Junto a una interesante intervención del cardenal colombiano Darío Castrillón Hoyos ante el CELAM, y referido a la misma cuestión, anda rondando por la web un texto recordatorio de la homilía inaugural del papado de S. S. Benedicto XVI, proseguido de una interrogación sobre si no será el caso que el Papa reinante haya cedido ante aquel tan temido temor a los lobos, que tanta preocupación le causara:

«Una de las características fundamentales del pastor debe ser amar a los hombres que le han sido confiados, tal como ama Cristo, a cuyo servicio está. “Apacienta mis ovejas”, dice Cristo a Pedro, y también a mí, en este momento. Apacentar quiere decir amar, y amar quiere decir también estar dispuestos a sufrir. Amar significa dar el verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros».
El Cardenal ha expuesto sus juicios y opiniones a propósito de las funciones de la Comisión Ecclesia Dei, que él preside y que, aunque no sean enfoques históricamente completos y se haya dejado al márgen el caso de los centenares de miles, o acaso millones, de fieles que, sintiéndose asociados a las formas litúrgicas anteriores a 1969, no participaron ni ingresaron al movimiento religioso de monseñor Marcel Lefebvre, deja en claro varias cosas de elevado interés, dignas de estudiarse por separado.
Primeramente —y citando al pie de la letra al cardenal— afírmase que el «Santo Padre tiene la intención de extender a toda la Iglesia latina la posibilidad de celebrar la Santa Misa y los Sacramentos según los libros litúrgicos promulgados por el Beato Juan XXIII en 1962. Por esta liturgia, que nunca fue abolida, y que, como hemos dicho, es considerada un tesoro, existe hoy un nuevo y renovado interés y, también por esta razón el Santo Padre piensa que ha llegado el tiempo de facilitar, como lo había querido la primera Comisión Cardenalicia en 1986, el acceso a esta liturgia haciendo de ella una forma extraordinaria del único rito Romano».
Quedan así, fuera de toda duda las siguientes cuestiones: a) la existencia del famoso y demorado Motu Propio liberando el uso del Misal Tradicional; b) el dictamen de la Comisión de Cardenales de 1986, que indicara la vigencia del Rito Tradicional latino y la imposibilidad de su derogación y supresión de hecho, según dejara traslucir un reportaje al cardenal Alfons Stickler de hace unos años; y finalmente, c) ¡que el Motu Proprio sería un acto innecesario!
Efectivamente si, como indica el cardenal Castrillón Hoyos, Su Santidad es de la misma opinión, respecto a la vigencia de la Misa Tradicional, que manifestase la Comisión que él mismo, siendo aún cardenal Joseph Ratzinger, integrara en 1986, resultaría al menos curioso que ahora considerase necesaria una norma jurídica más actual, para dar renovado vigor jurídico a una Bula que jamás lo ha perdido.
Advierte el disertante que ello no implicaría un retroceso a los tiempos anteriores a 1970; lo cual sería, además de ontológicamente imposible, una temida consecuencia que, en principio, en nada estaría emparentada con la posible restauración del uso de la Santa Misa Tradicional, pues él mismo lo llama, con discutible precisión, “una forma extraordinaria” del único Rito latino; pero la asociación de ideas del Cardenal —según parece— denuncia más una excusa no pedida, un pensamiento recurrente pero retenido, que una verdad necesitada de explanación pública. El proclamado carácter irrevocable de la “reforma litúrgica conciliar”, fuera de suscitar renovadas dudas jamás aclaradas, pues en ningún texto expreso del Concilio se mencionó la inmensa cantidad de innovaciones puestas en vigor en 1969 (sin contar la reforma conciliar de 1965, que dejó el Misal Tradicional intacto, aunque recitándose algunas partes en castellano y dándose vuelta el altar; o mejor dicho, al celebrante), refuerza la hipótesis de quienes piensan que, a poco de liberarse la ahora embargada Misa Tradicional, es probable que el Ritual inaugurado por Paulo VI caiga rápidamente en desuetudo por gravitación propia, es decir, por su intrínseca aridez, que le impide mantenerse intacto con el transcurso del tiempo y, sobre todo, la verificable imposibilidad formal de transmitir el Misterio Eucarístico al pueblo fiel, con una mínima precisión.
Siempre que, antes, no caiga deshecho por los incontables abusos que periódicamente la Santa Sede se ve forzada a denunciar y corregir.
Sin duda, el Cardenal abriga las mismas dudas, que antes que él muchos estudiosos de la Liturgia han expresado sospechando si acaso no veremos consumirse el Rito de 1969, a causa de la fortaleza inaudita que ha mantenido vivo el que ahora se restauraría, y la suerte que correría la Misa de Paulo VI si fuese optativa frente al Rito Tradicional. Y eso lo prueban con las periódicas intervenciones de la Santa Sede en su defensa, lo que no ocurrió casi nunca con el Rito Tradicional, que manifiestan que el Rito nuevo no está definitivamente logrado, motivo por el cual está sumido en un mar de innovaciones de nunca acabar, y de las correlativas reacciones vaticanas, de nunca arreglar nada. Y esto mismo, el abuso, la inestabilidad y su aridez intrínseca, lo harían perecer por sí sólo y por la fuerza arrolladora de la Liturgia Restituta. Pensamos que el cardenal, con picardía, ha dejado tranquilos a aquellos partidarios a ultranza de la reforma de 1969, garantizándoles que jurídicamente ésta no peligra, pero sin dejar de anotar ante su selecto público de obispos, la preferencia de que goza, en números contantes y sonantes, la Liturgia tradicional. Que si el cálculo no falla, trepan los contabilizados a un buen millón y medio de fieles.
La decisión papal
Se nos ocurre que es preciso distinguir entre el temor a los lobos, que andan siempre rondando la Silla de Pedro, mordisqueando sus patas con la esperanza de verla mostrenca algún día, del otro peligro concomitante, como lo es espantar a la ovejas que han sido corrompidas o engañadas, de una manera u otra, por los lobos.
Siguiendo a Aristóteles (Política, II, c. 5), ya Santo Tomás de Aquino advertía, en S. Th. I IIæ,q. 97, art. 2, contra las violentas modificaciones en la ley, que causan desconcierto, perplejidad y no pocas veces, violentas reacciones. Aunque es cierto que el sayo le cae como de sastrería al caso de la imposición del Novus Ordo de 1969, repetir aquella experiencia, aunque sea para desfacer un serio entuerto y cancelar, de una buena vez, la proscripción de hecho que pesa sobre la Santa Misa tradicional y, con ello, recuperar una inapreciable paz y armonía para una considerable porción de fieles —no decimos recuperarlos para la Iglesia, dentro de la cual ya están— es cuestión prudencial que, a Dios gracias, no nos toca juzgar a nosotros. Aunque sí comprenderla. Sobre todo, cuando de cuestiones litúrgicas se trata por que, como enseñara Pío XII: La Liturgia de la Iglesia no engendra la fe católica, sino más bien es una consecuencia de la misma, y los sagrados ritos del culto dimanan de la fe, como un fruto del árbol (Munificentissimus Deus, A.A.S. 1950,760); enseñanza reiterada en Mediator Dei, nº 32.
A ninguna persona de buen juicio se le ocultan las pesadas amenazas de cisma que se ciernen sobre la Sede Apostólica (y entiéndase bien que no nos estamos refiriendo de ningún modo a los miembros de cualquier jerarquía de la Fraternidad San Pío X), a propósito de esta controvertida cuestión; que ha estallado, inclusive, en insolentes reclamos provenientes de aquellos mismos que, por su legítima condición apostólica, su antigüedad en la fe y su privilegiada situación de primogénitos en el Bautismo, debían con mayor razón adherirse a sus promesas lustrales y comprometer su fidelidad sin obscuro cálculo ni penoso retorcimiento.
A esta altura, ya es indudable que el Papa confía más en la solidez de la fe y la paciencia de quienes esperamos resignada y sumisamente la liberalización de la Misa Tradicional —posición que incluye a quienes el cardenal Castrillón llama autores de actos cismáticos—, en quienes ve fortalecida, por lo menos, la virtud de la perseverancia, que en aquellos otros revoltosos que amenazan con mandarse mudar de la Iglesia no bien su presente capricho (sulfuroso capricho, diríamos) quede inconsiderado. La tribulación siempre ha sido un signo que Dios permite en sus elegidos.
No se trata de efugios atrayentes, pero falsos, destinados a allegarse fuerzas para superar esta frustración creada por una espera confusa y continuada, sino de comprender, como solamente algunos pueden hacerlo, la profunda lucha sobrenatural que el retorno glorioso de la Misa Tradicional significa, como adventicio anuncio del Otro Retorno, del cual nadie desespera, pese al clamor, todavía en expectativa, por la Segunda Venida.
Aunque siempre hemos estado ansiosos por ver recuperada la carta de ciudadanía plena de la Misa Tradicional, no perdamos de vista que estamos hablando ¡nada menos! que de una lucha que nuestros ojos no son capaces de percibir, con la misma transparencia con que la aprehende el sensus fidei del pueblo fiel. La liberalización de la Santa Misa Tradicional, siguiendo las enseñanzas transcriptas de Pio XII, es ni más ni menos que la confirmación de una fe jamás desmentida —si acaso, algo obscurecida— a la que el mundo odia, detesta y, por encima de todo, teme.
En este último tiempo —¿quién duda que lo es?— el mandato divino es resistir a todo trance la tribulación presente, por que el premio eterno es para quienes emerjan de ella incorruptos y con la fe intacta; y no para aquellos otros que, guiados por buenas razones y aún prendados por generosas intenciones, resolvieron abandonar el Arca y entregarse a la aguas procelosas y contaminantes de este diluvio de amargura, hiel y pecado que es el mundo —moderno.
Si el Pastor, forzado a buscar ovejas extraviadas, debe alejarse un rato de las 99 ovejas fieles, lejos está de merecer una crítica por un hecho que Jesuscristo mismo alaba.