jueves, 27 de marzo de 2008

Odium plebis

En un sinigual alarde de torpeza política, la camarada presidente de la Argentina, comandanta Cristina K., rabiosa por el desprecio con que la población la mira y juzga su gobierno (o su desgobierno, para ser precisos), ha declarado que la insurrección piquetera de los productores agropecuarios es mala y golpista (vacuo adjetivo útil para un barrido o un fregado), en tanto que la de los afiliados a los sistemas públicos de haraganería y envilecimiento nacional, serían buenos y deseables. Consecuentemente, ha ordenado sin mucho éxito (¡gracias a Dios!) reprimir por las armas y la violencia a los primeros, mientras los segundos campean a sus anchas por doquier sin molestia alguna, entorpeciendo las labores de los mismos de cuyas faltriqueras se nutren los Planes Trabajar, “Jefes y jefas de hogar” y las demás formas de asistencialismo electorista en uso.

En las últimas horas del día de la Anunciación y al cabo del acto en la ciudad de Buenos Aires en el cual se rezaba el Santo Rosario (con especial y notoria ausencia de su escurridizo arzobispo) por la Vida y la Familia, aunque sin ninguna vinculación entre sí, un inusitado cacerolazo aturdió la casi nunca apacible tarde porteña, en solidaridad con los productores agredidos por la política gubernamental y los demás sectores productivos exaccionados y perseguidos por la partidocracia.

Parapolicial D'Elia festejando pintarrejada
de la Pirámide de Mayo

Al día siguiente del acto oficial del gobierno usurpador cuyo fin era seguir alimentando los odios ancestrales (de hecho, se “festejaban” los ¡32 años! del torpe pronunciamiento militar de 1976), una marea verdaderamente popular impungó con sus ruidosos bochinches una típica política progresista: aborto, impuestos recesivos, odio irracional al tabaco y a las armas (en poder de los civiles indefensos, es claro, no de los delincuentes), acercamiento paulatino pero firme a los drogadictos y a la drogadicción y a todas las formas imaginables e inimaginables de homosexualidad; uncido, todo ello y como se ha dicho, a una persecución fiscal implacable, paralizante, trágica, destructiva y fementidamente redistribucionista, pero que de hecho surte de los recursos indispensables para fomentar la desintegración nacional y abonar puntualmente los caldos gordos inventados por el régimen.

Ante las macaneadoras declaraciones de ser la encarnación de la mitológica (y proteica; sí, proteica) voluntad popular, un gobierno resistido, impopular y claramente contrario al interés común, trata de amañarse para atacar lo que seguramente es, con probabilidad cierta, el último bastión productivo netamente nacional y localista como ha sido siempre la actividad agropecuaria, y que por su propia natura y dinámica no casa bien con ninguna extranjería; y que, inclusive, absorve importante mano de obra propia y de países limítrofes, empobrecidos por sus gobiernos zurdocráticos o liberales. Y que por todas estas causas, concita un odio invencible de las izquierdas. Ya no es posible invocar, tampoco, —las cifras de unidades económicas en produccción, algo más de medio millón de propietarios agricultores, en cuyo contorno vive y se nutre un grupo humano de varios millones de personas, vinculadas directa o indirectamente al campo— el antiguo slogan maniqueo de una lucha contra un hipotéticamente maligno “latifundismo opresor”, pues los únicos latifundios substentes en la Argentina al día de hoy, están casi todos en manos de empresas o personalidades extranjeras, íntimamente vinculadas al régimen o al partido gobernante, o directamente son propiedad de sindicalistas, ministros y ex ministros y demás gentuza del régimen. No queda, pues, otro remedio que echar mano de la más pueril difamación, o seguir apoyándose en el ya totalmente debilitado argumento de una dudosa defensa de la voluntad popular; pues es claro que los intereses populares, según es de toda evidencia, ya no militan en la facción oficial. Sendos recursos han sido puestos en la liza sin ningún éxito.

En términos vulgares: se ha intentado dividir la población para seguir reinando, pretendiendo forjarse un artificial antagonismo social y político que, en la puridad de los hechos, tiene por únicos protagonistas reales al grupúsculo gobernante, por una parte, y a todo el pueblo por la otra. Pero es necesario hacer una aclaración distintiva: En la Agentina hay 40.000.000 de habitantes; unos 15.000.000 viven de su trabajo o de sus recursos propios —incluyendo menores, discapacitados y jubilados— y el resto, o está desocupado o bien, vive a costillas de los demás y depende de las graciosas inyecciones monetarias estatales, enderezadas exclusivamente a obtener réditos electorales. Los empleados públicos, por su lado, conforman una masa políticamente voluble y escasamente influyente y poco o nada productiva en su gran mayoría.

El caso es que un pueblo altamente individualista no era el mejor medio para una protesta exitosa; pero por dos veces en 7 años, los argentinos han sentido unánimente la vibración de un pasado heroico que los arroja a la necesidad de repulsar a voz en cuello, los gobiernos impuestos desde la facticidad de dos derrotas militares graves —que no por poco o nada estudiadas han dejado de ser determinantes en la vitalidad política de este país— como fueron la guerra contra la subversión marxista y la Guerra de Malvinas. No es del caso estudiar aquí cómo ha sido que estos hechos han tenido lugar o gravitado negativamente en la política argentina, pero sí hace a la cuestión mencionarlo, pues es una de las causas motivas del odio general contra los gobiernos de partido y, acaso, la más profundamente arraigada en el inconsciente nacional y en la emotividad popular.

Para denigrar al presente como el anterior pronunciamientos populares, se acude con asombrosa simplicidad a una dialéctica poco elegante y muy comprometedora: Las tesis oficialista es que los protestantes estarían defendiendo intereses sectoriales, otra palabreja que se las trae y, se piensa, conllevaría la pena de la infamia por contradistinción con el supuesto bien común que ellos gestionarían; al menos, es así en la mollera de quienes esto profieren sin demasiado apego a la realidad y que, piensan, desnudaría esa condición de partes meramente interesadas de los protestones y siempre, pero siempre, hincados por motivos económicos. En realidad, no es así y el gobierno protomarxista lo sabe demasiado bien, por que los intereses que a ellos les guían sí que son inconfesables y, a cada discurso, a cada respuesta, se cae la careta pseudo democrática y se asoma la fea garra del resentimiento y la venganza ideológica. El ataque se dirige no ya ni exclusivamente contra el campo, grupo humano que sostiene hace años la descarriada economía nacional, sino contra todo aquel que obtenga alguna renta de sus legítimos quehaceres. Como se sabe, el ladrón a todos cree de su condición.

Algunos obispos, también progresistas, queriendo arrogarse la representación de la iglesia autocéfala argentina que tanto quisieran integrar, llaman a las partes a un hipotéticamente fecundo diálogo; mas no para encauzar la virtud de la Justicia u obtenerse por ese medio la necesaria concordia nacional, no. Simplemente, ¡para afianzar la democracia! Estos paganos profetas de un régimen partidocrático ni siquiera tienen la precaución de invocar la autoridad de Dios, que alcanzará de seguro a tirios y troyanos, pero no hesitan en zambullirse de lleno en la defensa de un régimen oprobioso y adversario a Cristo, que se pavonea de haber expulsado a un obispo por su defensa de la vida humana —único eclesiástico de cierta jerarquía que concurrió al Rosario por la Vida del martes pasado—, fomenta abiertamente el aborto, los vicios homosexuales, la pederastia y el consumo orgiástico de drogas; es decir, todas las depravaciones morales conocidas en este asqueroso mundo moderno y cuya práctica lleva de cabeza al infierno, como recuerda San Pablo (I Cor, 9,10).

La Gendarmería Nacional con armas de fuego, cascos y escudos
contra tractores y camionetas

Desde luego, el gobiernillo resentido y cacareador, nunca ha mencionado de qué medidas se servirá para procurar esa más amplia base de redistribución de la riqueza que tanta preocupación dice procurarle, ni qué actitudes habría de tomar contra los verdaderos predadores de la otrora abundante riqueza nacional y cuyos réditos, a diferencia de los del campo que se generan, se mantienen y se consumen en el país, no solamente son parasitarios desde su causa misma, sino que migran rápidamente hacia las ávidas manos de sus propietarios que no viven en la Argentina: la banca, los prestadores de servicios multinacionales, la prensa multinacional, la industria automotriz, la minería, la metalurgia pesada ... ¡los frigoríficos ...!; en fin, todos aquellos aliados estipendiarios del gobierno progre.

Pero la realidad es otra, y queda al descubierto que la finalidad de tanta soberbia y de tanta medida desastrosa es otra muy distinta a cualquier tipo de redistribución de la riqueza que, desde luego, no es competencia de ningún gobierno forzarla ni realizarla, sino tan solo encaminarla —como enseñan León XIII y Pío XI en sus encíclicas sobre las cosas nuevas del último siglo y medio—, sino la liquidación de las aún sólidas clases sociales mayoritarias, que son la media y la media alta.

Nos expugnan la memoria las palabras proféticas de José Antonio:

“El comunismo es una substancia inasimilable (para Occidente...) El burgués no es un cobarde, y a la fecha está más dispuesto a la violencia que los obreros (...) Si el bolchevismo triunfó en Rusia fue porque no había burgueses”

El régimen protomarxista, legítimo heredero del antiguo sistema “falaz y descreído”, ha dado sus últimos gritos de protesta antes de ceder a un diálogo al que se había cerrado con tenacidad de ganador, y del cual, de todos modos, poco o nada debería esperarse, por que la lista de lo que está en juego no son cosas conversables entre adversarios, y por que son muchísimas más que la mera discrepancia tributaria, estadio final y nunca inicial de toda insatisfacción política, como lo prueba la historia occidental. Lo cierto es que ha quedado demostrado que las notables jornadas de diciembre de 2001 quedaron inconclusas y, ellas sí, totalmente insatisfechas, y que los partidos políticos no supieron, no quisieron o no advirtieron que su tiempo había perimido y que aquello que todavía les sostenía no era su propia caduca legitimidad, sino la inercia propia de una nación sin estructuras sociales vivas o fuertes ni una aristocracia tradicional que tirase para adelante por sí misma.

Por todo lo cual, y pase lo que pasare, queda ahora abierto un interrogante que solamente el tiempo y la intervención de la Divina Providencia podrá despejar y que es éste: ¿A dónde iremos? No se desplaza, reza el dicho, lo que no se reemplaza; y en la Argentina presente no hay, por lo menos a la vista, reemplazo alguno para estos buitres, carroñeros de la política, que son los partidos políticos, los “movimientos” propartidarios y todas las restantes y deleznables excrecencias de un régimen que, incluso muerto como está hace tiempo, atufa como el peor y vive del mal olor. Aunque tal vez, sólo tal vez, esta aparente falta de una jefatura nacional natural y que se deja sentir tambien en el orden religioso, pueda ser interpretada como una especial protección que la Providencia brinda a aquellos cuya exaltación nos será deparada en un futuro que deseamos próximo, como un gran bien.


miércoles, 26 de marzo de 2008

Malcontent

a tentación era demasiado fuerte y nuestra lucha, demasiado breve. Admirados y satisfechos con nuestra claudicación (¡es lo peor de estas tentaciones!) allí va, para hacer cómplices a nuestros lectores.

No sin antes referir y recomendar esta creación paralela del gran Cruz y Fierro denominada Máximas, sentencias y exabruptos de un malcontent. Que los desintoxicantes en grajeas son caros y, generalmente, hacen daño a la salú del cuerpo y del alma. Y este es gratis; o sea, grato.


viernes, 29 de febrero de 2008

Bautismos que matan

Bautismos peligrosos...

Por medio de un formal comunicado, la Congregación para la Doctrina de la Fe, con la firma del Prefecto cardenal Joseph Levada y la aprobación de S. S. el Papa Benedicto XVI, ha establecido que son inválidos los Bautismos impartidos sin apego a la fórmula sacramental preestablecida «Yo te bautizo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», esto es, en los casos que se emplearen pseudo formularios como —y es el caso del ejemplo citado por la Congregación— “yo te bautizo en el nombre del Creador, del Redentor y del Santificador”; o bien utilizando, como dicen los comerciantes: fórmula similar.

Este nuevo golpe a los innovadores va acompañado de una severa advertencia: Que en todos los casos en que se hayan impartido los pseudo sacramentos en la forma prohibida y nuevamente condenada, se deberá volver a realizar el Bautismo, por ser inválido absolutamente el primero. Esta noticia reconfirma la doctrina tradicional en materia sacramental, a saber: que los Sacramentos son válidamente impartidos cuando se realizan con la intención de la Iglesia, y que los sacerdotes, laicos o no bautizados que intenten cada uno según su potestad, impartir o confeccionar un Sacramento, son meros y accidentales ministros. Y que, salvando las diferencias esenciales existentes entre el sacerdocio ordenado y el que no lo es, la certeza de que el Sacramento ha sido confeccionado según la intención de la Iglesia es la observancia del Rito sagrado, predispuesto por la Sede Apostólica.

Bautismo de la Iglesia

Mucha atención, pues, con los bautismos impartidos por las sectas o algunas denominaciones protestantes o pseudo-cristianas, que no siempre ni en todo caso son válidos si no están hechos con la intención de la Iglesia, y que de consiguiente ponen en peligro la vida eterna de sus asociados. No se olvide jamás que el Bautismo nos borra el Pecado Original, nos incorpora a la Iglesia Católica, incoa en nosotros el don sobrenatural de la Fe —y por extensión los de la Caridad y la Esperanza— y nos hace hijos de Dios, herederos del Cielo y capaces de la salvación eterna.

Y recordar que estos principios valen para todos los demás Sacramentos.



jueves, 21 de febrero de 2008

Más detritos

El día de ayer, la Oficina de Prensa del Arzobispado de Buenos Aires, por medio y con la fima del señor Presbítero Gustavo Boquin, dio a publicidad el siguiente escueto comunicado:

«Le queremos aclarar que el día 29 de enero las Madres de Plaza de Mayo que ingresaron a la Catedral de Buenos Aires, permanecieron en el templo por seis horas y no realizaron ningún acto que amerite la calificación de profanación. Atentamente, Pbro. Gustavo L. Boquin»

El comunicado, parco hasta la sencilla y profana escasez, calla varias cuestiones que, así, quedarían admitidas como contrapartida de un silencio ahora del todo inexcusable; la primera cuestión es si el suscinto anuncio ha sido emitido por orden del señor Cardenal Arzobispo; y la segunda, muy particularmente interesante, si el hecho que muchos han calificado como profanación ha tenido lugar o no. Simplemente, dice lo que se lee: que los hechos y actos allí desarrollados por las intrusas no merece el calificativo de profanación.

Ya indicamos, dos entradas atrás que, como para la ley canónica dicha calificación corre por cuenta exclusiva de la autoridad local, aunque un acto sea por sí mismo aberrante, si el ordinario no lo reputa de esa forma, no se considerará delito de profanación.

Valga destacar, pues, que el comunicado no niega los hechos tan profusamente difundidos y cada vez más malolientes, limitándose a exponer la calificación que el hecho merece a su firmante; quien —reiteramos— no deja en claro bajo qué autoridad lo hace.


lunes, 18 de febrero de 2008

Lugones: † 18 de febrero 1938

Tú, destructora tierra; tú misma lo has matado.

¿POR QUÉ, SEÑOR?

Señor, si llenas cada hora
de fresca vida renovada;
si vistes de rosa la aurora
y de púrpura la granada;

y en estéril vida senil
dejas la savia que florezca;
que aliente el tigre en su cubil
y en su red la araña se mezca:

¿por qué no diste la ventura
a su pecho lleno de amor?
¿Por qué la divina escultura
tan presto se rompe, Señor?
¿Era ella menos tu criatura
que la más diminuta flor?



Profanación ... y más allá la inundación

Con santa paciencia e hirviendo de una indignación que el tiempo no aplaca, como inocentemente habíamos creído, hemos esperado casi un mes antes de abordar ningún comentario sobre el repugnante episodio que protagonizaran en la Iglesia Catedral de Buenos Aires una innoble hortera, cuyos desafueros son ordinariamente fomentados desde los altos despachos gubernamentales, y una jerarquía eclesiástica nada viril y aún menos católica.

Gracias a la lenidad de las leyes eclesiásticas promulgadas por S. S. Juan Pablo II, el delito de profanación, esto es, el voluntario escarnio o destrucción de las cosas sagradas o destinadas al culto divino, ha pasado de ser una falta objetiva tipificada en las leyes universales, a constituir una figura relativa y, por ello, casi inexistente, cuya tipología y caracterización queda por completo en manos del ordinario del lugar, como tantas otras cosas. En el lenguaje corriente rioplatense, que es castellano clásico, la palabra “ordinario” designa tanto aquello que ocurre según el decurso natural o habitual de los acontecimientos, como también a algo bastardo, basto, moralmente pobre o decididamente grosero. En ambos quehaceres, o mejor dicho, en ambas acepciones parece haber querido destacarse la autoridad eclesiástica local, que ha tomado un torpe episodio —consistente en que la desgraciada arriba dicha, ha dejado fluir sus excrecencias fisiológicas (subproducto delator de un supuesto “ayuno”) junto al Altar Mayor de la Catedral, en repudio a no sé qué inacción gubernativa en la cual la Iglesia no tenía ni tiene nada que ver— como algo corriente, ordinario, y ha resuelto asumir una correaltiva actitud ordinaria y cobardona, negándose tan siquiera a comentar el repugnante hecho y mucho menos, desde luego, a plantear una reinvidicación, no ya un acto de reparación.

No .... no está

En condiciones tales ha tenido lugar este hecho, que hace pensar a la feligresía en la execración permanente de la Iglesia mayor de la capital rioplatense por partida doble: por el asqueroso atentado —que por sí mismo ha suscitado, inclusive, la hidalga reacción de un rabino— como por la dolosa morosidad de las autoridades católicas locales, cuyo titular, un cardenal, ha optado por guardar un ominoso y complaciente silencio. Y más, ha hecho recordar a muchos, el abrigo paternal con que, en un reciente pasado, acogiera benévolo las inicuas y antipatrióticas pretensiones de las huestes que lidera la incontinente y mendaz matrona, de marcado y confeso carácter marxista, apartándose a este propósito de su regular, permanente, habitual y ordinaria actitud de guardar un tranquilo y reposado silencio frente a cuestiones gravísimas de su inmediata atingencia. Como las litúrgicas, doctrinarias y propias de su condición de Pastor.

¿Qué más deberá soportar la castigada arquidiócesis de Buenos Aires y, por reflejo necesario, toda la grey en la Argentina, víctimas predilectas de una turba de criminales sacrílegos, homosexuales, marxistas y masones, entregada por sus propios guardianes al escándalo de una escarnecedora persecución que la deshonra ante los ojos de Dios y de los hombres?

Cristo mismo, en Su día, fué entregado a los servidores del patíbulo pagano por la jerarquía religiosa de su tiempo, que había sido instituida por Dios mismo en la persona y linaje de Aarón para sacrificar y adorar. Parecería que la actual jerarquía que, merced a la institución del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y del Sacramento del Orden, tiene la misión de santificar —que incluye la de sacrificar y adorar—, proteger, vigilar, confirmar y regir al rebaño del Señor hasta su Vuelta, esta empeñada en repetir tan feroz hazaña.



lunes, 11 de febrero de 2008

Lourdes

Nuestra Señora en la Gruta de Massabielle

Hace 150 años la Santísima Virgen, aparecida misteriosamene a una niña francesa, confería la confirmación celestial al primer dogma de la Iglesia proclamado formalmente como tal por un Papa, Su Santidad el Beato Pío IX, por el cual se declaraba a la Madre de Dios concebida sin pecado original.

Ceremonia que se repetiría algo menos de 100 años después cuando, en formal y aún más solemne ocasión, Su Santidad Pío XII proclamara el dogma de la Asunción. Una potestad del soberano Pontífice empleada con toda la pompa únicamente en dos oportunidades en 2.000 años. Y las dos veces, para confirmar definitivamente las certezas de la Fe sobre la Madre de Dios. Era costumbre hasta entonces definir los dogmas en Concilios especiales, cuyas sentencias eran poseriormente corroboradas por el Sumo Pontífice; sin embargo y como decimos, en estas dos oportunidades, por primera y única vez en la historia de la Iglesia, un Papa anunciaba por sí mismo un nuevo dogma, empleando para ello las potestades magistrales extraordinarias que poco tiempo más adelante le reconocería el Concilio Vaticano I.

Bernadette Soubirous
en la época de las apariciones

Junto a esta confirmación, pues, en la cual a la vez se manifestaba especialmente la Suprema y maternal tutela sobre el Vicario de Cristo, la vidente, Santa Bernadette Soubirous, recibió tres enigmáticos mensajes con la instrucción singular de mantenerlos secretos; al menos, para el pueblo en general. De ellos, poco o nada sabemos.

Luego de una vida obscura y mortificada consagrada a la religión, la vidente entregaría su alma al Creador en plena juventud 20 años después; pero su cuerpo quedaría incorrupto en un estado tal que sorprende aún hoy a los más escépticos racionalistas y confunde a los ateos más recalcitrantes, cual lábaro incólume del poder infinito de Dios sobre la vida y la muerte.

La gratitud de los Papas no se hizo esperar; de modo que Su Santidad Benedicto XVI ha dispuesto que hoy, se pueda ganar una indulgencia plenaria en cualquier Iglesia de la tierra donde se venere permanentemente, o se exponga de intento a la veneración, una imagen de la Virgen de Lourdes, realizando las obras prescriptas para lucrar cualquier indulgencia plenaria a saber: Confesión dentro de los 8 días anteriores o posteriores, Comunión Sacramental, rezar por las intenciones del Papa por los menos un Padrenuestro, un Ave María y un Credo y además, cualquier acto de consagración a la Madre de Dios; finalmente, tener un ánimo real de desapego, aunque sea general, a todo pecado. La indulgencia puede aplicarse a un alma del Purgatorio o al propio penitente, quien al ganarla logra la remisión de todas las penas temporales merecidas hasta ese momento.

Y por fin, para aquellos que se hallaran realmente impedidos de marchar hasta una Iglesia, la indulgencia podrá lucrarse desde donde estén, a cuyo fin les ponemos a su disposición una imágen de la Virgen de Lourdes en la Gruta de las apariciones

Pues en este lugar se la venera.



miércoles, 6 de febrero de 2008

Sobre la perfidia perdida y otras insólitas concesiones al mundo

Como muchísima gente recuerda, el pasado día 7 de julio, mediante una letra apostólica dada en forma de motu proprio, el Papa reinante, S. S. Benedicto XVI, ratificó que la Misa Tradicional, según las rúbricas incorporadas por el Beato Juan XXIII en 1960, jamás había sido derogada, por lo que era perfecta y libremente disponible a todo sacerdote válidamente ordenado celebrar según dicho rito, llamado a este propósito, rito o forma “extraordinario”; por oposición a la forma más ordinaria, es decir, la establecida por S. S. Paulo VI en 1969. Asimismo dejó asentado que las demás formas rituales anteriores a la reforma de 1969 siguen vigentes y pueden ser utilizadas cuando así se solicite o convenga.

El efecto fue fulminante e instantáneo: nadie hizo nada, salvo la alegría jurídica —por llamarla de un modo interesante— de todos aquellos que, desde muchos años atrás, sosteníamos que la Misa Tradicional estaba embargada y prohibida de hecho contra todo derecho. El fallo de Su Santidad fue demasiado fuerte para los recalcitrantes modernistas, que así parten piñones con cualquiera de afuera como se muestran indiferentes y hasta rencorosos con sus antiguos hermanos en la fe.

Ahora, supuestamente para aliviar la presión de ciertos sectores hebreos muy poderosos, se habría modificado la oración pidiendo la conversión de los judíos a la fe en JesuCristo, el Mesías, que se reza el Viernes Santo, con eficacia para el Misal de 1962. En realidad, pensamos que se trataría más bien de presiones de ciertos sectores progresistas pseudo católicos muy poderosos, por que de hecho, a los judíos poco les importa qué digan las oraciones de la Iglesia, ni las rúbricas del Misal ni nada de la Liturgia católica, religión que no profesan (directamente al menos) y que públicamente desprecian como de insignificancia religiosa en comparación con su propia profesión. Lo que ha motivado, justamente, la existencia de esta oración del Viernes Santo.

Y todo esto, llama la atención por un doble motivo principal y algunos secundarios, a saber: Lo primero, que el ritual de la Santa Misa bajo el rito Tridentino o forma extraordinaria del Rito Romano y según las rúbricas de 1962, nunca fue derogado y es de libre uso por todos los sacerdotes. Con lo cual la presente reforma de los textos de 1960/1962, sería ineficaz a los efectos indicados en el Motu proprio, pues lo que se declara vigente como que nunca ha sido derogado, es el Misal de San Pío V con las reformas de Juan XXIII de 1962, como expresamente dice Su Santidad en el Motu Proprio,

Por eso es lícito celebrar el Sacrificio de la Misa según la edición típica del Misal Romano promulgado por el beato Juan XXIII en 1962, que no se ha abrogado nunca, como forma extraordinaria de la Liturgia de la Iglesia...
Art. 2.- En las Misas celebradas sin el pueblo, todo sacerdote católico de rito latino, tanto secular como religioso, puede utilizar sea el Misal Romano editado por el beato Papa Juan XXIII en 1962 que el Misal Romano promulgado por el Papa Pablo VI en 1970, en cualquier día, exceptuado el Triduo Sacro. Para dicha celebración siguiendo uno u otro misal, el sacerdote no necesita ningún permiso, ni de la Sede Apostólica ni de su Ordinario.

de modo tal que cualquier reforma posterior no afectaría el derecho universal que ya ha sido reconocido en Summorum Pontificum.

Esta letra apostólica, lejos de imponer una modificación o un derecho nuevo al ritual de 1962, lo declara en pleno vigor ex tunc, según la forma que tenía en 1962. O también denominada, forma extraordinaria. La actual modificación al texto de la oración del Viernes Santo no forma parte del texto reformado y rubricado en 1962 por S. S. Juan XXIII, lo cual parece una perogrullada decirlo, pero ... ¡es así! Desde luego, el Papa podría reformar el texto y las rúbricas de 1962 por completo y reemplazarlas por otras de su gusto —de hecho, es lo que sucedió en 1969 bajo el reinado de S. S. Paulo VI— pero a nadie se le ocurriría llamar a eso “el ritual de 1962 aprobado por Juan XXIII”, por que no lo es ni lo puede ser. En todo caso, será un Ritual de 2008 realizado sobre la base del ritual de 1962, reformado.

Y por otra segunda parte, la oración del Viernes Santo que se reza por los judíos, primogénitos en la fe de la Promesa y pérfidos ante Su cumplimiento, el Mesías bajado del Cielo, no sería factible de ser rezada sin más ni más ni aún bajo la forma extraordinaria del Rito Romano, por que como se dice en el art. 2º de Summorum Pontificum, el Triduo Sacro quedaría excluído de lo que se dispone en ese artículo, o sea, de las Misas privadas. Y la Liturgia del Viernes Santo, que contiene los versículos en cuestión, forma parte del Triduo Pascual....

Y para terminar de aserrar prestigios y aumentar las dudas: Si por principio, Su Santidad llegó inclusivo a excluir Su propia alta y soberana autoridad para denegar la celebración de la Santa Misa según el Ritual de 1962, ¿qué sentido tiene introducir una modificación que, de hecho y de derecho, no obligaría a nadie que estuviese vinculado a estas formas tradicionales a respetarla?

Y por último, un interrogante protocolar: ¿Por qué es el Secretario de Estado quien anuncia una reforma litúrgica, que por principio cae por fuera de su competencia, y no el dicasterio correspondiente al cuidado de la Liturgia? ¿Por qué no se publica en la página del Vaticano y únicamente en su diario semi—oficial...? ¿Por qué no se dice que clase de norma jurídica es? Y otros miles de porqués. No lo sabemos ni conocemos las respuestas y, lo que realmente es más malo, es lo que por esa causa pensamos y sospechamos.

¡Pero no estamos obligados a decíroslo!

En amable discusión telefónica mantenida hace instantes con un benemérito y plácido litisperito local, cuyos gritos ciertamente no dejaron de alarmar su vecindario tanto como el nuestro, se nos sugirió que, de este modo, comparativamente elíptico y relativamente intrascendente —ya se oye el cabalgar de la Liga AntiDifamación que viene por más— la Santa Sede ha querido autorizar la inclusión definitiva de la Misa Tradicional para la celebración del Triduo Sacro que se avecina.

Pero comprender todo esto para nos, que somos de tan corto alcance, es tarea ímproba, inmarcesible, inabarcable, incontrolable y, sobre todo, imposible.

P. S. Y como volvemos a trabajar después de casi dos meses de holgar por allí, nos castigamos no poniendo ningún dibujito a la nota de hoy. Y por que siendo Miércoles de Ceniza, hay que mortificarse. Vale.


martes, 25 de diciembre de 2007

Himno de laudes

Ver a Dios en la criatura,
ver a Dios hecho mortal,
ver en humano portal
la celestial hermosura.
¡Gran merced y gran ventura
a quien verlo mereció!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Ver llorar a la alegría,
ver tan pobre a la riqueza,
ver tan baja a la grandeza
y ver que Dios lo quería.
¡Gran merced fue en aquel día
la que el hombre recibió!
¡Quién lo viera y fuera yo!

Poner paz en tanta guerra,
calor donde hay tanto frío,
ser de todos lo que es mío,
plantar un cielo en la tierra
¡Qué misión de escalofrío
la que Dios nos confió!
¡Quién lo hiciera y fuera yo!


lunes, 3 de diciembre de 2007

Adviento, tiempo de penitencia

El cacique Coromoto, jefe indio venezolano enemigo de la Religión, fué envenenado por la mordida de una serpiente; moribundo, se le aparece la Virgen Nuestra Señora y le dice que pida el Bautismo, que sanará y será Apóstol. Coromoto murió muchos años después de vencer la picadura de la Serpiente con la ayuda del Cielo, en plena vejez, convertido en un Apóstol para su pueblo.
La Virgen de Coromoto es la Patrona de Venezuela

CUANDO los resortes del fraude y el engaño no están todavía debidamente aceitados y utilizados, la gente en general, si puede y hay por qué o quién, elige bien. Así pensaba Castellani de la democracia; así lo creemos nostoros también.

El golpe venezolano de ayer, primer Domingo de Adviento en el Rito ordinario, ha sido un rotundo desmentido a los infundios de la zurda, el indigenismo ideológico y el progresismo paquete y, aún, para el marxismo ortodoxo (que como podrán leer aquí, escapa del perdedor caribeño a toda la velocidad que da su silla de ruedas moral) que se postulaban como la única y mejor alternativa política para el desastre de lo que ellos llaman despreciativamente, al modo anglosajón, “Latinoamérica”. Su desprecio olímpico a la noble cuna de América, la bien donada, a su fundación católica y castellana, les brota de odio y resentimiento y asoma cada vez que un país americano rechaza la ideología después de haber aceptado, o algo así, al hombre; después de todo, su patrón odia desde el principio de los tiempos ¡qué más pueden hacer sus corifeos de ahora! Así que el zurdón Chávez, pese al auxilio invalorable de Juan Carlos de Borbón y de Estados Unidos, que comedidamente se prestaron a hacer notorio su jueguito de “Patria—Antipatria”, demostrando además que, efectivamente, son socios, ha perdido la guerra en pro del socialismo bolivariano (hemos oído muchos insultos y denuestos contra el Libertador; pero este sí que es nuevo...), que no es otra cosa que una vuelta más de rosca hacia la concreción del ideal progresista o neoliberal, o “neocon”, como dicen agora, esto es: un bolsillo liberal y una cultura marxista.

Es innegable que Hugo Chávez representó, en algún momento, una ilusión para Venezuela; pero rápidamente fue captado por el progresismo (una especie variable y proteica de la social democracia clásica) y su discurso ramplón, castrista, irrespetuoso, impío y atropellador, lo llevó al pozo. No menos que su soberbia, al pretender quedarse con Venezuela en un puño por medio de una reforma constitucional que ha sido el escándalo de toda América.

Desde Fernando VII, América, en cuanto ha podido y le han dejado, ha sido fiel a su consigna: “¡Viva el Rey católico, mueran los malos gobiernos!”, y esta regla, o la que implícitamente se puede extraer de ello, es lo que han ignorado casi todos los mandones locales desde hace dos siglos, fieles a concreciones o hechuras más de ideas foráneas que a sus tradiciones patrias, y cuya expresión más elemental es, a saber: Que se puede amar a los hombres y aún decírselo, pero que ello no es promesa ni aseguramiento de goces de alcoba: el terreno ganado, no es terreno conquistado. Aquí, a la gente no le gusta que le tomen el pelo, que la engañen o, como proclamaba un sabroso personaje de la televisión mexicana antes de iniciar su venganza: “¡Se aprovechan de mi nobleza ...”. En las recientes elecciones argentinas, más del 30% de los convocados no fue a votar o aniquiló su voto, demostrando que consideraba un fraude la elección: “¡mueran los malos gobiernos”!, de manera tal que los candidatos triunfantes no podrían esperar un apoyo de más del 25% de los electores. Y éste, aún, condicionado a la buena marcha de las cosas públicas, algo imposible de lograr para cualquier gobierno partidocrático que, por defecto de cuna y por inercia electoralista, aquello para lo cual es expresa y absolutamente ineficaz es, justamente, la política.

Chávez representa —en su forma más modesta— la fatal unión del liberalismo cruel y despiadado con el marxismo homicida, ladrón y desvergonzado, esa última etapa del ataque contra el Trono y el Altar desatada a los pies de la Santa Cruz y que hoy, a falta de nombre con que bautizar este esperpento, llamamos “progresismo”.

El médico de Estagira

Para ser completamente sinceros, no dejaremos de recoger la pena que nos da la frustración de lo que pudo ser una esperanza de verdadero buen gobierno en alguna de las Américas. Chávez no fue elegido por Dios para eliminar la Religión, la propiedad, la familia, la patria potestad, el tipo de cambio, el uso del suelo o el sistema métrico decimal, que son todas cosas que un gobierno, salvando las esenciales diferencias entre unas y otras, no tiene derecho alguno a toquetear; y que se toquetean cuando, precisamente, no se sabe ordenarlas, demostrándose así la falta de capacidad política más elemental. Aristóteles seguirá enseñanado, hasta el fin de los tiempos (que ojalá lleguen de una vez) que el bien común más excelente es la diversidad, asunto que, tangencialmente, toca S. S. Benedicto XVI en su reciente Encíclica; de la cual algo diremos, si Dios quiere. Y por lo tanto, toda tendencia a la uniformidad (lo contrario de la unidad) es antinatural, impolítica y resistida por los pueblos. Y por los Cielos, que la crearon.

Se inicia, pues, este tiempo de Adviento con una buena noticia y un acto de la Misericordia Divina. La primera, la novedad de la derrota de las pretensiones injustas de Hugo Chávez para nuestra bienamada tierra venezolana, la “pequeña Venecia” americana. Lo Segundo, la posibilidad de que él mismo, si quisiera tener pasta de héroe, arrojase su camisita colorada al basurero de donde jamás debió tomarla, gobernando su país para Dios y para el bien dellos mismos, que para eso es un Gobierno —bueno. Y se ganase así el Cielo.

Por desgracia (para él, mucho más que para Venezuela, pues la naciones pagarán sus pecados en esta tierra, pero sus gobernantes ...) no nos parece probable, y ni siquiera tendrá la oportunidad de meditar bien estas cosas de las que tanto depende. Pues ni Estados Unidos (que sostiene Venezuela y a Chávez con publicidad en contra y la compra de TODA la producción petrolera caribeña) ni los ideólogos del marxismo revanchista y resentido (que le escriben sus libretos) se lo permitirían fácilmente.

Adviento, pues, es tiempo de estrecha y observante penitencia, más para unos que para otros.

Decirlo, lo podemos hacer y lo estamos haciendo; pero saber aprovecharlo no depende de nosotros.

Pero en una désas, se le aparece la Virgen otra vez.


jueves, 29 de noviembre de 2007

Tres escritores

León Bloy

EN los ardores laborales del final del año y a caballo de triquiñuelas electorales que parecerían ensombrecer el futuro de los hispanohablantes, pasó en noviembre el anivesario 90 de la muerte de León Bloy. Al socaire de una simpatía que deja en la penumbra toda buena razón a favor o en contra, Bloy se nos aparece como una contrafigura hecha de la misma materia que otro grande de las letras y la fe: G. K. Chesterton. ¿Por qué unir sus nombres? El ser contemporáneos no lo explicaría con suficiencia; ser defensores de una Fe hallada, en el primero, a golpes y rudamente; y en el segundo, con la firme placidez de un viaje al puerto seguro, marcaría todavía más diferencias de las convenientes para permitir unirlos en algo común. Sin embargo, resulta que las paradojas del inglés y los fenomenales arrebatos del continental, los unen por el extremo del absurdo como instrumental con que, cada uno con su estilo propio, juzgó el rumbo del mundo, se diría casi de la misma manera, exacta, precisa y nada optimista. Si uno acentuó el optimismo sobrenatural apelando al fin último del hombre, el otro no tuvo más remedio que impugnar la hipocresía de un mundo que no estaba preparado para ese fin, sino que,más bien, se alejaba dél a la velocidad de la luz ... o de las tinieblas, que —seguro— es directamente proporcional a la de la luz.

No era una consecuencia, solamente, de dos temperamentos diferentes, sino el resultado de dos vidas diferentes: Al gordo de Beaconsfield la paradoja le resultaba congenial, una humorada divina de la cual el hombre, cuanto más quisiera librarse della, más sufría su asedio; algo así como un remedio con cuyo uso solamente era consentido salvarse y nunca perderse, salvo traicionarlo. Maestro indiscutible de la paradoja, Chesterton jamás cayó en esa segunda natura del género que es el cinismo, como Bierce, o Shaw o Wilde, que intentaron cultivarlo sin desentrañarlo. Bloy vivió en una paradoja desde su nacimiento; el fué una figura paradojal: Era un príncipe obligado a vivir como un plebeyo en un mundo ramplón y atorrante en el cual no valía la pena ser príncipe ni atorrante; él, que había sido creado para dar a manos llenas, debía pasársela mendigando a cada instante. Escribía por amor, exclusivamente, y no por cálculo ni por placer, como cuando tuvo que desalentar a un novel escritor a quien no quería ofender, pero tampoco traicionarlo encareciendo un talento fementido. ¡Dios mío, que poco placer tuvo en escribir ciertas cosas!

—¡Usté macanea! Todo el mundo escribe al fin y al cabo por placer, por que nadie hace nada que no lo de algún placer, como dijo el gran fon Misesss dice el editor interesado.

En parte es cierto, a condición que nos pongamos de acuerdo sobre qué es el placer; algunos escriben por placer, al menos al comienzo y otros no, lo hacen por deber; lo mismo que las demás cosas de esta vida, algunas se hacen con placer y otras se hacen ... por que hay que hacerlas. Dios pone en la vida de cada uno una encrucijada, en la cual se debe elegir; y ordinariamente, se nos permite ver las consecuencias de nuestra elección. Sin embargo, casi todos eligen la via que consideran mejor, no la más placentera, sino la mejor, por que todo hombre obra bajo razón de bien, que no es lo mismo que el placer, aunque el bien procure un justo placer. Y esto, lo hacen igual los mediocres y hasta los malvados, que ven en su propio bienestar un fin bueno, aunque el mal nunca procure placer verdadero. La diferencia no es solamente la noción de placer, sino la vida moral de cada cual, o mejor dicho, la elevación de esa vida. Si además la vida religiosa —o sea nuestra relación con Dios y lo que nos figuramos, o a veces constatamos, que Dios espera de nosotros— es profunda, el único placer verdadero es alcanzar la vida Eterna por medio de la fuente de Agua Viva, como atestigua San Agustín.

No hemos investigado si existe en Chesterton alguna referencia a Bloy o, si acaso, lo habría conocido —como escritor, decimos. Nadie nos discutirá si decimos que Chesterton es, seguramente, mejor escritor que León Bloy, por lo menos, en el aspecto formal. El barroquismo del francés, su exasperante prosa de párrafos extensísimos y la abundancia de figuras como martinentes y tropos violentísimos, crispan antes que serenar y ponen tanta distancia cuanto es posible hallarla, del estilo plácido, preciso y oportunamente jocoso del Tío Gilbert. Además, la incomprensión de Bloy hacia España y hacia la Conquista, probable hija de la envidia oficial francesa y más notoria en su Napoleón que en ninguna otra parte, lo hace antipático al lector peninsular. Cierto es que en ninguno de los dos hay debilidad ni vulgaridad siquiera; ambos suben hacia el Cielo desde el barro más negro en un instante y con facilidad flamígea, fusores como son, a través de las letras, del Cielo con la Tierra, con ese lenguaje con que nos hablan los profetas y a las que uno, chicato y retacón, no puede ni asomarse sino con ayuda exterior —como las crisis económicas. Escuchamos hace años a un notable sacerdote decir que las obras de algunos escritores son en cierto modo litúrgicas, en cuanto realizan, en forma esencialmente distinta a la Liturgia verdadera, desde luego, esa unión del mundo visible con el sobrenatural.

G. K. Chesterton

Lo que en Chesterton es crítica severa, a veces jocosa y siempre buen fundada, en Bloy es explosión de indignación inaudita y de estelares dimensiones. Un caso: la pobreza como mal social (no como virtud), tiene en Chesterton un crítico notable y le lleva, casi naturalmente, hacia la exposición del distributismo como doctrina alternativa al liberalismo y al socialismo; en Bloy la pobreza es simplemente un modo de vida, su propio modo de vida, el único que tiene y del cual no puede dejar de escribir por que es su hermana gemela de la que jamás apostataría, y arranca en rugidos de irritante protesta que, a más de un siglo de proferidos, aún retumban con fuerza. Así, algunos vieron en uno y otro comunistas en ciernes, donde ellos veían la malicia pecaminosa de la angurria y la codicia desmedidas —que son propiamente dos pecados de copiosa desmesura y egoísmo.

Lo más destacado es que los dos vieron el mundo como un espejo medio ahumado, al modo paulino en Corintios XIII, 12, y de los grandes místicos, donde el mal presente es bien futuro y viceversa. Y esa es la razón por la cual no ventilaban quejas sobre los males que ellos sufrían, acaso voluntariamente aceptados, pero se airaban contra los males infligidos a los demás y que dañaban tanto a sus autores como a las víctimas. Para Chesterton, la paradoja era el modo regular —si se nos consiente la licencia de decirlo así— de explicar la Gloria Eterna que debe ser la aspiración de todo hombre; Bloy en cambio, excretó su condena, vociferante, a la cara de una civilización —o lo que quedaba de ella— que rehuía la santidad como el sapo a la guadaña, pero que igual terminaría degollada por su impiedad.

De un artículo de Borges sobre Bloy, extraemos algunas ideas muy interesantes, que el argentino no pudo continuar hasta su evidente conclusión, quizá por dos razones: una, porque, talentoso para el decir, el buen hablar y el buen escribir, era un fracaso total para pensar ( ¡Dios da pan al que no tiene dientes ...!), y la otra, por que las consecuencias eran aterradoras...; y dice así: La tercera (se refiere a unas cartas de Bloy sobre el sentido paradojal de la vida y las cosas) es de una carta escrita en diciembre: “Todo es símbolo, hasta el dolor más desgarrador. Somos durmientes que gritan en el sueño. No sabemos si tal cosa que nos aflige no es el principio secreto de nuestra alegría ulterior. Vemos ahora, afirma San Pablo, per speculum in ænigmate, literalmente: en enigma por medio de un espejo y no veremos de otro modo hasta el advenimiento de Aquel que está todo en llamas y que debe enseñarnos todas las cosas”. La cuarta (carta) es de mayo de 1904. “Per speculum in aenigmate, dice San Pablo. Vemos todas las cosas al revés. Cuando creemos dar, recibimos, etc. Entonces (me dice una querida alma angustiada) nosotros estamos en el cielo y Dios sufre en la tierra. ” La quinta es de mayo de 1908. “Aterradora idea de Juana, acerca del texto Per speculum. Los goces de este mundo serían los tormentos del infierno, vistos al revés, en un espejo. La sexta es de 1912. En cada una de las páginas de L’Ame de Napoleón, libro cuyo propósito es descifrar el símbolo Napoleón, considerado como precursor de otro héroe — hombre y simbólico también— que está oculto en el porvenir. Básteme citar dos pasajes: Uno: “Cada hombre está en la tierra para simbolizar algo que ignora y para realizar una partícula, o una montaña, (de los materiales invisibles que servirán para edificar la Ciudad de Dios.” Otro: “No hay en la tierra un ser humano capaz de declarar quién es, con certidumbre. Nadie sabe qué ha venido a hacer a este mundo, a qué corresponden sus actos, sus sentimientos, sus ideas, ni cuál es su nombre verdadero, su imperecedero Nombre en el registro de la Luz... La historia es un inmenso texto litúrgico donde las iotas y los puntos no valen menos que los versículos o capítulos íntegros, pero la importancia de unos y de otros es indeterminable y está profundamente escondida.”

Párrafos de los cuales el maestro porteño, sin ninguna duda una pluma eximia y admirador incodicional de los dos anteriores, no pudo extraer su principal sentido, a saber: Que en el estado actual del hombre, en naturaleza caída, no se puede ver ni comprender los misterios del propio bien eterno sino de una manera obscura, imprecisa, vacilante y espasmódica. Y que por lo tanto, sin el auxilio de la Fe, que reemplaza la impotente razón como un espejo es ícono de un ser vivo que está fuera de nuestro ángulo de visión, no existe verdadera gnosis, sino paparruchadas de ilusionista.

Y por último, resta declarar que esto es un homenaje (quizá dos) y no un ensayo, de manera que nuestros eruditos y temidos lectores no lo vayan a tomar en más de lo que es y se nos vengan encima.


sábado, 17 de noviembre de 2007

El mundo sin Cristo

En una declaración reciente, los señores Obispos de la Banda Oriental han manifestado su posición doctrinaria frente al aborto: “Nuestra postura contraria al aborto no está fundamentada prioritariamente en premisas de orden religioso, porque el derecho de un ser humano a nacer está inscrito en la misma naturaleza humana”.

Es una verdadera lástima que, siguiendo la moda nuevaolera de negarse a sí mismos como Apóstoles de Cristo, acudan a argumentos de derecho natural —verdaderos ciertamente— pero insuficientes en la boca de un obispo, quien es ante todo un indigno servidor de Nuestro Señor Jesucristo y necesariamente, Su testigo; fiel, dentro de lo posible. “Quien me confesare ante los hombres, Yo lo confesaré ante el Padre”, es el mandato singular que rige estas terribles circunstancias, en las cuales —lo admitimos— no se acierta ya a cuál remedio acudir para impedir este brutal crimen del aborto.

Sin embargo, la renuncia a Cristo, a ser Su Voz, Sus Manos, y aún su benévolo y paternal látigo, debería ser lo último en abandonarse o, mejor dicho, lo que jamás se debería abandonar: Yo vivo, más no soy yo, sino Cristo quién vive en mí, recordaba el Apóstol modelo.

¡Qué poco valor tiene esta vida de Cristo en uno! Y en el mundo si vamos al caso, como para que no quiera emplearse, ni siquiera, para aleccionar a los católicos contra un crimen infame y bestial; y a los no católicos, de amonestación sobrenatural sobre una verdad que los alcanzará igualmente algún día, tanto como a todos los bautizados. Por que en nadie está el poder de exonerarse ante del Juicio de Dios invocando su ateísmo: Dios mismo inscribió la ley natural en el corazón de todos los hombres y, cuando manda cumplirla, lo hace por que es bueno, además de ser bueno por que Dios lo manda; pero siempre lo hace como Dios. Y es en Su Santo Nombre que hay posibilidad de obtener el perdón. Pues Él es juez y juzgará con rigor estos crueles desamores; y toca a sus Apóstoles aleccionar al mundo en Su santo Nombre, advertirlo, amonestarlo y prepararlo para el día del Juicio que seguramente sobrevendrá.

La exigencia de la hora es el testimonio heroico de Cristo, de Su realidad histórica y sobrenatural y de Su Realeza social indiscutible e irreemplazable. ¿Para qué celebramos fiestas como la del Cristo Rey, si nada le debemos como rey por derecho originario, ni tan siquiera un modesto reconocimiento de ser Él, como tal, Vida completa y Vida eterna?

Nos llena de tristeza esta novedad —no de estupor, pues es pan diario nuestro el leer cosas déstas— y nos mueve a ponerlo por escrito el que, en la modestia de este medio, pudieran acaso reflejarse y retroceder aquellos que quieren salvar al mundo sin despreciar al mundo, pero recurriendo más y más a lo que, de por sí, ya está perdido y es causa misma de perdición, como el demonio y la carne. La desacralización tan parloteada no es, primeramente, una cuestión puramente litúrgica sino de adhesión viva y real a Cristo, una configuración a Él y con Él en todo y que, en el sacerdocio, se da de un modo pleno y total y por toda la eternidad; el sacerdote, al aceptar el llamado y la sagrada ordenación, renuncia al mundo —y desto es signo el negro de su sotana, al cual signo tampoco debería renunciarse— al amor meramente humano y a los criterios de este mundo, para buscar con sincero y creciente afán el elevarse con el Divino Maestro hasta la Morada Eterna. Grande será, así, su recompensa, si es fiel trasunto de Cristo.

Y si no, no quisiéramos estar en sus zapatos; ni siquiera si fuesen morados.



PS: En un discurso de pocos días atrás, Su Santidad Benedicto XVI recordó a los obispos allí presentes, portugueses en visita ad limina, que “la verdadera misión de la Iglesia: no debe hablar principalmente de sí, sino de Dios”. La noticia apareció recién en el servicio de ayer, así que la agrego hoy. Y porque algunos creen que no se debería decirle nunca nada a los obispos cuando se equivocan, (¡¿Y cómo va a saber uno, que no es naides, cuándo se equivocan, éh, éh!?) provistos como se encuentran de una idolatría nunca vista en la historia de la Iglesia, que era la historia de hombres libres, hijos de Dios, y no esclavos de una adherencia seca y vacía que se parece tanto a la obedicencia como una piedra de colores a un caramelo.

martes, 13 de noviembre de 2007

¿Por qué te callas?

Un sonado, o más bien súper difundido episodio, ha tenido por actores —en el más estricto sentido de la palabra, nos parece— al rey Juan Carlos de España y al presidente Hugo Chávez de Venezuela.

De Chávez, un cholito carón y resentidillo no vale la pena hablar, pues su carrera como agente yanki recién comienza y tiene todavía un largo camino que recorrer, para llegar a encontrarse en la posisición de su amigo y admirado Fidel; aunque sus estudiadas boutades, concebidas para mejorar su imágen pública, resulten insuficientes para alterar el natural y lento decurso de su aburridez congénita, ni para aligerar su sonsonete zurdillo y vulgarón.

Hoy un juramerto ...

Juan Carlos de Borbón es otra cosa: Nieto del último rey de España, fue elegido por Francisco Franco, el Caudillo de España, para instaurar a partir de él una estirpe monárquica en la España de la posguerra. Cuando aún “no era nadie”, su educación, su noviazgo, su casamiento principesco, su sostenimiento cotidiano, sus vacaciones extensísimas y hasta su sastre, los pagó el ahora oprobioso régimen de Franco, al cual está a punto de traicionar por enésima vez, como felón y perjuro que es. Una típica Ley zurda, denominada con trampa y sin ingenio como de la Memoria falsa, ha sido aprobada por el PSOE (el mismísimo partido causante de la expulsión tramposa de su abuelo y de muchas de las muertes por asesinato de los mártires españoles), a fin de condenar en bloque y legislativamente al régimen político nacido de la victoria sobre el comunismo de 1939. Una revancha estilo Jólibúd, digamos: no te gano en la realidad pero te ridiculizo en el cine.

Para don Juan Carlos, quien desde luego no asistió —ni él ni ninguno de su familia— a la beatificación de los 498 mártires españoles realizada en San Pedro el último domingo de octubre, el problema es enorme y específico, pues de no vetar la ley en cuestión —que además de ser un dislate histórico es un disparate legislativo, pues la ley ordena para lo futuro y nunca prejuzga de lo pasado, por que es irretroactiva (menos para los peronistas)— dará su personal aprobación a la condena definitiva e inapelable pronunciada contra la rama en la cual está tan cómoda y orondamente sentado; la cual, a no dudar, será serrada con indecible deleite por muchos más de los que él cree. Por que si existe algún monumento o recuerdo del franquismo que realmente se encuentre vivo y presente entre los españoles más que ningún otro, ese es el rey Juan Carlos

Mañana una traición ...

Juan Carlos es un hombre que acostumbra callar a tiempo y destiempo (salvo que exista algún beneficio en hacer lo contrario), vicio que denota oportunismo, o cobardía o complicidad. Calló cuando lo de Tejero (que obedecía a su rey antes que a sus impulsos); calló cuando lo del divorcio, cuando lo del aborto, cuando ... ¡tantas cosas! Su vida ha sido un dechado de silencios reveladores, traicioneros y culpables, digamos, a partir del juramento que profiriera en noviembre de 1975 comprometiéndose a respetar las Leyes Fundamentales del Reino de España ... franquista.

Ahora, si calla siguiendo una costrumbre inveterada y que lo ha mantenido a flote por 32 años, se hundirá en el fango que no quiere denunciar; por que él primero que nada, es una reliquia insigne y excepcional del Régimen franquista. A Chávez, pues, en un momento de relajación, le ha revelado el secreto de su permanencia donde lo puso Franco: ¿Por qué no te callas? no fué una admonición, sino un consejo de correligionario.

Allá él, que poco nos importa. Pero sí nos importan España y la Monarquía española, de la cual estas provincias fuéramos parte principalísima en su día; y por las cuales rogamos a Dios Nuestro Señor que, en recuerdo de San Fernando, el santo rey de Castilla y León, ejemplo de caballerosidad, lealtad e hidalguía, las salve nuevamente de los indignos que en ellas se aposentan.



lunes, 12 de noviembre de 2007

La Revolución

El 7 de noviembre de 1917, hace 90 años, daba comienzo la Revolución Bolchevique en Rusia mediante el asalto del Palacio real de San Peterburgo y la toma de unidades administrativas y militares en Moscú y otras ciudades.

Las más de 100 millones de víctimas mortales que se cobró la aventurilla, dislocan completamente el argumento socorrido de la “tiranía” zarista —un régimen más liberal que los liberales posteriores, más modernos, y ciertamente mucho menos mortal que la Revolución Comunista— y dejan sin explicar una derrota militar ante Alemania que costó muchos sacrificios y privaciones a Rusia, y sobre todo, dejó al Comunismo como culpable del delito de felonía. Esa falta horrenda cuya infamia, en palabras del más ilustre soldado del siglo XIX, “ni el sepulcro puede borrar”.

¿Qué importancia tendría todo eso para el partido? Ninguna: el partido, la ideología o “la causa”, por inexplicables motivos psicológicos dignos de otro estudio pormenorizado, se antepuso a aquellos bienes que tradicionalmente se ponían por delante de la propia vida y por cuya vigencia, ésta se entregaba con gusto y hasta alegre desinterés: la Iglesia, Patria, la lealtad jurada, la camaradería, la familia, el amor al suelo, al terruño y a los paisanos ... ¡el rey!. Homenajeando abstracciones de mortal resultado, afanes idílicos de nunca conquistado bastión, se abatieron aquellas banderas que portaban las más dignas realidades —las más dignas de ser vividas—, lábaros de las cosas prójimas y amables que pasaron, inexplicablemente, a engrosar las filas del enemigo más acérrimo.

La vida del pobre o del rico se volvió, insensiblemente, portadora de una tristeza metafísica, un horror al ser y a ser, dejándose así paso a una vida llevada adelante solamente por el tedioso trabajo de no matarse.

Entre 1925 y 1935, los planes quinquenales stalinistas mataron de hambre (en forma real, no literal) unos 40.000.000 de ucranianos, rusos, bálticos, polacos ... ¡El partido estaba primero! ¡Dios “estado”, ese invento demoníaco de Juan Bodino, como nuevo Moloch, requería los sacrificios del pueblo! Desde luego, tanto sacrificio era contra nada, contrapartida estéril de una fantasía malparida, una ilusión de gabinete saturado de drogas, alcohol y azufre; una fanfarronada cruel del destino misérrimo de millones de nuevos pobres “redimidos” por el anticristo.

El mundo “occidental” lo supo y, canalla y cómplice, según es su hábito regular desde 1789, calló.

El Cielo habló por boca de su Madre en Fátima, y la Iglesia juzgó y condenó, y por mejor decir: gritó la condena más profunda, el rayo más fatal, que háyase podido lanzar desde la Cátedra petrina. Intrísencamente perverso” lo llamó la Esposa del Cristo, con unas palabras que ni siquiera el Adversario ha merecido jamás. Y es lógico, pues al menos satanás y los hombres son obra de Dios, nada intrísecamente malos sino sólo accidentalmente —y por eso es condena y no beneficio el Infierno eterno—; pero el Comunismo es obra del maligno y de hombres malos de consuno: superior tenía que ser a cada uno de sus autores.¡Intrínseca perversidad que, de la mano de misteriosos hermanos de encrucijada, alcanzó a alzarse con la Santa Rusia y ha esparcido sus errores por el mundo, como anticipó el Cielo en Leiría en 1917!

La guerra, ese clamor de realidad vejada, reclamó sus fueros y en 1941 se restablecieron los servicios litúrgicos, se volvió a hablar de Rusia en lugar de Unión soviética, de patriotismo y de camaradería en vez de lucha de clases, porque, como es sabido, nadie entrega su vida por el sistma métrico decimal, por una fantasía o una abstracción, sino por cosas concretas y próximas. Ni la Patria, con ser todo lo que ella es, concita tanto fervor como los bienes más próximos: el camarada, la familia, el hermano ... Así que el régimen restableció temporariamente unas realidades que, desde sí mismas, vocaban los hombres a las armas mejor que la fantasía demoníaca; admitiendo así y de paso, su propia e ilevantable inepcia, su condición antihumana demostrada en esa incapacidad manifiesta de no convocar a nadie ni por medio del más sacrosanto temor.

La mancha repugnante de expandió al socaire de la decidida protección brindada por la hermandad anglosajona, pervadió primero Europa oriental, luego China y el sudeste asiático, más tarde algunos países africanos e hispanoamericanos; y es que, en efecto y como advirtiera la Virgen Nuestra Señora: sus errores se han esparcido por todo el mundo. No solamente como forma singular y nueva de tiranía política, sino como criterio secular, como LA filosofía predominante frente a la vida y a las cosas de este mundo, y del otro también. El comunismo, substituyendo idealmente al Paraíso; exigiendo, eso sí, más sacrificios que aquél, pues sobre no ser voluntarios ni facultativa la elección de los medios para alcanzarlo, todo en él es compulsión y violencia, terror, vacío y tristeza sin fin y nada dichoso, pacífico o contemplativo.

Anglosajonia se ha preocupado con eficaz esmero de proporcionar puntualmente recursos, defensa armada y argumentos existenciales al Comunismo intrínsecamente perverso. Los órganos de difusión en todas sus formas profieren, como la bestia apocalíptica, blasfemias y mentiras, opiniones falseadas, verdades a medias y, en todo sentido, propaganda comunista. Es probablemente la etapa final, la prevista por Antonio Gramsci como la aurora del verdadero triunfo, cuando toda la cultura (al menos la disponible con cierta facilidad) sea comunista.

La última foto de Lenin

El principal fautor de la Revolución de octubre-noviembre, Lenin, moriría pocos años después probablemente enloquecido, obseso o poseso, a juzgar por las horrorosas descripciones que sus biógrafos más profesionales y menos comunistas nos han dejado sobre sus últimos tiempos. Una imagen, que dejamos aquí para testimonio, parecería darle razón a los más pesimistas de estos autores. Consta sin duda alguna que él y Sverdlov dieron la orden fatal que terminaría con la vida de toda la familia imperial, crimen tan inútil como todos los demás, pero muy representativo del valor que se daba a la vida por aquellos tiempos, en esos lugares, por esa gente.

El “derrumbre” de 1989, las glasnost, perestroikas, Gorbachoves, Yelstines y demás marionetas de los años '90 no engañan a nadie sobre el futuro de esta gran revolución, posiblemente la última, que ha asolado al mundo. El noticiero perpetuo, el Apokalypsis, prefigura este hecho con la aparición de la cabeza coronada que, supuestamente muerta, vuelve a las andadas hasta la Segunda Venida. ¡Y qué andadas!

No podemos sino pensar que, la Revolución Comunista, goza de muy buena salud y mantiene prisioneros a cientos de millones de seres humanos, sin Dios, sin familia, sin Patria, sin amigos, sin esperanzas ...

La Consagración de Rusia al Corazón Inmaculado de María Santísima y, por consiguiente, la conversión de Rusia, están pendientes y esperan su hora de la verdad. El mal dispersado por Rusia comunista cesará, pero será tarde para detener sus efectos mortíferos para el alma y el cuerpo, que ya se sienten en todo el mundo como el incómodo dolor de huesos del condenado a morir. ¡Si hasta una simple beatificación de 498 mártires del comunismo es materia de escándalo generalizado, antes que de arrepentimiento! Consta, pues, que sus autores lo harían de nuevo, si pudieran. Uno de ellos, al menos, nonagenario ya, espera pacientemente su hora; y no se diga que no sabe esperar. ¿Qué no harían otra vez, si pudieran, si Dios no se interpusiera ...?

Roguemos a Dios Nuestro Señor y a Su Madre Santísima, quiera abreviarnos lo más posible este mal trago, por amor a Su Misericordia.


jueves, 1 de noviembre de 2007

Dies Iræ


DIES IRÆ

(Secuencia de la Misa de Difuntos)

Dies irae dies illa,
solvet saeclum in favilla,
teste David cum Sibylla.

¡Oh, día de ira aquel en que el mundo se
disolverá, como lo atestiguan David y Sibila!

Quantus tremor est futurus,
quando judex est venturus,
cuncta stricte discussurus.

Cuán grande será el terror cuando el juez venga a juzgarlo todo con rigor.

Tuba mirum spargens sonum
per sepulcra regionum
coget omnes ante thronum.

La trompeta, al esparcir su atronador sonido por la región de los sepulcros, reunirá a todos ante el trono.

Mors stupebit et natura,
cum resurget creatura
judicanti responsura.

La muerte se asombrará, y la naturaleza, cuando resucite lo creado, responderá ante el Juez.

Liber scriptus proferetur,
in quo totum continetur,
unde mundus judicetur.

Se abrirá el libro en el que está escrito todo aquello por lo que el mundo será juzgado.

Judex ergo cum sedebit.
Quidquid latet apparebit,
nil inultum remanebit.

Entonces el Juez tomará asiento. Cuanto estaba oculto será revelado, nada quedará oculto.

Quid sum miser tunc dicturus?
Quem patronum rogaturus,
cum vix justus sit securus?

¿Qué diré yo, miserable? ¿A qué abogado acudiré cuando aun el justo penas está seguro?

Rex tremendae majestatis,
qui salvandos salvas gratis,
salva me fons pietatis.

¡Oh Rey de terrible majestad, que a los que se han de salvar salvas gratuitamente! ¡Sálvame fuente de piedad!

Recordare Jesu pie,
quod sum causa tuae viae:
ne me perdas illa die.

Acuérdate, piadoso Jesús, de que por mí has venido al mundo; No me pierdas en aquel día.

Querens me sedisti lassus,
redemisti crucem passus.
Tantus labor non sit cassus.

Al buscarme, fatigado, tomaste asiento, me redimiste padeciendo en la cruz. Que no quede en vano tanto trabajo!

Juste judex ultionnis,
donum fac remissionis
ante diem rationis.

Oh justo juez de las venganzas, concédeme el perdón en el día en que pidas cuentas.

Ingemisco tamquam reus,
culpa rubet vultus meus;
suplicanti parce Deus.

Gimo como reo, la culpa ruboriza mi cara. Perdona, Señor a quien te lo suplica.

Qui Mariam absolvisti
et latronem exaudisti,
mihi quoque spem dedisti.

Tú que perdonaste a María (Magdalena), y escuchaste al ladrón y a mí mismo me diste la esperanza.

Preces meae non sunt dignae,
sed Tu bonus fac benigne,
in perenni cremer igne.

Mis plegarias no son dignas; pero Tú, buen Señor, muéstrate benigno, para que yo no arda en el fuego.

Inter oves locum praesta,
et ab haedis me sequestra,
statuens in parte dextra.

Dame un lugar entre tus ovejas y apártame del infierno, colocándome a tu diestra.

Confutatis maledictis,
flammis acribus addictis.
Voca me cum benedictis.

Arrojados los malditos a las terribles llamas, convócame con tus elegidos.

Oro supplex et acclinis,
cor contritum quasi cinis,
gere curam mei finis.

Te ruego, suplicante y anonadado, con el corazón contrito como el polvo, que me cuides en mi hora final.

Lacrimosa dies illa,
qua resurget ex favilla.
Judicandus homo reus,
huic ergo parce Deus.

¡Oh día de lágrimas, aquel en el que resurgirá del polvo el hombre para ser juzgado como reo! A él perdónale oh Dios.

Pie Jesu Domine,
dona eis requiem.
Amen

Piadoso Señor Jesús: dales el descanso eterno.
Amen.



Requiem æternam dona eis, Domine; et lux perpetua luceat eis
In memoria æterna erit justus; ab auditione mala non timebit


lunes, 29 de octubre de 2007

El Infierno está que arde ...

En una ceremonia oficial realizada en la Basílica de San Pedro del Vaticano, la Iglesia beatificó ayer, domingo, a 498 mártires del comunismo durante el período 1934 a 1939. Con lo presente, suman más de 1.000 el número de los canonizados y beatificados en éste y el anterior pontificado, que entregaron su vida en testimonio de Cristo en la España comunista de aquellos años. Algo más que los que obtuvo la persecución de Diocleciano.

Alguno que otro, presuntuosos de su falsa buena memoria, ha soltado por ahí, junto con el azufre indisimulable de su aliento, que el régimen surgido del Alzamiento nacional de 1936 había fusilado a 18 sacerdotes; el propósito evidente es contextualizar el sacrificio de los mártires en una lucha meramente civil para sostenerse, así, la tesis de la relativa ambigüedad de la posición de sendas partes en conflicto y —como quien se pasea por la Historia rapiñando cosillas de aquí y de allí, como en una verdulería— desmitificar el aplastante número de elevados a los altares y el hecho evidente de la motivación estrictamente religiosa de los asesinatos. Como no es cuestión atinente al asunto, no nos molestaremos en negar los fusilamientos de los 18 religiosos por los nacionales; pero tampoco pasaremos adelante sin hacer una modesta y doble declaración, a fin de dejar cerrado el punto: los comunistas mataron unos 7.000 religiosos y sacerdotes, del total de 16.000 víctimas mortales comprobadas y comprobables asesinadas en España expresamente por odio a la fe, entre 1936 y 1939, por comunistas, anarquistas, brigadistas y todos los ístas que se quiera imaginar, contra las ¡18 víctimas! que podrían exhibir estos resentidos olvidadizos. Si dicen —como lo hacen ahora y seguirán haciendo— que lo que importa es el hecho y no la cantidad, habrá que preguntarles por qué sus siniestros defendidos no se conformaron y detuvieron la matanza luego de los primeros asesinatos de sacerdotes, digamos unos 10 ó 20, sino que continuaron su camino de sangre hasta el exterminio de todos los miles nombrados, si con los primeros dejaban sentado el hecho de su interés. Pero sobre todo ello, que siendo patético es anecdótico, queremos afirmar que la Iglesia, que es la única que puede juzgar y fallar estos casos en forma definitiva, en el de los de los religiosos y eclesiásticos españoles beatificados y canonizados —y que abarca desde niños hasta un venerable anciano de 100 años— ha declarado solemnemente que han sido martirizados por odio a la Santa Fe y que ello, unido al insoportable perdón que brindaran a sus asesinos, basta para fijar la primer y tajante diferencia entre unos y otros; sin desmerecer a los no beatificados, pero sin hacer de éstos mártires y sin negar que sean o pudieran ser, solamente, pobres víctimas de alguna injusticia en el mejor de los casos. O como dijera de 16 de los 18 sacerdotes fusilados por las tropas nacionales el Embajador de Estados Unidos, Mr. Bowers: «esta lealtad de los católicos vascos a la democracia ponía en un aprieto a los propagandistas que insistían en que los moros y los nazis estaban luchando para salvar a la religión cristiana del comunismo». Este embajador lo dijo todo; pero en particular, que no fueron muertos por odio a su sacerdocio sino por política.

Un fusilamiento “político” ...

Esperamos haber sido claros, porque lo que ocurrió en España aquellos años no fue solamente un artero, premeditado y profusamente difundido ataque a la nación española, sino principalmente una persecución religiosa en debida forma, de manera tal que sería torpeza o malicia un negacionismo antihistórico o, siquiera, el menor atisbo del modernísimo e inmoral “equilibrismo” o contextualismo, consistentes en pretender compensar entre sí estos 7.000 asesinatos, más los de las restantes 300.000 de víctimas civiles y militares tras las líneas rojas cometidos sobre todo entre 1936 y 1937, con los fusilamientos que el régimen franquista impuso a ciertos delincuentes durante y después de la guerra civil. El mismo hecho de su diferente cronología predica esta verdad, si no se quiere apelar al argumento de su aplastante superioridad numérica y la saña enloquecida con que fueron cometidos. Pero sobre todo, milita en favor de los mártires otro contexto tan evidente como olímpicamente ignorado: la vesánica locura disparada desde la república contra todo aquello que fuera signo, símbolo o tuviera alguna apariencia de catolicismo; por poner un ejemplo (si no bastara el famosísimo de la fotografía), en Cartagena no quedada ni un sólo templo católico en pie cuando entraron las fuerzas nacionales, ni tampoco, nada en absoluto del ajuar de las iglesias destruidas. ¿Qué perentoria necesidad, como no fuera el odio inexorable que sube del infierno, pudo justificar esta inmensa tragedia? ¿Qué excusa existe para intentar poner en el mismo platillo, de la Gloria ya declarada, a ambos bandos, el uno descarada y manifiestamente sacrílego, el otro yendo a la muerte con palabras de perdón, confesión de la Fe verdadera e inimitable alegría cristiana? ¿Y cuál de los dos “bandos” ofreció su perdón al otro, y cuál dellos respondió con su resentimiento, su odio, su “Memoria” esquizofrénica y su hemipléjica moral de situación?

Y por eso, por esa gigantesca e inocultable desproporción, las iras del báratro han inundado por estos días la prensa en general con toda clase de infundios y mentiras, fuera silenciando las beatificaciones —excurso fallido, si los hay—, fuera contrariándolas como si de actos políticos (ciertamente, con 70 años de demora ...) se trataran. Consta, por lo demás, que ceñir la persecución religiosa en España al trienio de la guerra civil es, además de una inexactitud lo menos culposa y sospechosa de parcialidad, un arma de doble filo; si es verdad, se justifica indirectamente el Alzamiento, al dejar establecida una causa autónoma de suficiente gravedad y expedito el camino a la resistencia a la opresión. Pero además, se ignora que el anticlericalismo español y el asesinato de religiosos o el robo, profanación o incendio de bienes y edificios religiosos, viene fomentádonse sin prisa pero sin pausa y en creciente aumento desde el Trienio liberal de 1823 y la Revolución de 1834; y en el siglo XX, la Semana Trágica de 1909, las jornadas del 10 y 11 de mayo de 1931 o la Revolución de Asturias de 1934, injustificables excesos que también han entregado sus decenas de mártires a la Iglesia y su parte de gloria al catolicismo en España. Y que no pueden explicarse precisamente como una reacción circunstancial ante el Alzamiento. En cuanto al período de éste, es conocidísima la memoria sobre la cuestión y situación de la Iglesia, elevada por Manuel de Irujo al Gobierno republicano que él mismo integraba como ministro sin cartera y luego de Justicia ¡nada menos!, a mediados de 1937:

La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aun han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos, llevando a cabo —los organismos oficiales los han ocupado en su edificación obras de carácter permanente. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerda.

Y es que el asunto, como queda patentizado por la confesión de los propios inculpados, no menos que por la declaración de heroicidad de las virtudes y la libranza del derecho a la veneración popular, no es de ningún modo político: Aunque se pudiese, sin mentir en nada, llamar a estos muertos “mártires de la guerra civil”, o de España, o de la Cristiandad, puesto que son todo eso y mucho más, no sería justo con ellos, pues sería una verdad a medias o, acaso, una mentira bien disfrazada. Pues lo que interesa ahora por aquí, es que son derechamente “mártires de Cristo” y de su Iglesia; testigos heroicos e inmediatos, irrecusables y veraces de la Realeza y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, de su Señorío de allí arriba y de aquí abajo y de la Santidad de la Iglesia. Y aceptar esto, en pleno siglo XX y XXI, convengamos en ello, para el demonio es mucho pedir.

En la forma extraordinaria de la Liturgia latina y que es la únic que conocieron estos mártires, ayer Domingo, se celebró la Fiesta de Cristo Rey, fiesta mayor que en la forma ordinaria ha pasado al último domingo de noviembre. En su Encíclica Quas Primas, por la cual se instituye la Fiesta, afirma el papa Pío XI que Cristo es rey deste mundo por tres motivos, a saber: por filiación y derecho de primogenitura, por derecho de conquista a precio de sangre y por derecho de rescate a precio de Su Vida, y por derecho de excelsitud, en cuanto es el hombre más perfecto que haya existido jamás y en quien existe una supereminente Caridad, propia de la Unión Hipostática, que lo eleva por encima de todo lo creado y lo hace merecedor, en justicia, del reino terrenal. Recuerda el Papa que, siendo Cristo Ungido del Padre y Uno con Él, es por justa causa supremo legislador y supremo juez y que como tal, lo confiesan las Sagradas Letras. Y en efecto, lo vemos legislando y premiando a quienes lo obedecen: Quienes guarden sus preceptos demostrarán que Lo aman y guardarán la Caridad (Jn 14,15; 15,10). Los mártires son los primeros en la hora del Amor a Dios, y la conservación de la Caridad, la recibirán eternamente como recompensa por su perseverencia heroica en la Fe; por que la Fe es el principio y la Caridad el Fin.

¿Son acaso y en algún sentido “políticos” estos martirios? Acaso lo fueron en un sentido mucho más espiritual del que supusieron sus victimarios de sangre y los más insidiosos, los de hogaño, aquellos que ponen en crisis su virtud heroica con argumentos facciosos y rastreros; y en todo caso, en un sentido que se les oculta casi totalmente. Continua diciendo el Papa Pío XI:

... erraría gravemente el que negase a Cristo-Hombre el poder sobre todas las cosas humanas y temporales, puesto que el Padre le confirió un derecho absolutísimo sobre las cosas creadas, de tal suerte que todas están sometidas a su arbitrio. Sin embargo de ello, mientras vivió sobre la tierra se abstuvo enteramente de ejercitar este poder, y así como entonces despreció la posesión y el cuidado de las cosas humanas, así también permitió, y sigue permitiendo, que los poseedores de ellas las utilicen.

Acerca de lo cual dice bien aquella frase: No quita los reinos mortales el que da los celestiales. Por tanto, a todos los hombres se extiende el dominio de nuestro Redentor, como lo afirman estas palabras de nuestro predecesor, de feliz memoria, León XIII, las cuales hacemos con gusto nuestras: El imperio de Cristo se extiende no sólo sobre los pueblos católicos y sobre aquellos que habiendo recibido el bautismo pertenecen de derecho a la Iglesia, aunque el error los tenga extraviados o el cisma los separe de la caridad, sino que comprende también a cuantos no participan de la fe cristiana, de suerte que bajo la potestad de Jesús se halla todo el género humano.

En algo presintieron bien sus asesinos, pues aquellos gloriosos mártires luchaban por su Rey, un rey eterno y terrenal que sobre los sanguinarios también extendía sus reales manos enclavadas, y cuyo cetro se extiende desde las cosas del cielo a todas las creadas, sin excepción. El Padre Castellani, en un brevísimo comentario sobre la realeza de Cristo, nos recuerda que cuando Cristo afirma ante Pilato que Su reino no es de este mundo, no dice que no se extienda hasta aquí abajo sino que no está causado ni originado aquí, pero que Su potestad lo alcanza a este mundo en el cual es Rey de Reyes con toda justicia, como que para eso mismo ha nacido y venido; por lo cual no ha querido dejarse coronar por los judíos que lo buscaban para hacerlo Rey, pues no necesitaba un título pasajero como el que da el mundo, como no había aceptado el que le ofreciera el maldito en el Desierto, por que la unión hipostática era supereminente causa para ser Rey por toda la eternidad y no, acaso, por el breve término una vida.

Una vida que, por eso mismo, gustoso daba Él —que no se la quitarían de no haberlo permitido— por obediencia al Padre y para satisfacción de Su Justicia.

Lo mismos pensamientos que tendrían los 498 nuevos mártires agregados al martirologio por S. S. Benedicto XVI.

Y seguro, víctimas del mismo odio ruin y desesperado del Enemigo acechante y fracasado.