañana revocó ante la insistencia de sus pares. Merry del Val, concluido el Cónclave, corrió a despedirse del nuevo Papa, quien con una sonrisa triste, algo burlona también, y no exenta de reproche, le pidió que se quedara con él como Pro Secretario de Estado, hasta tanto resolviera qué hacer.
El gesto intuitivo fue definitivo; el arzobispo Merry fue creado cardenal poco tiempo después y confirmado como Secretario de Estado en un emocionante episodio, conservando el cargo durante los once años del pontificado de Pío X. Lo cual es un caso casi único en la Historia del papado.
No era posible imaginar dos vidas más opuestas: el cardenal, descendiente de nobles españoles e ingleses, hombre de vastísima cultura y hasta de notable erudición, empeñoso trabajador y acostumbrado ya a todos los ronroneos de la vida. El Papa Sarto, hijo de un modesto funcionario imperial de familia italiana y de una bondadosísima mujer analfabeta, pobre desde siempre, cura rural, obispo de a caballo y Patriarca de Venecia: una inteligencia despierta, diríase aún preclara, dueña de esa exacta comprensión instantánea de situaciones, hombres y cosas, que le permitía un ejercicio preciso, caritativo y humorístico de la autoridad, que era irresitible. Les unía, eso sí, una fe indoblegable, un amor a la Iglesia parejo y esa sincera, franca y masculina atracción mutua de lo que es opuesto, pero afín. En el Cónclave, el cardenal Sarto halló un amigo y una columna de sostén, no teniendo cómo consolarse de esa impactante novedad que era el Papado. El aristócrata Merry del Val, al fin y al cabo de la raza del Cid, encontró un Señor a quien servir hasta el final.
Fue tal la compenetración de los ideales y de la comprensión del mundo, que pocos podrán jamás explicar de cuál de los dos, del rey o de su ministro, eran las medidas y acciones de gobierno que electrizaron a una Iglesia con casi centenarios prejuicios de derrota, al compás desacorde de los sonsonetes de modernidad. ¡El Modernismo ... ! Algunos, creyeron ver en el nuevo Papa un hombre de aspecto físico semejante a Pío IX, de quien temían hasta el nombre. Su advenimiento no fue bien recibido por todos; más bien, algunos de sus actos de gobierno fueron repudiados y comentados con odio en las Logias que circundaban al Pontífice. Pío X temía a los enemigos de fuera, pero más le preocupaban los de adentro, lo que maquinaban desde la sombre de algún despacho vaticano. Y en esta lucha tremenda, contabilizada por algunos escritores como semejante a la del Gran Pedro Fundador, se encontraron dos almas de gemelas espadas.
El Modernismo, ahora llamado Progresismo, y la gran Guerra (“il guerrone”) fueron los dos grandes tormentos de Pío X; el sabía que no vería la segunda, sobre cuya vecindad estaba completamente seguro. Y conocía el satánico carácter del primero, que también sabía no sería vencido en sus días.
La biografía de Pío X escrita por Merry del Val no puede ser sino apasionada, compuesta durante los varios años en que el autor sobrevivió a su Papa, con los aportes documentales e historiográficos propios, y aquellos que le fueron allegando todos los que conocieron al santo Papa.
Pío X fue una personalidad excepcional, cautivante en extremo, como atestiguara la totalidad del cuerpo diplomático acreditado en el Vaticano durante sus años; y, acaso, poseedora de esa extraña fascinación que ejercen sobre sus contemporáneos aquellos que tienen, junto a una vida psíquica, moral e intelectual excepcional y atractiva por sí misma, una santidad notoria que agrega vuelo sobrenatural a las más elevadas dotes terrenales. Es un hecho conocido que muchos diplomáticos, aún de naciones no católicas, pidieron ser removidos del Vaticano tras la muerte del Papa Sarto; tal era su estado de ánimo.
El libro incluye las versiones castellanas de los discursos y homilía del Papa Pío XII, en ocasión de beatificar primero, y canonizar finalmente en 1954, a su admirado Papa San Pío X, en cuyo homenaje tomó ese nombre al ser aclamado pontífice él mismo.

«El Papa San Pío X: Memorias», cardenal Rafael Merry del Val, Ediciones Fundación San Pío X, Buenos Aires, 2006; 200 páginas 21 x 15 cm., ISBN 950-99434-6-0

lunes, 18 de diciembre de 2006

Post Aborto y dolor

La ciencia moderna, una presumida que desprecia su plebeyo nombre verdadero de “técnica”, no quiere reconocer sus errores y, sobre todo, no quiere dejar de intentar llevarle la delantera a la Moral, creyendo que la vida es una carrera de postas en la que gana el que grita más fuerte, tiene más programas de televisión, y predica con más vehemencia —aunque sea sin razón.
El aborto es uno de los dramas modernos más proclamados, menos estudiados, más crueles y menos convincentes. Pero lo que es innegable es que, detrás del escandaloso griterío que tanto agrada a los partidarios de este asesinato, existe una realidad moral, psíquica y física cuya serena ponderación no ocupa demasiado del tiempo de los científicos modernos. Ni de los sanitaristas, ni los políticos.
Al tomarse como inflexible punto de partida su supuesto carácter esencialmente indiferente a la moral, o mejor dicho, prescindente de lo moral, se echan al basurero, junto con los despojos mortales de una vida incipiente destrozada por el egoísmo, las consecuencias funestas que, como cualquier otro acto moral desarreglado, se proyectan sobre el autor del hecho, y que siempre, o casi siempre, son proporcionadas al hecho inmoral. El dicho popular de que “en el crimen está la pena”, pocas veces en la vida, creemos, alcanza tan patética significación.
Se habla farisaicamente de recuperar a los delincuentes en otros ramos de la vida criminal, pero se olvida al más desgraciado de todos los delincuentes; aquel que, por la naturaleza de su crimen, de no purgar su pena públicamente, quedará para siempre a solas con su conciencia, a merced de una falta que, de una manera íntima e intrascendente, desgarrará su alma, atormentada por una pena ilevantable y, sin la menor duda, pavorosamente patógena.
Que el aborto se trata del más repugnante homicidio, con elementos filicidas y “proditorios”, como decía la añeja doctrina penal española, no cabe la menor duda. Así que esta culturita posmoral (para qué hablar de “postmodernidad”, que no quiere decir nada), lo querrá justificar de mil modos; pero definitivamente, no lo entiende, eso no.
Si la alternativa que se ofrece es que deba prevalecer un hipotético derecho de la mujer (y ... no, Madre no) a su felicidad, a expensas de la muerte de su hijo inocente, no es algo que ofrezca demasiadas dudas que, lo primero que se echa en falta, es la sensatez. Si al sexo entre varón y mujer se le conmuta su natural fin de ser causa de fertilidad, por el de ser mero placer o recreación, lo que no hay es sexo humano, sino animal, y un hijo siempre será un efecto inesperado.
La cuestión del aborto resulta ser, pues, enormemente difundida pero, como decimos, muy poco estudiada e infinitamente incomprendida; si se acude a las centenares de bien financiadas páginas web de asociaciones proaborto (¿existirá alguna asociación "pro magnicidio"? si alguien sabe ...) se podría llegar a pensar que, sobre esto, todo se sabe ya, o ya está dicho. Pero la verdad es otra.
Un estudio crítico completo sobre el aborto como tal, en cuanto tal, no parece haber visto la luz, si es que es tolerable semejante metáfora en este tema.
Ya conocemos hasta el hartazgo los argumentos a su favor como supuesto “paliativo”, o como remedio o como alternativa, a situaciones personales probablemente conflictivas o altamente traumáticas, pero no conocemos que se lo haya estudiado desprendido completamente de éstas circunstancias, que ni con mucho, son siquiera su causa próxima o remota, sino a lo más, su ocasión; o su pretexto.
Sin embargo, se encuentran variados estudios que pueden acercarnos, al menos, algunas facetas de su cruda facticidad, con las cuales componer una inspección más completa.
Existen recónditos aspectos, por ejemplo, que, confiados a la pluma irrefutable de grandes escritores, han permitido como una reviviscencia de la patética visión del bebe abortado, como el conocidísimo “Autobiografía del hijito que no nació”, de Hugo Wast. O el gran Eurípides, pero nadie lo tolera ni quiere leerlo hoy en día.
Posiblemnente uno de los problemas más serios (si descontamos el asesinato en sí) que existan en torno al aborto sea, como decíamos arriba, los efectos o “secuela post aborto”, aunque es más exacto llamarlo “síndrome” post aborto, pues sus consecuencias abarcan una variada gama de posibilidades ordinariamente desconocidas, efectos, vivencias y consecuencias que afectan la vida toda de la filicida y su contorno; e inclusive, las señalan por varias generaciones.
En el Prólogo al libro de Philippe de Cathelineau “Les lendemains douloureux de l'abortement”, subtitulado “Cuando Raquel llora a sus hijos”, el cardenal Alfonso López Trujillo cuenta que el problema del “síndrome” es, al día de hoy, completamente ignorado en Europa, pese a que la prestigiosa British Medical Journal, en 2001, ha prestado sus columnas a un trabajo de los doctores D.C. Reardon y J. R. Cougle, para hacer público un artículo sobre las situaciones depresivas posteriores a embarazos “no deseados” que culminaron en abortos. Sobre un grupo de 4463 mujeres, estudiadas durante al menos 8 años, y que decidieron terminar su embarazo no deseado por medio de un aborto, se ha establecido que, en los años siguientes, se hallaron expuestas a sufrir una grave depresión, en un 138% más que aquellas otras mujeres que llevaron su embarazo a término; una de las entrevistadas, informó que los años posteriores al aborto fueron “un calvario psicológico”, para aquellas que no resolvieron afrontar la vida con valor.
Un nuevo trabajo de los mismos doctores, acompañados también por el Dr. P. G. Ney, fue publicado en 2003 por el Canadian Medical Association Journal, tomándose esta vez como universo inspeccionado un grupo de 138.666 casos, en los cuales prevalecía la ambientación general de pobreza. El estudio probó que las atenciones en los servicios locales de psiquiatría por casos de depresión, recidiva de depresión, enfermedad maniaco depresiva y otras dolencias psiquiátricas de menor importancia, eran más frecuentes en las casas de mujeres que habían abortado, que en las de aquellas mujeres que habían conservado a su hijo. ¡Fijarse bien! En las “casas” de las mujeres que han abortado ... es decir que la depresión se traslada a todo el grupo familiar, cuando lo hay.
Por lo demás, en la mayor parte de los países donde se ha “legalizado” el aborto, como Rusia, los servicios locales médicos tratan la intervención como una cirugía menor, realizada de ordinario en condiciones de asepsia deplorables y sin ningún seguimiento post traumático. Equivalente, por decir algo, a una peluqería completa. En los países sudamericanos, donde la tensión proabortista es mucho mayor, el argumento han sido siempre las “víctimas”, que llaman así a las mujeres que, abortar en malas condicions de antisepsia, o mueren o quedan con enfermedades graves.
Sería bueno, siguiendo este estudio, informarse sobre qué condiciones se dan en los países que han “legalizado” el aborto y cuál es el resultado comparativo de enfermedades post aborto.
El autor de esta obra, es médico y padre de una familia numerosa —además de llevar el honroso apellido de un héroe vandeano— y se ha dedicado también a la novela bíblica, lo que se deja adivinar tras el sugestivo subtítulo de su obra: El llanto de Raquel.
Sean bienvenidas estas obras, fruto que son de honrados estudios y no de venales componendas; no obstante, cuadra decir que a los católicos no nos enseña nada nuevo, nada que no hayamos sabido desde siempre, aunque muchos sigan prefiriendo una ignorancia simpática y tolerante ...
El principal factor causal del desorden psicológico del hombre, es el mismo que produce todo otro tipo de desorden: el pecado. Si no lo restaña la Gracia, poco puede hacer la Ciencia; con mayúscula o con minúscula, da igual, por que la enfermedad, como hermana del mal y de la muerte, entró al mundo con el pecado.
Pero ¡ánimo! que no hay sentencias divinas que no sean, a la vez, misericordia pura del Creador; el amplio y rudo “parirás con dolor” de la condena del Génesis, que no se limita a los dolores físicos, bien que alcanza a los dolores morales y psicológicos de la maternidad, es verdaderamente dulce como proemio al abrazo del retoño; y ni qué decir, al lado del sombrío infierno que hay detrás de la obstinada negación al amor, que encierra el placer sin fecundidad. Y sobre todo, cuando la conciencia debe cargar con una vida inocente, por toda la vida.

miércoles, 13 de diciembre de 2006

América, la bien donada ...

Le tomamos prestado el título de su gran obra a don Enrique Díaz Araujo, para dárselo a este breve ensayito y recomendar, además de la lectura de su libro homónimo, que debería estar en la base formativa histórica de todo americano bien nacido y amante de la verdad, también para llevar la atención de nuestros sufridos lectores hacia un breve artículo publicado hace ya tiempo por la Revista Arbil y reeditado digitalmente por Churchforum, y referido a la situación de indios americanos antes de la Conquista, y cómo de ésta se siguió inexorablemente un mejoramiento substancial en su vida concreta (¡Oiga usté! ¿es que no le han dicho que ponga comas y puntos en oraciones tan largas ...?).
Son corrientes los ataques de la prensa izquierdista y liberal contra la Conquista de América, genéricamente denominados recidivas de la Leyenda Negra; pero los más hipócritas los encontramos entre los provenientes de los mutantes zurdófilos, quienes no sienten empacho alguno en criticar la Conquista apoyándose en criterios ideologizados que ellos mismos descalifican a priori como valorables en Historia, como la propiedad privada —que Marx interpreta como un gran mal, y por eso mismo defiende la inmensa empresa castellana en América por la redistribución pacífica de la riqueza fundiaria que realizó—, la familia, o la pérdida de una supuesta identidad cultural religiosa —opio de los pueblos para ellos, de donde deberían estar agradecidos con los conquistadores, que le enseñaron al aborigen la libertad religiosa...—, o el mismísimo sentido de pertenencia familiar y social o patriotismo, que es de toda evidencia no existían en América antes de la Conquista, como virtudes apreciables. Si se quiere una explicación gráfica de la difamación que estamos diciendo, véanse los esplendidos murales del resentido Diego Rivera, en México, y se comprenderá bien lo que significa que un descendiente de conquistadores escupa de tal manera al Cielo, a su padres, a su raza y a su tierra, no menos que a su propio arte, hecho que no pueda explicarse sino por odio a la fe.
Informarse sobre estos tópicos es un deber; y nos permitimos recomendar, además del autor mencionado arriba y a don Julián Juderías, el creador del nombre “Leyenda Negra”, a don Rómulo D. Carbia, un precursor junto con Juderías, al norteamericano Phillip W. Powell (Árbol de odio), y al jesuita alemán Ludwig Hertling; la obra de don Vicente Sierra “Sentido Misional de la conquista de América”, es también una erudita fuente de consulta. Libro excelente y bien fundamentado, es el escrito por el sacerdote español P. José María Iraburu “Hechos de los apóstoles en América”, aunque los libros de autores españoles, salvo excepciones, demuestren generalmente una explicable incomprensión jurídica e histórica de lo que luego se dió en llamar, algo impropiamente, “Guerra de la Independencia Americana”, a la cual ven como una rebelión contra España de inspiración jacobina o, al menos, racionalista, y no como lo que, en globo, realmente fué: Una lucha religiosa entre el jacobinismo peninsular de la despótica Junta de Cádiz y el liberalismo explícito de la Constitución de 1812, la tristemente célebre “Pepa”, que con inexplicada unanimidad se negaron a jurar los libertadores americanos San Martín, Bolívar e Ithúrbide, y los aguerridos reinos castellanos (no españoles) de la América, celosos de su Religión y derechos. Así, por ejemplo, la obra de don Bernardino Llorca, s. j., en lo relativo a este período de la historia americana, es algo engorroso de defender para un americano.

Y si quiere asegurarse que ha gastado muy, pero muy bien su plata en libros buenos, adquiera “Mayo Revisado, I”, del autor mencionado en primerísimo lugar y cuya fotografía exponemos (justamente calificado como defensor de causas buenas), por que no tiene desperdiciables ni las tapas. Y obtendrá además una explicación completa y bien fundamentada sobre el movimiento de la revolución americana de principios del siglo XIX.
No queremos dejar de decir que, con estas breves recomendaciones, obedecemos a una sugerencia y pedido de amigos lectores (que son lo segundo por lo primero) y que nos han pedido razón de nuestra militancia histórica.
En el fondo, se comprenderá que todos estos hechos, que apretamos en una treintena de líneas pero abarcaron unos 300 años, no son más que una espantosa lucha religiosa contra el catolicismo promovida desde la Protesta luterana y calvinista, y de su hijo hipercrítico (como todos los hijos de millonarios de oscuro origen), el marxismo dialéctivo; y ni qué decir que, hasta ahora, con bastante éxito.

martes, 5 de diciembre de 2006

El Cristo Histórico y el Cristo de la Fe

«Si alguno no recibiere como sagrados y canónicos los libros de la Sagrada Escritura, íntegros con todas sus partes, tal como los enumeró el Concilio de Trento (Dz 783), o negare que han sido divinamente inspirados, sea antema». Concilio Vaticano I, Dz 1809.
«Si alguno dijere que las disciplinas humanas han de ser tratadas con tal libertad, que sus afirmaciones han de tenerse por verdaderas, aunque se opongan a la doctrina revelada, y que no pueden ser proscriptas por la Iglesia, sea anatema»; ídem. Dz 1817.
«Es lícito conceder que el Cristo que presenta la historia es muy inferior al Cristo que es objeto de la fe»; proposición condenada en el Decreto "Lamentabili", San Pio X, Dz 2029.
Nadie ignora el pasado progresista del cardenal Joseph Ratzinger, por la gracia de Dios, actual Papa Benedicto XVI. Al contrario, este antecedente parecería ser para él, como la inmunidad al vacunado, una imprescindible vivencia para comprender las causas de autodemolición presente de la Iglesia. Y acaso, para detener ese proceso mediante los acertados remedios que le sugiera el Espíritu Santo.
Una reciente traducción del Prólogo del libro de Joseph Ratzinger, "La strada della mia interpretazione della figura di Gesù nel Nuovo Testamento...", nos pone en la pista del itinerario espiritual, más que intelectual, del actual Papa; el cual, partiendo de una primitiva admisión, completamente acrítica, de postulados netamente progresistas, ha ido redescrubriendo de contrapartida, tras el agraz sabor de tanta falsedad, el esplendor sagrado de la Doctrina Católica, final tramitado a lo largo de un camino plagado de arideces, dolores e incomprensiones. Y dudas en la fe.
Una frase: «La acción de elaboraciones comunitarias anónimas, de la que se busca encontrar los exponentes, en realidad no explica nada ... », es mil veces más consistente que las inmensas bibliotecas de los críticos bíblicos modernos, que no hacen sino desmerecer la Divina Revelación con suposiciones alejadas no solamente de la verdad histórica comprobable, de sus fuentes, sino de toda razonabilidad subyacente. El propio autor, escribiendo sobre el remanido argumento de la supuesta creación de los textos evangélicos a partir de las tradiciones y conductas de las "comunidades primitivas" y no de hechos históricos concretos de los cuales los narradores han sido testigos, lo reconoce a continuación: «¿Cómo
—se pregunta el prologuistalas comunidades desconocidas han podido ser tan creativas, convencer e imponerse de tal modo? ¿No es más lógico, inclusive desde el punto de vista histórico, que la grandeza se coloque al comienzo y que en la práctica la figura de Jesús hizo saltar todas las categorías disponibles y de este modo pudo ser comprendido sólo a partir del misterio de Dios?».
La pregunta no la pueden responder, con acierto, ni la crítica protestante del reverendo Bultmann ni su isotipo local, el Padre Luis H. Rivas, titular de la cátedra de Biblia del Seminario de Buenos Aires; ni ningún otro "perito" moderno que no parta de la aplicación de la dogmática tradicional, y del subsiguiente principio de la "analogía de la fe" para los pasajes más obscuros de las Sagradas Escrituras.
Se trata, nada menos, que de la credibilidad del mensaje revelado al mundo por Dios mismo y cuyo depósito fue confiado a la Iglesia, para la salvación eterna de sus miembros. Según los métodos en boga más o menos a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, todo el siglo XIX y casi todo el XX, el sistema era la simple, total y radical demolición de cualquier vestigio de verdad histórica en los textos sagrados, como si Dios no hubiese querido insertar en la Historia Su Mesías salvador, sino inventar un mecanismo hermético, para iniciados (¡otra vez la gnosis!) según el cual se conferiría al hombre un conocimiento nada interesante ni determinante para su salvación eterna. Las más dramáticas calumnias recayeron, como era previsible, sobre los libros teológicos, como el Evangelio de San Juan, cuya misma existencia humana fue negada por los hipercríticos, y sobre los proféticos, que son considerados, de ordinario, como la confirmación de la divinidad del Mesías y el sello de autenticidad de toda la Revelación.
De esta forma cayeron bajo la picota del libre examen todo San Juan y el Apocalipsis —posiblemente el libro más difamado de todos los que componen las Sagradas Letras—, Isaías, Daniel y, a renglón seguido, toda la credibilidad de la Escritura; y finalmente, la propia divinidad de Cristo. Pero como esta afirmación ponía a sus autores explícitamente fuera del cristianismo, se inventó la distinción (primero) y diversificación (después) entre el Cristo histórico y el Cristo de la Fe, a fin de evitarse una segura excomunión y dejarse a salvo, de manera puramente sentimental, la doble naturaleza de Cristo; aunque también dejando incoado así, el principio de su negación.
Para concluir la presentación de su libro, el Papa Ratzinger, luego de agradecer a la escuela de la exégesis moderna por sus aportes científicos, que considera valiosos y que no escatima reconocer, dice no obstante que estas páginas que presenta, no son magistrales en el sentido dogmático, sino su personalísima y vívida búsqueda del "rostro del Señor".
Si se comprende lo que queremos decir, ahora sabemos por qué lo eligió el Espíritu Santo; quiera Él darle la fuerza necesaria para llenar la misión que Le asignó.

sábado, 2 de diciembre de 2006

Muerte III

Muerte, puerto de mi vida
vida que en mi muerte estás,
como no sé si vendrás
de luna o de sol vestida,
muriendo estoy en mi vida
viviendo en ti, muerte, estoy;
pues, siendo lo que no soy
y anhelando al que siempre es,
con la inquietud de tus pies,
hacia sus riberas voy.

Tengo contigo una cita
desde siempre, desde Dios;
sólo una señal: adiós
—sobre el corazón escrita—,
es la palabra inaudita
que digo a todas las cosas.
Y cunas, tálamos, fosas
—claro silencio escondido—,
de adioses el pecho herido
dicen adiós a las rosas.

Amén.