viernes, 9 de mayo de 2008

Conjetura sobre San Martín

De la pluma de un amable y estudioso lector y a modo de comentario a nuestra anterior entrada ¡Que nos lo llevan!, nos ha llegado este escrito que, por su interés y enjundia, merece un lugar principal que, gustosísimos, le damos. No sin declarar antes que, en lo substancial, estamos en completo acuerdo.

Yo tengo una conjetura esbozada - casi un "borrador" y que el amigo "Cruz y Fierro" conoce parcialmente - que la copio por lo que pueda servir para el debate

Fernando Romero Moreno

a)El caso de San Martín es un caso polémico en ambientes tradicionalis-tas y católicos. Es innegable que al pedir la baja del Ejército español en 1811 – cuando toda España estaba ocupada ya por Napoleón – y decidir su vuelta a América, estaba influenciado por cierto liberalismo al estilo inglés, moderado y nada anticlerical. Su pertenencia a la Masonería no está probada y, lo que es más importante, toda su actuación pública revela un accionar contrario a los intereses de Inglaterra, de la Masonería y de los liberales criollos o peninsulares. Eso no implica que no pudiera pertenecer a cierta masonería irregular, lo que explicaría ciertas conductas, escritos y hechos de su vida. Cierto pensamiento ilustrado lo mantuvo a lo largo de su existencia (se nota en muy pocas cartas privadas, en la semblanza de algún contemporáneo y en las Máximas a su hija) pero el tono general de su vida privada y sobre todo su actuación como hombre público (como Jefe del Regimiento de Granaderos a Caballo, como Gobernador de Mendoza, como Jefe del Ejército de los Andes, como Protector del Perú, como enemigo del gobierno laicista de Rivadavia y como admirador de la dictadura tradicionalista y católica de Rosas) es la de un hombre profundamente respetuoso de la tradición católica americana y, a su manera, el de un católico más o menos práctico. Muy difícilmente un liberal hiciera rezar diariamente el Rosario en el Ejército como lo hacía San Martín, pedir más capellanes para sus oficiales y soldados, tener él un capellán y oratorio personal, honrar a la Virgen del Carmen como Patrona del Ejército de los Andes, declarar al catolicismo la religión oficial del Perú, fundar una Orden aristocrática (la Orden del Sol) bajo el patrocinio de Santa Rosa de Lima…y proyectar una gran monarquía católica americana e independiente, con un Príncipe Español a la cabeza y sin la Constitución de 1812, como le propuso al Virrey La Serna en la Hacienda de Punchauca (siendo obstaculizado en esto por el masón General Valdés, enviado por Fernando VII) o, fracasada la pro-puesta del príncipe español, enviar a buscar Príncipes europeos (ingleses, rusos, austríacos, etc) con la expresa condición de que fueran católicos y vinieran a garantizar la Independencia americana. Como afirma un historiador americano, la historia de la Independencia es la de la lucha de los Libertadores (San Martín, O´Higgins, Bolívar, Iturbide) contra los liberales. Los conflictos que pudo tener San Martín con ciertas autoridades eclesiásticas no fueron de índole religiosa, sino política (como en el Perú), y además fueron algo excepcional.

b)Los proyectos de San Martín se remontan al momento de su llegada al Río de la Plata (1812), cuando discute con Rivadavia - oponiéndose a la exigencia masónica de instalar repúblicas en América - , y se extienden a lo largo de toda su vida, siendo de especial importancia sus recomendaciones monárquicas al Congreso de Tucumán (1816) y las propuestas en el Perú (1821-22).

c) Que San Martín estuvo vinculado a los ingleses no ofrece mayor dificultad: toda la España que combatía a Napoléon lo estaba. Que tenía algunas influencias liberales en su pensamiento ( como se desprende de los recuerdos de Mrs. Graham, de alguna carta a Guido, de las Máximas a su hija o de las referencias al estilo de la leyenda negra) tampoco, pues poco influyeron en su vida política y no fue-ron permanentes en su intimidad. En su vida pública San Martín obró habitualmente - con alguna excepción - en sentido católico, monárquico y si no tradicionalista, al menos conservador. Escribió además en contra de las teorías liberales, socialistas y comunistas y en favor de la religión y la tradición. Lo de la masonería regular no está probado y si estuvo ligado a una suerte de masonería irregular, lo importante es que obró en sentido contrario y le costó el exilio y casi la vida. Que por otro lado no obedeció a los intereses ingleses se desprende de su lucha constante por la Independiencia, hecho que Gran Bretaña no apoyaba desde 1808. Esto es importante aclararlo, pues aún hoy se sigue insistiendo en que Inglaterra fomentó la Independencia americana: eso fue así hasta la invasión napoléonica a la Península, luego actuó como intermediaria, procurando que los gobiernos americanos garantizaran la libertad de comercio y la libertad de cultos, pero procurando un entendimiento con Fernando VII. En el Río de la Plata esto es conocido, sobre todo siguiendo la actuación de Lord Strangford. Y en lo que a San Martín se refiere, el Libertador - que había dicho en 1816 que nada se podía esperar de los ingleses - se propuso precisamente lo que Inglaterra no quería: la Independencia de Sud América, tratados comerciales favorables a España y la construcción de una gran monarquía que uniera Chile, Perú y el Río de la Plata bajo la Corona de un Príncipe Español.

d) Este ofrecimiento de Punchauca y Miraflores parece sincero porque a pesar de la carta a Miller, lo dicho allí se contradice con la que le escribió a Riva Agüero, y además están los testimonios contrarios de Guido, Abreu, García del Río, más la última carta del propio San Martín a La Serna, poco antes de Guayaquil. Y las tratativas que hizo a través de su hermano Justo Rufino, que trabajaba en la Secretaría de Guerra en España. Mitre, que tuvo toda la documentación sobre el Libertador en sus manos, la da por cierta, criticándolo porque de este modo se perdía el apoyo de EE.UU, nos ligábamos a la política "reaccionaria" de la Santa Alianza y se abandonaba el camino "republicano" de la Independencia (república que en realidad nunca estuvo en la cabeza de los protagonistas de la Independencia - salvo la minoría liberal -, como puede advertirse conociendo la discusión al respecto del Congreso de Tucumán)

e)El conflicto con la masonería peruana y rioplatense se deduce leyendo las Memorias de Iriarte. Y probablemente sea cierta la interpretación de que eso ex-lique el "secreto" de Guayaquil, como sugiere Steffens Soler.

f)La postura contraria de algunos "tradicionalistas" se refuta diciendo que de obrar en sentido contrario, San Martín hubiera tenido que seguir peleando en una España que en 1812 casi no existía (¡y al mando de Beresford, el jefe de las tor-pas británicas que invadieron Bs. As en 1806!) o luego ser cómplice de los militares iluministas que nos mandó Fernando VII (Morillo y más precisamente Valdés, el General masón, Venerable de la Logia en Perú y que fue quien se opuso al ofrecimiento de Punchauca). O aceptar la unión con España de un modo contrario a la Tradición: aceptando la Constitución de 1812 (como pedía el Rey en 1821, luego de la Revolución de Riego) y bajo un régimen centralizado, contrario a la autonomía que América tenía desde tiempos de Carlos V. ¿Quién era pues más tradicionalista? Lo de Punchauca es similar al Plan de Iguala de Iturbide, y de allí que fuera alabado por algunos monárquicos europeos de la Santa Alianza.

g) El hilo conductor parece ser este: San Martín comenzó a pelear por la independencia de América cuando la Península estaba ya totalmente ocupada por Napoléon y luego contra la testarudez de Fernando VII, a pesar de los ofrecimientos de paz del gobierno rioplatense (en 1814) o del propio San Martín en el Perú. Con España o sin España, San Martín propuso la unión de Perú, Chile y el Río de la Plata bajo una monarquía católica. Fueron los masones Valdés y Rivadavia quienes combatieron este proyecto hasta lograr vencer a San Martín, quien sin embargo de apo-yar al Partido Federal y sobre todo al Restaurador, que defendían los intereses americanos y la Tradición hispano- católica en el Río de la Plata.

h)Todo esto está muy bien documentado en los libros de Ibarguren, Díaz Araujo y Steffens Soler. Hay que leerlos detenidamente y que el árbol (cierto liberalismo marginal de San Martín) no tape el bosque (el proyecto de monarquía católica con príncipe español a la cabeza y luego el apoyo a Rosas).

J)No se comprende esto, por otro lado, sin conocer el contexto en que se dio el proceso emancipador: el progresivo incumplimiento de los Borbones respecto al pacto explícito de Carlos V con los Reinos de Indias (1519) - Tratado de Permuta de 1750, expulsión de los Jesuitas, Conferencia de Bayona, alianza del Virrey Elío con los portugueses, represión violenta de Fernando VII a las Juntas americanas - que condujeron a los pueblos del Nuevo Mundo de un planteo inicialmente autono-mista a uno más decididamente emancipador. Los argumentos jurídicos esgrimidos en el Manifiesto del Congreso de Tucumán son claros en ese sentido. Lo mismo fue expuesto por Mariano Moreno en su polémica con el Marqués de Casa Irujo, por Fray Francisco de Paula Castañeda (quien dijo que debíamos emanciparnos con el honor propio de quienes habíamos sido hijos y súbditos de la Corona, porque entre otras cosas, "por Castilla somos gente"), por Don Juan Manuel de Rosas en su discurso de 1835 y por las cartas al propio Rosas de Tomás Manuel de Anchorena - partícipe de los hechos de Mayo de 1810 y congresal en Tucumán -. Que en la Independencia actuaron también liberales y masones es algo similar a lo que ocurrió en España en la Guerra contra Napoléon. Pero el primer grito de autonomía se dio en el Río de la Plata bajo el lema "por Dios, por la Patria y el Rey". La Guerra de la Independencia no fue una guerra ideológica (hubo tradicionalistas y liberales en ambos bandos),ni étnica (hubo criollos y peninsulares en un lado y en el otro) ni religiosa (masones y católicos actuaron por igual a favor o en contra de la emancipación americana). Fue una guerra separatista, fundada no en los principios abstractos del nacionalismo moderno (principio de las nacionalidades, autodeterminación de los pueblos) sino en aquellos derechos concretos reconocidos en el Fuero Juzgo, las Leyes de Partidas y sobre todo las Leyes de Indias, que garantizaban para nuestro caso que América era intangible, inalienable y autónoma

Fernando Romero Moreno


jueves, 8 de mayo de 2008

Nuestra Señora de Luján

No nos hemos olvidado de Tí, Madre y Señora Nuestra. El rigor de humana natura nos persigue y nos quasi amordaza y al Padre San Benito rogamos por auxilio —como patentemente dejamos asentado en nuestro margen con la exposición de su infalible exorcismo.

Así que, un día déstos, con el inapreciable auxilio del Compadre, daremosTe las honras del caso.


viernes, 2 de mayo de 2008

¡Que nos lo llevan!

El angustiado grito galvanizó los corazones y unificó las voluntades del pueblo de Madrid; en especial la de aquellos más humildes y olvidados, como el pueblo llano y la nobleza vieja, paulatinamente desplazada por la nobleza de toga y de favor que iban creando estos extraños reyes extranjeros. Los franceses se llevaban a la jaula de oro de Valençay al último Infante de España que quedaba en la villa y Corte; y eso, ya no se podía permitir. De manera espontánea, el pueblo asaltó a cuanto francés se interpuso en su camino, no olvidando tampoco a los afrancesados, individuos de esa nueva aristocracia borbónica los más, que veían con buenos ojos la invasión francesa a España. Ellos, los afrancesados, pensaban que esta invasión podría concluir esa especie de revolución francesa sin jacobinos, y manteniendo la cabeza de los reyes en su sitio. Pues que la lección de los primos borbones de Francia no querían repetirla los borbones españoles en ellos mismos; de modo que, en todo cuanto les fue posible permitieron —¿o sería más justo decir: fomentaron?— la revolución “francesa” en su propio país, a condición que se respetasen sus vidas, sus haciendas y se hiciera poca bulla. El pueblo llano y la nobleza tradicional nunca llegaron a comprender, por lo menos a tiempo, ese extraño patriotismo de esa escandalosa familia instalada en la Corona de España desde 1714 y, acostumbrados como estaban a una familiaridad tradicional con sus monarcas, juzgaron era llegado el momento de dar la vida por ellos con la misma sencillez con que se da por un padre en peligro.

El castillo de Valençay
en imagen fotográfica hecha por Hipólito Bayard
a los pocos años de la Guerra de Independencia española

Por de pronto, ignoraban que el hijo de Carlos IV, don Francisco de Paula Borbón, ese último Infante que quedaba en Madrid aquel 2 de mayo de 1808, tomaba filosóficamente sus prisiones que, al socaire de un Tratado firmado en 1807, debía “interpretarse” de la misma manera como ahora se juzga la “protección” que ofrece la mafia a cambio de suspender una extorsión. El Tratado de Fontainebleau, una supuesta excusa para pasar por España y atacar a Portugal, aliada de Inglaterra, había dado a Francia en los hechos, el control militar de la capital y de las principales rutas españolas y favorecido la instalación local de un poderoso ejército al mando del general Joaquín Murat, un aguerrido y valiente botarate que causaría a Madrid, a España, a Europa y al propio Emperador —su cuñado— muchos de los momentos más amargos y crueles de su existencia contemporánea; y que terminaría su vida frente a un justiciero pelotón de fusilamiento en 1815.

Mientras la sangre corría por las calles de Madrid, la ópera bufa de la familia real —como con innegable gracejo nacional llamaría más tarde un historiador a estos episodios— seguía su curso en el lujoso castillo de Valençay. Carlos IV y su mujer, soñando con sustanciosas recompensas y sórdidas presencias, abanonaban en las manos del Corso una herencia sagrada que no les era permitido poner en manos de extraños; y a su propia desventura, a un pueblo que no merecían y cuyos arrestos harían sonreir al Cid desde los luceros. ¡Ay Dios bendito: qué buenos vasallos si hubiese buen señor!

Creyendo, pues, que los españoles serían gráciles y asustadizas empanadas “que se comen con solo abrir la boca” —según la genial y breve descripción que de sus compatriotas hiciera más tarde don José de San Martín— Murat ordena el mismo día 2 de mayo y el siguiente un crudelísimo escarmiento, consistente en la ejecución, por cualquier medio disponible e imaginable, de varios centenares de madrileños y cuyo número exacto hoy mismo no es posible precisar, pero que acaso superaría los dos millares.

La reacción nacional fué instantánea y fulminante

Señores Justicias de los pueblos a quienes se presentase este oficio, de mí el Alcalde de la villa de Móstoles:

Es notorio que los Franceses apostados en las cercanías de Madrid y dentro de la Corte, han tomado la defensa, sobre este pueblo capital y las tropas españolas; por manera que en Madrid está corriendo a esta hora mucha sangre; como Españoles es necesario que muramos por el Rey y por la Patria, armándonos contra unos pérfidos que so color de amistad y alianza nos quieren imponer un pesado yugo, Después de haberse apoderado de la Augusta persona del Rey; procedamos pues, a tomar las activas providencias para escarmentar tanta perfidia, acudiendo al socorro de Madrid y demás pueblos y alentándonos, pues no hay fuerzas que prevalezcan contra quien es leal y valiente, como los Españoles lo son.

Dios guarde a Ustedes muchos años.
Móstoles dos de Mayo de mil ochocientos y ocho.

Andrés Torrejón, Simón Hernández


y el incendio se propagó por toda España con una velocidad y precisión que, aún hoy, hace meditar a los propulsores de las comunicaciones electrónicas. Gran parte de este alzamiento patriótico débese el espíritu local y foral que todavía animaba a los españoles, aún nada aturdidos por las modernas lisonjas del “bienestar” a cualquier precio, ni empachados de asistencialimos y otras tiranías viles, que un carácter todavía viril no estaba dispuesto a soportar.

¡Viva el Rey católico, mueran los malos gobiernos! se oía por todas partes —probándose hasta la saciedad, como solo pudo ocurrir en España, que ese pueblo era dueño indiscutible de una madurez política pocas veces vista en un Occidente ya casi completamente apóstata y creciemente —¡ironías de la revolución!— democrático.

Pocas semanas después, los invencibles ejércitos imperiales morderán el polvo de su primera y más feroz derrota en el paso de Baylén, obligando al Emperador a abandonar todos sus proyectos concebidos para su nueva Europa, y marchar a toda prisa para atender esa Península díscola, valiente e invencible. Pero ya no había remedio y el principio del fin estaba asomando; y el Emperador, acaso el hombre más talentoso que hayan dado estos siglos, lo comprendió enseguida y perfectamente. Y acaso, también, olfateó la repugnancia que hedía desde Valençay, por la cual tantos españoles daban alegremente sus vidas y —nobleza obliga el decirlo— con innegable grandeza de alma no quiso nunca utilizarla para desmoralizar a los sublevados, echándosela a la cara. Como fuese, lo cierto es que Napoleón no intentó vencer la resistencia anti-francesa denigrando los símbolos que mantenían unidos a los españoles, contentándose con poner a su hermano en el trono.

Mas la suerte echada estaba; y estos hechos fueron el detonante de la Guerra de la Independencia. De ambas guerras de la Independencia, la española y la americana.

Napoleón, que contaba con importar a España la Revolución de que era portaestandarte, con el auxilio de la propia casa real, vio su (doble) fracaso y separó a los Borbones de España, en un último, inútil y desesperado intento por apaciguar los ánimos y evitar esa guerra a dos puntas que terminaría con su amada y hasta ese momento ascendente estrella.

Lo demás es historia archisabida y casi nada comprendida; pues lo que recordamos hoy es una gesta patriótica esencial, no sola ni principalmente un hecho histórico aislado o acreedor a una aburrida evocación escolar o militar de circunstancias. Una gesta de la misma natura que aquella que, poco después, emprenderían los reinos americanos empeñados en buscar la restauración de Fernando el deseado, contra los ejércitos invasores de la Pepa (la constitución afrancesada y liberal de 1812), que suprimía los derechos del rey de Castilla a estos reinos.

Sin embargo, un oportunista borbonismo, excesivamente comprometido con la Revolución o con su propia supervivencia, se ensañaría más tarde con esos mismos reinos de ultramar y se dedicaría a desnaturalizar la gesta americana —tanto o más monárquica que la madrileña— intentando, por cualquier medio, demostrar que la Independencia transatlántica era consencuencia de un tan imposible como insostenible iluminismo americano y no lo que realmente fue: un rechazo del propio Fernando VII —el más repelente de los hombres públicos de su tiempo— a su misión real, y consecuencia inmediata y exacta de al orfandad a que este episodio redujo a su súbditos americanos.

Estas Américas, que un año y dos años antes habían probado su enconada fidelidad al rey batiendo en el campo de batalla a los contingentes ingleses invasores, esos mismos ingleses que los bonapartistas decían querer abatir, a su vez, en Portugal, no deseaban ni buscaban su indendencia del REY, sino de la España liberal y afrancesada, a la que igual amaban.

Por lo que, se ve, lo real es que los tiros y navajazos del 2 de mayo de 1808, sonaron desde Madrid en ambas márgenes del Atlántico mar.

Hay poco o nada escrito sobre todo esto, aunque haya demasiado papel impreso sobre las Guerras de Independencia en ambas márgenes del Imperio Español. El posterior y paralelo camino que seguirían las guerras civiles americanas y españolas y que arrancan de la introducción en la política de los gérmenes revolucionarios por parte de la propia Familia Real española, aún con su más y sus menos de detalles suplementarios y meramente anecdóticos —Constitución liberal de Cádiz de 1812, unitarios y federales en la Argentina, apostólicos y liberales y México, isabelinos y carlistas en España, conatos monárquicos en América— no hará más que remarcar la semejanza y señalar un destino común quebrantado y pisoteado por sus propios custodios, aunque las neblinas de la distancia y el tiempo y los afanosos intereses de los facciosos busquen desautorizar hecho tan principal y esclarecedor; y con ello, aléjese su posible comprensión histórica definitiva, necesariamente unitaria.

martes, 29 de abril de 2008

Octavio Sequeiros

El 27 de abril murió, en La Plata, nuestro amigo Octavio A. Sequeiros, el querido “Pato” como le dijimos siempre sin acordarnos, casi, de su nombre oficial. Este intelectual, de los más relevantes de nuestra generación, no se afilió nunca al “partido intelectual”. No necesitaba la “pose”. Su sabiduría y su erudición fluían naturalmente, en cualquier lugar y en cualquier momento.

Era por completo desacartonado. Por regla general, andaba vestido por el enemigo (no creo que jamás ocupara su tiempo en fijarse si el saco combinaba con el pantalón). Se lo solía encontrar, sentado entre los últimos, escuchando a un conferenciante la más de las veces menor que él en cuanto a sabiduría y ciencia. Sin conocerlo previamente era difícil adivinar en su pequeña figura al formidable helenista, al latinista eximio, al filósofo eminente, al fiscal corajudo (bien lo saben los de “Quebracho”). Fue un intelectual profunda y apasionadamente católico, sin la menor cara de devoto porque tampoco, al decir Péguy, perteneció al “partido devoto”. Fue también un intelectual comprometido con el acontecer diario de su Patria a la que amó y sirvió sin concesiones. En su memoria vale recordar, aunque muchos lo conozcan, aquello de “Amar la Patria es el amor primero/ y es el postrer amor después de Dios/ y si es crucificado y verdadero/ ya son uno los dos, ya no son dos”.

Chispeante y mordaz, lo mismo hablando que escribiendo, era dueño de un sentido del humor que ayudaba a levantar nuestros ánimos alicaídos por los avatares de la Iglesia y de la Patria. En la generación de nuestros mayores, dentro del nacionalismo católico, no era extraño hallar maestros dotados del sentido del humor. Después de todo, aquella generación estuvo “marcada” por Chesterton. Pero en la nuestra el humor no abunda y el Pato era de los muy pocos capaces de romper la densidad de las tragedias. No las negaba, las mostraba de una manera tan singular que aliviaba el alma.

Fue un verdadero maestro. Hace poco leía una página escrita por uno de los tantos jóvenes formados por él; no resultaba difícil advertir en ella -lejos de cualquier imitación servil- la chispa y la pasión que el maestro supo encender en el alma del discípulo.
Supo, también, elegir mujer capaz de compartir la Fe, el mundo de las ideas y el amor de las cosas esenciales. Supo entregar hijos a la Iglesia.

Lamento que el vivir en ciudades distintas me haya impedido tratarlo con más frecuencia. Pero eso ya no tiene relevancia alguna. Ahora, junto al Padre, en oración chispeante y jocosa, intercede por nosotros.

María Lilia Genta*

(*) P.S. Publicamos esta nota sin el permiso expreso de su autora; y porque presumimos que su bondadoso carácter no nos lo impediría de haberlo sabido, lo hemos tomado como un permiso tácito.

domingo, 20 de abril de 2008

Aviso importante — Imprenta casera

A partir de hoy, ponemos en marcha la página web destinada a contener principalmente archivos de texto imprimibles, y otros más que iremos subiendo a medida que podamos hacerlo y se nos ocurra, como subsidio a nuestros lectores que nos han pedido poder disponer de algunos textos difíciles de hallar.

La novedad estriba en la posibilidad de imprimir cuadernillos encuadernables en forma de libro plegado y formato de hoja A4 apaisada, conteniendo cuatro páginas por cada hoja. Los cuadernillos variarán su extensión —16 ó 32 páginas; es decir 4 ú 8 hojas, respectivamente— según lo creamos más fácil para imprimir y encuadernar. Las hojas, como es natural, deben imprimirse en ambas caras.

Esperamos aquí sus comentarios sobre este nuevo servicio; que como queda dicho, Dios mediante, se irá ampliando con el tiempo.


jueves, 17 de abril de 2008

Buenos Aires en tinieblas

Una persistente y espectral “presencia” se ha instalado en la ya de por sí azotada ciudad capital de la Nación Argentina, castigando sin piedad conjuntivas y gargantas a la par que esperanzas y hasta algunas justas ilusiones, levantando a su insensato y errático paso las más encendidas pasiones y las menos gratas opiniones.

El funambulesco —en el más exacto sentido de la palabra— fenómeno se ha aposentado inclusive de la Plaza Mayor de la ciudad, testigo de las grandes hazañas de la Patria y ha enseñoreado su obscuridad, su dolor y su ominosa, contradictoria y maligna pesadez sobre los sufridos porteños; que ya ni respirar en paz pueden.

El tránsito de vehículos en las rutas rurales ha sido interrumpido por su causa, como una protesta contra la negra y viscosa disipación de su ser opaco y negativo, que impide todo tráfico, especialmente ascendente.

Las causas no son claras: mientras unos sospechosamente eficaces oficiales del gobierno descargan su propia responsabilidad, afirmando no haberlo sido la quema clandestina de residuos tóxicos en los basureros estatales —cuya existencia misma niegan—, el inconfundible tufo sulfuroso que acompaña la invasión parecería desmentir tan desvergonzadas como apresuradas excusas. Se acude, por otra parte, a culpar a los hombres de campo, los que serían responsables de una quema indiscriminada de pastizales para liberar sus tierras de una especial y mortífera cizaña que, con sinigual persistencia, los acosa por estos tiempos. Ninguna de las dos versiones ha encontrado confirmación plena o expresa ni ha sido demostradamente desmentida, lo que ayuda a aumentar las tinieblas y la confusión.

Lo verdadero es que, contra la mayor parte de las obras malignas de los hombres, existen algunos —pocos y tardíos— remedios; pero contra los males de la naturaleza caída, sólo puede acudirse a Dios Nuestro Señor en busca de auxilio y socorro.

Que Él, en su infinita Providencia, se acuerde de esta pobre y maltratada ciudad de Buenos Aires, que en tiempos mejores llevó Su Santo y Trinitario Nombre y el su Bienaventurada Madre, y que, siendo Padre solícito y magnífico que jamás Se dejaría ganar en magnanimidad, envíe los auxilios que tan necesarios son; no los que merecemos, pues nadie tiene mérito alguno delante de Él. Simple y milagrosamente, los que necesitamos.

Y que un fresco ventarrón pampero arroje al mar tan maligna y nociva inmundicia.

jueves, 27 de marzo de 2008

Odium plebis

En un sinigual alarde de torpeza política, la camarada presidente de la Argentina, comandanta Cristina K., rabiosa por el desprecio con que la población la mira y juzga su gobierno (o su desgobierno, para ser precisos), ha declarado que la insurrección piquetera de los productores agropecuarios es mala y golpista (vacuo adjetivo útil para un barrido o un fregado), en tanto que la de los afiliados a los sistemas públicos de haraganería y envilecimiento nacional, serían buenos y deseables. Consecuentemente, ha ordenado sin mucho éxito (¡gracias a Dios!) reprimir por las armas y la violencia a los primeros, mientras los segundos campean a sus anchas por doquier sin molestia alguna, entorpeciendo las labores de los mismos de cuyas faltriqueras se nutren los Planes Trabajar, “Jefes y jefas de hogar” y las demás formas de asistencialismo electorista en uso.

En las últimas horas del día de la Anunciación y al cabo del acto en la ciudad de Buenos Aires en el cual se rezaba el Santo Rosario (con especial y notoria ausencia de su escurridizo arzobispo) por la Vida y la Familia, aunque sin ninguna vinculación entre sí, un inusitado cacerolazo aturdió la casi nunca apacible tarde porteña, en solidaridad con los productores agredidos por la política gubernamental y los demás sectores productivos exaccionados y perseguidos por la partidocracia.

Parapolicial D'Elia festejando pintarrejada
de la Pirámide de Mayo

Al día siguiente del acto oficial del gobierno usurpador cuyo fin era seguir alimentando los odios ancestrales (de hecho, se “festejaban” los ¡32 años! del torpe pronunciamiento militar de 1976), una marea verdaderamente popular impungó con sus ruidosos bochinches una típica política progresista: aborto, impuestos recesivos, odio irracional al tabaco y a las armas (en poder de los civiles indefensos, es claro, no de los delincuentes), acercamiento paulatino pero firme a los drogadictos y a la drogadicción y a todas las formas imaginables e inimaginables de homosexualidad; uncido, todo ello y como se ha dicho, a una persecución fiscal implacable, paralizante, trágica, destructiva y fementidamente redistribucionista, pero que de hecho surte de los recursos indispensables para fomentar la desintegración nacional y abonar puntualmente los caldos gordos inventados por el régimen.

Ante las macaneadoras declaraciones de ser la encarnación de la mitológica (y proteica; sí, proteica) voluntad popular, un gobierno resistido, impopular y claramente contrario al interés común, trata de amañarse para atacar lo que seguramente es, con probabilidad cierta, el último bastión productivo netamente nacional y localista como ha sido siempre la actividad agropecuaria, y que por su propia natura y dinámica no casa bien con ninguna extranjería; y que, inclusive, absorve importante mano de obra propia y de países limítrofes, empobrecidos por sus gobiernos zurdocráticos o liberales. Y que por todas estas causas, concita un odio invencible de las izquierdas. Ya no es posible invocar, tampoco, —las cifras de unidades económicas en produccción, algo más de medio millón de propietarios agricultores, en cuyo contorno vive y se nutre un grupo humano de varios millones de personas, vinculadas directa o indirectamente al campo— el antiguo slogan maniqueo de una lucha contra un hipotéticamente maligno “latifundismo opresor”, pues los únicos latifundios substentes en la Argentina al día de hoy, están casi todos en manos de empresas o personalidades extranjeras, íntimamente vinculadas al régimen o al partido gobernante, o directamente son propiedad de sindicalistas, ministros y ex ministros y demás gentuza del régimen. No queda, pues, otro remedio que echar mano de la más pueril difamación, o seguir apoyándose en el ya totalmente debilitado argumento de una dudosa defensa de la voluntad popular; pues es claro que los intereses populares, según es de toda evidencia, ya no militan en la facción oficial. Sendos recursos han sido puestos en la liza sin ningún éxito.

En términos vulgares: se ha intentado dividir la población para seguir reinando, pretendiendo forjarse un artificial antagonismo social y político que, en la puridad de los hechos, tiene por únicos protagonistas reales al grupúsculo gobernante, por una parte, y a todo el pueblo por la otra. Pero es necesario hacer una aclaración distintiva: En la Agentina hay 40.000.000 de habitantes; unos 15.000.000 viven de su trabajo o de sus recursos propios —incluyendo menores, discapacitados y jubilados— y el resto, o está desocupado o bien, vive a costillas de los demás y depende de las graciosas inyecciones monetarias estatales, enderezadas exclusivamente a obtener réditos electorales. Los empleados públicos, por su lado, conforman una masa políticamente voluble y escasamente influyente y poco o nada productiva en su gran mayoría.

El caso es que un pueblo altamente individualista no era el mejor medio para una protesta exitosa; pero por dos veces en 7 años, los argentinos han sentido unánimente la vibración de un pasado heroico que los arroja a la necesidad de repulsar a voz en cuello, los gobiernos impuestos desde la facticidad de dos derrotas militares graves —que no por poco o nada estudiadas han dejado de ser determinantes en la vitalidad política de este país— como fueron la guerra contra la subversión marxista y la Guerra de Malvinas. No es del caso estudiar aquí cómo ha sido que estos hechos han tenido lugar o gravitado negativamente en la política argentina, pero sí hace a la cuestión mencionarlo, pues es una de las causas motivas del odio general contra los gobiernos de partido y, acaso, la más profundamente arraigada en el inconsciente nacional y en la emotividad popular.

Para denigrar al presente como el anterior pronunciamientos populares, se acude con asombrosa simplicidad a una dialéctica poco elegante y muy comprometedora: Las tesis oficialista es que los protestantes estarían defendiendo intereses sectoriales, otra palabreja que se las trae y, se piensa, conllevaría la pena de la infamia por contradistinción con el supuesto bien común que ellos gestionarían; al menos, es así en la mollera de quienes esto profieren sin demasiado apego a la realidad y que, piensan, desnudaría esa condición de partes meramente interesadas de los protestones y siempre, pero siempre, hincados por motivos económicos. En realidad, no es así y el gobierno protomarxista lo sabe demasiado bien, por que los intereses que a ellos les guían sí que son inconfesables y, a cada discurso, a cada respuesta, se cae la careta pseudo democrática y se asoma la fea garra del resentimiento y la venganza ideológica. El ataque se dirige no ya ni exclusivamente contra el campo, grupo humano que sostiene hace años la descarriada economía nacional, sino contra todo aquel que obtenga alguna renta de sus legítimos quehaceres. Como se sabe, el ladrón a todos cree de su condición.

Algunos obispos, también progresistas, queriendo arrogarse la representación de la iglesia autocéfala argentina que tanto quisieran integrar, llaman a las partes a un hipotéticamente fecundo diálogo; mas no para encauzar la virtud de la Justicia u obtenerse por ese medio la necesaria concordia nacional, no. Simplemente, ¡para afianzar la democracia! Estos paganos profetas de un régimen partidocrático ni siquiera tienen la precaución de invocar la autoridad de Dios, que alcanzará de seguro a tirios y troyanos, pero no hesitan en zambullirse de lleno en la defensa de un régimen oprobioso y adversario a Cristo, que se pavonea de haber expulsado a un obispo por su defensa de la vida humana —único eclesiástico de cierta jerarquía que concurrió al Rosario por la Vida del martes pasado—, fomenta abiertamente el aborto, los vicios homosexuales, la pederastia y el consumo orgiástico de drogas; es decir, todas las depravaciones morales conocidas en este asqueroso mundo moderno y cuya práctica lleva de cabeza al infierno, como recuerda San Pablo (I Cor, 9,10).

La Gendarmería Nacional con armas de fuego, cascos y escudos
contra tractores y camionetas

Desde luego, el gobiernillo resentido y cacareador, nunca ha mencionado de qué medidas se servirá para procurar esa más amplia base de redistribución de la riqueza que tanta preocupación dice procurarle, ni qué actitudes habría de tomar contra los verdaderos predadores de la otrora abundante riqueza nacional y cuyos réditos, a diferencia de los del campo que se generan, se mantienen y se consumen en el país, no solamente son parasitarios desde su causa misma, sino que migran rápidamente hacia las ávidas manos de sus propietarios que no viven en la Argentina: la banca, los prestadores de servicios multinacionales, la prensa multinacional, la industria automotriz, la minería, la metalurgia pesada ... ¡los frigoríficos ...!; en fin, todos aquellos aliados estipendiarios del gobierno progre.

Pero la realidad es otra, y queda al descubierto que la finalidad de tanta soberbia y de tanta medida desastrosa es otra muy distinta a cualquier tipo de redistribución de la riqueza que, desde luego, no es competencia de ningún gobierno forzarla ni realizarla, sino tan solo encaminarla —como enseñan León XIII y Pío XI en sus encíclicas sobre las cosas nuevas del último siglo y medio—, sino la liquidación de las aún sólidas clases sociales mayoritarias, que son la media y la media alta.

Nos expugnan la memoria las palabras proféticas de José Antonio:

“El comunismo es una substancia inasimilable (para Occidente...) El burgués no es un cobarde, y a la fecha está más dispuesto a la violencia que los obreros (...) Si el bolchevismo triunfó en Rusia fue porque no había burgueses”

El régimen protomarxista, legítimo heredero del antiguo sistema “falaz y descreído”, ha dado sus últimos gritos de protesta antes de ceder a un diálogo al que se había cerrado con tenacidad de ganador, y del cual, de todos modos, poco o nada debería esperarse, por que la lista de lo que está en juego no son cosas conversables entre adversarios, y por que son muchísimas más que la mera discrepancia tributaria, estadio final y nunca inicial de toda insatisfacción política, como lo prueba la historia occidental. Lo cierto es que ha quedado demostrado que las notables jornadas de diciembre de 2001 quedaron inconclusas y, ellas sí, totalmente insatisfechas, y que los partidos políticos no supieron, no quisieron o no advirtieron que su tiempo había perimido y que aquello que todavía les sostenía no era su propia caduca legitimidad, sino la inercia propia de una nación sin estructuras sociales vivas o fuertes ni una aristocracia tradicional que tirase para adelante por sí misma.

Por todo lo cual, y pase lo que pasare, queda ahora abierto un interrogante que solamente el tiempo y la intervención de la Divina Providencia podrá despejar y que es éste: ¿A dónde iremos? No se desplaza, reza el dicho, lo que no se reemplaza; y en la Argentina presente no hay, por lo menos a la vista, reemplazo alguno para estos buitres, carroñeros de la política, que son los partidos políticos, los “movimientos” propartidarios y todas las restantes y deleznables excrecencias de un régimen que, incluso muerto como está hace tiempo, atufa como el peor y vive del mal olor. Aunque tal vez, sólo tal vez, esta aparente falta de una jefatura nacional natural y que se deja sentir tambien en el orden religioso, pueda ser interpretada como una especial protección que la Providencia brinda a aquellos cuya exaltación nos será deparada en un futuro que deseamos próximo, como un gran bien.


miércoles, 26 de marzo de 2008

Malcontent

a tentación era demasiado fuerte y nuestra lucha, demasiado breve. Admirados y satisfechos con nuestra claudicación (¡es lo peor de estas tentaciones!) allí va, para hacer cómplices a nuestros lectores.

No sin antes referir y recomendar esta creación paralela del gran Cruz y Fierro denominada Máximas, sentencias y exabruptos de un malcontent. Que los desintoxicantes en grajeas son caros y, generalmente, hacen daño a la salú del cuerpo y del alma. Y este es gratis; o sea, grato.


viernes, 29 de febrero de 2008

Bautismos que matan

Bautismos peligrosos...

Por medio de un formal comunicado, la Congregación para la Doctrina de la Fe, con la firma del Prefecto cardenal Joseph Levada y la aprobación de S. S. el Papa Benedicto XVI, ha establecido que son inválidos los Bautismos impartidos sin apego a la fórmula sacramental preestablecida «Yo te bautizo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», esto es, en los casos que se emplearen pseudo formularios como —y es el caso del ejemplo citado por la Congregación— “yo te bautizo en el nombre del Creador, del Redentor y del Santificador”; o bien utilizando, como dicen los comerciantes: fórmula similar.

Este nuevo golpe a los innovadores va acompañado de una severa advertencia: Que en todos los casos en que se hayan impartido los pseudo sacramentos en la forma prohibida y nuevamente condenada, se deberá volver a realizar el Bautismo, por ser inválido absolutamente el primero. Esta noticia reconfirma la doctrina tradicional en materia sacramental, a saber: que los Sacramentos son válidamente impartidos cuando se realizan con la intención de la Iglesia, y que los sacerdotes, laicos o no bautizados que intenten cada uno según su potestad, impartir o confeccionar un Sacramento, son meros y accidentales ministros. Y que, salvando las diferencias esenciales existentes entre el sacerdocio ordenado y el que no lo es, la certeza de que el Sacramento ha sido confeccionado según la intención de la Iglesia es la observancia del Rito sagrado, predispuesto por la Sede Apostólica.

Bautismo de la Iglesia

Mucha atención, pues, con los bautismos impartidos por las sectas o algunas denominaciones protestantes o pseudo-cristianas, que no siempre ni en todo caso son válidos si no están hechos con la intención de la Iglesia, y que de consiguiente ponen en peligro la vida eterna de sus asociados. No se olvide jamás que el Bautismo nos borra el Pecado Original, nos incorpora a la Iglesia Católica, incoa en nosotros el don sobrenatural de la Fe —y por extensión los de la Caridad y la Esperanza— y nos hace hijos de Dios, herederos del Cielo y capaces de la salvación eterna.

Y recordar que estos principios valen para todos los demás Sacramentos.



jueves, 21 de febrero de 2008

Más detritos

El día de ayer, la Oficina de Prensa del Arzobispado de Buenos Aires, por medio y con la fima del señor Presbítero Gustavo Boquin, dio a publicidad el siguiente escueto comunicado:

«Le queremos aclarar que el día 29 de enero las Madres de Plaza de Mayo que ingresaron a la Catedral de Buenos Aires, permanecieron en el templo por seis horas y no realizaron ningún acto que amerite la calificación de profanación. Atentamente, Pbro. Gustavo L. Boquin»

El comunicado, parco hasta la sencilla y profana escasez, calla varias cuestiones que, así, quedarían admitidas como contrapartida de un silencio ahora del todo inexcusable; la primera cuestión es si el suscinto anuncio ha sido emitido por orden del señor Cardenal Arzobispo; y la segunda, muy particularmente interesante, si el hecho que muchos han calificado como profanación ha tenido lugar o no. Simplemente, dice lo que se lee: que los hechos y actos allí desarrollados por las intrusas no merece el calificativo de profanación.

Ya indicamos, dos entradas atrás que, como para la ley canónica dicha calificación corre por cuenta exclusiva de la autoridad local, aunque un acto sea por sí mismo aberrante, si el ordinario no lo reputa de esa forma, no se considerará delito de profanación.

Valga destacar, pues, que el comunicado no niega los hechos tan profusamente difundidos y cada vez más malolientes, limitándose a exponer la calificación que el hecho merece a su firmante; quien —reiteramos— no deja en claro bajo qué autoridad lo hace.


lunes, 18 de febrero de 2008

Lugones: † 18 de febrero 1938

Tú, destructora tierra; tú misma lo has matado.

¿POR QUÉ, SEÑOR?

Señor, si llenas cada hora
de fresca vida renovada;
si vistes de rosa la aurora
y de púrpura la granada;

y en estéril vida senil
dejas la savia que florezca;
que aliente el tigre en su cubil
y en su red la araña se mezca:

¿por qué no diste la ventura
a su pecho lleno de amor?
¿Por qué la divina escultura
tan presto se rompe, Señor?
¿Era ella menos tu criatura
que la más diminuta flor?



Profanación ... y más allá la inundación

Con santa paciencia e hirviendo de una indignación que el tiempo no aplaca, como inocentemente habíamos creído, hemos esperado casi un mes antes de abordar ningún comentario sobre el repugnante episodio que protagonizaran en la Iglesia Catedral de Buenos Aires una innoble hortera, cuyos desafueros son ordinariamente fomentados desde los altos despachos gubernamentales, y una jerarquía eclesiástica nada viril y aún menos católica.

Gracias a la lenidad de las leyes eclesiásticas promulgadas por S. S. Juan Pablo II, el delito de profanación, esto es, el voluntario escarnio o destrucción de las cosas sagradas o destinadas al culto divino, ha pasado de ser una falta objetiva tipificada en las leyes universales, a constituir una figura relativa y, por ello, casi inexistente, cuya tipología y caracterización queda por completo en manos del ordinario del lugar, como tantas otras cosas. En el lenguaje corriente rioplatense, que es castellano clásico, la palabra “ordinario” designa tanto aquello que ocurre según el decurso natural o habitual de los acontecimientos, como también a algo bastardo, basto, moralmente pobre o decididamente grosero. En ambos quehaceres, o mejor dicho, en ambas acepciones parece haber querido destacarse la autoridad eclesiástica local, que ha tomado un torpe episodio —consistente en que la desgraciada arriba dicha, ha dejado fluir sus excrecencias fisiológicas (subproducto delator de un supuesto “ayuno”) junto al Altar Mayor de la Catedral, en repudio a no sé qué inacción gubernativa en la cual la Iglesia no tenía ni tiene nada que ver— como algo corriente, ordinario, y ha resuelto asumir una correaltiva actitud ordinaria y cobardona, negándose tan siquiera a comentar el repugnante hecho y mucho menos, desde luego, a plantear una reinvidicación, no ya un acto de reparación.

No .... no está

En condiciones tales ha tenido lugar este hecho, que hace pensar a la feligresía en la execración permanente de la Iglesia mayor de la capital rioplatense por partida doble: por el asqueroso atentado —que por sí mismo ha suscitado, inclusive, la hidalga reacción de un rabino— como por la dolosa morosidad de las autoridades católicas locales, cuyo titular, un cardenal, ha optado por guardar un ominoso y complaciente silencio. Y más, ha hecho recordar a muchos, el abrigo paternal con que, en un reciente pasado, acogiera benévolo las inicuas y antipatrióticas pretensiones de las huestes que lidera la incontinente y mendaz matrona, de marcado y confeso carácter marxista, apartándose a este propósito de su regular, permanente, habitual y ordinaria actitud de guardar un tranquilo y reposado silencio frente a cuestiones gravísimas de su inmediata atingencia. Como las litúrgicas, doctrinarias y propias de su condición de Pastor.

¿Qué más deberá soportar la castigada arquidiócesis de Buenos Aires y, por reflejo necesario, toda la grey en la Argentina, víctimas predilectas de una turba de criminales sacrílegos, homosexuales, marxistas y masones, entregada por sus propios guardianes al escándalo de una escarnecedora persecución que la deshonra ante los ojos de Dios y de los hombres?

Cristo mismo, en Su día, fué entregado a los servidores del patíbulo pagano por la jerarquía religiosa de su tiempo, que había sido instituida por Dios mismo en la persona y linaje de Aarón para sacrificar y adorar. Parecería que la actual jerarquía que, merced a la institución del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y del Sacramento del Orden, tiene la misión de santificar —que incluye la de sacrificar y adorar—, proteger, vigilar, confirmar y regir al rebaño del Señor hasta su Vuelta, esta empeñada en repetir tan feroz hazaña.



lunes, 11 de febrero de 2008

Lourdes

Nuestra Señora en la Gruta de Massabielle

Hace 150 años la Santísima Virgen, aparecida misteriosamene a una niña francesa, confería la confirmación celestial al primer dogma de la Iglesia proclamado formalmente como tal por un Papa, Su Santidad el Beato Pío IX, por el cual se declaraba a la Madre de Dios concebida sin pecado original.

Ceremonia que se repetiría algo menos de 100 años después cuando, en formal y aún más solemne ocasión, Su Santidad Pío XII proclamara el dogma de la Asunción. Una potestad del soberano Pontífice empleada con toda la pompa únicamente en dos oportunidades en 2.000 años. Y las dos veces, para confirmar definitivamente las certezas de la Fe sobre la Madre de Dios. Era costumbre hasta entonces definir los dogmas en Concilios especiales, cuyas sentencias eran poseriormente corroboradas por el Sumo Pontífice; sin embargo y como decimos, en estas dos oportunidades, por primera y única vez en la historia de la Iglesia, un Papa anunciaba por sí mismo un nuevo dogma, empleando para ello las potestades magistrales extraordinarias que poco tiempo más adelante le reconocería el Concilio Vaticano I.

Bernadette Soubirous
en la época de las apariciones

Junto a esta confirmación, pues, en la cual a la vez se manifestaba especialmente la Suprema y maternal tutela sobre el Vicario de Cristo, la vidente, Santa Bernadette Soubirous, recibió tres enigmáticos mensajes con la instrucción singular de mantenerlos secretos; al menos, para el pueblo en general. De ellos, poco o nada sabemos.

Luego de una vida obscura y mortificada consagrada a la religión, la vidente entregaría su alma al Creador en plena juventud 20 años después; pero su cuerpo quedaría incorrupto en un estado tal que sorprende aún hoy a los más escépticos racionalistas y confunde a los ateos más recalcitrantes, cual lábaro incólume del poder infinito de Dios sobre la vida y la muerte.

La gratitud de los Papas no se hizo esperar; de modo que Su Santidad Benedicto XVI ha dispuesto que hoy, se pueda ganar una indulgencia plenaria en cualquier Iglesia de la tierra donde se venere permanentemente, o se exponga de intento a la veneración, una imagen de la Virgen de Lourdes, realizando las obras prescriptas para lucrar cualquier indulgencia plenaria a saber: Confesión dentro de los 8 días anteriores o posteriores, Comunión Sacramental, rezar por las intenciones del Papa por los menos un Padrenuestro, un Ave María y un Credo y además, cualquier acto de consagración a la Madre de Dios; finalmente, tener un ánimo real de desapego, aunque sea general, a todo pecado. La indulgencia puede aplicarse a un alma del Purgatorio o al propio penitente, quien al ganarla logra la remisión de todas las penas temporales merecidas hasta ese momento.

Y por fin, para aquellos que se hallaran realmente impedidos de marchar hasta una Iglesia, la indulgencia podrá lucrarse desde donde estén, a cuyo fin les ponemos a su disposición una imágen de la Virgen de Lourdes en la Gruta de las apariciones

Pues en este lugar se la venera.



miércoles, 6 de febrero de 2008

Sobre la perfidia perdida y otras insólitas concesiones al mundo

Como muchísima gente recuerda, el pasado día 7 de julio, mediante una letra apostólica dada en forma de motu proprio, el Papa reinante, S. S. Benedicto XVI, ratificó que la Misa Tradicional, según las rúbricas incorporadas por el Beato Juan XXIII en 1960, jamás había sido derogada, por lo que era perfecta y libremente disponible a todo sacerdote válidamente ordenado celebrar según dicho rito, llamado a este propósito, rito o forma “extraordinario”; por oposición a la forma más ordinaria, es decir, la establecida por S. S. Paulo VI en 1969. Asimismo dejó asentado que las demás formas rituales anteriores a la reforma de 1969 siguen vigentes y pueden ser utilizadas cuando así se solicite o convenga.

El efecto fue fulminante e instantáneo: nadie hizo nada, salvo la alegría jurídica —por llamarla de un modo interesante— de todos aquellos que, desde muchos años atrás, sosteníamos que la Misa Tradicional estaba embargada y prohibida de hecho contra todo derecho. El fallo de Su Santidad fue demasiado fuerte para los recalcitrantes modernistas, que así parten piñones con cualquiera de afuera como se muestran indiferentes y hasta rencorosos con sus antiguos hermanos en la fe.

Ahora, supuestamente para aliviar la presión de ciertos sectores hebreos muy poderosos, se habría modificado la oración pidiendo la conversión de los judíos a la fe en JesuCristo, el Mesías, que se reza el Viernes Santo, con eficacia para el Misal de 1962. En realidad, pensamos que se trataría más bien de presiones de ciertos sectores progresistas pseudo católicos muy poderosos, por que de hecho, a los judíos poco les importa qué digan las oraciones de la Iglesia, ni las rúbricas del Misal ni nada de la Liturgia católica, religión que no profesan (directamente al menos) y que públicamente desprecian como de insignificancia religiosa en comparación con su propia profesión. Lo que ha motivado, justamente, la existencia de esta oración del Viernes Santo.

Y todo esto, llama la atención por un doble motivo principal y algunos secundarios, a saber: Lo primero, que el ritual de la Santa Misa bajo el rito Tridentino o forma extraordinaria del Rito Romano y según las rúbricas de 1962, nunca fue derogado y es de libre uso por todos los sacerdotes. Con lo cual la presente reforma de los textos de 1960/1962, sería ineficaz a los efectos indicados en el Motu proprio, pues lo que se declara vigente como que nunca ha sido derogado, es el Misal de San Pío V con las reformas de Juan XXIII de 1962, como expresamente dice Su Santidad en el Motu Proprio,

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que no se ha abrogado nunca, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia...
Art. 2.- En las Misas celebradas sin el pueblo, todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso, puede utilizar sea el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 que el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro. Para dicha celebración siguiendo uno u otro misal, el sacerdote no necesita ningún permiso, ni de la Sede Apostólica ni de su Ordinario.

de modo tal que cualquier reforma posterior no afectaría el derecho universal que ya ha sido reconocido en Summorum Pontificum.

Esta letra apostólica, lejos de imponer una modificación o un derecho nuevo al ritual de 1962, lo declara en pleno vigor ex tunc, según la forma que tenía en 1962. O también denominada, forma extraordinaria. La actual modificación al texto de la oración del Viernes Santo no forma parte del texto reformado y rubricado en 1962 por S. S. Juan XXIII, lo cual parece una perogrullada decirlo, pero ... ¡es así! Desde luego, el Papa podría reformar el texto y las rúbricas de 1962 por completo y reemplazarlas por otras de su gusto —de hecho, es lo que sucedió en 1969 bajo el reinado de S. S. Paulo VI— pero a nadie se le ocurriría llamar a eso “el ritual de 1962 aprobado por Juan XXIII”, por que no lo es ni lo puede ser. En todo caso, será un Ritual de 2008 realizado sobre la base del ritual de 1962, reformado.

Y por otra segunda parte, la oración del Viernes Santo que se reza por los judíos, primogénitos en la fe de la Promesa y pérfidos ante Su cumplimiento, el Mesías bajado del Cielo, no sería factible de ser rezada sin más ni más ni aún bajo la forma extraordinaria del Rito Romano, por que como se dice en el art. 2º de Summorum Pontificum, el Triduo Sacro quedaría excluído de lo que se dispone en ese artículo, o sea, de las Misas privadas. Y la Liturgia del Viernes Santo, que contiene los versículos en cuestión, forma parte del Triduo Pascual....

Y para terminar de aserrar prestigios y aumentar las dudas: Si por principio, Su Santidad llegó inclusivo a excluir Su propia alta y soberana autoridad para denegar la celebración de la Santa Misa según el Ritual de 1962, ¿qué sentido tiene introducir una modificación que, de hecho y de derecho, no obligaría a nadie que estuviese vinculado a estas formas tradicionales a respetarla?

Y por último, un interrogante protocolar: ¿Por qué es el Secretario de Estado quien anuncia una reforma litúrgica, que por principio cae por fuera de su competencia, y no el dicasterio correspondiente al cuidado de la Liturgia? ¿Por qué no se publica en la página del Vaticano y únicamente en su diario semi—oficial...? ¿Por qué no se dice que clase de norma jurídica es? Y otros miles de porqués. No lo sabemos ni conocemos las respuestas y, lo que realmente es más malo, es lo que por esa causa pensamos y sospechamos.

¡Pero no estamos obligados a decíroslo!

En amable discusión telefónica mantenida hace instantes con un benemérito y plácido litisperito local, cuyos gritos ciertamente no dejaron de alarmar su vecindario tanto como el nuestro, se nos sugirió que, de este modo, comparativamente elíptico y relativamente intrascendente —ya se oye el cabalgar de la Liga AntiDifamación que viene por más— la Santa Sede ha querido autorizar la inclusión definitiva de la Misa Tradicional para la celebración del Triduo Sacro que se avecina.

Pero comprender todo esto para nos, que somos de tan corto alcance, es tarea ímproba, inmarcesible, inabarcable, incontrolable y, sobre todo, imposible.

P. S. Y como volvemos a trabajar después de casi dos meses de holgar por allí, nos castigamos no poniendo ningún dibujito a la nota de hoy. Y por que siendo Miércoles de Ceniza, hay que mortificarse. Vale.


martes, 25 de diciembre de 2007

Himno de laudes

Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal,
ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un cielo en la tierra
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo!


lunes, 3 de diciembre de 2007

Adviento, tiempo de penitencia

El cacique Coromoto, jefe indio venezolano enemigo de la Religión, fué envenenado por la mordida de una serpiente; moribundo, se le aparece la Virgen Nuestra Señora y le dice que pida el Bautismo, que sanará y será Apóstol. Coromoto murió muchos años después de vencer la picadura de la Serpiente con la ayuda del Cielo, en plena vejez, convertido en un Apóstol para su pueblo.
La Virgen de Coromoto es la Patrona de Venezuela

CUANDO los resortes del fraude y el engaño no están todavía debidamente aceitados y utilizados, la gente en general, si puede y hay por qué o quién, elige bien. Así pensaba Castellani de la democracia; así lo creemos nostoros también.

El golpe venezolano de ayer, primer Domingo de Adviento en el Rito ordinario, ha sido un rotundo desmentido a los infundios de la zurda, el indigenismo ideológico y el progresismo paquete y, aún, para el marxismo ortodoxo (que como podrán leer aquí, escapa del perdedor caribeño a toda la velocidad que da su silla de ruedas moral) que se postulaban como la única y mejor alternativa política para el desastre de lo que ellos llaman despreciativamente, al modo anglosajón, “Latinoamérica”. Su desprecio olímpico a la noble cuna de América, la bien donada, a su fundación católica y castellana, les brota de odio y resentimiento y asoma cada vez que un país americano rechaza la ideología después de haber aceptado, o algo así, al hombre; después de todo, su patrón odia desde el principio de los tiempos ¡qué más pueden hacer sus corifeos de ahora! Así que el zurdón Chávez, pese al auxilio invalorable de Juan Carlos de Borbón y de Estados Unidos, que comedidamente se prestaron a hacer notorio su jueguito de “Patria—Antipatria”, demostrando además que, efectivamente, son socios, ha perdido la guerra en pro del socialismo bolivariano (hemos oído muchos insultos y denuestos contra el Libertador; pero este sí que es nuevo...), que no es otra cosa que una vuelta más de rosca hacia la concreción del ideal progresista o neoliberal, o “neocon”, como dicen agora, esto es: un bolsillo liberal y una cultura marxista.

Es innegable que Hugo Chávez representó, en algún momento, una ilusión para Venezuela; pero rápidamente fue captado por el progresismo (una especie variable y proteica de la social democracia clásica) y su discurso ramplón, castrista, irrespetuoso, impío y atropellador, lo llevó al pozo. No menos que su soberbia, al pretender quedarse con Venezuela en un puño por medio de una reforma constitucional que ha sido el escándalo de toda América.

Desde Fernando VII, América, en cuanto ha podido y le han dejado, ha sido fiel a su consigna: “¡Viva el Rey católico, mueran los malos gobiernos!”, y esta regla, o la que implícitamente se puede extraer de ello, es lo que han ignorado casi todos los mandones locales desde hace dos siglos, fieles a concreciones o hechuras más de ideas foráneas que a sus tradiciones patrias, y cuya expresión más elemental es, a saber: Que se puede amar a los hombres y aún decírselo, pero que ello no es promesa ni aseguramiento de goces de alcoba: el terreno ganado, no es terreno conquistado. Aquí, a la gente no le gusta que le tomen el pelo, que la engañen o, como proclamaba un sabroso personaje de la televisión mexicana antes de iniciar su venganza: “¡Se aprovechan de mi nobleza ...”. En las recientes elecciones argentinas, más del 30% de los convocados no fue a votar o aniquiló su voto, demostrando que consideraba un fraude la elección: “¡mueran los malos gobiernos”!, de manera tal que los candidatos triunfantes no podrían esperar un apoyo de más del 25% de los electores. Y éste, aún, condicionado a la buena marcha de las cosas públicas, algo imposible de lograr para cualquier gobierno partidocrático que, por defecto de cuna y por inercia electoralista, aquello para lo cual es expresa y absolutamente ineficaz es, justamente, la política.

Chávez representa —en su forma más modesta— la fatal unión del liberalismo cruel y despiadado con el marxismo homicida, ladrón y desvergonzado, esa última etapa del ataque contra el Trono y el Altar desatada a los pies de la Santa Cruz y que hoy, a falta de nombre con que bautizar este esperpento, llamamos “progresismo”.

El médico de Estagira

Para ser completamente sinceros, no dejaremos de recoger la pena que nos da la frustración de lo que pudo ser una esperanza de verdadero buen gobierno en alguna de las Américas. Chávez no fue elegido por Dios para eliminar la Religión, la propiedad, la familia, la patria potestad, el tipo de cambio, el uso del suelo o el sistema métrico decimal, que son todas cosas que un gobierno, salvando las esenciales diferencias entre unas y otras, no tiene derecho alguno a toquetear; y que se toquetean cuando, precisamente, no se sabe ordenarlas, demostrándose así la falta de capacidad política más elemental. Aristóteles seguirá enseñanado, hasta el fin de los tiempos (que ojalá lleguen de una vez) que el bien común más excelente es la diversidad, asunto que, tangencialmente, toca S. S. Benedicto XVI en su reciente Encíclica; de la cual algo diremos, si Dios quiere. Y por lo tanto, toda tendencia a la uniformidad (lo contrario de la unidad) es antinatural, impolítica y resistida por los pueblos. Y por los Cielos, que la crearon.

Se inicia, pues, este tiempo de Adviento con una buena noticia y un acto de la Misericordia Divina. La primera, la novedad de la derrota de las pretensiones injustas de Hugo Chávez para nuestra bienamada tierra venezolana, la “pequeña Venecia” americana. Lo Segundo, la posibilidad de que él mismo, si quisiera tener pasta de héroe, arrojase su camisita colorada al basurero de donde jamás debió tomarla, gobernando su país para Dios y para el bien dellos mismos, que para eso es un Gobierno —bueno. Y se ganase así el Cielo.

Por desgracia (para él, mucho más que para Venezuela, pues la naciones pagarán sus pecados en esta tierra, pero sus gobernantes ...) no nos parece probable, y ni siquiera tendrá la oportunidad de meditar bien estas cosas de las que tanto depende. Pues ni Estados Unidos (que sostiene Venezuela y a Chávez con publicidad en contra y la compra de TODA la producción petrolera caribeña) ni los ideólogos del marxismo revanchista y resentido (que le escriben sus libretos) se lo permitirían fácilmente.

Adviento, pues, es tiempo de estrecha y observante penitencia, más para unos que para otros.

Decirlo, lo podemos hacer y lo estamos haciendo; pero saber aprovecharlo no depende de nosotros.

Pero en una désas, se le aparece la Virgen otra vez.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Tres escritores

León Bloy

EN los ardores laborales del final del año y a caballo de triquiñuelas electorales que parecerían ensombrecer el futuro de los hispanohablantes, pasó en noviembre el anivesario 90 de la muerte de León Bloy. Al socaire de una simpatía que deja en la penumbra toda buena razón a favor o en contra, Bloy se nos aparece como una contrafigura hecha de la misma materia que otro grande de las letras y la fe: G. K. Chesterton. ¿Por qué unir sus nombres? El ser contemporáneos no lo explicaría con suficiencia; ser defensores de una Fe hallada, en el primero, a golpes y rudamente; y en el segundo, con la firme placidez de un viaje al puerto seguro, marcaría todavía más diferencias de las convenientes para permitir unirlos en algo común. Sin embargo, resulta que las paradojas del inglés y los fenomenales arrebatos del continental, los unen por el extremo del absurdo como instrumental con que, cada uno con su estilo propio, juzgó el rumbo del mundo, se diría casi de la misma manera, exacta, precisa y nada optimista. Si uno acentuó el optimismo sobrenatural apelando al fin último del hombre, el otro no tuvo más remedio que impugnar la hipocresía de un mundo que no estaba preparado para ese fin, sino que,más bien, se alejaba dél a la velocidad de la luz ... o de las tinieblas, que —seguro— es directamente proporcional a la de la luz.

No era una consecuencia, solamente, de dos temperamentos diferentes, sino el resultado de dos vidas diferentes: Al gordo de Beaconsfield la paradoja le resultaba congenial, una humorada divina de la cual el hombre, cuanto más quisiera librarse della, más sufría su asedio; algo así como un remedio con cuyo uso solamente era consentido salvarse y nunca perderse, salvo traicionarlo. Maestro indiscutible de la paradoja, Chesterton jamás cayó en esa segunda natura del género que es el cinismo, como Bierce, o Shaw o Wilde, que intentaron cultivarlo sin desentrañarlo. Bloy vivió en una paradoja desde su nacimiento; el fué una figura paradojal: Era un príncipe obligado a vivir como un plebeyo en un mundo ramplón y atorrante en el cual no valía la pena ser príncipe ni atorrante; él, que había sido creado para dar a manos llenas, debía pasársela mendigando a cada instante. Escribía por amor, exclusivamente, y no por cálculo ni por placer, como cuando tuvo que desalentar a un novel escritor a quien no quería ofender, pero tampoco traicionarlo encareciendo un talento fementido. ¡Dios mío, que poco placer tuvo en escribir ciertas cosas!

—¡Usté macanea! Todo el mundo escribe al fin y al cabo por placer, por que nadie hace nada que no lo de algún placer, como dijo el gran fon Misesss dice el editor interesado.

En parte es cierto, a condición que nos pongamos de acuerdo sobre qué es el placer; algunos escriben por placer, al menos al comienzo y otros no, lo hacen por deber; lo mismo que las demás cosas de esta vida, algunas se hacen con placer y otras se hacen ... por que hay que hacerlas. Dios pone en la vida de cada uno una encrucijada, en la cual se debe elegir; y ordinariamente, se nos permite ver las consecuencias de nuestra elección. Sin embargo, casi todos eligen la via que consideran mejor, no la más placentera, sino la mejor, por que todo hombre obra bajo razón de bien, que no es lo mismo que el placer, aunque el bien procure un justo placer. Y esto, lo hacen igual los mediocres y hasta los malvados, que ven en su propio bienestar un fin bueno, aunque el mal nunca procure placer verdadero. La diferencia no es solamente la noción de placer, sino la vida moral de cada cual, o mejor dicho, la elevación de esa vida. Si además la vida religiosa —o sea nuestra relación con Dios y lo que nos figuramos, o a veces constatamos, que Dios espera de nosotros— es profunda, el único placer verdadero es alcanzar la vida Eterna por medio de la fuente de Agua Viva, como atestigua San Agustín.

No hemos investigado si existe en Chesterton alguna referencia a Bloy o, si acaso, lo habría conocido —como escritor, decimos. Nadie nos discutirá si decimos que Chesterton es, seguramente, mejor escritor que León Bloy, por lo menos, en el aspecto formal. El barroquismo del francés, su exasperante prosa de párrafos extensísimos y la abundancia de figuras como martinentes y tropos violentísimos, crispan antes que serenar y ponen tanta distancia cuanto es posible hallarla, del estilo plácido, preciso y oportunamente jocoso del Tío Gilbert. Además, la incomprensión de Bloy hacia España y hacia la Conquista, probable hija de la envidia oficial francesa y más notoria en su Napoleón que en ninguna otra parte, lo hace antipático al lector peninsular. Cierto es que en ninguno de los dos hay debilidad ni vulgaridad siquiera; ambos suben hacia el Cielo desde el barro más negro en un instante y con facilidad flamígea, fusores como son, a través de las letras, del Cielo con la Tierra, con ese lenguaje con que nos hablan los profetas y a las que uno, chicato y retacón, no puede ni asomarse sino con ayuda exterior —como las crisis económicas. Escuchamos hace años a un notable sacerdote decir que las obras de algunos escritores son en cierto modo litúrgicas, en cuanto realizan, en forma esencialmente distinta a la Liturgia verdadera, desde luego, esa unión del mundo visible con el sobrenatural.

G. K. Chesterton

Lo que en Chesterton es crítica severa, a veces jocosa y siempre buen fundada, en Bloy es explosión de indignación inaudita y de estelares dimensiones. Un caso: la pobreza como mal social (no como virtud), tiene en Chesterton un crítico notable y le lleva, casi naturalmente, hacia la exposición del distributismo como doctrina alternativa al liberalismo y al socialismo; en Bloy la pobreza es simplemente un modo de vida, su propio modo de vida, el único que tiene y del cual no puede dejar de escribir por que es su hermana gemela de la que jamás apostataría, y arranca en rugidos de irritante protesta que, a más de un siglo de proferidos, aún retumban con fuerza. Así, algunos vieron en uno y otro comunistas en ciernes, donde ellos veían la malicia pecaminosa de la angurria y la codicia desmedidas —que son propiamente dos pecados de copiosa desmesura y egoísmo.

Lo más destacado es que los dos vieron el mundo como un espejo medio ahumado, al modo paulino en Corintios XIII, 12, y de los grandes místicos, donde el mal presente es bien futuro y viceversa. Y esa es la razón por la cual no ventilaban quejas sobre los males que ellos sufrían, acaso voluntariamente aceptados, pero se airaban contra los males infligidos a los demás y que dañaban tanto a sus autores como a las víctimas. Para Chesterton, la paradoja era el modo regular —si se nos consiente la licencia de decirlo así— de explicar la Gloria Eterna que debe ser la aspiración de todo hombre; Bloy en cambio, excretó su condena, vociferante, a la cara de una civilización —o lo que quedaba de ella— que rehuía la santidad como el sapo a la guadaña, pero que igual terminaría degollada por su impiedad.

De un artículo de Borges sobre Bloy, extraemos algunas ideas muy interesantes, que el argentino no pudo continuar hasta su evidente conclusión, quizá por dos razones: una, porque, talentoso para el decir, el buen hablar y el buen escribir, era un fracaso total para pensar ( ¡Dios da pan al que no tiene dientes ...!), y la otra, por que las consecuencias eran aterradoras...; y dice así: La tercera (se refiere a unas cartas de Bloy sobre el sentido paradojal de la vida y las cosas) es de una carta escrita en diciembre: “Todo es símbolo, hasta el dolor más desgarrador. Somos durmientes que gritan en el sueño. No sabemos si tal cosa que nos aflige no es el principio secreto de nuestra alegría ulterior. Vemos ahora, afirma San Pablo, per speculum in ænigmate, literalmente: en enigma por medio de un espejo y no veremos de otro modo hasta el advenimiento de Aquel que está todo en llamas y que debe enseñarnos todas las cosas”. La cuarta (carta) es de mayo de 1904. “Per speculum in aenigmate, dice San Pablo. Vemos todas las cosas al revés. Cuando creemos dar, recibimos, etc. Entonces (me dice una querida alma angustiada) nosotros estamos en el cielo y Dios sufre en la tierra. ” La quinta es de mayo de 1908. “Aterradora idea de Juana, acerca del texto Per speculum. Los goces de este mundo serían los tormentos del infierno, vistos al revés, en un espejo. La sexta es de 1912. En cada una de las páginas de L’Ame de Napoleón, libro cuyo propósito es descifrar el símbolo Napoleón, considerado como precursor de otro héroe — hombre y simbólico también— que está oculto en el porvenir. Básteme citar dos pasajes: Uno: “Cada hombre está en la tierra para simbolizar algo que ignora y para realizar una partícula, o una montaña, (de los materiales invisibles que servirán para edificar la Ciudad de Dios.” Otro: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es, con certidumbre. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz... La historia es un inmenso texto litúrgico donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida.”

Párrafos de los cuales el maestro porteño, sin ninguna duda una pluma eximia y admirador incodicional de los dos anteriores, no pudo extraer su principal sentido, a saber: Que en el estado actual del hombre, en naturaleza caída, no se puede ver ni comprender los misterios del propio bien eterno sino de una manera obscura, imprecisa, vacilante y espasmódica. Y que por lo tanto, sin el auxilio de la Fe, que reemplaza la impotente razón como un espejo es ícono de un ser vivo que está fuera de nuestro ángulo de visión, no existe verdadera gnosis, sino paparruchadas de ilusionista.

Y por último, resta declarar que esto es un homenaje (quizá dos) y no un ensayo, de manera que nuestros eruditos y temidos lectores no lo vayan a tomar en más de lo que es y se nos vengan encima.


sábado, 17 de noviembre de 2007

El mundo sin Cristo

En una declaración reciente, los señores Obispos de la Banda Oriental han manifestado su posición doctrinaria frente al aborto: “Nuestra postura contraria al aborto no está fundamentada prioritariamente en premisas de orden religioso, porque el derecho de un ser humano a nacer está inscrito en la misma naturaleza humana”.

Es una verdadera lástima que, siguiendo la moda nuevaolera de negarse a sí mismos como Apóstoles de Cristo, acudan a argumentos de derecho natural —verdaderos ciertamente— pero insuficientes en la boca de un obispo, quien es ante todo un indigno servidor de Nuestro Señor Jesucristo y necesariamente, Su testigo; fiel, dentro de lo posible. “Quien me confesare ante los hombres, Yo lo confesaré ante el Padre”, es el mandato singular que rige estas terribles circunstancias, en las cuales —lo admitimos— no se acierta ya a cuál remedio acudir para impedir este brutal crimen del aborto.

Sin embargo, la renuncia a Cristo, a ser Su Voz, Sus Manos, y aún su benévolo y paternal látigo, debería ser lo último en abandonarse o, mejor dicho, lo que jamás se debería abandonar: Yo vivo, más no soy yo, sino Cristo quién vive en mí, recordaba el Apóstol modelo.

¡Qué poco valor tiene esta vida de Cristo en uno! Y en el mundo si vamos al caso, como para que no quiera emplearse, ni siquiera, para aleccionar a los católicos contra un crimen infame y bestial; y a los no católicos, de amonestación sobrenatural sobre una verdad que los alcanzará igualmente algún día, tanto como a todos los bautizados. Por que en nadie está el poder de exonerarse ante del Juicio de Dios invocando su ateísmo: Dios mismo inscribió la ley natural en el corazón de todos los hombres y, cuando manda cumplirla, lo hace por que es bueno, además de ser bueno por que Dios lo manda; pero siempre lo hace como Dios. Y es en Su Santo Nombre que hay posibilidad de obtener el perdón. Pues Él es juez y juzgará con rigor estos crueles desamores; y toca a sus Apóstoles aleccionar al mundo en Su santo Nombre, advertirlo, amonestarlo y prepararlo para el día del Juicio que seguramente sobrevendrá.

La exigencia de la hora es el testimonio heroico de Cristo, de Su realidad histórica y sobrenatural y de Su Realeza social indiscutible e irreemplazable. ¿Para qué celebramos fiestas como la del Cristo Rey, si nada le debemos como rey por derecho originario, ni tan siquiera un modesto reconocimiento de ser Él, como tal, Vida completa y Vida eterna?

Nos llena de tristeza esta novedad —no de estupor, pues es pan diario nuestro el leer cosas déstas— y nos mueve a ponerlo por escrito el que, en la modestia de este medio, pudieran acaso reflejarse y retroceder aquellos que quieren salvar al mundo sin despreciar al mundo, pero recurriendo más y más a lo que, de por sí, ya está perdido y es causa misma de perdición, como el demonio y la carne. La desacralización tan parloteada no es, primeramente, una cuestión puramente litúrgica sino de adhesión viva y real a Cristo, una configuración a Él y con Él en todo y que, en el sacerdocio, se da de un modo pleno y total y por toda la eternidad; el sacerdote, al aceptar el llamado y la sagrada ordenación, renuncia al mundo —y desto es signo el negro de su sotana, al cual signo tampoco debería renunciarse— al amor meramente humano y a los criterios de este mundo, para buscar con sincero y creciente afán el elevarse con el Divino Maestro hasta la Morada Eterna. Grande será, así, su recompensa, si es fiel trasunto de Cristo.

Y si no, no quisiéramos estar en sus zapatos; ni siquiera si fuesen morados.



PS: En un discurso de pocos días atrás, Su Santidad Benedicto XVI recordó a los obispos allí presentes, portugueses en visita ad limina, que “la verdadera misión de la Iglesia: no debe hablar principalmente de sí, sino de Dios”. La noticia apareció recién en el servicio de ayer, así que la agrego hoy. Y porque algunos creen que no se debería decirle nunca nada a los obispos cuando se equivocan, (¡¿Y cómo va a saber uno, que no es naides, cuándo se equivocan, éh, éh!?) provistos como se encuentran de una idolatría nunca vista en la historia de la Iglesia, que era la historia de hombres libres, hijos de Dios, y no esclavos de una adherencia seca y vacía que se parece tanto a la obedicencia como una piedra de colores a un caramelo.

martes, 13 de noviembre de 2007

¿Por qué te callas?

Un sonado, o más bien súper difundido episodio, ha tenido por actores —en el más estricto sentido de la palabra, nos parece— al rey Juan Carlos de España y al presidente Hugo Chávez de Venezuela.

De Chávez, un cholito carón y resentidillo no vale la pena hablar, pues su carrera como agente yanki recién comienza y tiene todavía un largo camino que recorrer, para llegar a encontrarse en la posisición de su amigo y admirado Fidel; aunque sus estudiadas boutades, concebidas para mejorar su imágen pública, resulten insuficientes para alterar el natural y lento decurso de su aburridez congénita, ni para aligerar su sonsonete zurdillo y vulgarón.

Hoy un juramerto ...

Juan Carlos de Borbón es otra cosa: Nieto del último rey de España, fue elegido por Francisco Franco, el Caudillo de España, para instaurar a partir de él una estirpe monárquica en la España de la posguerra. Cuando aún “no era nadie”, su educación, su noviazgo, su casamiento principesco, su sostenimiento cotidiano, sus vacaciones extensísimas y hasta su sastre, los pagó el ahora oprobioso régimen de Franco, al cual está a punto de traicionar por enésima vez, como felón y perjuro que es. Una típica Ley zurda, denominada con trampa y sin ingenio como de la Memoria falsa, ha sido aprobada por el PSOE (el mismísimo partido causante de la expulsión tramposa de su abuelo y de muchas de las muertes por asesinato de los mártires españoles), a fin de condenar en bloque y legislativamente al régimen político nacido de la victoria sobre el comunismo de 1939. Una revancha estilo Jólibúd, digamos: no te gano en la realidad pero te ridiculizo en el cine.

Para don Juan Carlos, quien desde luego no asistió —ni él ni ninguno de su familia— a la beatificación de los 498 mártires españoles realizada en San Pedro el último domingo de octubre, el problema es enorme y específico, pues de no vetar la ley en cuestión —que además de ser un dislate histórico es un disparate legislativo, pues la ley ordena para lo futuro y nunca prejuzga de lo pasado, por que es irretroactiva (menos para los peronistas)— dará su personal aprobación a la condena definitiva e inapelable pronunciada contra la rama en la cual está tan cómoda y orondamente sentado; la cual, a no dudar, será serrada con indecible deleite por muchos más de los que él cree. Por que si existe algún monumento o recuerdo del franquismo que realmente se encuentre vivo y presente entre los españoles más que ningún otro, ese es el rey Juan Carlos

Mañana una traición ...

Juan Carlos es un hombre que acostumbra callar a tiempo y destiempo (salvo que exista algún beneficio en hacer lo contrario), vicio que denota oportunismo, o cobardía o complicidad. Calló cuando lo de Tejero (que obedecía a su rey antes que a sus impulsos); calló cuando lo del divorcio, cuando lo del aborto, cuando ... ¡tantas cosas! Su vida ha sido un dechado de silencios reveladores, traicioneros y culpables, digamos, a partir del juramento que profiriera en noviembre de 1975 comprometiéndose a respetar las Leyes Fundamentales del Reino de España ... franquista.

Ahora, si calla siguiendo una costrumbre inveterada y que lo ha mantenido a flote por 32 años, se hundirá en el fango que no quiere denunciar; por que él primero que nada, es una reliquia insigne y excepcional del Régimen franquista. A Chávez, pues, en un momento de relajación, le ha revelado el secreto de su permanencia donde lo puso Franco: ¿Por qué no te callas? no fué una admonición, sino un consejo de correligionario.

Allá él, que poco nos importa. Pero sí nos importan España y la Monarquía española, de la cual estas provincias fuéramos parte principalísima en su día; y por las cuales rogamos a Dios Nuestro Señor que, en recuerdo de San Fernando, el santo rey de Castilla y León, ejemplo de caballerosidad, lealtad e hidalguía, las salve nuevamente de los indignos que en ellas se aposentan.