Mostrando las entradas con la etiqueta Moral. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Moral. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de abril de 2020

La Revolución soroástrica

Es absolutamente claro, para quien quiera ver la realidad y no pretenda seguir mirando fuera del tarro, hacia esas sombras de sus peores y más funestas pesadillas y temores, que esta cuarentena, o lo que sea que fuera —porque las cuarentenas eran el aislamiento forzado de los enfermos y no de los sanos— y porque se practicaba con algunos pocos viajeros, y no con millones de habitantes de un país básicamente sano, pero enfermo de estupidez y ceguera; que esta cuarentena, decíamos, no tiene ni ha tenido nunca una finalidad sanitaria. A lo sumo, como excusa, como pretexto o como escenario, pero nunca como realidad.

Lo cual, por desgracia, se deja entrever con relativa facilidad entre las plumas carroñeras (de escritorzuelos y de tramoyistas...) que los políticos ponen en escena frente a los ojos del pueblo, a fin de lograr su más perfecta idiotización y engaño. Pero no bien se manejan criteriosamente las pocas informaciones veraces disponibles, la tramoya cae completa y hecha añicos, a los pies de los camorristas y ante la vista de cualquiera que no quiera seguir tapándose los ojos.

El discurso parafrástico del Viernes Santo, con clara intención de ocultamiento, no ocultó en efecto nada de lo esencial; que no hay mayor signo de desprecio que intentar engañar con la verdad. Jamás se había visto entre nosotros que un político osara secuestrar y profanar las fechas santas, para adornarse de supuestas virtudes mundanas mediante chocarrerías de ocasión. Por lo menos hasta que ciertos verborrágicos pajarracos perpetraron la invasión, primero, del púlpito reservado a la cátedra de la Palabra de Dios; y después y ante el permisivismo cómplice de los inservibles custodios, simplemente los enteros templos (los católicos, ¡por supuesto!) para reiventar el ya gastado escenario partidario o para refutar aquellas mismas verdades cuya prédica justificara la existencia de esas cátedras profanadas. Templos que, ahora, cerrados al Culto verdadero y escondiendo aún más al Dios verdadero y escondido, encuéntranse ahora habilitados como centros vacunatorios de cuarta categoría, en medio de un risible y contradictorio escenario de amancebamiento viral.

El parlanchín informó a la Nación toda que, gracias a él (por supuesto, dijo gracias al comprensivo pueblo... que lo habría votado) no nos habíamos visto obligados a rendir una exorbitante cuenta de infectados, restando apenas una cifra real bastante menor a los 2.000 —atención: entre los anteriores y los actuales—, después de más de mes y medio de lanzadas las paroxísticas alertas que, con o sin razón, alarmaban con la promesa de miles de muertos y centenares de miles, sino millones, de infectados. Por supuesto, citó al “enemigo invisible” —suprema impostura burlesca a todos los oyentes— antes de soltar sus patoteriles amenazas penales que, no creemos errar en esta apreciación, intentarán sostener las sucesivas etapas del plan que vamos a explicar. La quasi sincera exposición de un "medio" —que pese a su pomposo nombre y sus buenas intenciones no logra llegar a la mitad de nada— deja aclarado el tópico: «Pero cuando las preguntas (del encuestador) se orientaron respecto a quienes infringen la cuarentena y a los empresarios especuladores, en un giro punitivista sin precedentes, el 94,8% apoyó la criminalización de infractores y un 82,1% el control estatal de la producción y distribución de bienes esenciales No mintió cuando habló del Enemigo Invisible; y es invisible porque existe más que nada en la imaginación de un pueblo devastado durante años por la tiranía de una propaganda falsaria, repugnante y depresiva. Desde luego, los virus son visibles; con microscopios, que para eso existen, pero son visibles. Fuera furcio o acto fallido, el reconocimiento de haber empeñado a toda la Nación en una guerra contra algo que no es visible, nos releva de mayores pruebas acerca de la existencia de esta complaciente patraña.

Guardado en su tintero quedó que la cantidad de víctimas fatales —reales o figuradas, porque la información oficial no permite saber las causas reales de las defunciones contabilizadas por el trampero Ginés— ha sido, desde que el Gobierno comenzara a sembrar el pánico, las cuarentenas o los demás abusos de poder, prácticamente la misma o aún menor, que las cobradas en los pocos segundos de aquel fatídico 22 de febrero de 2012, cuando el espantoso accidente de la Estación Terminal (en su sentido más trágico) de la Plaza Miserere, del ramal ferrocarrilero tan justicieramente llamado Sarmiento —denominado el tren de la muerte por el pueblo— se cobrara las vidas de 52 personas; más un saldo de unos 700 heridos de los cuales muchos, tal vez la mayoría, fallecieron más tarde a consecuencia de las gravísimas lesiones recibidas. Se le podrían sumar algunos cuantos decesos más: 11 muertos y 228 heridos provocados por el fatal accidente ferroviario en la Estación Flores del ferrocarril Sarmiento (sí, el mismo ramal de antes); el 13 de septiembre de 2011. En ninguno de esos episodios, poseedores del incuestionable derecho a ser considerados hitos históricos como el que más, se oyó la voz de su actual compañera de fórmula, en ningún sentido. Ni se dictaron decretos inconstitucionales y draconianos para amansar y doblegar la moral de los parientes de las víctimas ni a la población con la amenazante promesa de su encierro indefinido... a causa de la culpa de ser argentinos y estar sanos, como ahora.

Por el contrario, los que siempre gozaron de libertad incondicional por tiempo indefinido fueron los secuaces de aquellos gobiernos de ocupación, muchos de los cuales han retornado a sus habituales “ministerios” ganados tras muchos años de militancia ideológica.

El hombre fue clarísimo y hasta acertado en la táctica de un discurso neblinoso y crepuscular: Afirmó preferir un desconocido aumento de la pobreza nacional, que no es poca ni mucha sino muy grave, en canje a no tener que contar unos cadáveres que, ciertamente, se acumulan solamente en su imaginación, a fin de alimentar la de los oyentes; porque desde que comenzó este infernal paroxismo de la epidemia o lo que fuera, no se ha hecho otra cosa que hablar y hablar de miles y miles de infectados y muertos, para aterrorizar, nada menos, que a quienes ya estábamos de antemano destinados a la muerte, de la cual —como es sabido— nadie escapará. Por la causa que fuera, la muerte siempre es muerte y a todos nos llegará: POR coronavirus, o CON coronavirus en algunos (muy pocos) casos, que todavía no es muy claro este renglón de las estadísticas oficiales. Pero nadie parece haber reparado en la astucia de esta pequeña estratagema de prestidigitación verbal (si se permite la extrapolación) consistente en asustar a 50 millones con un acontecimineto que, de todas maneras y más tarde o más temprano, sucederá igual hágase lo que se hiciere. Más todavía: su asombrosa monserga prácticamente deja suspensa en el aire la idea que él, que es el héroe humilde —cualidad que se está pregonando de ciertos personajes públicos con notoria ausencia de virtudes reales— de la jornada, ha vencido a la muerte, domesticado a la bestia invisible, el virus maligno e impalpable que tiene aterida a toda la nación. Que para muchos —porque sensatos algunos quedan— no es otro que el propio disertante.

En síntesis, más de lo mismo: Cifras acomodaticias y gigantomaquia matemática, exageración radical de los hechos más simples o, inclusive, intrascendentes, y una confusa miniaturización de toda la gama de soluciones reales aplicables al problema —real o ficticio, repetimos— con el correspondiente fuerte incremento dialéctico de las alternativas; que son las claves usuales para enrevesar y confudir a toda una sociedad reducida a la inanidad por el miedo, en un clima propicio al golpe de estado, al cambio violento e inconstitucional de rumbo con frente a un destino que, por lo menos al pueblo, le aparece incierto y probablemente desdichado, si hemos de juzgarlo por las herramientas puestas en acción por sus autores. No en vano algunos profetas regulares de la subversión, como el mundialista de marca Henry Kissinger, llevando a cuestas su impenitente casi centuria, o el recientemente revelado episodio de George Soros que habría exigido al presidente argentino de ocupación que se aumente la presión sobre la economía, salen a auxiliar a éstos, sus epígonos locales. El gobierno no ha desmentido la llamada del magnate financiero al presidente, ni tampoco ha dejado de obedecerle...

Fértil e ideal terreno para sembrar una revolución “en paz”, es decir, subvertir todo el orden establecido, sin que los ánimos enmohecidos por el encierro, el desencanto y, acaso, la depresión desmoralizante, se levanten en franca oposición al nuevo y perjudicial estado de cosas.

Lo que parece ya irremediable y, sino confesado, paladinamente admitido, es que tode este proteico escenario de encierros, enfermedades fantasmales, barbijos, amenazas policiales y judiciales y, más que nada, millones de parados forzosos, tiene como destinataria a la otrora fortísima clase media; la cual ahora se tambalea bajo el peso de un cese forzado de actividades de un injustificable alcance nacional, amenazándola con grave ruina. Ya dijo el hombre que eso, por lo menos a él, no le importa y que hasta lo prefiere “a lo otro”: prefiere, en sus palabras, que baje un 10% el PBI antes que los muertos, bla, bla, bla.... Sanata pura: Porque no se trata, en verad, de bajar o subir un porcentaje del Producto Bruto Interno de aquí o de Marte. Lo real que encierra la irresponsable frase, es la suerte fatal de una gran cantidad de vidas, seguramente millones, que se verán definitivamente afectadas y perjudicadas por todo esto; pero el número que fuera, a este hombre no le importa, a tal punto, que prefiere reducirlo a una serie de porcentajes estadísticos, antes que admitir lo que en efecto son: vidas humanas en medio de una crisis inmensa que las tiene por víctimas.

Ya decía José Antonio Primo de Rivera que, donde existiera una clase media fuerte, no triunfaría nunca una ideología política perniciosa y segurmente, ninguna tiranía, como el comunismo. Porque la clase media es decidida y, tan cercana como está de la pobreza, de la cual es compañera vital por pura proximidad física, y de la cual huye con constancia, esfuerzo y tesón, luchará con denuedo para mantener lo que ha alcanzado y le pertenece con todo derecho. Por cierto, bajo la acerba crítica, ruin y envidiosa, de los marxistas, que siempre han querido reservar su mayor vituperio y desprecio hacia quienes ellos llaman despectivamente los “burgueses” —acaso por no poseer su cualidad moral del esfuerzo cotidiano superador, o tal vez a causa de esa debilidad moral del ideólogo, sumada a innegable estupidez y la haraganería propia del revolucionario profesional— y a quienes ven como sus peores obstáculos; antes bien que a los verdaderos enemigos de la clase menos favorecida: los que acumulan riquezas y desprecio por esta clase trabajadora en ascenso, a la cual también quieren destruir —llamando presidentes si es preciso— pero únicamente para ponerla a su servicio a precio de ocasión, de remate. Por eso, por concitar el odio de los dos materialismos, siempre congeniales y siempre socios en lo básico, es decir, en su mística materialista, codiciosa, ruin y envidiosa, la clase media está llamada a sufrir los ataques desde uno y otro lado; y por lo tanto, obligada a defenderse con todo lo que tiene a su disposición, tanto del capitalismo liberal, como del marxismo revolucionario.

Atención pues: Este abortista de turno y que ha sentado a otro igual o peor que él en el manejo de la política sanitaria nacional, aposentado en el sillón merecidamente llamado “de Rivadavia”, no solamente intentará matar a los hijos y nietos de los argentinos, impidiéndoles nacer; al presente quiere quebrarlos o matarlos a ellos, moral y económicamente, para reducirlos a la piltrafa de una clase menos que obrera —o, como se dice por aquí con inexcusable servilismo ideológico: “trabajadora”, como si los demás fueran todos haraganes—, reconvertida por arte del aplastamiento en pura clase servil, esclava y empobrecida; y de paso, embrutecida en el escarnio de la lujuria fomentada, y envilecida con un asistencialismo de cuenta gotas del todopoderoso gobierno... mundial, del cual dependerán sus vidas y las de los suyos y sumirlos en el servicio de los acaparadores que, tontos no son, ya no consienten el “cuentapropismo”. Jorge Bergoglio nos acaba de regalar otra perlita para la corona (virus) del poder mundial, al recitar proféticamente su monserga del salario universal; eso es lo que busca el poder mundial: un mundo se asalariados cuya conducta servil será la regla para medir sus subsistencias. Es decir, la destrucción sistemática de la verdadera libertad de empresa. Eso es lo que busca este encierro: quebrar moralmente toda resistencia para desarmar el mundo que conocemos, y rearmarlo a gusto de los poderosos. No confundirse en esto: los comunistas y los liberales son codiciosos, cada uno a su modo, y antagonistas en lo mediato; pero los dos comparten el mismo odio por la independencia económica de los demás, a los que ven como objeto de su saqueo, al vaivén de su común adoración al dios Mammón. Y ninguno de los dos tiene piedad de nada.

Al mismo tiempo, se intentará cernir al máximo aquella única tabla de salvación que, profetizando sobre estas dos devastadoras bestias, las ha anatematizado para advertencia del mundo: la Religión católica, santa y verdadera, a la cual se intentará reducir al nivel de un club de fútbol —ya existe la competencia de ambos quehaceres por la primacía de los horarios dominicales; sin que nadie, pero nadie, hubiese querido ver la malicia de tan “inocente coincidencia”, a la que consideraban estúpidamente deliciosa— tal como ya está sucediendo en Italia en estos precisos momentos. Se han reabierto los bares, las casas de comercio y, en general, se ha reanudado la vida más o menos normal, menos ... los espectáculos deportivos y las funciones religiosas, que continúan suspendidas sine die. Los obispos —en general decimos, salvando los deseables casos particulares— ni mú y el ex—Vicario de Cristo, tampoco ha abierto la boca, pese a ser tan suelto de fonaciones vacuas o displicentes; y a no ser para adelantar las bondades de ese hipotético “salario universal”, paga que vendría a ser por el trabajo esclavo del que estamos hablando. Los presidentes de los clubes de fútbol, en cambio, sí que han puesto el grito en el Cielo; que es dónde deberíamos ponerlo nosotros, los católicos y sobre todo los que no lo son porque, después de todo, los bautizados tenemos el Cielo más disponible, si hemos de creer en la gracia propia del Sacramento del Bautismo.

No creemos en una represión sangrienta del catolicismo, aunque pudieran existir casos aislados. El demonio que rige los destinos del presente enemigo desea ganar las almas perdidas, después que se pierdan, mas no crear mártires que, no solamente se van al Cielo, sino que su sangre es semilla de santidad futura.

¿Lograrán llevar a cabo este plan las fuerzas ... que sean? No lo sabemos; tampoco lo creemos fácil ni posible en muchos aspectos. Pero es evidente que es lo que se intenta hacer —y entre nosotros a todo vapor— sobre todo en países de pasado católico o mayoría católica. Casualidades nomás ...

El motivo de nuestra esperanza —porque la tenemos y por eso nos atrevemos a asumir esta horrenda tarea de poner por escrito estas cosas— es primero y primordial, de orden sobrenatural porque, tal como lo hemos afirmado tantísimas veces en este reporte: El Plan de Dios no puede fracasar, aunque se piense que el demonio tiene poder suficiente para demorarlo. Perp si Dios ha permitido todos estos males, e inclusive si ha consentido que su cínica formación tuviera lugar bajo nuestras propias narices, cuanto asimismo ha querido permitir lo que haya tenido esta epidemia y sus consecuencias políticas de castigo y prueba para una cristiandad abotargada por la herejía y la apostasía, es porque Él puede sacar bienes de cualesquier males, quedando patente así la Gloria de Dios. Y cuánto más notoria sea la Gloria de Dios, más cercana está la salvación de los hombres; esa es la causa del celo de los santos por la Gloria de Dios. No hay, no existe, argumento más extremo y poderoso a favor de la santidad que la propia Gloria de Dios, visto que nadie —ni siquiera los que han perdido el juicio, que al día de hoy no son pocos ni anónimos...— desean su propio mal, sino que la aspiración al bien es no solamente la más fuerte tensión de la naturaleza, sino que cuanto mayor sea el bien anhelado, mayor esfuerzo se impondrá a su consecución. Y la Gloria de Dios, gozarla para siempre, insertarse en la Vida Divina, es el bien supremo por antonomasia y que, cuando fuera expuesto por Dios mismo, atraerá hacia Sí toda la creación en un instante como la Luz Indefectible a los ciegos.

Lo segundo, es de orden natural y tiene dos renglones que parecerían complementarios: Uno, que el materialismo es estéril a la hora de pretender demoler las cosas del espíritu, razón por la cual ha tenido históricamente que valerse del asesinato; y no tanto por no creer en ellas, que de todas formas no las cree, sino por prescindir de ellas y no conocerlas como se debería conocer a cualquier enemigo al que se quiera debelar. Pero el espíritu es el resorte de las obras corporales del hombre; los marxistas no lo creen porque desprecian, o descreen, lo que hay de eterno en las cosas humans, como ejemplificara F. Engels en su subversiva y miope obrita de ciencia ficción “El origen de la familia, la propiedad y el estado”, que ha un merecido lugar precipuo en el museo de los fracasos anunciados o de las profecías insensatas. Dos: al menos por aquí, el proyecto no se presenta tan fácil a pesar de mantenerse asustada a la población, drogada y docilizada con el doble terror del bicho invisible y de la policía y la cárcel, sea de esto último lo que fuere. Por lo tanto, cuando el hombre normal, ahora asustado, comprenda que la muerte con que le atemorizan, tarde o temprano le alcanzará porque es un débito de obligado pago, solamente por haber vivido sin importar si lo ha hecho bien o mal, perderá el supersticioso temor que le produce algo desconocido que, de todos modos, a todos nos ha de alcanzar; y entonces saldrá a defenderse. Sobre todo, si prevé que su muerte llegue con la ruda secuela de la pobreza para los deudos que deja, a pesar de haber llevado una vida previsora, dedicada al trabajo y al sacrificio y como neta consecuencia del saqueo estatal y de su cobardía pasada. Es cierto que todos, pero absolutamente todos, nacemos y morimos en la más extrema pobreza; pero no hay porque dejar desamparados a los que quedan en este mundo por no haber sabido defender nosotros, aún a costa de la vida, los bienes que Dios nos ha dado; cuando esto se comprenda y suceda lo que tiene que suceder —decimos— y no antes, la resistencia andará cercana y el fin del experimento, será un hecho.



lunes, 30 de marzo de 2020

“Aislamiento social”

En los aciagos días que corren, se invoca con insistencia sospechosa la locución aislamiento social, asociada a una supuesta necesidad explícita de “solidaridad social”, requerida en las circunstancias actuales. Quien no se prestare a este aislamiento, se convertiría por esta causa en un archienemigo social, haciéndose acreedor a la más indignada repulsa pública; sin descontar las amenazantes sanciones que promenten los gobiernos a quienes infringiesen esta imposición —ciertamente tiránica. Además de ser objeto de persecución policial, encierro y capitis deminutio máxima.

Es lo que, con todo rigor y derecho, podríamos denominar una salvajada.

Digámoslo sin retaceo alguno: el aislamiento social es un gran mal en sí mismo, superior a cualesquier otros males posibles, reales o imaginarios, como el demoledor ataque que es a las necesarias virtudes sociales, o sea políticas, de la concordia, la piedad, la liberalidad y la indulgencia heredadas de Roma; de consiguiente, un atentado directo y certero al bien común propiciado desde las esferas gobernantes por medio de amenazas y diseminado interesada o irresponsablemente —¿de qué otro modo hacen las cosas casi siempre?— por los medios de difusión. La vida política es un intento permanente, constante y necesariamente vigoroso de ascenso común hacia una vida virtuosa, por cuanto los gobernantes deben poner con empeño los medios propicios para lograrlo constituyéndose, así, en autores de la vida social. Este organismo vivo requiere un mínimo de virtud indispensable o, simultáneamente, una cierta tolerancia del mal, a sabiendas que la naturaleza humana herida por el pecado original no puede siempre y en todo, obrar con perfecta sabiduría y rectitud y, por lo tanto, cualquier exageración o dureza conllevaría la disolución social por ser una herida de un tejido social que, como lleva implícito su nombre, es portador de virtudes, flaquezas y heroísmos en su camino ascendente; apoyándose un punto en todos los demás. La famosa y nunca suficientemente vilipendiada tolerancia cero es, por estas razones, un disparate político, un agravio a la vida comunitaria y un mal congenial a su cuna anglosajona, que lo único que logra es debilitar esos puntos del tejido social haciéndolos tensos y rígidos donde debería existir la necesaria elasticidad que caracteriza a todo ser vivo. Mas favorecer directa y abiertamente el mal en sí mismo es una locura y una acción neta subversiva que quita toda legitimidad al gobierno que la lleva a cabo y lo destituye, ontológicamente, de aquella auctoritas, vale decir, de esa condición de autor permanente de la unidad, solidaridad y bonanza social que legitima su condición de gobernante.

Ni qué decir de la herida que se infiere a la virtud Cristiana de la Caridad, vulnerada por este funesto egoísmo social postulado y organizado desde el gobierno mismo, que consiste en volverle la espalda a nuestros hermanos de desgracia con el pretexto de la solidaridad social y la salud, como si la salud de los demás fuera de menor valor que la propia. Y que es como justificar un asesinato con el subterfugio de salvaguardar la vida. «Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!» Ecl 4,9-12. «El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada» Prov 18,19. En eso nos convertimos: en una ciudad abierta y en constante peligro. Y como si no fuera que Nuestro Señor Jesucristo consideró Su propia Vida, que es nada menos que la Vida misma de todo lo creado, como anuncia el principio del Evangelio de San Juan, digna de ser oblada para devolver la salud perdida a todo el género humano. Cierto pontífice jerosomilitano pronunció, según narra ese mismo evangelista, la frase trágica pero sin duda profética: Es necesario que uno muera para que se salven todos. La cual dió lugar a un crimen tremendo para quien lo instigó, para quien lo prohijó y para quien lo ejecutó; pero no obstante las Heridas de Nuestro Señor son la honra del pueblo cristiano y la fuente misma de Su Iglesia. Y no son otra cosa que el fruto de su donación personal para la salvación nuestra. Por eso esto de ahora es un crimen, y lo es de lesa Caridad, sobre la cual escribe Santo Tomás: la razón del amor al prójimo es Dios, pues lo que debemos amar en el prójimo es que exista en Dios. Es, por lo tanto, evidente que son de la misma especie el acto con que amamos a Dios y el acto con que amamos al prójimo. Por eso el hábito de la caridad comprende el amor, no sólo de Dios, sino también el del prójimo; S. Th, II, IIæ, q. 25, a. 1. El amor de caridad es nada menos que amistad, y en este caso concreto, vera amistad social, por medio de la cual se le desea al amado todos los bienes posibles.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Hace pocos días recibíamos en nuestros teléfonos celulares —hodiernos sucesores inanimados del juglar medieval— advertencias sobre la necesidad de “denunciar” a quienes violasen las reglas de “aislamiento social”; traducido a la realidad: atacar a quien se comporte como una persona civilizada. Se comprende que un enfermo deba guardar por sí mismo o por la fuerza de la autoridad, un aislamiento que se dicta en su favor y para beneficio de la sociedad toda; mas sin privarlo de lo que es necesario para vivir; y para sobrevivir. En primer lugar, el afecto de sus familiares y amigos. Pues no: aquí se manda que deba prevalecer la regla del egoísmo y del abandono y del apartamiento; la regla del “enfriamiento de la caridad”. Equivalente a decir que el aislamiento es de por sí, una condena social anticipada —tanto se la observe como si no—, por el delito común de no haber logrado superar el género humano la mera posibilidad de una enfermedad que, como fuera que se la quiera ver, no es más que otra consecuencia del pecado original que todos llevamos a cuestas. En Italia y España, nos cuentan, ha habido desgarradores casos de abandono de enfermos a las sombras de la muerte, sin parientes al pié de la cama, sin confesor ni Sacramentos y con el seguro destino de un crematorio antiséptico. Juan Manuel de Prada los denomina, con justicia sin igual, “morideros”; precedidos en muchísimos casos por esas horrendas gestorías modernas de depresión, abandono y tristeza que llamamos aquí geriátricos y allí, ni idea. Lo horroroso es que muchas o todas estas personas tienen hijos, hermanos o parentela que no los quieren entre ellos a pesar que le son deudores, o sea deudos, pero que son igualmente sometidos al “aislamiento social” preventivo porque aquellos a quienes le cambiaban los pañales de chicos, ahora son amnésicos y desagradecidos adultos. Si esto no clama al Cielo, decidme qué...

Esto es “aislamiento social”, un simple, llano, y vulgar caso de ese enfriamiento de la Caridad profetizado como una de las señales del final de este mundo; que bien podría pasar de una buena vez. Es cierto que no es igual en todas partes y que las causas de la enorme mortandad ofrecida por estas dos pobres naciones que mencionamos, son muy distintas entre sí y con relación a la situación en otros países; no tenemos noticia que aquí suceda con esa atroz intensidad devastadora lo que nos han narrado amigos españoles o italianos. Criticamos, sí y con gran pasión, el torcido criterio rector para combatir una crisis sanitaria cuyos orígenes son cada vez más obscuros y con estadísticas cada vez menos creíbles.

Todo el tratamiento de esto, además de su connatural inepcia, ha sido capaz para crear riesgos sociales alarmantes —tal vez sean en el futuro algo peor, pero desde nuestro propio aislamiento no estamos en condiciones de juzgarlo con certeza y mucha experiencia sobre esto, a Dios gracias, no hay— y no solamente los previsibles daños psicológicos y sanitarios que, con el tiempo, se irán destapando como otras tantas pestes que, cual serpientes insidiosas, amenazan el talón social tras la crisis presente. El problema del aislamiento y el tremendo mal que es siempre el fomento de la delación, más el abatimiento oficial de la sensatez y lo salvaje del tracto elegido, no pasará sin dejar esa borra maliciosa de desconfianza y desunión social; suspicacias de unos hacia otros y el advenimiento de un espíritu fosco y cerril —en cuántos, no sabemos— que es la consecuencia natural del apartamiento social y del regreso paulatino a la sociedad tribal.

Ni horas hace, un mensaje encapsulado en electrónico envase nos presentaba un notable episodio nocturno: vecinos de la misma manzana céntrica cuyas ventanas miraban hacia el pulmón común, se han puesto a cantar, a vitorear, a saludarse y todas esas cosas que esta locura no los deja hacer a la vista general. El diario que miente (¿otro más?) ha dado cuenta de esta singular práctica social. Esta emocionante y espontánea búsqueda de intimidad, urbana y concéntrica; explosiva, alegre y criolla, nos da no solamente plena razón en nuestra argumentación, sino fuerza y esperanzas ante el desasosiego de las noticias y el aislamiento lejano en que hemos quedado capturados.

Renglón aparte merece el desastre económico que esto ya ha significado para la Nación y en especial, las familias, sobre todo para las de menores recursos. La suspensión de los pagos, la carestía, el desabastecimiento y la pobreza desesperante, aún la de los más laboriosos, son los sombra de los horrores que se ven en lontananza, a hombros de una epidemia que no fué, pero que unos intereses atrevidos, audaces y criminales han llevado en andas del pánico y el terror más elemental (e ilegal, claro), al estrado de la locura nacional. Donde se hubiese requerido mesura, prudencia, serenidad y mil virtudes más de las que tiene que tener cualquier varón que se precie de tal ante la desgracia y el peligro, solo se han presentado el botaratistmo y una recepción acrítica —y sospechosa— de “las recomendaciones de la OMS”. El ridículo asistencialismo oficialista le ha puesto la tapa de hipocresía a esta olla del diablo, insigne burla a todo un pueblo que no ha recibido de sus gobernantes más que desgracias, groserías y saqueos desde que este cuadrúpedo cronista tiene memoria. Pero ya se sabe que el diablo hace sus fechorías y, tapando la olla, corre a esconderse; pero deja la cola afuera, que es de dónde lo agarra la Justicia Divina.

Así que hemos podido ver desplegarse conjugadamente ante nuestros ojos, todo el arsenal táctico de los movimientos subversivos: Reduccionismo, emocionalismo, cifras apabullantes medio tramposas y un ensañamiento dialéctico maniqueo y colérico.

Con la ayuda de Dios, la firmeza de nuestro pueblo sano —que es mucho y apabullante mayoría, aunque su bonhomía natural sea propensa al engaño— unido y organizado podrá salvar la situación. Una vez más.

lunes, 29 de junio de 2009

¡Fiesta Cívica! ... el día después

«El día después» es de ordinario el del decaimiento, la depresión y la tristeza. Se trate del ocaso del “optimismo” —ese imbécil y falso entusiasmo de creer asequible una posibilidad incierta e improbable que no debería razonablemente esperarse— de una elección política, o del final, nada glorioso y quasi vergonzoso, pero seguramente menos indecente, de una borrachera. «El día después», es el reproche de una conciencia insatisfecha con la inconsciencia de la fechoría mal urdida y peor ejecutada. Y el sabor amargo de una derrota pregustada ya en el derroche moral de una conquista efímera.

Abajo va puesto, entonces, un modesto sufragio para sobrellevar el dolor de lo presente.

Se ha esbozado la naturaleza de la política en una concepción católica. Pero ¿es posible realizar una política cristiana?

Según se insinúa (...), querer volver a una política cristiana sin el Espíritu cristiano que mueve las almas no sólo es imposible, sino que sería lo más pernicioso que pudiera acontecer a una nación y a la misma política cristiana. Sería reproducir el grave error de la Acción Francesa. Ideólogos que fabrican una política de encargo, sin metafísica, teología ni mística.

Si es así, ¿para qué, entonces, estas páginas de política cristiana? Misterio fecundo será siempre si logramos llevar a otros la convicción de que la política, tal como la quiere la Iglesia, no es posible sin Jesucristo. El es Vida, Verdad y Camino, y no hay nada, absolutamente nada, que sea en verdad humano que pueda lograr su integridad sin El. Más: todo lo humano que sin El nazca y se desarrolle caerá bajo la protección del diablo. La política, pues, la política concreta, militante, del mundo moderno, que debió ser cristiana, y por malicia del hombre no lo es, está amasada en cenizas de condenación.

Pero he aquí que este mundo se deshace. El hombre moderno había cifrado su ideal en realizar el “homo oeconomicus”, el hombre regido por sus necesidades económicas. Y creyó haber triunfado. Despliegue gigantesco de industrias, obra del hombre y para el hombre.

Pero llegamos a un punto en que el “homo oeconomicus” siente que todo en él es barro. Se deshace este mundo imbécil que pretendió ser cómodo sin Jesucristo. No que Cristo le haga cómodo, pues la Cruz es lo opuesto al “confort” de los burgueses. Pero la locura de la Cruz, al mismo tiempo que restituía al hombre a la participación sobrenatural de la vida de la Trinidad, le salvaba la integridad de su propia condición humana, hacía posible su vida en el destierro,

La Iglesia y Cristo, su cabeza, nunca han prometido más de lo que la realidad presente permite. “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Se nos prometió, es verdad, el reino de los cielos y no la comodidad de la tierra. Mas por añadidura se nos aseguraba la habitabilidad de este valle.

Los pretendidos filósofos, en cambio, los teóricos de la política liberal y socialista, nos prometieron el paraíso en la tierra y nos han dado un confortable infierno aquí abajo y la garantía del inextinguible fuego en la vida venidera.

Por fortuna para el hombre, para los auténticos derechos del Hombre, que no son otros que los derechos de Cristo —Salvador del hombre—, este mundo estúpido se deshace. En ésta su liquidación se salvarán las piedras de un mundo nuevo. Este mundo nuevo no lo elaborarán ni la economía, ni la política, ni la ciencia, ni siquiera la sabiduría metafísica. Sólo la teología, la sabiduría divina, en su realización auténtica que es la mística o sabiduría de los santos, podrá con su hálito trocar la muerte en vida. Un poderoso soplo de santidad ha de reanimar los despojos del mundo moderno.

¿Y los católicos? ¿Andaremos, mientras tanto, afanosos por tomar posiciones a la derecha, en el centro, o a la izquierda?

¿A la derecha, en el centro, o a la izquierda de quién?

Nos rodea la podredumbre, ¿y pretendemos situarnos en el centro, o a sus lados?

Dejémosles a los mundanos estos términos, y dejémosles que tomen posiciones en las filas del diablo.

¿Haremos alianza con el fascismo o con la democracia? ¿Propiciaremos las conquistas modernas del sufragio femenino? ¿Trataremos de cristianizar el liberalismo, el socialismo, la democracia, el feminismo?

Sería más saludable que nos cristianicemos nosotros mismos. Seamos católicos. Y como católico significa únicamente santo, tratemos verdaderamente de ser santos.

La santidad es vida sobrenatural. No consiste en hablar y pensar de la santidad. Es vida. Si es cierto que toma raíces en la fe, o sea en el conocimiento sobrenatural de Jesucristo, no culmina sino en la Caridad, que es el amor de Dios sobre todas las cosas y del prójimo por amor de Dios.

La vida católica, plenamente vivida en el ejercicio de la caridad, nos impondrá, por añadidura, una fisonomía católica en las manifestaciones puramente humanas de la vida: en arte, ciencia, economía y política. La sobreabundancia de la caridad dará lugar a un arte, ciencia, economía y política católicas.

Precisamente es éste el programa de la acción católica, a la que con instancias supremas nos invita el vicario de Cristo. Acción católica, no acción nuestra, no acción de los católicos como si fuesen una agrupación partidaria que tiene que defenderse como se defienden los burgueses o socialistas y comunistas.

Acción católica: esto es, acción del Padre por Jesucristo que vive sobrenaturalmente en el alma cristiana; acción santa y santificadora; acción imposible de realizarse aunque se posea una ciencia y habilidad muy grande de las cosas de religión, mientras no se esté en contacto con Jesucristo; acción cuya eficacia no está en proporción del movimiento o de la energía desplegada, sino de la santidad de que se vive.

Acción católica, que es el apostolado de los laicos con la jerarquía. Pero que es apostolado, o sea actividad de la santidad interior que, por su sobreabundancia, se derrama y comunica.

Acción católica: he ahí la posición indispensable de los católicos. Adviértase bien: indispensable.

¿Será, entonces, necesario que los católicos abandonemos las luchas en el mismo terreno político y económico y nos concretemos tan sólo a la acción católica?

La acción católica es la posición indispensable, pero no exclusiva. Ella es primera, de suerte que no podemos ocuparnos en otra actividad si resulta en su detrimento, y toda otra actividad debe ejercérsela en cuanto tienda, directa o indirectamente, a auxiliar a la acción católica. Lo exige el sentido de la jerarquía de las obras. Jerarquía no es absorción ni negación, sino afirmación de los derechos autónomos en la unidad del conjunto.

Salvada, entonces, esta primacía de la acción católica, los católicos, teniendo en cuenta las exigencias de su fe y de su misión, y las posibilidades de su propia vocación, pueden dedicarse especialmente a forjar la ciudad católica en nuestras sociedades descristianizadas. El programa de la ciudad católica para los tiempos actuales está ya elaborado. En documentos públicos, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII y Juan XXIII han dado las bases de un orden social cristiano de la sociedad. Ningún problema fundamental, económico o político ha sido omitido. Sólo falta que los católicos, con seriedad y honradez, asimilen esa doctrina que constituye el derecho público cristiano. Digo con seriedad y honradez, porque, desgraciadamente, los católicos, en lugar de escuchar atenta y fielmente a los Pontífices, sin mezclar con lo que ellos dicen sus propias concepciones, a veces hacen una mezcla de principios cristianos con liberalismo, socialismo y comunismo, que resulta un peligroso explosivo.

Una vez asimilados los principios que han de regir la ciudad católica, hay que diseminarlos en todos los ambientes y capas sociales. Esta es, por excelencia, la obra de la ciudad católica.


Pbro. Julio Meinvielle, en «Concepción católica de la política»

lunes, 25 de mayo de 2009

¡Bien por Aguer!

... Grondona no estuvo mal, tampoco. Se merecen un reconocimiento.

domingo, 16 de noviembre de 2008

El regreso de Tomás de Aquino

n una noticia reciente, la agencia ACI informa que el médico búlgaro Stojan Adasevic, un ginecólogo abortista que había llegado a realizar más de 48.000 asesinatos de bebes, ha abandonado su carrera homicida para convertirse en un acérrimo enemigo de su antigua profesión.

No es el primer caso y pensamos, no será el último, si Dios quiere seguir llenando este mundo de los flechazos de Su gracia restauradora. El salmista canta que Dios acribilla con sus flechas a los malvados. Pero las flechas de Dios son la Gracia: donde abundó el pecado, sobrabundó la Gracia.

—¡Palabrerío de cura en sermón de domingo, don Ludovico!— en sermón que no sea soporífero, es claro, algo que ahora no es habitual presenciar.

¿Ah sí? Vean esto: El dicho médico abandonó su criminal oficio cuando, una noche, y otra más, y así por algún tiempo, soñó que estaba en medio de muchos chicos que, al acercárseles él, huían aterrorizados; él sabía que eran niños, aunque su apariencia era de personas entre uno y 24 años, más o menos. Al desconcierto que le producía la visión, venía a sumarse que una persona mayor, vestido con hábito blanco y negro, permanecía en su lugar y lo miraba intensamente, sin hablarle. Una vez —una noche— se le acercó y lo interrogó:

—¿Y usté quién es...?—, a lo que la visión respondió:

—Me llamo Tomás de Aquino.

pero educado por los comunistas, a Adasevic el nombre y el hábito no le decían absolutamente nada.

La aparición, ahora interrogada, siguió diciendo:

—¿Por qué no me preguntas quiénes son estos chicos? Son tus víctimas, los que matase con tus abortos..

Adasevic se despertó sobresaltado y decidió no practicar más abortos; por aquellos años, las imágenes de ultrasonido ya permitían ver las formas y movimientos humanos del feto, pero para la doctrina oficial del comunismo, el aborto seguía siendo una práctica quirúrgica menor, equiparable a la remoción de tejidos sobrantes y despeciables; y además, el riesgo de negarse a realizarlas desafiando al oficialismo, no era cosa despreciable.

No obstante, pocos días después de tomada su decisión, se le presentó un pariente que le pedía que realizara a su novia su noveno aborto, algo que, según la noticia indica, era una práctica común en aquellos tiempos en los países comunistas. Adasevic se prestó a realizar lo que le pedían, pero aplicó una técnica distinta: “En vez de sacar el feto miembro a miembro, decidí machacarlo y sacarlo como una masa. Sin embargo, el corazón del bebé salió aún latiendo y me dí cuenta, entonces, que había matado a un ser humano.”

El soñado Santo Doctor

Aterrado por el macabro episodio, Adasevic resolvió no practicar nunca más un aborto; pero las presiones oficiales no se hicieron esperar, y el médico vió reducido su salario a la mitad, a su hija despedida de su trabajo y cerrado el acceso de su hijo a la Universidad. Así las gastan estos comunistas tan civilizados. Pero en una nueva aparición en sueños, el Gran Gordo le dijo

—Ahora eres mi amigo: ¡persevera!.

Adasevic ha publicado recién ahora su notable experiencia, luego de retomar la práctica de la religión ortodoxa de su infancia y de estudiar con detenimiento la vida y la obra de santo Tomás de Aquino.

En sus propias palabras, interpreta que el Santo doctor ha querido de esta forma asombrosa corregir una opinión suya errónea y que podría tomarse como argumento contra la verdad, y que es la afirmación de que el alma informa al feto el día cuadragésimo de su existencia y no antes.

Pues el caso es que Dios ha permitido que se pusieran de acuerdo dos conciencias rectísimas y honestas para que, de tal modo, se subsanase una opinión equivocada del Aquinate y quedase en camino a la salvación un alma cuyo destino más evidente parecía ser el infierno.

Así la gastan estos santazos; y rogamos sinceramente para que ahora se den unas vueltitas por los sueños de los miembros vivos de su gremio; y de su Orden. Y si son obispos, más todavía.

martes, 13 de noviembre de 2007

¿Por qué te callas?

Un sonado, o más bien súper difundido episodio, ha tenido por actores —en el más estricto sentido de la palabra, nos parece— al rey Juan Carlos de España y al presidente Hugo Chávez de Venezuela.

De Chávez, un cholito carón y resentidillo no vale la pena hablar, pues su carrera como agente yanki recién comienza y tiene todavía un largo camino que recorrer, para llegar a encontrarse en la posisición de su amigo y admirado Fidel; aunque sus estudiadas boutades, concebidas para mejorar su imágen pública, resulten insuficientes para alterar el natural y lento decurso de su aburridez congénita, ni para aligerar su sonsonete zurdillo y vulgarón.

Hoy un juramerto ...

Juan Carlos de Borbón es otra cosa: Nieto del último rey de España, fue elegido por Francisco Franco, el Caudillo de España, para instaurar a partir de él una estirpe monárquica en la España de la posguerra. Cuando aún “no era nadie”, su educación, su noviazgo, su casamiento principesco, su sostenimiento cotidiano, sus vacaciones extensísimas y hasta su sastre, los pagó el ahora oprobioso régimen de Franco, al cual está a punto de traicionar por enésima vez, como felón y perjuro que es. Una típica Ley zurda, denominada con trampa y sin ingenio como de la Memoria falsa, ha sido aprobada por el PSOE (el mismísimo partido causante de la expulsión tramposa de su abuelo y de muchas de las muertes por asesinato de los mártires españoles), a fin de condenar en bloque y legislativamente al régimen político nacido de la victoria sobre el comunismo de 1939. Una revancha estilo Jólibúd, digamos: no te gano en la realidad pero te ridiculizo en el cine.

Para don Juan Carlos, quien desde luego no asistió —ni él ni ninguno de su familia— a la beatificación de los 498 mártires españoles realizada en San Pedro el último domingo de octubre, el problema es enorme y específico, pues de no vetar la ley en cuestión —que además de ser un dislate histórico es un disparate legislativo, pues la ley ordena para lo futuro y nunca prejuzga de lo pasado, por que es irretroactiva (menos para los peronistas)— dará su personal aprobación a la condena definitiva e inapelable pronunciada contra la rama en la cual está tan cómoda y orondamente sentado; la cual, a no dudar, será serrada con indecible deleite por muchos más de los que él cree. Por que si existe algún monumento o recuerdo del franquismo que realmente se encuentre vivo y presente entre los españoles más que ningún otro, ese es el rey Juan Carlos

Mañana una traición ...

Juan Carlos es un hombre que acostumbra callar a tiempo y destiempo (salvo que exista algún beneficio en hacer lo contrario), vicio que denota oportunismo, o cobardía o complicidad. Calló cuando lo de Tejero (que obedecía a su rey antes que a sus impulsos); calló cuando lo del divorcio, cuando lo del aborto, cuando ... ¡tantas cosas! Su vida ha sido un dechado de silencios reveladores, traicioneros y culpables, digamos, a partir del juramento que profiriera en noviembre de 1975 comprometiéndose a respetar las Leyes Fundamentales del Reino de España ... franquista.

Ahora, si calla siguiendo una costrumbre inveterada y que lo ha mantenido a flote por 32 años, se hundirá en el fango que no quiere denunciar; por que él primero que nada, es una reliquia insigne y excepcional del Régimen franquista. A Chávez, pues, en un momento de relajación, le ha revelado el secreto de su permanencia donde lo puso Franco: ¿Por qué no te callas? no fué una admonición, sino un consejo de correligionario.

Allá él, que poco nos importa. Pero sí nos importan España y la Monarquía española, de la cual estas provincias fuéramos parte principalísima en su día; y por las cuales rogamos a Dios Nuestro Señor que, en recuerdo de San Fernando, el santo rey de Castilla y León, ejemplo de caballerosidad, lealtad e hidalguía, las salve nuevamente de los indignos que en ellas se aposentan.



jueves, 13 de septiembre de 2007

La Caridad bien entendida

El Papa Benedicto XVI ha expresado en una Audiencia especial celebrada en la mañana del día jueves 6, con los capellanes de Prisiones, que ese ministerio “requiere mucha paciencia y perseverancia. A menudo hay decepciones y frustraciones. (...) Este ministerio, animará a otros en el ámbito de las comunidades cristianas locales a unirse a vosotros para realizar estas obras de misericordia corporales, de modo que se enriquezca la vida eclesial de la diócesis. Asimismo, atraerá a quienes servís al corazón de la Iglesia universal, especialmente por medio de su participación regular en la celebración de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía”.

Benedicto XVI subrayó que las instituciones judiciales y penales “deben contribuir a la rehabilitación de los transgresores, facilitándoles su paso de la desesperación a la esperanza y de la inestabilidad a la fiabilidad. Cuando las condiciones en la cárceles obstaculizan el proceso de recuperación de la autoestima y la aceptación de los deberes relacionados con ella, esas instituciones dejan de cumplir uno de sus objetivos esenciales”. “Las autoridades públicas —terminó— deben estar atentas en este ámbito, evitando todos los medios de castigo o corrección que socaven o degraden la dignidad humana de los prisioneros”. En este sentido, reiteró que la prohibición de la tortura “no puede ser infringida en ninguna circunstancia”.

Hasta aquí, la noticia proveniente de Roma. Sólo se podría agregar que la tortura, como medio de inquisición judicial mas también como pena, siempre fue rechazada, prohibida o desaconsejada por la Iglesia, como puede verse en San Agustín y en algunas definiciones dogmáticas de probada y venerable antigüedad:

El magisterio auténtico de la Iglesia quedó establecido por la respuesta al rey de los Búlgaros sobre cuestiones de la Fe Católica, conocida como Ad consulta vestra, dada como rescripto por el Papa Nicolás I en el año 866, donde se rechaza la tortura como una impiedad “quam rem NEC DIVINA LEX nec humana lex prorsus admittit”; y respecto de los torturadores “ad quem, rogo, tantæ impietatis magnitudo revolvitur nisi ad eum”; ese texto, y la sentencia de San Pablo en Hbr. 6,16, son la razón por la cual en los procesos solamente debe aceptarse el testimonio juramentado del reo.

La Argentina es uno de los pocos países de la tierra que contiene en su Constitución política, una regla jurídica dedicada a tutelar a los presos con el propósito evidente de librarlos de los habituales tormentos a cargo de los carceleros, o los otros presos, y que son suplemento infaltable que acompaña a la pena de privación de la libertad ambulatoria en la prisión. Pero, para desconsuelo de los beneficiarios y con sospechosa unanimidad de consecuencias prácticas, la Constitución política ha sido tachada de “liberal” en este capítulo, como también en otros más de menor incidencia en este punto, por un sector que nunca se informó demasiado bien sobre qué cosa es el liberalismo y que cree reconocerlo, inclusive, tras culquier rasgo de mera cordialidad —dejando entrever así y además, el modesto alcance de su bautismo—; así como también calificada de “oligárquica” por las habituales comadrejas del resentimiento zurdo, pero sin que ninguno de estos dos sectores, crónica, profesional y calculadamente críticos, haya logrado jamás alcanzar, en su desempeño público, esa mínina exigencia de credibilidad y buena fe que es la estricta observancia de lo mismo que critican, antes de echarse a correr furiosamente contra la muda ley que los acusa, prefiriendo ampararse tras una actitud hipócrita y estéril, que por esta causa ha olido siempre, terrible e ineludiblemente, a “excusa no pedida”.

En la dicha Constitución, se lee esto: “Quedan abolidos para siempre la pena de muerte por causas políticas, toda especie de tormento y los azotes. Las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas, y toda medida que a pretexto de precaución conduzca a mortificarlos más allá de lo que aquélla exija, hará responsable al juez que la autorice”.

Por desgracia, eso es por ahora y con sus más y sus menos, pura fantasía jurídica, por que nuestras cárceles militan entre las peores de la tierra; por supuesto, con los matices y variaciones características de cada pago. ¿No lo creéis? Veamos: (no teman, lectores impresionables, que no “haremos” detalles ...) cuál es la situación de las cárceles en la Argentina, bajo el gobierno “constitucional” del actual conventículo usurpador (¡y torturador!): más de 700 muertos entre los detenidos en cárceles o comisarías, en lo que va del actual régimen, y que son producto de incontables torturas, abandonos de persona y, según algunos, sistemáticas “eliminaciones programadas” de presos indeseables.

Algunos ejemplos: más de 30 muertos en la cárcel federal de Mendoza, en el término de un solo año y pico (2004/2005), como consta aquí y también aquí, habiendo sido preciso que tomara cartas en el asunto la Corte Interamericana de Derechos Humanos; 33 muertos en una sola jornada en la cárcel de Magdalena, Provincia de Buenos Aires, como se informa aquí, con el agravante que el hipócrita gobernador local —nada casualmente defensor del aborto y la eutanasia, y el antinatalismo generalizado que propugnan los grandes emporios internacionales— haya admitido públicamente su responsabilidad personal y la de su gobierno, sin que ninguna consecuencia recayese sobre él. Por tal motivo, en ciertos sectores existe la impresión de hallarse en presencia de una política oculta de sistemático exterminio de presuntos delincuentes, para lo cual vease aquí; y todo ello, inmerso en una marea de crueldad de la cual son principales responsables, los propios agentes del “Estado”, sea por la comisión personal de los hechos nocivos, o por la omisión de impedirlos, o por la indiferencia más absoluta en, al menos, detener sus efectos más lacerantes. Y todo esto, com venimos diciendo, en cumplimiento de una aparente planificación global, como se demuestra en el zurdísimo Página12; a tal extremo que, en este renglón, el papelucho en cuestión ha debido apartarse de su sostenida, pública e injustificable defensa de las cosas malas de un Gobierno insostenible como el actual.

San Pablo visita a San Pedro
en la cárcel

Una justa crítica que acaso merezcamos en el catolicismo más que en otros sectores, por las obligaciones impuestas por Cristo mismo, es haber abandonado, especialmente en manos de la izquierda, muchas banderas mal llamadas “humanitarias” que, como éstas y otras que no vienen a cuento, nos pertenecían por derecho propio —y derechos de autor, nada menos— por ser la consecuencia vital de la puesta en ejecución de mandatos evangélicos expresos; y cuya comprehensión moderna, no es otra cosa que un pálido reflejo de las preocupaciones de los Padres apostólicos ante los abusos de los paganos, antes bien que, como piensan algunos, espontáneas y bienvenidas evoluciones laicas de la decencia y moralidad jurídicas. Este abandono ha sido el resultado de algunas culpas precedentes, insuficientemente lavadas, como la de permutar las exigencias evangélicas por causa de ideologías políticas, o como la de consentirse cierta identificación ocasional y táctica con un liberalismo mendaz, ante la amenaza comunista; o la correlativa y pendular pretensión de justificar o excusar a la izquierda por causa de los excesos, hipotéticos o reales, cometidos por los anticomunistas no católicos, y que han sido la conciencia ficta tan patente en infinidad de círculos católicos hispano-americanos.

Pero es de saberse que, como advirtiera Nuestro Señor, desto de intentar servir a dos señores se sigue a la fuerza el venir a ser esclavo de alguno dellos (generalmente el peor) despreciando al otro (generalmente el mejor); lo que en este caso, supone rendir redonda pleitesía al más cumplido fariseísmo, contentándose con separar al delincuente de la sociedad, para entregarlo a manos de los verdugos para que hagan con él, más o menos, lo que quieran.

Por que, veamos: la pena justa debe cumplirse y es, en efecto, un deber moral para el condenado conformarse a ella con paciencia y resignación (conf. S. Th, II, IIæ, q. 69, art. 3), a fin de satisfacer la justicia conculcada por él, y obtener el perdón divino proporcionado a la falta; pero la pena se vuelve injusta cuando se la agrava con las sevicias de los carceleros o de los otros presos violándose, con ello, las leyes en cuya misma virtud se le impusiera al reo (y que supuestamente, tranquilizan las conciencias públicas y privadas); y en tal caso de injusticia, al reo le es legítimo evadirla, como dice el Aquinate en el artículo siguiente al citado arriba: “Segundo... es condenado injustamente. Entonces tal juicio (injusto), es semejante a la violencia inferida por los ladrones, como está escrito en Ez 22,27: «Sus príncipes están en medio de ella como lobas que desgarran la presa para derramar sangre». Y por eso, así como es lícito resistir a los ladrones, así también es lícito resistir, en tales circunstancias, a los príncipes malos, a no ser acaso por evitar el escándalo, cuando se tema por esto alguna grave perturbación”. Pero como el asunto no rinde votos contantes y sonantes, no es gancho electoral, no figura en las agendas políticas ni le importa a nadie; más bien a la inversa, se incentiva el rencor popular contra los delincuentes a fin de justificarse el deplorable estado de las cárceles, despedazando así el delicadísimo edificio construido desde la proporcionalidad recíproca e interna de las penas, y destinado a prevenir las conductas indeseables. Que deste modo, se multiplican a ojos vista, en lugar de disminuir. Hechos que producen, además, por su extrema e ilegal rigurosidad, un divorcio tal entre el acto supuestamente justo extrínseco o real de la aplicación de la pena, y la necesaria consiguiente aceptación resignada de la pena justa merecida por parte del reo, absolutamente necesaria para completarla como un acto virtuoso.

—¡A la sociedad le importa un comino la virtud!— Es cierto, y así estamos: sin virtud y sin solución al problema creciente de la “inseguridad”, eufemismo tilingo por simple, creciente y pedestre delincuencia, producto de la inclinación social por los pecados más graves.

—Y bueno, dicen algunos ¡él se lo buscó ...!

Pues el caso es que no, no se lo buscó, porque si Dios ha delegado en la autoridad pública la fijación y aplicación de la pena justa, consistiendo ésta en la retribución de una determinada tarifa, la justicia queda satisfecha pagándose o cumpliéndose con aquella, ni más ni menos. Lo excedente, deberá cargarse a cuenta de la sociedad como pecado grave contra la justicia, y es por lo tanto un mal social no solamente privado de quien lo ejecuta; en cambio, lo faltante a la pena, y si faltare, es de la cuenta particular del delincuente, como Purgatorio pendiente en el mejor de los casos, pero la sociedad ha cumplido con él su carga y su misión. Si el mal se mide, también y además de la objetividad de la falta, por el bien moral afectado y por la persona del transgresor y del ofendido, sin duda es peor la falta que comete la sociedad contra el reo, agravándole una pena de por sí dolorosa, que la que se debe soportar por una pena insuficientemente satisfecha, por que hace odiosa en grado sumo la autoridad y la pone en entredicho con su fin mismo, que es la paz social por medio de la justicia. Por lo tanto, el mal que se sigue de esta torpe política es múltiple y amenaza la vida eterna de acusadores —que pecan mortalmente al buscar una pena que podría convertirse en una injusticia de la cual no es lícito desentenderse—, los jueces —que aplican una pena que saben resulta ser, en los hechos, muchísimo más grave que la que ellos imponen y de cuyo agravamiento son personalmente responsables—, los carceleros —que realizan actos calificados por San Nicolás I papa como degradantes— y los condenados —que, como dice el Papa felizmente reinante, caen deste modo bajo el dominio de la desesperación. Así pues, aquel fácil “se lo buscó”, viene a ser una abdicación de la Verdad y un pecado con pluralidad de partes contra la Justicia y acaso contra la Caridad, que es decir tanto como que se trata de una renuncia a Dios, que es la Verdad y manda buscar Su Justicia como medio de amarle a Él.

Y eso, sin contar la insaciable cadena de corrupción intermedia que se genera, y que se alimenta, como las hienas ¡y en qué medida! de la desgracia ajena —y de los 1.390 dólares por mes que eroga el estado argentino para mantener a cada preso. Así tal cual como lo leyó.

Esta situación es, pues, un paso más en el hondo precipicio de sucia hiprocesía al cual se ha lanzado la sociedad moderna, titular irremediable de una esquizofrenia moral de tal alcance que, por un lado muy aparente, y como cumplimiento preceptivo de la regla que manda al vicio homenajear a la virtud, parece estar batallando en favor de los “derechos humanos”, a expensas de muchos millones de pesos del presupuesto público consumidos en cargos, carguitos y carguetes, repartidos entre amigos y fementidos defensores de tales principios, o armando circos judiciales para consumo popular, mientras se permite o se lleva adelante, de simultáneo y bajo las mismas narices y a la vista de todos, horrendos sepulcros para vivientes —“chiqueros humanos”, calificó a la cárcel local el presidente de la Corte de Justicia de Mendoza— en los cuales campea la regla de la humillación, el robo, el tormento, el terror, la muerte y, finalmente, la desesperanza que, como dice Su Santidad, es el peor de los males para un hombre cuyo fin es la visión beatífica. No es extraño, así, que estos hipócritas, los mismos que hablan de derechos humanos, son tanto responsables de estas cárceles como de las programadas leyes antinatalistas, del aborto y eutanasia y homicidios en masa, que amenzan a nuestras indefensas sociedades.

La crueldad, que según los moralistas más encumbrados acompaña generalmente a la lujuria, es sinónimo de desvío, de satanización ... y de enfriamiento de la Caridad; pero la Caridad, que en su forma misericordiosa es el único modo de tratar a un preso, aún sin cejar un ardite en la severidad que por la pena justa merezca, no tiene eco público ni prensa seria en la sociedad actual; por lo menos en los medios oficiales.

Lo que no puede dudarse, pues, es que hay en todos estos hechos un característico elemento diabólico, como lo es el odio por todo lo humano, singularizado en el aprovechamiento y el abuso de la desgracia ajena y sello indubitable de la identidad del autor de tantos males: Entonces el dragón se llenó de ira contra la mujer; y se fue a hacer guerra contra el resto de la descendencia de ella..., Ap. 12, 17.


viernes, 13 de julio de 2007

Subsistit in ...

Un triste día de 1972, que por la fecha debía serlo de alegre festejo, mientras Giovanni Battista Montini, a quien el mundo conocía mejor como “Su Santidad el Papa Paulo VI”, celebraba el día del Pontífice de aquel año, se le oyó exclamar las palabras más amargas que se han escuchado de boca de un Vicario de Cristo.

Él, que con un entusiasmo indoblegable había continuado la obra iniciada por el Papa Juan XXIII, concitando a todos los Obispos del mundo, reunidos en Roma desde 1963 en un Concilio Ecuménico, II del Vaticano, para remozar la Iglesia y relanzar el Mensaje de Cristo, se veía ahora burlonamente forzado a reconocer que, habiendo esperado en vano la llegada de una época de floreciente religiosidad, una soleada primavera de la Iglesia, se enfrentaba a una sorpresiva y fría era de nebulosas, plagada de dudas, de contestación, protesta y confrontación, que aparentaban tener por único fin, la destrucción de la Casa de Dios, como él mismo ha constatado poco tiempo antes. Culpa de ello al adversario, a quien llama “el diablo”, por haber realizado su obra de muerte y división, prácticamente sin oposición alguna interna de importancia, hasta allegarse inclusive al propio estrado del Altar: “El humo de Satanás —corrobora el horrorizado testigo— ha entrado en la Iglesia de Dios por algún resquicio” («da qualche fessura sia entrato il fumo di Satana nel tempio di Dio»); no lo dice como una interrogación —como se pretenderá hacerlo aparecer años después— ni al modo de San Pedro —cuya fiesta está celebrando— como una advertencia: llanamente, realiza ante su atónito público, una dolorosísima y espantosa verificación: El demonio se está apoderando de la Iglesia. Por eso, agrega allí mismo sin otro trámite: “Creíamos que el Concilio traería días soleados para la Historia de la Iglesia. Por el contrario, son días repletos de nubes, tormentosos, con niebla, días de ansiedad e incertidumbre”. Por los ojos de Pablo, otra vez Pedro está llorando su negación.

Ya cuatro años antes, no sin desagrado y con bastante sorpresa, ha constatado con intensa alarma la existencia de un trasfondo barroso que lo aturde y aniquila su voluntad, y ha tenido que comenzar a hablar de autodemolición de la Iglesia ante los aún más aturdidos seminaristas lombardos: «La Chiesa attraversa, oggi, un momento di inquietudine. Taluni si esercitano nell’autocritica, si direbbe perfino nell’autodemolizione. È come un rivolgimento interiore acuto e complesso, che nessuno si sarebbe atteso dopo il Concilio. Si pensava a una fioritura, a un’espansione serena dei concetti maturati nella grande assise conciliare. C’è anche questo aspetto nella Chiesa, c’è la fioritura. Ma poiché “bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu”, si viene a notare maggiormente l’aspetto doloroso». Autodemolición: es un término tremendo, por que exige perentoriamente pensar en que la complicidad interna ha hecho expugnable la fortaleza, y ha rasgado la túnica inconsútil en varios lugares, permitiéndose el ingreso del diablo desde adentro. Pero él es el Papa, y aunque su torturada personalidad no crea que se pueda hacer cosa alguna, al menos no callará, y hasta él mismo se acusa; de hecho, resulta ser el Pontífice que con mayor precisión ha diagnosticado los males que sufría la Iglesia y quien con más frecuencia ha hablado de ello, acudiendo siempre a palabras, términos y tropos que señalan inequívocamente entrega, cobardía y por fin: la traición.

Anche nella Chiesa regna questo stato di incertezza. Si credeva che dopo il Concilio sarebbe venuta una giornata di sole per la storia della Chiesa. È venuta invece una giornata di nuvole, di tempesta, di buio, di ricerca, di incertezza. Predichiamo l’ecumenismo e ci distacchiamo sempre di più dagli altri. Cerchiamo di scavare abissi invece di colmarli.

Come è avvenuto questo? Il Papa confida ai presenti un suo pensiero: che ci sia stato l’intervento di un potere avverso. Il suo nome è il diavolo, questo misterioso essere cui si fa allusione anche nella Lettera di S. Pietro. Tante volte, d’altra parte, nel Vangelo, sulle labbra stesse di Cristo, ritorna la menzione di questo nemico degli uomini. «Crediamo in qualcosa di preternaturale venuto nel mondo proprio per turbare, per soffocare i frutti del Concilio Ecumenico, e per impedire che la Chiesa prorompesse nell’inno della gioia di aver riavuto in pienezza la coscienza di sé. Appunto per questo vorremmo essere capaci, più che mai in questo momento, di esercitare la funzione assegnata da Dio a Pietro, di confermare nella Fede i fratelli. Noi vorremmo comunicarvi questo carisma della certezza che il Signore dà a colui che lo rappresenta anche indegnamente su questa terra». La fede ci dà la certezza, la sicurezza, quando è basata sulla Parola di Dio accettata e trovata consenziente con la nostra stessa ragione e con il nostro stesso animo umano.

Pocas entregas atrás, recordábamos que San Agustín encuentra justo que Dios, que es omnipotente, demuestre esta infinita potestad, principalmente, cuando saca bienes de males, por que desta forma altera inclusive la causalidad natural de las cosas, pero sin alterar nada en realidad; que es como decir (si no fuera una herejía hecha y derecha) que el mal casi le viene como anillo al dedo, para probar su infinita sabiduría y poder. Montini, quien carecía de la más mínima confianza en sí mismo y cuya elección por Dios como Papa fue para él mismo, según nos cuentan sus amigos, un misterio jamás dilucidado del todo, tuvo de todas formas la dignidad y el buen gusto de no convocar ninguna comisión especial para evaluar la crisis y efectuar el diagnóstico, consciente de la traición que lo rodeaba: con toda sencillez, y armado exclusiva y solitariamente de su atormentada y anulante personalidad, enfrentó el humo de Satán como pudo y supo, que fue bastante mal según parece; y a sabiendas —refiere Jean Guitton— que su extremadamente dubitativo carácter le impedía adoptar cualquier remedio eficaz, por lo que suponía haber sido misteriosamente preferido por Dios, para Su mayor gloria, justamente por su apabullante nulidad, como intuyó en sus últimos meses de vida. Y, así, entregó su alma al Creador. Desta manera, pues, tan sencillamente terrorífica, quedó configurada y diagnosticada una enfermedad nueva, inaudita en la Iglesia de Cristo, como era esa paulatina destrucción desde adentro y hacia afuera, como si estuviera minada por sus propios miembros; como si aquello que le había sido dado para su bien, fuera ahora la misma causa de su mal.

Estas “rendijas”, o rajaduras, del Papa Paulo VI, han quedado abiertas desde entonces —sino desde antes— y el humo sulfuroso del adversario ha ingresado a designio hasta los tuétanos de la Iglesia, corrompiéndolo casi todo y aumentando hasta la saciedad los males descriptos por aquel Papa martirizado.

Y que sepamos, nunca nadie hasta ahora, se ha preocupado de cerrarlas como era debido; acaso, se han abierto más con el paso de los años y la lógica revolucionaria (“contestataria”, decía Paulo VI) de los miembros más bochincheros de la contra—Iglesia; sumado a la poca atención que se ha prestado, de hecho, a estas tremendas palabras de este aún más asombroso Vicario de Cristo. Hoy, a no ser por el clero “tradicionalista”, o al menos expresamente antimodernista, la clerecía sería un oficio prácticamente vacante por falta o deserción de las vocaciones, crecientemente desde 1969. Se cuenta que cuando Juan Pablo II asumió su pontificado, suspendió el trámite de más de 100.000 solicitudes de reducción al estado laical de otros tantos sacerdotes. La frecuentación de los Sacramentos se tornó tan rara como la predicación de su necesidad para la Salvación, y la Iglesia quedó convertida en una obra social de dimensiones universales...

Hasta ahora.

Ejerciendo Dios Nuestro Señor su potestad de confundir a sus enemigos, en 2005 fue electo Papa un antiguo teólogo modernista y asesor del Concilio que decíamos al comienzo, con casi ninguna formación tomista —se diría— aunque provisto de una fuerza crítica poco común para estos tiempos de relativismo y chanchullo. Su primer intervención, próximas las Navidades de su primer año como Papa, fue verificar que si la Iglesia fuese rupturista con la Tradición, con su pasado, poco crédito merecería Su Divino Fundador, que la habría dejado a la intemperie, y al voleo de los tiempos y las modas. Y así lo dijo. Enseguida, anunció la publicación de un libro propio dél, en el cual demostraba que, contrariamente a lo que sostiene la predominante hipercrítica bíblica católica criptoprotestante, Cristo Jesús, el Mesías, verdadero Dios y verdadero hombre, es el mismo y único personaje histórico que narran los Evangelios. Y si es así, resulta contrario a toda lógica creer que lo más —la Fe en el hombre Dios— salió de lo menos —las comunidades apostólicas primitivas— resultando más probable que haya sucedido a la inversa, o sea que las comunidades primitivas de los tiempos apostólicos, surgieron de la Divina Predicación. Nunca, pero nunca, insistiremos demasiado en la importancia de este “descubrimiento” llevado a cabo por un teólogo de formación pseudo protestante y alejado, tanto como se pueda estarlo sin dejar de ser católico, de las definiciones del Syllabus, el Concilio Vaticano I o el decreto Lamentabili, y acostumbrado a estudiar que la fe católica no es obra de Dios, ni la Iglesia el Cuerpo Místico de Su Divino Hijo, sino el concurso constante de los hombres en un mismo objeto de creencia. Digamos: algo así como una fe sociológica (si no fuera una estupidez la frase). Por que evidentemente, revela una inteligencia orientada por la FE; y eso, es un don del Cielo, como nos enseña la Sagrada Teología. Y además, es un cauterio seguro contra la herejía.

Resultó quel hombre era consistente hasta la ... germanofilia, y consideró que no podía romperse la Tradición bajo ningún pretexto y restableció, pocos días atrás, la forma tradicional de elegir al Papa. El sábado pasado, saltando sobre sí mismo y sellando una rendija fenomenal, restauró en todo su esplendor la Liturgia Tradicional y, en especial, la Santa Misa, dando así un paso tan largo como el tiempo de la desazón de los últimos 40 años. O más. Ayer, hizo que la Curia romana repitiera en voz alta y clara, que la única Iglesia verdadera es la católica, apostólica y romana, (casi) sin dejar ningún tipo de recoveco (resquicio o rajadura) para la relativización desta esencial verdad, connatural con la Divina institución de la Iglesia. Cierto es, que se trata únicamente de una aclaración lingüística y no de un documento teológico —por otra parte innecesario. Pero si alguien pudiera creer poco clara esta afirmación, léanse las protestas de los protestantes, los anglicanos y ¡los budistas!, que la han entendido perfectamente bien, como que para ellos estaba destinada.

Las afirmaciones referidas a obscuros ecumenismos, pues, van encaminándose hacia el significado tradicional de este término, tal como la Iglesia lo ha entendido siempre (Mortalium animos).

Entre medio, ha restaurado la teología correcta y verdadera sobre el Santo Sacrificio de la Misa, como el Sacramento central de la Fe cristiana que es, y hacia el cual confluyen los demás, mediante una Exhortación Apostólica que ha tenido la virtud de cerrar —además de la boca de ciertos charlatanes profesionales dotados de profesorales dignidades— algunas rajaduras en la trabazón litúrgica básica; como por ejemplo, destacar que la Liturgia es objetiva, pues es la Oración de Cristo ante el Padre. No está nada mal.

Hoy mismo, sin respeto humano de ninguna especie, mutiló —no, cabezas esta vez, no— un papelón que hicieran los obispos reunidos en Aparecida, Brasil, que bordeaba peligrosamente la insubordinación, la herejía, el sarcasmo y la insolencia, todo a una.

Hizo renunciar sin miramientos a tres obispos (uno dellos de una sede primada y cardenalicia) por haberle mentido el primero, y por maricuetes los otros dos; sellando desta manera la rajadura de las malas costumbres, que se había convetido en una lepra de la Iglesia; y de todo el mundo ¡vamos!.

Es cierto que Benedicto XVI no ha dejado expresamente declarado que la Iglesia de Cristo, más que “subsistir en”, ES la Iglesia católica. En realidad, ha hecho algo mucho mejor: lo ha probado, volviendo a presentar al mundo, en sus propias manos, la túnica inconsútil del Divino Fundador.


viernes, 4 de mayo de 2007

El estrambótico caso del fallo de la Corte norteamericana

HUBO INCOMPRENSIBLE ALEGRÍA; un torpe atisbo de regocijo público asomó en muchos bienintencionados círculos y cultas personas, cuando pareció que, al fin, la justicia humana más encumbrada, la del frío y crudo Norte, abría tímidamente su toga tutelar hacia los más desamparados de los seres humanos: los nasciturus, los que están por nacer. Resultaba que el máximo órgano judicial de Estados Unidos, el país con mayor cantidad de abortos en todo el mundo —en términos relativos o absolutos, como gusten, así que se ruega no preguntar “en qué sentido lo decimos”— declaraba inconstitucional el aborto por decapitación, mientras confirmaba una ley anterior que, en ese mismo sentido, se había aprobado en 2003 por el muy provida presidente Bush. La decapitación, dice el sesudo fallo, resulta una forma especialmente repugnante de practicar este horrendo delito, por lo cual fuera prohibida, como venimos diciendo, por una ley del Congreso Federal que la consideraba ... ¡inhumana!

La Gran Democracia del Norte había descubierto ¡por fin! que este homicidio, en su forma más repugnante y cruel, era inhumano. Y así la Corte local, al confirmar la constitucionalidad de la ley del Congreso, afirmaba que el llamado aborto por decapitación o de “nacimiento parcial”, no se trata propiamente de un aborto —que es práctica legítima y está tutelada en Estados Unidos por otro (aborto) fallo anterior: el caso “Rae vs. Wade”, de la misma Corte Suprema local— sino que es en realidad un infanticidio, cuya práctica es “intolerable en una nación civilizada”, como la que acuna a estos jueces, estas pobre embarazadas, y todos estos lodos ... En cambio, un aborto rápido, higiénico, seguro y nada traumático para la “madre” (que es la manera como llaman algunos infelices a la aún más infeliz mujer que resuelve asesinar a su hijo) es, sí, más propio de las naciones civilizadas.

De modo que ¡prestar mucha atención!: Un aborto es una cosa seria que la Corte Suprema de Yankilandia dijo que se debe hacer bien y no de cualquier manera, es decir, como una porquería donde el desparramo de sesos, huesitos y materia orgánica del bebe queden tirados por cualquier parte, lo que asustaría a la desprevenida mujer, que es una pobre víctima de su incontinencia y que debe pasar ese duro trance para bien de su cuerpo embromado por un embarazo inesperado; y que, acaso, cargará ya con algún otro trauma anterior; o lo que es más seguro, será víctima de incontrolables espasmos causados por el violento ataque de risa que le provocará el oir llamar “jueces católicos”, a unos individuos que aseguran la pacífica continuidad del aborto en Norteamérica. Pero eso sí: a condición de no ensuciar nada y, sobre todo, no hacerlo de tal modo que parezca un homicidio, por que eso no es civilizado.

Algunos noticieros católicos, (no malos, no, pero asombrosamente necios) al leer este fallo explotaron de alegría porque Estados Unidos —aseguraron— “es cada vez más provida”; nosotros, que somos bastante más pesimistas respecto de la actual condición humana, creemos que el gobierno de Estados Unidos es cada vez más hipócrita, Bush cada vez más criminal y los sedicentes católicos, incorregiblemente idiotas.



viernes, 27 de abril de 2007

Volverán en México los sacrificios humanos

El Gobierno local del Distrito Federal en México dispuso que se reintroduzcan los sacrificios humanos en la antigua ciudad de Tenochtitlán, después de 488 años de ser abrogados por Hernán Cortés. Este parece ser el nada edificante final de las sucesivas revoluciones y asonadas de corte masónico y comunista estalladas en México a partir de 1913, y se constituye por tanto en la más neta consecuencia de la adopción de una Constitución socialista e irreligiosa en 1917, que permite al Gobierno central y a los Gobiernos locales violar la libertad religiosa, la vida y la conciencia de los habitantes en cualquier nivel.

Prácticamente desde 1921, en que el PRI, Partido Revolucionario Institucional, una variante del partido comunista soviético, se apoderó violentamente del Gobierno central y de los Gobiernos locales con la ayuda de los Estados Unidos, este partido mantiene el control político del país con escasísimas excepciones. La regla no explícita pero impuesta de hecho por las leyes sancionadas especialmente desde 1917 (que ya existían desde la época de Benito Juárez y nunca fueron derogadas, ni siquiera por el Emperador Maximiliano), es la persecusión de la Iglesia católica y el favorecimiento soterrado de las sectas y denominaciones luteranas o protestantes, especialmente en sus versiones norteamericanas, así como la inspiración masónica de todas sus instituciones y actos de gobierno. Para darse una idea, la Iglesia no tiene libertad de predicar libremente en público ni los sacerdotes podrían, teóricamente, circular por las calles revestidos de sus hábitos religiosos; los oficiales del Ejército no pueden contraer públicas nupcias católicas, por que es causal suficiente para ser exonerados.

Entre los años 1926 a 1930 el general Plutarco Elías Calles, un masón presidente de México, en acuerdo con el embajador de Estados Unidos Dwight Morrow, comenzó una campaña de persecusión criminal contra el catolicismo, que ha dejado como saldo una guerra sangrienta, llamada comúnmente “Guerra Cristera”, y una pléyade de santos y mártires como no tiene hasta ahora ningún país americano. Se estima que en aquella persecución perecieron más de 250.000 víctimas del anticatolicismo.

Parece, pues, que el triste final de la pretendidamente gloriosa Revolución Mexicana, es terminar allí mismo donde comenzó la Historia de México y concluyó la de los aztecas y las demás tribus mesoamericanas que reaizaban sacrificios humanos; y así, autorizar todas las prácticas paganas abandonadas, por la Gracia de Dios, hace casi 500 años. De todas formas, el aborto procurado, delito que entre los aztecas era reprimido con la pena de muerte, ha sido restablecido dentro de una ostensible campaña de paganización más generalizada, a la que son sometidos con especial saña, todos los países integrantes de la otrora gran nación ibero americana, católica en su origen y en sus costumbres y mariana por su piedad popular.

Es este un nuevo paso que dan los gobiernos de esos países, casi sin excepciones y con redoblado brío, para corromper las costumbres de las sociedades esencialmente católicas que ilícita e ilegalmente regentean. Ninguno de los “motivos” o “argumentos” que ensayan, sobre no ser verdaderos en ningún caso, soportarían el menor análisis racional.

Algunos medios de difusión han intentado demostrar que la población femenina prestaba su apoyo a esta “novedad” legislativa, mas no les ha sido posible ocultar que, al conocerse la decisión de la legislatura del Distrito Federal, muchas mujeres reunidas en la zona céntrica, que estaban rezando a la Virgen de Guadalupe para impedir estos sacrificios humanos, comenzaron a llorar desconsoladamente por su Patria y por las víctimas potenciales, lo que fue regitrado por periodístas gráficos extranjeros presentes en el lugar.

Tampoco a los mexicanos, pueblo religioso, culto, combativo, valiente e inteligente, se le ha economizado el escarnio de sumársele, a la desgracia de la restauración de los sacrificios humanos, la del inicuo tratamiento de tontos a que todos los partidarios del aborto someten a los pueblos que los soportan, debiendo escucharse siempre la misma colección de estupideces y mentiras que en el resto del mundo. Como por ejemplo, que “el aborto evita el trauma que crea en el niño el ¡saber que no es querido ...! (así como lo lee ¡se nos ocurre realizar con los autores de la frase generosidades desas a montones!), o que la legalización vendría a subsanar la situación creada por “centenares de miles” de abortos clandestinos, sin que ningún abortista haya podido jamás explicar cómo la legitimación de un abuso vendría a suprimir dicho abuso, ni en qué estadísticas se fundamenta para arrojar semejantes cifras, si en realidad, los casos de aborto procurado denunciados o perseguidos penalmente no pasan de un par (no un par de miles: dos solos, uno más uno) por año, y los casos atendidos en hospitales por lesiones supuestamente postabortivas, no pasan de unos 3.000 anuales en todo México, e incluyen los casos no criminales, como son los accidentales y los espontáneos.

Hipocresía oficial

Demostrando el real temor que le causa a sus integrantes la prometida excomunión de los políticos votantes del aborto, el gobierno local ha enviado a un partidillo de izquierda a denunciar al cardenal primado de México, don Norberto Rivera y al portavoz del arzobispado, Hugo Valdemar, por presuntas violaciones a la “ley religiosa”, una norma anticatólica que prohíbe a los religiosos católicos hacer comentarios políticos, privándoseles de un derecho que, supuestamente, la Constitución reconoce a todos los habitantes de México, sin distinción alguna, justamente por no reconcer ninguna distinción. La respuesta oficialista a la Iglesia, de parte del legislador impulsor de la medida, ha sido amenazándola con recrudecer la campaña difamatoria por supuesta pederastia, lo que confirma aún más las tesis sostenidas por algunos estudiosos sobre el verdadero sentido, origen y alcance de las difamaciones que por esta supuesta causa, vienen sufriendo algunos sacerdotes desde hace algunos años. Por supuesto que los funcionarios oficiales aseguran que su obrar, se explayará “estrictamente dentro de la ley”, como si se tratara de una ley justa o siquiera mínimamente legítima. ¡Es lógico ser estricto con “leyes” creadas a tan siniestro efecto!

Desde luego, este anticipo local, pretende ensuciar también la legislación federal hacia la cual los grupos proabortistas buscan extender la legalización de los sacrificios humanos. Ya existen anteproyectos de ley en ese sentido en el Congreso Federal impulsados, como en el resto del orbe, por obscuras organizaciones cuyas mentoras son, como mínimo, la ONU y las multinacionales farmacéuticas.

¡Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de la ONU!