lunes, 13 de abril de 2020

La Revolución soroástrica

Es absolutamente claro, para quien quiera ver la realidad y no pretenda seguir mirando fuera del tarro, hacia esas sombras de sus peores y más funestas pesadillas y temores, que esta cuarentena, o lo que sea que fuera —porque las cuarentenas eran el aislamiento forzado de los enfermos y no de los sanos— y porque se practicaba con algunos pocos viajeros, y no con millones de habitantes de un país básicamente sano, pero enfermo de estupidez y ceguera; que esta cuarentena, decíamos, no tiene ni ha tenido nunca una finalidad sanitaria. A lo sumo, como excusa, como pretexto o como escenario, pero nunca como realidad.

Lo cual, por desgracia, se deja entrever con relativa facilidad entre las plumas carroñeras (de escritorzuelos y de tramoyistas...) que los políticos ponen en escena frente a los ojos del pueblo, a fin de lograr su más perfecta idiotización y engaño. Pero no bien se manejan criteriosamente las pocas informaciones veraces disponibles, la tramoya cae completa y hecha añicos, a los pies de los camorristas y ante la vista de cualquiera que no quiera seguir tapándose los ojos.

El discurso parafrástico del Viernes Santo, con clara intención de ocultamiento, no ocultó en efecto nada de lo esencial; que no hay mayor signo de desprecio que intentar engañar con la verdad. Jamás se había visto entre nosotros que un político osara secuestrar y profanar las fechas santas, para adornarse de supuestas virtudes mundanas mediante chocarrerías de ocasión. Por lo menos hasta que ciertos verborrágicos pajarracos perpetraron la invasión, primero, del púlpito reservado a la cátedra de la Palabra de Dios; y después y ante el permisivismo cómplice de los inservibles custodios, simplemente los enteros templos (los católicos, ¡por supuesto!) para reiventar el ya gastado escenario partidario o para refutar aquellas mismas verdades cuya prédica justificara la existencia de esas cátedras profanadas. Templos que, ahora, cerrados al Culto verdadero y escondiendo aún más al Dios verdadero y escondido, encuéntranse ahora habilitados como centros vacunatorios de cuarta categoría, en medio de un risible y contradictorio escenario de amancebamiento viral.

El parlanchín informó a la Nación toda que, gracias a él (por supuesto, dijo gracias al comprensivo pueblo... que lo habría votado) no nos habíamos visto obligados a rendir una exorbitante cuenta de infectados, restando apenas una cifra real bastante menor a los 2.000 —atención: entre los anteriores y los actuales—, después de más de mes y medio de lanzadas las paroxísticas alertas que, con o sin razón, alarmaban con la promesa de miles de muertos y centenares de miles, sino millones, de infectados. Por supuesto, citó al “enemigo invisible” —suprema impostura burlesca a todos los oyentes— antes de soltar sus patoteriles amenazas penales que, no creemos errar en esta apreciación, intentarán sostener las sucesivas etapas del plan que vamos a explicar. La quasi sincera exposición de un "medio" —que pese a su pomposo nombre y sus buenas intenciones no logra llegar a la mitad de nada— deja aclarado el tópico: «Pero cuando las preguntas (del encuestador) se orientaron respecto a quienes infringen la cuarentena y a los empresarios especuladores, en un giro punitivista sin precedentes, el 94,8% apoyó la criminalización de infractores y un 82,1% el control estatal de la producción y distribución de bienes esenciales No mintió cuando habló del Enemigo Invisible; y es invisible porque existe más que nada en la imaginación de un pueblo devastado durante años por la tiranía de una propaganda falsaria, repugnante y depresiva. Desde luego, los virus son visibles; con microscopios, que para eso existen, pero son visibles. Fuera furcio o acto fallido, el reconocimiento de haber empeñado a toda la Nación en una guerra contra algo que no es visible, nos releva de mayores pruebas acerca de la existencia de esta complaciente patraña.

Guardado en su tintero quedó que la cantidad de víctimas fatales —reales o figuradas, porque la información oficial no permite saber las causas reales de las defunciones contabilizadas por el trampero Ginés— ha sido, desde que el Gobierno comenzara a sembrar el pánico, las cuarentenas o los demás abusos de poder, prácticamente la misma o aún menor, que las cobradas en los pocos segundos de aquel fatídico 22 de febrero de 2012, cuando el espantoso accidente de la Estación Terminal (en su sentido más trágico) de la Plaza Miserere, del ramal ferrocarrilero tan justicieramente llamado Sarmiento —denominado el tren de la muerte por el pueblo— se cobrara las vidas de 52 personas; más un saldo de unos 700 heridos de los cuales muchos, tal vez la mayoría, fallecieron más tarde a consecuencia de las gravísimas lesiones recibidas. Se le podrían sumar algunos cuantos decesos más: 11 muertos y 228 heridos provocados por el fatal accidente ferroviario en la Estación Flores del ferrocarril Sarmiento (sí, el mismo ramal de antes); el 13 de septiembre de 2011. En ninguno de esos episodios, poseedores del incuestionable derecho a ser considerados hitos históricos como el que más, se oyó la voz de su actual compañera de fórmula, en ningún sentido. Ni se dictaron decretos inconstitucionales y draconianos para amansar y doblegar la moral de los parientes de las víctimas ni a la población con la amenazante promesa de su encierro indefinido... a causa de la culpa de ser argentinos y estar sanos, como ahora.

Por el contrario, los que siempre gozaron de libertad incondicional por tiempo indefinido fueron los secuaces de aquellos gobiernos de ocupación, muchos de los cuales han retornado a sus habituales “ministerios” ganados tras muchos años de militancia ideológica.

El hombre fue clarísimo y hasta acertado en la táctica de un discurso neblinoso y crepuscular: Afirmó preferir un desconocido aumento de la pobreza nacional, que no es poca ni mucha sino muy grave, en canje a no tener que contar unos cadáveres que, ciertamente, se acumulan solamente en su imaginación, a fin de alimentar la de los oyentes; porque desde que comenzó este infernal paroxismo de la epidemia o lo que fuera, no se ha hecho otra cosa que hablar y hablar de miles y miles de infectados y muertos, para aterrorizar, nada menos, que a quienes ya estábamos de antemano destinados a la muerte, de la cual —como es sabido— nadie escapará. Por la causa que fuera, la muerte siempre es muerte y a todos nos llegará: POR coronavirus, o CON coronavirus en algunos (muy pocos) casos, que todavía no es muy claro este renglón de las estadísticas oficiales. Pero nadie parece haber reparado en la astucia de esta pequeña estratagema de prestidigitación verbal (si se permite la extrapolación) consistente en asustar a 50 millones con un acontecimineto que, de todas maneras y más tarde o más temprano, sucederá igual hágase lo que se hiciere. Más todavía: su asombrosa monserga prácticamente deja suspensa en el aire la idea que él, que es el héroe humilde —cualidad que se está pregonando de ciertos personajes públicos con notoria ausencia de virtudes reales— de la jornada, ha vencido a la muerte, domesticado a la bestia invisible, el virus maligno e impalpable que tiene aterida a toda la nación. Que para muchos —porque sensatos algunos quedan— no es otro que el propio disertante.

En síntesis, más de lo mismo: Cifras acomodaticias y gigantomaquia matemática, exageración radical de los hechos más simples o, inclusive, intrascendentes, y una confusa miniaturización de toda la gama de soluciones reales aplicables al problema —real o ficticio, repetimos— con el correspondiente fuerte incremento dialéctico de las alternativas; que son las claves usuales para enrevesar y confudir a toda una sociedad reducida a la inanidad por el miedo, en un clima propicio al golpe de estado, al cambio violento e inconstitucional de rumbo con frente a un destino que, por lo menos al pueblo, le aparece incierto y probablemente desdichado, si hemos de juzgarlo por las herramientas puestas en acción por sus autores. No en vano algunos profetas regulares de la subversión, como el mundialista de marca Henry Kissinger, llevando a cuestas su impenitente casi centuria, o el recientemente revelado episodio de George Soros que habría exigido al presidente argentino de ocupación que se aumente la presión sobre la economía, salen a auxiliar a éstos, sus epígonos locales. El gobierno no ha desmentido la llamada del magnate financiero al presidente, ni tampoco ha dejado de obedecerle...

Fértil e ideal terreno para sembrar una revolución “en paz”, es decir, subvertir todo el orden establecido, sin que los ánimos enmohecidos por el encierro, el desencanto y, acaso, la depresión desmoralizante, se levanten en franca oposición al nuevo y perjudicial estado de cosas.

Lo que parece ya irremediable y, sino confesado, paladinamente admitido, es que tode este proteico escenario de encierros, enfermedades fantasmales, barbijos, amenazas policiales y judiciales y, más que nada, millones de parados forzosos, tiene como destinataria a la otrora fortísima clase media; la cual ahora se tambalea bajo el peso de un cese forzado de actividades de un injustificable alcance nacional, amenazándola con grave ruina. Ya dijo el hombre que eso, por lo menos a él, no le importa y que hasta lo prefiere “a lo otro”: prefiere, en sus palabras, que baje un 10% el PBI antes que los muertos, bla, bla, bla.... Sanata pura: Porque no se trata, en verad, de bajar o subir un porcentaje del Producto Bruto Interno de aquí o de Marte. Lo real que encierra la irresponsable frase, es la suerte fatal de una gran cantidad de vidas, seguramente millones, que se verán definitivamente afectadas y perjudicadas por todo esto; pero el número que fuera, a este hombre no le importa, a tal punto, que prefiere reducirlo a una serie de porcentajes estadísticos, antes que admitir lo que en efecto son: vidas humanas en medio de una crisis inmensa que las tiene por víctimas.

Ya decía José Antonio Primo de Rivera que, donde existiera una clase media fuerte, no triunfaría nunca una ideología política perniciosa y segurmente, ninguna tiranía, como el comunismo. Porque la clase media es decidida y, tan cercana como está de la pobreza, de la cual es compañera vital por pura proximidad física, y de la cual huye con constancia, esfuerzo y tesón, luchará con denuedo para mantener lo que ha alcanzado y le pertenece con todo derecho. Por cierto, bajo la acerba crítica, ruin y envidiosa, de los marxistas, que siempre han querido reservar su mayor vituperio y desprecio hacia quienes ellos llaman despectivamente los “burgueses” —acaso por no poseer su cualidad moral del esfuerzo cotidiano superador, o tal vez a causa de esa debilidad moral del ideólogo, sumada a innegable estupidez y la haraganería propia del revolucionario profesional— y a quienes ven como sus peores obstáculos; antes bien que a los verdaderos enemigos de la clase menos favorecida: los que acumulan riquezas y desprecio por esta clase trabajadora en ascenso, a la cual también quieren destruir —llamando presidentes si es preciso— pero únicamente para ponerla a su servicio a precio de ocasión, de remate. Por eso, por concitar el odio de los dos materialismos, siempre congeniales y siempre socios en lo básico, es decir, en su mística materialista, codiciosa, ruin y envidiosa, la clase media está llamada a sufrir los ataques desde uno y otro lado; y por lo tanto, obligada a defenderse con todo lo que tiene a su disposición, tanto del capitalismo liberal, como del marxismo revolucionario.

Atención pues: Este abortista de turno y que ha sentado a otro igual o peor que él en el manejo de la política sanitaria nacional, aposentado en el sillón merecidamente llamado “de Rivadavia”, no solamente intentará matar a los hijos y nietos de los argentinos, impidiéndoles nacer; al presente quiere quebrarlos o matarlos a ellos, moral y económicamente, para reducirlos a la piltrafa de una clase menos que obrera —o, como se dice por aquí con inexcusable servilismo ideológico: “trabajadora”, como si los demás fueran todos haraganes—, reconvertida por arte del aplastamiento en pura clase servil, esclava y empobrecida; y de paso, embrutecida en el escarnio de la lujuria fomentada, y envilecida con un asistencialismo de cuenta gotas del todopoderoso gobierno... mundial, del cual dependerán sus vidas y las de los suyos y sumirlos en el servicio de los acaparadores que, tontos no son, ya no consienten el “cuentapropismo”. Jorge Bergoglio nos acaba de regalar otra perlita para la corona (virus) del poder mundial, al recitar proféticamente su monserga del salario universal; eso es lo que busca el poder mundial: un mundo se asalariados cuya conducta servil será la regla para medir sus subsistencias. Es decir, la destrucción sistemática de la verdadera libertad de empresa. Eso es lo que busca este encierro: quebrar moralmente toda resistencia para desarmar el mundo que conocemos, y rearmarlo a gusto de los poderosos. No confundirse en esto: los comunistas y los liberales son codiciosos, cada uno a su modo, y antagonistas en lo mediato; pero los dos comparten el mismo odio por la independencia económica de los demás, a los que ven como objeto de su saqueo, al vaivén de su común adoración al dios Mammón. Y ninguno de los dos tiene piedad de nada.

Al mismo tiempo, se intentará cernir al máximo aquella única tabla de salvación que, profetizando sobre estas dos devastadoras bestias, las ha anatematizado para advertencia del mundo: la Religión católica, santa y verdadera, a la cual se intentará reducir al nivel de un club de fútbol —ya existe la competencia de ambos quehaceres por la primacía de los horarios dominicales; sin que nadie, pero nadie, hubiese querido ver la malicia de tan “inocente coincidencia”, a la que consideraban estúpidamente deliciosa— tal como ya está sucediendo en Italia en estos precisos momentos. Se han reabierto los bares, las casas de comercio y, en general, se ha reanudado la vida más o menos normal, menos ... los espectáculos deportivos y las funciones religiosas, que continúan suspendidas sine die. Los obispos —en general decimos, salvando los deseables casos particulares— ni mú y el ex—Vicario de Cristo, tampoco ha abierto la boca, pese a ser tan suelto de fonaciones vacuas o displicentes; y a no ser para adelantar las bondades de ese hipotético “salario universal”, paga que vendría a ser por el trabajo esclavo del que estamos hablando. Los presidentes de los clubes de fútbol, en cambio, sí que han puesto el grito en el Cielo; que es dónde deberíamos ponerlo nosotros, los católicos y sobre todo los que no lo son porque, después de todo, los bautizados tenemos el Cielo más disponible, si hemos de creer en la gracia propia del Sacramento del Bautismo.

No creemos en una represión sangrienta del catolicismo, aunque pudieran existir casos aislados. El demonio que rige los destinos del presente enemigo desea ganar las almas perdidas, después que se pierdan, mas no crear mártires que, no solamente se van al Cielo, sino que su sangre es semilla de santidad futura.

¿Lograrán llevar a cabo este plan las fuerzas ... que sean? No lo sabemos; tampoco lo creemos fácil ni posible en muchos aspectos. Pero es evidente que es lo que se intenta hacer —y entre nosotros a todo vapor— sobre todo en países de pasado católico o mayoría católica. Casualidades nomás ...

El motivo de nuestra esperanza —porque la tenemos y por eso nos atrevemos a asumir esta horrenda tarea de poner por escrito estas cosas— es primero y primordial, de orden sobrenatural porque, tal como lo hemos afirmado tantísimas veces en este reporte: El Plan de Dios no puede fracasar, aunque se piense que el demonio tiene poder suficiente para demorarlo. Perp si Dios ha permitido todos estos males, e inclusive si ha consentido que su cínica formación tuviera lugar bajo nuestras propias narices, cuanto asimismo ha querido permitir lo que haya tenido esta epidemia y sus consecuencias políticas de castigo y prueba para una cristiandad abotargada por la herejía y la apostasía, es porque Él puede sacar bienes de cualesquier males, quedando patente así la Gloria de Dios. Y cuánto más notoria sea la Gloria de Dios, más cercana está la salvación de los hombres; esa es la causa del celo de los santos por la Gloria de Dios. No hay, no existe, argumento más extremo y poderoso a favor de la santidad que la propia Gloria de Dios, visto que nadie —ni siquiera los que han perdido el juicio, que al día de hoy no son pocos ni anónimos...— desean su propio mal, sino que la aspiración al bien es no solamente la más fuerte tensión de la naturaleza, sino que cuanto mayor sea el bien anhelado, mayor esfuerzo se impondrá a su consecución. Y la Gloria de Dios, gozarla para siempre, insertarse en la Vida Divina, es el bien supremo por antonomasia y que, cuando fuera expuesto por Dios mismo, atraerá hacia Sí toda la creación en un instante como la Luz Indefectible a los ciegos.

Lo segundo, es de orden natural y tiene dos renglones que parecerían complementarios: Uno, que el materialismo es estéril a la hora de pretender demoler las cosas del espíritu, razón por la cual ha tenido históricamente que valerse del asesinato; y no tanto por no creer en ellas, que de todas formas no las cree, sino por prescindir de ellas y no conocerlas como se debería conocer a cualquier enemigo al que se quiera debelar. Pero el espíritu es el resorte de las obras corporales del hombre; los marxistas no lo creen porque desprecian, o descreen, lo que hay de eterno en las cosas humans, como ejemplificara F. Engels en su subversiva y miope obrita de ciencia ficción “El origen de la familia, la propiedad y el estado”, que ha un merecido lugar precipuo en el museo de los fracasos anunciados o de las profecías insensatas. Dos: al menos por aquí, el proyecto no se presenta tan fácil a pesar de mantenerse asustada a la población, drogada y docilizada con el doble terror del bicho invisible y de la policía y la cárcel, sea de esto último lo que fuere. Por lo tanto, cuando el hombre normal, ahora asustado, comprenda que la muerte con que le atemorizan, tarde o temprano le alcanzará porque es un débito de obligado pago, solamente por haber vivido sin importar si lo ha hecho bien o mal, perderá el supersticioso temor que le produce algo desconocido que, de todos modos, a todos nos ha de alcanzar; y entonces saldrá a defenderse. Sobre todo, si prevé que su muerte llegue con la ruda secuela de la pobreza para los deudos que deja, a pesar de haber llevado una vida previsora, dedicada al trabajo y al sacrificio y como neta consecuencia del saqueo estatal y de su cobardía pasada. Es cierto que todos, pero absolutamente todos, nacemos y morimos en la más extrema pobreza; pero no hay porque dejar desamparados a los que quedan en este mundo por no haber sabido defender nosotros, aún a costa de la vida, los bienes que Dios nos ha dado; cuando esto se comprenda y suceda lo que tiene que suceder —decimos— y no antes, la resistencia andará cercana y el fin del experimento, será un hecho.



domingo, 12 de abril de 2020

Pascua de Resurrección

No dejaremos paso al día de mañana, sin saludar cumplidamente a nuestros admirables seguidores por esta nueva etapa de la Resurrección del Señor, ahora en los Cielos y, tal vez, alistándose para volver... Día aciago por otras causas que, remotas o próximas y créase o no, sí tienen mucho más que ver con la Pascua de Resurrección que con microscópicas excusas.

A festejar la Gloria de Dios y compartir la alegría de Nuestra Madre del Cielo, a Quien rogamos protección, inspiración y resignación, todo a una. Que mal no nos vienen ni ahora ni nunca.

lunes, 6 de abril de 2020

Absuelto y liberado el Cardenal Pell

Pocas horas atrás, el cardenal George Pell, ex arzobispo de Sydney y de Melbourne, ha sidos absuelto de las cinco acusaciones de abuso deshonesto por las cuales un tribunal australiano lo había condenado, en marzo de 2019, a seis años de cárcel. En el momento de su FALSA acusasción y de su condena, era el encargado de los asuntos económicos del Vaticano.

Pell, de 78 años de edad, ha pasado un año en la cárcel a causa de la condena que le fuera impuesta, mientras esperaba el resultado de su Apelación ante el Tribunal Superior de Brisbane, el cual ahora se ha pronunciado rotundamente a su favor. Los diarios, maliciosos como de costumbre, aseguran que ha sido absuelto a causa de la aplicación del “beneficio de la duda”, artilugio semántico para dejar incoado en el ánimo del lector que se trató de un mero “tecnicismo legal”, locución empleada cuando una señora absolución no cuadra con sus planes preconcebidos. Lo cierto es que el Tribunal ha revocado la condena por considerar que no existía prueba suficiente de los hechos acusados, y partiendo del principio procesal universal que exige que quien afirma un hecho, deba probarlo acabadamente. Es decir: un acusado no debe probar su inocencia, la cual se presume, sino la acusación demostrar plenamente su caso. Lo cual aquí no ha sucedido. El fallo fue dictado por unanimidad de los siete (si, siete) jueces que fallaron la causa.

El caso del cardenal Pell es realmente notable, por la saña con que fuera perseguido por los medios de difusión a pesar de haber demostrado fehacientemente en el juicio, abierto a causa de una denuncia realizada sobre la base de supuestos hechos ocurridos en 1990, que la acusación que se le imputara era de comisión fácticamente imposible, lo cual viene a ser ahora admitido por el Tribunal de Brisbane. Por otra parte, en el momento de iniciarse la causa penal en Australia, Pell se hallaba en el Vaticano intentando enjugar y resolver algunos turbios negociados financieros en el Vaticano por encargo del Papa Bergoglio, desde su función de Secretario de Asuntos Económicos de la Santa sede. Su tarea fue llenada por personajes de poca monta que resignaron el cargo a los pocos días de haberlo aceptado. Apenas conocida la sentencia de primera instancia, el papa Bergoglio >depuso al cardenal, lo suspendió de su ministerio sacerdotal y lo despidió de la Secretaría de Asuntos Económicos.

El cardenal Coccopalmerio mantuvo hacia 2014 y 2015 una tenaz y acidulada resistencia contra el cardenal Pell a causa de su designación en dicha Secretaría, cuestionando no solamente los poderes que se le habían acordado para disponer en los asuntos financieros a fin de obtener cierta dosis de transparencia en los manejos de dinero, sino impugnando a la persona misma del cardenal australiano. A su vez, el cardenal Coccopalmerio se encontró vinculado a varios escándalos que se suscitaron en el Estado del Vaticano relativos al uso de drogas y rehabilitación de personajes sospechosos.

Pues bien; algo de Justicia se ha hecho.



domingo, 5 de abril de 2020

Encerrona

Por esas cosas que a veces tiene uno de fakir o, acaso, de masoquista irredento, y para ayudar a pasar las largas horas de nuestro decretísimo encierro, este cronista tuvo la idea, nada mala en principio, de ver una película española reciente ... Como es ya connatural a las producciones españolas, cuenta con excelentes actuaciones y una magnífica producción que, emparejada con un fotografía insuperable y una dirección bien lograda, hace que el espectáculo visual sea memorable. Sobre todo, ahorrándonos a nosotros, pobres víctimas, aquellas exageraciones de los espectaculares pero desagradables efectos especiales hollybudenses. En lo demás, parece de Hollywood. O de Hellwood, mejor. Hay blasfemias a porrillo, insultos a la Patria, militares siempre desengañados de su deber, que sólo Dios sabe porque entonces lo cumplirán y algún fraile, fatalmente drogadicto y, por supuesto, ateo. De la historia auténtica -la de buenas y confiables fuentes- nos parece que nada de nada.

La película es una versión nueva de “Los últimos de Filipinas”, de Antonio Román, estrenada en 1945. Román era un director español de películas clase B, generalmente bien hechas. Como casi todo el cine europeo, el libreto cinematográfico es excepcionalmente bueno; obra del diplomático, compositor y escritor español Enrique Llovet, a quien pertenece el boceto original para difusión radiofónica, y el guión hecho en colaboración con Enrique Alfonso Barcones y Rafael Sánchez Campoy. Del cual, es bueno tenerlo presente, no ha quedado casi nada en esta remake, salvo los hechos esenciales. Llovet ha sido también el autor de la bellísima y melancólica habanera “Yo te diré”, que canta Nani Fernández en la versión de 1945.

Las actuaciones son muy buenas, especialmente la de Luis Tosar en el papel del teniente Cerezo; es un actor creíble, natural y de buen oficio, sin ese sobrecargo de dramatismo que algunos colegas transatlánticos, ocasionales compañeros de reparto que cruzan el mar para buscar cierto éxito que su terruño les niega. La producción es bastante buena aunque creemos que el vestuario deja algunas pequeñas astillas al aire; la fotografía, elogiable, como casi siempre sucede con el cine peninsular. El lenguaje no es de fines del siglo XIX, se nos ocurre.

El Sitio de Baler puede considerarse la última gran hazaña del Imperio Español con la cual se cierra heroicamente, como no podía ser de otra manera, su existencia. Los hechos son éstos: Unos sesenta soldados españoles se encierran en una pequeña capilla en el pueblo de Baler, isla de Luzón, para resistir o morir en el intento, un asedio de los tagalos filipinos rebeldes, cosa que hacen durante, nada menos, que un año casi completo. Finalmente caen en razón que España se ha rendido a los yankis y que éstos se han dado a la, para ellos, familiar tarea de masacrar a los ingenuos filipinos. Hay algunos desertores y dos son fusilados por el terrible jefe del destacamento, Teniente Cerezo; sin él, la hazaña no habría sido posible, no existiría. La férrea determinación castellana corre naturalmente por sus venas tremendas y decididas, con el mismo vigor con que los soldados y misioneros castellanos recorrieran toda América a pie, conquistando y evangelizando, todo a una. Y no solamente por las de él, sino por las de todo el destacamento. Sabemos a ciencia cierta que han sido los soldados quienes instaran a su jefe a resistir, siguiendo la prédica de dos frailes heroicos que la película no solamente convierte en uno solo, sino por añadidura drogón, mostrenco y hasta ateo por donde se mire. Desde luego, no es una película histórica, sino sobre un hecho histórico.

El problema, porque aquí hay uno, es que no está reflejando —aún con las indispensables noveleras licencias— el verdadero espíritu de los sitiados de Baler, herederos incuestionables del heroísmo español y ellos mismos actores de una asombrosa hazaña la cual, sin enorme grandeza de ánimo, no fuera posible; más bien se refleja a algunos peninsulares de hoy en día: cobardes, resueltos sí, pero para vivir en la inmundicia, apáticos con su Patria y, lo que es peor, apóstatas de Su Dios. No son españoles; por lo menos no de la clase que aquí llamamos españoles, sino meros peninsulares: modernos, progres, cínicos y democráticos. El director de la vista, además, nos quiere dejar sembrada la idea de la existencia de algunas sucias intenciones detrás de una determinación heroica que, o fué realmente heroica, o sencillamente no hubiera podido ser; incurre así en una infeliz contradicción que ni es española, sino saturnina, ni heroica. Más bien cubana moderna, castrista, como el libretista, o guionista de la cinta, oriundo de la feliz isla de Fidel. Vaya uno a saber qué puede pasar por la cabeza de un cubano milenial filmando una hazaña española del siglo XIX.

Cuando se le pregunta a un español contemporáneo cuándo terminó ese formidable imperio donde jamás se ponía el sol, afirman sin titubear que cuando se perdió Cuba y Filipinas tras la Guerra del 98. Esa es la percepción popular más común. Sin embargo, ni Cuba ni Filipinas eran ya, propiamente, reinos de un Imperio sino que, a osadas de los borbónicos despropósitos inaugurados por Felipe V, eran simples reliquias del pasado imperial, cachondas colonias que no dudaron ni un instante en aceptar a su nuevo dueño en lugar del español. Así les fue, es claro. Es llamativo este gesto negacionista ibérico respecto del Gran Imperio perdido por Fernando VII entre 1814 y 1819, cuando se negara a reconocer a sus vasallos de los Reinos de Indias como los verdaderos sostenerdores de su corona imperial de Castilla. El Manifiesto del Congreso de Tucumán habla, comprensiblemente, de “tamaña ingratitud” del rey; Fernando era un rey ingrato, o más bien un auténtico y descarado rufián y un patán asombroso. No solamente se negó a recibir a los embajadores rioplatenses que le ofrecían la restitución del Imperio de sus antepasados, en 1814, sino que mientras México se debatía con estertores de guerra interior, vendió a los norteamericanos buena parte del Virreynato de Nueva España por medio del Tratado de Adams-Onís, violando la regla de la “inenajenabilidad americana” (Libro III, título Primero, Recopilación de Indias, 1680), dispuesta por Carlos V. Caso notable y vinculado a los episodios que muestra esta vista, es el de don Emilio Aguinaldo, primer Presidente de la República de Filipinas en 1898, quien acudiera en 1941 al funeral por Alfonso XIII organizado en Manila por los españoles residentes. No poca sorpresa causó a los presentes; pero mucho mayor fue la declaración que dejara asentada 15 años más tarde, ya casi centenario:

Sí. Estoy arrepentido en buena parte por haberme levantado contra España y es por eso que, cuando se celebraron los funerales en Manila del Rey Alfonso de España, yo me presenté en la catedral para sorpresa de los españoles. Y me preguntaron por qué había venido a los funerales del Rey de España en contra del cual me alcé en rebelión… Y, les dije que sigue siendo mi Rey porque bajo España siempre fuimos súbditos, o ciudadanos, españoles pero que ahora, bajo los Estados Unidos, somos tan solo un Mercado de consumidores de sus exportaciones, cuando no parias, porque nunca nos han hecho ciudadanos de ningún estado de Estados Unidos… Y los españoles me abrieron paso y me trataron como su hermano en aquel día tan significativo…

16 de diciembre de 1958.

Luego del “destape”, los derechos de bragueta —como risueñamente los llama el gran Gordo de Prada— con que soñaba el peninsular medio y la descalificación planificada de todo aquello que fuera auténticamente propio y católico, han encontrado su “nicho” en el celuloide peninsular. Cierto que no ha hecho carrera y lo que el público —que tonto no es y sabe muy bien por qué pagar— ha elegido no son las comedias inmorales o los bodrios pornocráticos y antifranquistas elogiados por la prensa, siempre venal, del régimen; los que habrán pasado, conforme a sus méritos, sin ninguna pena que pagar ni alguna gloria que les honre. La elección ha recaído en cierto cine dramático o humorístico y también el de corte policial o de suspenso, donde el ingenio local suple con holgura la tontera de los “efectos especiales”. Un ejemplo destacable es la película “Contratiempo”, de Oriol Paulo, 2016, que a nuestro juicio es una verdadera joya cinematográfica. Es verdad que estos frutos en sazón son cada vez más escasos porque, de alguna manera, el cine no deja de revelarnos los defectos y acaso las pocas virtudes del pueblo que los produce y los consume. Si la “Guerra de las Galaxias” es un mamarracho congenialmente yanki, cosa que nadie osa dudar, España, pensamos, tiene todavía algunas cosas para ofrecer en este difícil y altamente competitivo renglón del fotograma. Son cada vez menos por desgracia, porque la democracia, el sanchopancismo y la extrema acidez de una autocrítica rayana en la locura suicida y siempre enfermiza y macaneadora, adunada a esa hipoteca “progre” que embarga todo lo bueno, los ha dejado sin temas que tratar con la elegancia, la frescura y el color que el medio requiere. Algunos parecen haber olvidado que el celuloide es vengativo; su arma predilecta es un ridículo imborrable.

Pero el cine español en su conjunto, ha sido magnífico y eso no se puede negar, cuanto que abarca varias décadas de genuinas creaciones geniales. Parecía un arte que había sido creado para ser español; los españoles son grandes actores natos y han tenido magníficos directores y fotógrafos y, en muchas ocasiones, han sabido burlarse de sí mismos con humor y grandeza, algo muy hispano, como prueban irrefutablemente Quevedo y Cervantes. Recordamos aquí “Bienvenido Mr. Marshall” y “El verdugo” o la más reciente “El Abuelo”, protagonizada por Fernán Gómez y Rafael Alonso sobre una novela de Benito Pérez Galdós; unas genialidades que, volvemos a decirlo, no se han visto precisadas de masacrar torrentes de dólares en producción ni al sentido común, ni ofender la inteligencia ni la prosapia del espectador, todo a una, para llegar a ofrecer un genuino espectáculo.

«—Oiga Usté; pero todo eso del masoquismo ¿qué pinta aquí...?»

Pues que la película narra nada menos que un encierro de casi un año, figúrese usté tamaña desgracia...



jueves, 2 de abril de 2020

Malvinas

Hoy es 2 de abril, aniversario de la recuperación de nuestras Islas Malvinas. Ningún bicho malevo nos va a impedir recordarlo ni elevar una oración por nuestros héroes caídos en esa gesta; ni por los que lucharon y perdieron. Vaya para todos ellos nuestro emocionado recuerdo y una patriótica oración a Dios Nuestro Señor por sus almas, por su bien y como ofrenda de nuestra obligada gratitud.



miércoles, 1 de abril de 2020

Antonio Caponnetto: Los que no sobrevivirán al corona virus*

La Nación de este 27 de marzo trae una nota firmada por el señor Luciano Román, que no debería pasar sin un cierto análisis. Se titula “El coronavirus no nos debe impedir el ejercicio de la duda”. Personalmente la llamaríamos de otra manera: Los que no sobrevirán moralmente al corona virus.

Por lo pronto no sobrevivirán los progresistas. Excepto que abran ahora y con furia el siniestro paraguas que acaba de abrir este escriba. ¿Cuál es ese paraguas negrísimo y sincericida? Leamos:

“Un clima ligeramente patriotero [como el que se está registrando durante la cuarentena] podría interpretarse como una señal de alarma. Es naturalmente sano que tendamos a unirnos ante la adversidad, que depongamos sectarismos y nos despojemos de oportunismos y conveniencias sectoriales. Pero también es sano preservarnos de aquel clima malvinero que nos amputó el espíritu crítico. Nunca es bueno abolir la disidencia, las preguntas y la duda, frente a temas en los que nadie es dueño de una verdad absoluta. ¿No se le estarán dando argumentos al Estado paternalista y autoritario? ¿No se estarán abonando, al amparo del miedo, la pretensión del pensamiento único y los rebrotes nacionalistas? Ya nos pasó en otras épocas: El que no salta, es un inglés. La versión de hoy parecería ser: “el que duda es un irresponsable (y quiere que el coronavirus nos mate a todos)”.

Traduzcamos salvajemente el mensaje: Compañeros, dijimos que Galtieri estaba borracho porque nos llevaba a una guerra con un enemigo visible y secular, ¿y ahora resulta que el Alberto está sobrio embarcándonos a todos en una contienda contra un enemigo invisible? Dijimos que los medios hegemónicos nos mintieron sobre lo que realmente pasaba en torno a Malvinas, y ahora somos nosotros esos medios que mansamente replican el parte oficial diario. ¿Ahora somos nosotros el Noticiero “60 Minutos”?

Pero ¡atención,compañeros! Resulta que fuimos nosotros los que inventamos la militancia contra el Estado policíaco, militarizado, opresor, profiriendo un largo etcétera de epítetos anticastrenses y pro libertarios, ¿y ahora somos nosotros los que aplaudimos a un Alberto enajenado, que despotrica, amenaza, conmina, ordena apresar a los ciudadanos en la vía pública, meterse casa por casa, secuestrar autos y pasajeros, y reducirlo todo al imperativo fascista “por la razón o por la fuerza”? ¿Y si nos aparecen otras Madres haciendo rondas porque no pueden ver a sus hijos, y otras Abuelas que han perdido contacto con sus nietos y otros Hijos que lloran la muerte de sus padres en manos de un Estado que, en la práctica, le restituyó a los milicos todo el poder de control en la vida pública y privada? A ver si encima alguien tiene el mal gusto de recordar aquél debate presidencial en el que se lo acusó a Alberto de su propensión cristínica para levantar índices acusadores desde atriles que imaginaba carrozas imperiales.

Pero hay más, compañeros. Prestemos atención. Ocurre que fuimos nosotros los que crucificamos al Ñato Rico porque lanzó su frasecilla “la duda es la jactancia de los intelectuales”, ¿y ahora nos parecen indubitables y apodícticas las resoluciones que toma un Alberto convertido de repente en la cabeza de carapintadismo sanitario y del fundamentalismo higiénico? ¿No será asturiano este Fernández? ¿De veras queda excluido de la dogmática reconvención cartesiana el criterio científico del criador de chanchos Ginés González García?

Lo peor de lo peor, compañeros, se los digo al final. ¿No se dan cuenta? Nos enorgullecimos durante Malvinas de ser anti belicistas, apátridas, cipayos, pacifistas, internacionalistas, razonables epicuros modernos sin fronteras. Llamamos “carro atmosférico” a la contienda, nos juntamos en manada alrededor de Juan Pablo II, gimoteando “queremos la paz, la paz, la paz”, lloramos con los versos de Giorgie sobre el encuentro ecuménico entre Juan López y John Ward, mentimos haber entendido las Tusculanas de Ciceron, con su ubi bene, ibi patria, nos opusimos al clima de gesta argentinista que se escapaba por los poros del cuerpo social,¿y ahora terminamos siendo nosotros simples nacionalistas, de imperdonables reminiscencias malvineras, que aplauden y brincan desde los balcones, en un remedo imperdonable de “el que no salta es un inglés”?

¡Please boys! No sea cosa que algunos mueran heroicamente en combate, en esta guerra contra el enemigo invisible, como la llamó Alberto con anacrónica semántica cuartelera, y aparezca después la derecha exclamando:Argentina tiene héroes. ¿Adónde iría a parar nuestro discurso alberdiano? ¿Dónde deberíamos esconder el viejo disco de John Lennon, acurrucándonos felinamente con su Imagine? ¿En qué Parque Lezama se juntará Carta Abierta para vendernos el hippismo sesentoso, envuelto en los hedores del pachuli y la crencha engrasada de Horacio González?

Como la burra de Balaam, así ha hablado este Luciano Román, interpelando a su tropa. Da vergüenza ajena su estirpe meteca y cartaginesa. Pero aún a su pesar, coopera a la verdad.

No sólo los progresistas incluidos genéricamente en la noteja de marras, no sobrevivirán moralmente al Corona Virus. Hay muchos más.

  • Los bergoglianos con su “Iglesia en Salida”, infamemente alineados en este evidente ensayo de disciplina social y obediencia debida impuesto por el Régimen. Son los primeros en haberse recluidos endógenamente. Se autoacuartelaron, no como soldados de Cristo, según recia petición paulina, sino como miedosos contumaces y cómplices de la tiranía.
  • Los que tienen siempre a mano el despectivo mote de “conspiranoides” para descalificar a quienes, desde hace décadas, vienen vaticinando, con pormenores, los planes de aquello tan temido que ahora tocamos, oímos y olemos día a día. Preguntamos nomás, sin retórica: ¿el Alberto que recita un manifiesto explícitamente masónico ante el G20, mientras arría su manchada taleguilla ante los judíos que le imponen una excepción para cumplir sus rituales cabalistas, ¿es un invento de los conspirativistas o una realidad que se nos hace patente? ¿La genuflexión ante poderes mundiales financieros, ideológicos, políticos e institucionales; ante todo el portentoso aparato supremacista, es una ilusión óptica de los propulsores de la tesis del complot, o lo están pasando en cadena por las inacabables redes sociales? ¿La catarata de documentos probatorios de que cuanto nos sucede cuenta con programadores, planificadores y severos propulsores, miembros de organizaciones planetaristas partidarias del Nuevo Orden Mundial, es propaganda zarista financiada por la embajada del Tercer Reich y por Hirohito?
  • Los constructivistas y relativistas de todo jaez, maestros de la autopercepción. ¿Por qué no les dicen a las víctimas fatales de esta peste maldita, que se autoperciban vivos o sanos? Las vaquillonas de moqueros aceituniles, ubres al viento siempre prontas para la impudicia, ¿por qué no aplican el Protocolo ILC, Interrupción Legal del Covid 19, y se lo sacan del cuerpo a la pobre legión de infestados? ¿Por qué Fernández, el módico neo Zeus nativo de la voz de cuesco, no sostiene que los mayores de 65 años en adelante ya no somos personas humanas (como lo hace con los embriones hasta los tres meses) y eleva al Congreso la legalización de nuestras muertes?

Suceda lo que sucediere con esta desgraciada enfermedad —que se ha llevado vidas cercanas a la nuestra y que puede llevarse la propia— hay factores de riesgo a los que tememos más que aquellos en los que nos coloca nuestra situación etaria y castigada salud. Es el riesgo de ver a la patria tiranizada por una banda de corruptos, incapaces,asesinos y mafiosos, sin que la sociedad atine a otra cosa mas que a repetir el estúpido latiguillo de “quedate en casa”.

Cada vez tiran más de la cuerda. Mañana será el “quedate en tu pieza”, después el “quedate en tu cama”; y al fin, el “quedate quieto, esto es un asalto”. Nos están asaltando las libertades concretas, están ejecutando sandeces, arrojando bravatas, cometiendo tropelías, creando un clima de crispación invivible, y encima tenemos que darles las gracias por cuidarnos la salud. Si quieren cuidarnos de veras la salud, maten el virus de la democracia, que le permite, ayer a unos, anteayer a otros y hoy a éstos, pero siempre de la misma especie perversa, intoxicar a la sociedad con sus políticas ajenas y contrarias al Bien Común Completo. La salud física incluida.

Hay un viejo cuento de Ray Bradbury, traducido como “El Caminante”. Vio la luz hacia 1951 y formó al fin parte de “Las doradas manzanas del sol”, un trabajo que el viejo Ray tenía entre sus predilectos, porque según él poseía un doble aroma, el de los buenos libros nuevos y el de los nobles libros usados.

La escena transcurre en un mundo entonces inimaginado, como es común denominador en la literatura de anticipación. Un mundo sórdido, masificado y sombrío, en el cual la existencia gris y aborregada transita obligatoriamente “en casas como tumbas, mal iluminadas por la luz del televisor, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara pero que nunca los tocaba realmente”.

Desafiando humildemente tamaña demencia colectiva y coercitiva, todas las noches, Leonard Mead salía a caminar. Para nada. Para contemplar, llenarse los pulmones de aire, ver un retazo de luna, o la sombra de un tronco añejo o entonarle una canción al viento del otoño.

Así hasta que un día lo detuvo la policía, lo metieron de prepo en uno de sus coches, “una cárcel en miniatura con barrotes que olía a antiséptico, a demasiado limpio, duro y metálico”, y se lo llevaron por la fuerza. ¿Adónde? Al “Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas”.

Es la hora de los caminantes. Necesitamos almas peregrinas que se calcen unas humildes sandalias y salgan por la calle. No precisamente para nada, aunque sí conservando el espíritu de gratuidad y de ocio contemplativo. Caminantes que sepan que hay Camino. Y prediquen desde los espacios libres y empinados que no vale la pena vivir si no se vive sacramentalmente. Que prediquen que una ciudad no es la compraventa reglada de insumos comestibles, sino los templos, las oraciones y los sacrificios, como diría Saint Exupery, o acaso antes Plutarco. Caminantes cuaresmales, que —como los legionarios de Millán Astray— sepan que sólo se muere una vez, y no es tan grave. Lo grave es vivir siendo un cobarde.

Caminates, al fin, que frente a un mundo homogeneizado, anestesiado, víctima del pánico y del lavado colectivo de cabezas, en medio de la tétrica soledad de una noche estatizada, tengan la modestísima osadía de vivar a Dios y a la Patria. Sí; como en los abrileñas e inolvidables jornadas de la Guerra de Malvinas.

*Nos hemos tomado el atrevimiento de dar por descontada la autorización del autor para reproducir el artículo.

martes, 31 de marzo de 2020

Dios en Buenos Aires

Nos informa Paco Pepe desde su “aislamiento social” que a partir de una iniciativa del Cardenal Primado de nuestro querido vecino Oriental, el Uruguay, los párrocos han salido a las puertas de sus Iglesias llevando respetuosamente, como es debido, al Santísimo Sacramento en procesión, para bendecir a toda la población. Realmente un acto católico; inesperado por su procedencia insólita y angustiosamente anhelado donde sigue faltando y era razonable esperarlo.

El ejemplo lo ha dado el recién estrenado cardenal Daniel Sturla, un salesiano a quien el papa Francisco acaba de designar como arzobispo de Montevideo, a principiosde este año.

Sabemos que en otros lugares de América católica, como Panamá, hechos semejantes se han verificado. En ciertos sitios de la Argentina también... pero a escondidas de los, en general, inhallables antístites.

¿Le costaría mucho al Cardenal arzobispo de Buenos Aires montarse a un carro de Bomberos —que no dudamos este Honorable Cuerpo le facilitaría sin ninguna dificultad, si de ellos dependiese...— o a un helicóptero acondicionado a tal fin, con la Custodia y el Santísimo Sacramento y recorrer los 100 barrios porteños, bendiciéndolos...?

No es cosa tan dificultosa ni atentatoria contra ningún dogma liberal; al contrario, el Concordato entre la Santa Sede y la Argentina de 1966 garantiza a la Iglesia Católica la perfecta libertad de culto y una jurisdicción amplia y libre en el ejercicio de su misión. Lo cual significa, en pocas palabras, que el Gobierno no puede legislar nada sobre los actos públicos de culto, porque no tiene competencia. No creemos que a ningún gobierno impío le importe un bledo esta o cualesquier otra legislación sobre los derechos del pueblo, visto que el único respetable y prevalenciente es el propio de imponer despóticamente lo que se les dé la real gana. Hasta eso de sacar a Dios de Buenos Aires podría haber sido un acto fallido o, si se prefiere, una profecía... Pero esa es otra historia.

De momento, esta ciudad anhela adorar a Su Salvador en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y, como corolario, poder recibir en Pascua la absolución sacramental y, desde luego, la Santa Comunión.

Su Eminencia tiene la palabra:



lunes, 30 de marzo de 2020

“Aislamiento social”

En los aciagos días que corren, se invoca con insistencia sospechosa la locución aislamiento social, asociada a una supuesta necesidad explícita de “solidaridad social”, requerida en las circunstancias actuales. Quien no se prestare a este aislamiento, se convertiría por esta causa en un archienemigo social, haciéndose acreedor a la más indignada repulsa pública; sin descontar las amenazantes sanciones que promenten los gobiernos a quienes infringiesen esta imposición —ciertamente tiránica. Además de ser objeto de persecución policial, encierro y capitis deminutio máxima.

Es lo que, con todo rigor y derecho, podríamos denominar una salvajada.

Digámoslo sin retaceo alguno: el aislamiento social es un gran mal en sí mismo, superior a cualesquier otros males posibles, reales o imaginarios, como el demoledor ataque que es a las necesarias virtudes sociales, o sea políticas, de la concordia, la piedad, la liberalidad y la indulgencia heredadas de Roma; de consiguiente, un atentado directo y certero al bien común propiciado desde las esferas gobernantes por medio de amenazas y diseminado interesada o irresponsablemente —¿de qué otro modo hacen las cosas casi siempre?— por los medios de difusión. La vida política es un intento permanente, constante y necesariamente vigoroso de ascenso común hacia una vida virtuosa, por cuanto los gobernantes deben poner con empeño los medios propicios para lograrlo constituyéndose, así, en autores de la vida social. Este organismo vivo requiere un mínimo de virtud indispensable o, simultáneamente, una cierta tolerancia del mal, a sabiendas que la naturaleza humana herida por el pecado original no puede siempre y en todo, obrar con perfecta sabiduría y rectitud y, por lo tanto, cualquier exageración o dureza conllevaría la disolución social por ser una herida de un tejido social que, como lleva implícito su nombre, es portador de virtudes, flaquezas y heroísmos en su camino ascendente; apoyándose un punto en todos los demás. La famosa y nunca suficientemente vilipendiada tolerancia cero es, por estas razones, un disparate político, un agravio a la vida comunitaria y un mal congenial a su cuna anglosajona, que lo único que logra es debilitar esos puntos del tejido social haciéndolos tensos y rígidos donde debería existir la necesaria elasticidad que caracteriza a todo ser vivo. Mas favorecer directa y abiertamente el mal en sí mismo es una locura y una acción neta subversiva que quita toda legitimidad al gobierno que la lleva a cabo y lo destituye, ontológicamente, de aquella auctoritas, vale decir, de esa condición de autor permanente de la unidad, solidaridad y bonanza social que legitima su condición de gobernante.

Ni qué decir de la herida que se infiere a la virtud Cristiana de la Caridad, vulnerada por este funesto egoísmo social postulado y organizado desde el gobierno mismo, que consiste en volverle la espalda a nuestros hermanos de desgracia con el pretexto de la solidaridad social y la salud, como si la salud de los demás fuera de menor valor que la propia. Y que es como justificar un asesinato con el subterfugio de salvaguardar la vida. «Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!» Ecl 4,9-12. «El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada» Prov 18,19. En eso nos convertimos: en una ciudad abierta y en constante peligro. Y como si no fuera que Nuestro Señor Jesucristo consideró Su propia Vida, que es nada menos que la Vida misma de todo lo creado, como anuncia el principio del Evangelio de San Juan, digna de ser oblada para devolver la salud perdida a todo el género humano. Cierto pontífice jerosomilitano pronunció, según narra ese mismo evangelista, la frase trágica pero sin duda profética: Es necesario que uno muera para que se salven todos. La cual dió lugar a un crimen tremendo para quien lo instigó, para quien lo prohijó y para quien lo ejecutó; pero no obstante las Heridas de Nuestro Señor son la honra del pueblo cristiano y la fuente misma de Su Iglesia. Y no son otra cosa que el fruto de su donación personal para la salvación nuestra. Por eso esto de ahora es un crimen, y lo es de lesa Caridad, sobre la cual escribe Santo Tomás: la razón del amor al prójimo es Dios, pues lo que debemos amar en el prójimo es que exista en Dios. Es, por lo tanto, evidente que son de la misma especie el acto con que amamos a Dios y el acto con que amamos al prójimo. Por eso el hábito de la caridad comprende el amor, no sólo de Dios, sino también el del prójimo; S. Th, II, IIæ, q. 25, a. 1. El amor de caridad es nada menos que amistad, y en este caso concreto, vera amistad social, por medio de la cual se le desea al amado todos los bienes posibles.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Hace pocos días recibíamos en nuestros teléfonos celulares —hodiernos sucesores inanimados del juglar medieval— advertencias sobre la necesidad de “denunciar” a quienes violasen las reglas de “aislamiento social”; traducido a la realidad: atacar a quien se comporte como una persona civilizada. Se comprende que un enfermo deba guardar por sí mismo o por la fuerza de la autoridad, un aislamiento que se dicta en su favor y para beneficio de la sociedad toda; mas sin privarlo de lo que es necesario para vivir; y para sobrevivir. En primer lugar, el afecto de sus familiares y amigos. Pues no: aquí se manda que deba prevalecer la regla del egoísmo y del abandono y del apartamiento; la regla del “enfriamiento de la caridad”. Equivalente a decir que el aislamiento es de por sí, una condena social anticipada —tanto se la observe como si no—, por el delito común de no haber logrado superar el género humano la mera posibilidad de una enfermedad que, como fuera que se la quiera ver, no es más que otra consecuencia del pecado original que todos llevamos a cuestas. En Italia y España, nos cuentan, ha habido desgarradores casos de abandono de enfermos a las sombras de la muerte, sin parientes al pié de la cama, sin confesor ni Sacramentos y con el seguro destino de un crematorio antiséptico. Juan Manuel de Prada los denomina, con justicia sin igual, “morideros”; precedidos en muchísimos casos por esas horrendas gestorías modernas de depresión, abandono y tristeza que llamamos aquí geriátricos y allí, ni idea. Lo horroroso es que muchas o todas estas personas tienen hijos, hermanos o parentela que no los quieren entre ellos a pesar que le son deudores, o sea deudos, pero que son igualmente sometidos al “aislamiento social” preventivo porque aquellos a quienes le cambiaban los pañales de chicos, ahora son amnésicos y desagradecidos adultos. Si esto no clama al Cielo, decidme qué...

Esto es “aislamiento social”, un simple, llano, y vulgar caso de ese enfriamiento de la Caridad profetizado como una de las señales del final de este mundo; que bien podría pasar de una buena vez. Es cierto que no es igual en todas partes y que las causas de la enorme mortandad ofrecida por estas dos pobres naciones que mencionamos, son muy distintas entre sí y con relación a la situación en otros países; no tenemos noticia que aquí suceda con esa atroz intensidad devastadora lo que nos han narrado amigos españoles o italianos. Criticamos, sí y con gran pasión, el torcido criterio rector para combatir una crisis sanitaria cuyos orígenes son cada vez más obscuros y con estadísticas cada vez menos creíbles.

Todo el tratamiento de esto, además de su connatural inepcia, ha sido capaz para crear riesgos sociales alarmantes —tal vez sean en el futuro algo peor, pero desde nuestro propio aislamiento no estamos en condiciones de juzgarlo con certeza y mucha experiencia sobre esto, a Dios gracias, no hay— y no solamente los previsibles daños psicológicos y sanitarios que, con el tiempo, se irán destapando como otras tantas pestes que, cual serpientes insidiosas, amenazan el talón social tras la crisis presente. El problema del aislamiento y el tremendo mal que es siempre el fomento de la delación, más el abatimiento oficial de la sensatez y lo salvaje del tracto elegido, no pasará sin dejar esa borra maliciosa de desconfianza y desunión social; suspicacias de unos hacia otros y el advenimiento de un espíritu fosco y cerril —en cuántos, no sabemos— que es la consecuencia natural del apartamiento social y del regreso paulatino a la sociedad tribal.

Ni horas hace, un mensaje encapsulado en electrónico envase nos presentaba un notable episodio nocturno: vecinos de la misma manzana céntrica cuyas ventanas miraban hacia el pulmón común, se han puesto a cantar, a vitorear, a saludarse y todas esas cosas que esta locura no los deja hacer a la vista general. El diario que miente (¿otro más?) ha dado cuenta de esta singular práctica social. Esta emocionante y espontánea búsqueda de intimidad, urbana y concéntrica; explosiva, alegre y criolla, nos da no solamente plena razón en nuestra argumentación, sino fuerza y esperanzas ante el desasosiego de las noticias y el aislamiento lejano en que hemos quedado capturados.

Renglón aparte merece el desastre económico que esto ya ha significado para la Nación y en especial, las familias, sobre todo para las de menores recursos. La suspensión de los pagos, la carestía, el desabastecimiento y la pobreza desesperante, aún la de los más laboriosos, son los sombra de los horrores que se ven en lontananza, a hombros de una epidemia que no fué, pero que unos intereses atrevidos, audaces y criminales han llevado en andas del pánico y el terror más elemental (e ilegal, claro), al estrado de la locura nacional. Donde se hubiese requerido mesura, prudencia, serenidad y mil virtudes más de las que tiene que tener cualquier varón que se precie de tal ante la desgracia y el peligro, solo se han presentado el botaratistmo y una recepción acrítica —y sospechosa— de “las recomendaciones de la OMS”. El ridículo asistencialismo oficialista le ha puesto la tapa de hipocresía a esta olla del diablo, insigne burla a todo un pueblo que no ha recibido de sus gobernantes más que desgracias, groserías y saqueos desde que este cuadrúpedo cronista tiene memoria. Pero ya se sabe que el diablo hace sus fechorías y, tapando la olla, corre a esconderse; pero deja la cola afuera, que es de dónde lo agarra la Justicia Divina.

Así que hemos podido ver desplegarse conjugadamente ante nuestros ojos, todo el arsenal táctico de los movimientos subversivos: Reduccionismo, emocionalismo, cifras apabullantes medio tramposas y un ensañamiento dialéctico maniqueo y colérico.

Con la ayuda de Dios, la firmeza de nuestro pueblo sano —que es mucho y apabullante mayoría, aunque su bonhomía natural sea propensa al engaño— unido y organizado podrá salvar la situación. Una vez más.

viernes, 27 de marzo de 2020

Lo Imprevisto (para las horas inciertas)



Señor, nunca me des lo que te pida.
Me encanta lo imprevisto, lo que baja
de tus rubias estrellas, que la vida
me presente de golpe la baraja

contra la que he de jugar. Quiero el asombro
de ir silencioso por mi calle oscura,
sentir que me golpean en el hombro,
volverme, y ver la faz de la aventura.

Quiero ignorar en dónde y de qué modo
encontraré la muerte. Sorprendida,
sepa el alma, a la vuelta de un recodo,
que un paso atrás se le quedo la vida



Conrado Nalé Roxlo, argentino, 1898-1971



miércoles, 25 de marzo de 2020

Auxilios celestiales

Cierto día del mes de Julio del año 2018, un Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tomó una decisión que dejó perplejos y enojados a todos los zurdos que habitualmente lo rodean, lo alimentan, lo defienden y justifican sus peores fechorías (que no han sido pocas).

El hombre no tuvo mejor idea que consagrar su Gobierno, su persona y la Ciudad que gobernaba al Sagrado Corazón de Jesús, en presencia del Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Mario Poli, del Regimiento de Patricios de Buenos Aires y numerosa concurrencia allí presente.

El berrinche que se agarraron todos los zurdos del país fue monumental.

Y la críticas más ácidas estuvieron dirigidas contra la Iglesia y no nada de reproches contra este Jefe de Gobierno. Era previsible. Como hemos adelantado en nuestra entrada anterior, esta reacción no es racional: Quien no tenga fe o practique una religión distinta o no practique ninguna, no tiene motivo para sentirse agraviado, por que esta Consagración no significará nada para él. Pero si su religión es el anticatolicismo, entendemos mucho mejor aquellos enojos, ahora olvidados.

Pero el hecho ha permanecido tal cual se lo hiciera; y creemos que Dios no lo echará de lado, porque cualquiera que hubiese podido ser la causa que movió al autor de esta Consagración, a la hora de su efecto no tiene relevancia de ninguna especie, dado que las autoridades públicas manifiestan sus acciones de forma exterior y objetiva por razón de su oficio público sin importar su interés particular, fuera éste coincidente o no y, por lo mismo, con prescindencia de sus intenciones. En todo caso sus intenciones íntimas militarán decisivamente en su virtud personal, a no dudar, si hubiese ido en ellas su conformidad con el acto exterior. No obstante, no gobiernan por un derecho propio sino por delegación del Cielo, como recordase Jesús a Pilato en tremendas circunstancias, sin que el Gobernador de Judea pudiese impugnar lo que acababa de oir ni, tal vez, lo comprendiese demasiado. Por lo tanto, esos actos son plenamente eficaces en el sentido declarado, exteriorizado, con exclusión de toda otra consideración.

De manera que Buenos Aires, ciudad que lleva el nombre de la Bendita Madre de Dios y habiéndose invocado para ese acto el auxilio el Corazón Inmaculado de María, tal como lo indicara el Jefe de Gobierno, ha quedado consagrada al Corazón Sacratísimo de Jesús.

Eso es inapelable.

Ánimo pues; esta batalla se está librando en este preciso momento entre las potencias infernales y el Rey del Universo; y estamos del lado vencedor.

martes, 24 de marzo de 2020

Tropiezos

No vivimos días apacibles. Lo que otrora fueran días penitenciales voluntarios aconsejados por la Iglesia, han devenido en obligatorios y en la celda de cada cual. Se crea o no en los terroríficos términos en que nos dirigen sus nada inocentes mensajes la Organización Mundial de la Salud —órgano de la ONU para la difusión del abortismo y el feminismo— lo cierto es que el asunto este avanza lenta pero seguramente. Mas no en todas partes igual. Y esto es lo llamativo.

México comenzó con su cosecha de enfermos pocas semanas después que Italia. Con una población que supera los 120 millones de habitantes y casi 2 millones de kilómetros cuadrados, según las fuentes habitualmente desinformativas debería estar “ahorita mismo” cursando una etapa desastrosa de la enfermedad a la cola de la península mediterránea, como correspondería a un ajuste previsto a la disciplina universal instalada en estos últimos meses. Pero críticas más o menos a quien hasta hace pocas semanas era adulado por la prensa izquierdista por sus supuestas ideas de avanzada y reformistas, lo cierto es que a este momento, horas finales del día 24 de marzo, México cuenta 367 casos de infección y cuatro víctimas fatales.

Inversa proporción a la tremendas críticas que ha merecido el presidente López Obrador, quien se ha mantenido firme en su rechazo a las políticas mundiales de control poblacional terrorista y ha garantizado en general a su pueblo que seguirá así mientras se pueda y, después, se irá viendo. Es un desafío a la OMS, a la ONU y a todas las siglas que manifiestan al NOM. El hombre es un pragmático, como dicen ahora y tiene criterio propio para estas cosas. Siguiendo el caso del cuco que se utiliza para aterrar a todos los confines de la tierra, Italia, México debería contar pues una enorme cantidad de infectados y muertos. Pero no es así y los hechos parecen negarle la razón al sometimiento y la docilidad ideológica que imprime la tiranía de las organizaciones internacionales.

Un caso notable, tal como lo ha resaltado un medio local hace unas horas.

“Casualidá”, refunfuña el escéptico mirando de soslayo, salvo que prefiera, como han hecho muchos analistas, coleccionistas habituales de connotados fracasos, poner la legitimación de sus opiniones en el futuro, época para la cual, si no sucediese lo que predicen, el mundo habría olvidado sus sandeces y les autorizaría seguir dictando sus majaderías sin temor al ridículo.

Pero lo realmente llamativo es otra cosa.

Este señor, López Obrador, a quien nadie en su sano juicio llamaría “católico” ni nada que se le parezca, en una conferencia de prensa donde ha comunicado que México mantendría su criterio propio para enfrentar la peste, ha exhibido orgullosamente dos Detentes que, asegura, le han hecho llegar personas del pueblo y que él siempre lleva encima; tanto como para mostrarlos recién sacados de su billetera. Estos sacramentales están profundamente unidos a la tradición católica ibérica y por supuesto, mexicana, como nadie bien informado ignorará, pues eran públicamente llevados al pecho por los soldados cristeros en la epopeya de los años '20 del siglo pasado contra la Masonería o por los soldados carlistas en la Cruzada Española de 1936.

Es imposible no quedarse impresionado por este gesto del Presidente de México. Que haya llamado a estas pequeñas insignias “amuletos” y hasta que las haya comparado con otros objetos probablemente idolátricos —asigún afirman los cronistas, no siempre veraces—, no quita que el hombre invocara al Sagrado Corazón de Jesús como lo haríamos nosotros. No es irrelevante que México haya sido consagrado al Sagrado Corazón el día 11 de octubre de 1924 por los Obispos católicos de entonces, ni tampoco que posea el monumento al Sagrado Corazón más importante de América en el Cerro “El Cubilete”, santuario que fuera dinamitado por las tropas de Plutarco Elías Calles en 1928 y reconstruído a partir de 1944. La Consagración fue renovada dos veces más por los obispos, en 2006 y en 2013.

Será esto todo lo casual que se quiera, pero son hechos sólidos y verdaderos. Claro, para nosotros no son casualidades de ninguna forma, pero vaya uno a decírselo a quien tiene necesidad de saberlo y obligación de hacerlo, sin recibir miradas socarronas y pestíferas acusaciones.

Dos cosas más todavía.

Como no se nos ocurre, al menos por ahora, que los Obispos de la Argentina fueran capaces de hacer una cosa así, le proponemos al Presidente Alberto Fernández que lo haga él; garantizándole que, llevándolo a cabo con la suficiente seriedad y renunciado públicamente a sostener el crimen del aborto, la Argentina será preservada de los efectos pestíferos de esta infección y sobre todo de las consecuencias sociales y económicas de las desastrosas acciones que se están llevando a cabo. Quien no tenga fe, no hay razón para que se sienta agraviado por ello; quien la tenga, tendrá no solamente un consuelo necesario en esta hora, sino la seguridad del auxilio del Cielo del que tan precisados estamos.

sábado, 21 de marzo de 2020

Un día déstos...

No había mucho sobre lo cual escribir o había demasiado; es igual. Aquel silencio nuestro hoy lo rompemos con no poco temor y esperanza. Y porque los sucesos desencadenados estos días, sin lograr despertar nuestra perplejidad, nos ponen, sí, en estado de alerta.

Pretextando el salvaguardo de las vidas, la ciudad se ha convertido en un cementerio. No es uno cualquiera; de vez en cuando se oyen voces horrísonas como saliendo de alguna tumba de consorcio, apostrofando a quien ose caminar por la calle; parecen sonidos del odio, el egoísmo y el individualismo que dos siglos hace ya, se ha venido fomentando en las almas para deshacerlas, entumecerlas, ahuyentarlas.

Pero está claro para cualquiera que en los cementerios no hay un alma...

Esta supuesta peste ha hecho emerger lo peor de muchos. Es de esperarse que esta emergencia se balancee con la otra tabla del tobogán, la que hace surgir lo mejor de todos; mas no somos demasiado optimistas en ese sentido. Siempre hemos creído que la afamada “marca de la Bestia” en la mano, son las malas acciones, así como la de la frente son los malos pensamientos. Contra algún que otro maniqueísmo generalizado –pura y dura pereza intelectual– debe saberse que el bien es la esencia de todo hombre, hecho bueno por Dios N. S., pero el mal ¡el mal...! está adherido a sus pasiones –de suyo accidentales y ni buenas ni malas– como la garrapata al perro ocioso.

Virus más o menos, la humanidad presente no parece poseedora de aquellos rasgos de heroísmo, desprendimiento y hasta de una cierta caridad incoada que ofrecían a nuestra admiración inclusive muchos pueblos paganos de la antigüedad; no digo nuestros venerables antepasados cristianos, a quienes lo presente repugnaría en lo más hondo por su bajeza esencial.

Lo de hoy es peor que el paganismo; ellos tenían por lo menos el sentido sobrenatural –erróneo e idolátrico, sí, pero sobrenatural– de la vida, la muerte, el matrimonio, la nueva vida que viene... Nuestro tiempo sólo piensa en salvarse la vida, esa miserable vida de hombre moderno, rico o pobre, pero instalado en ese esponjoso “bienestar” que le mangonea el Estado democrático y que le brinda a cuentagotas a cambio de la entrega de los jirones pertinentes de su alma eterna. Bien decía un profeta contemporáneo que los enemigos del Alma eran tres: El demonio, el mundo, la carne y el estado.

Es lo que tenemos como saldo de esta supuesta epidemia o lo que en definitiva fuera, pues para epidemia mundial o pandemia no está suficientemente crecida y es menos que adolescente, con menos víctimas que la gripe tradicional, los accidentes de tránsito y, por supuesto, muchísimas menos que el aborto, pero suficientes para tremolar de miedo a media humanidad y, no menos cierto, hacer reir a la otra mitad, que no se resigna a llorar por esta causa. La cual mitad segunda no lo hace público para no soportar el escarnio de sus vecinos con los cuales convive, moribundos de terror y no de COVID-19, o el vejámen de los medios de perversión social. Lo cierto y verdadero es que en muchos países se ha establecido un régimen policial terrorista que ha obligado a todo el mundo a meterse en su casa y a no salir, so pena de intervención policial. ¿Hubiéramos creído posible hace un par de años atrás que se encerraría a cal y canto a los sanos, lo que siempre se hizo solamente con los enfermos...? Ni soñando. Y los vehículos y helicópteros policiales sobrevuelan a los prisioneros domiciliarios para hacer ostensión de su presencia y mantener domesticados a los gatitos.

Pero hay un clamor que no tiene prensa ni audiencia: En la Argentina hay 10 millones de personas obligadas al paro forzoso que no cobran estipendio alguno, si no trabajan; para ellos la amenaza no es algún virus, remoto aún, sino el hambre, la desesperación y acaso el crimen; o sea el Estado democrático terrorista. El pretexto para ignorar su suerte y que se oye predicar a unos políticos habitualmente sociales y progres, titulares de una encomiable sensibilidad de cocodrilos, a los eclesiásticos “en salida” y unos gremialistas supuestamente combativos y parlanchines pero ahora misteriosamente silenciosos, es que “no se puede privilegiar la economía por encima de la vida”; lo cual, en boca de estos liberales marxistoides, materialistas recalcitrantes, es un agravio por la ironía burlesca que encierra. ¿Qué les ha importado jamás la vida a estos monigotes de satanás, mil veces abortistas, promotores de la genitalidad más brutal –y decimos brutal y no bestial, porque las bestias usan del sexo para conservar la especie–, cultores de la eutanasia y del desenfreno económico más indigno y cruel? No, no es algo que se pueda soportar sin ira, escuchar a los otrora profetas de la prioridad absoluta del liberalismo económico o del economicismo social –las dos caras de la medalla del materialismo crudo– mostrarse ahora como los protectores de una vida que han despreciado sin rubor ninguno y por todos los medios a su alcance. Se nos ocurre pensar que lo que frase tan rimbobante encierra es en realidad la expresión de una cruda verdad surgida del egoísmo a ultranza que es su regla vital liminar: la economía de los pobres no puede estar por encima de MI vida.

La verdad sin embargo es muy distinta: hay varios millones de cuentapropistas es decir, trabajadores independientes que viven de lo que producen y cobran su gaje día tras día para sobrevivir, con prescindencia o al margen de estos o cualesquier pensamientos teóricos económicos o filosóficos –de mala filosofía. No son asalariados, ni estipendiarios del gobierno envilecedor de turno sino gente laboriosa que vive de su trabajo personal. Profesionales, comerciantes, artesanos, transportistas, simples trabajadores que cotidianamente ganan su pan. En esta situación de histeria colectiva movida por el terror inseminado artificialmente, su suerte vale menos que “la vida de los otros”, como si la de ellos no fuera suficientemente valiosa y mereciera ser reducida, en esa ecuación y sólo Dios sabe por qué maligno arte del birlibirloque, a ese término difuso y tramposo “Economía”, trampeándose lo que en verdad es para ellos nada menos que el más importante sustento de la propia vida; o como si las potenciales víctimas del bicho fueran a ser tantas que superasen a los varios millones de despojados y potencialmente condenados a muerte. Sólo este crudo materialismo, dialéctico más que nunca, era capaz de causar semejante atrocidad. Mientras se emocionan cantando con la Negra Sosa que el mundo no les sea indiferente... Y es esta criminal indiferencia por la suerte de toda una clase social, justamente, sumado a la universal propagación del pánico por los medios de perversión social –televisión, radios y los misteriosos y mentirosos mensajes reenviados de las redes sociales– lo que nos lleva a pensar que esto, sea obra de quien fuera y terminase siendo lo que fuese, no es otra cosa que la consecuencia de una planificación demasiado minuciosa para ser espontánea o sobreviniente, destinada a provocar el caos social y la consiguiente imposición de una disciplina férrea a base del terror. Al final de la cual podría vislumbrarse la aparición de un todavía desconocido salvador...

No se puede cerrar esta revista sin mencionar la tremenda apostasía generalizada demostrada por aquellos mismos que deberían ser soporte y custodios de la Fe, pero han dado por contento su trabajo con suspender el culto público en casi todo Occidente católico. El sueño del anticristo hecho realidad de la mano de un bicho discernible solamente en un microscopio o, acaso, en un estornudo seguido de tos seca. El primer paso, increíblemente, ha sido dado por la Conferencia Episcopal de Italia, país donde reside el Papa y quienquiera sea éste, pues por ahora tenemos nominalmente a dos que llevan tal nombre. Y el lugar donde parece ser, contando únicamente las fronteras políticas que son puramente ideales, que el famoso bicho se ha cobrado la mayor cantidad de vidas. Ciertamente, no más que otros infortunios u otras pestes pasadas y presentes, como la gripe común o Influenza que, por muchos cuerpos (Santo Dios, que horrible metáfora...) le lleva funeral ventaja y, por supuesto, muchísimas menos que el delito, el aborto, el suicido –notablemente incólume a la cabeza de las causas de muerte en España– o los riesgos del embarazo, por cierto más heroicos y encomiables.

Que lo mencionamos al pasar, nomás. Porque ninguna de estas causas ha sido tratada con el mismo status panicus que el innoble coronavirus ni ha merecido prácticamente ninguna profilaxis preventiva o defensiva en este apóstata mundo por la parte civil. No hemos presenciado, al menos en gran escala, rogativas ni Misas para aplacar la más justa que nunca ira de Dios, ni el tradicional y corajudo desafío de los clérigos a las leyes de los hombres cuando se tratase de traerle el Cielo a los hombres, a sabiendas que la Liturgia es una continuación de la Encarnación por otros medios, en medio de una tierra devastada. Ilusoriamente devastada, en realidad; por el terror a una muerte sin eternidad y por esa cobardía atroz como es querer vivir para siempre una vida insignificante con coche nuevo y medicina prepaga.

“¿Habrá fe en la tierra cuando vuelva el Hijo del hombre?”

Está escrito que Cristo vuelve como un ladrón, que llamará a la puerta, que es la llave de David, y que toda la creación suspira por ese día pero que habrá antes una inmensa apostasía. Y también que Dios protegerá a sus elegidos para preservarlos de la gran tribulación y de Su santa cólera. Lo cual significa también que los protegerá de la apostasía; de no, no habría a quien proteger.

Con San Juan Clímaco creemos que la esperanza es la imagen presente de los bienes ausentes; y si es cierto que Cristo no ha vuelto tantas otras veces que se creyó inminente su Venida no lo es menos que, cuando Él venga, nadie lo estará esperando. Ahora ya nadie Lo espera. Ni el Papa habla de eso. Pero que tiene que volver es un hecho, pues está también escrito que debe entregar Su Reino al Padre; y para que esto sea posible es necesario que Él reine; no Se va a presentar al Padre con las manos vacías. Pues para reinar tiene que volver.

No es que sepamos con certeza de hombres que nos hallamos ante la anhelada Parusía ¡qué más quisiéramos para esta hora; qué consuelo infinito sería saber que, al fin, todo esto no era más que el ocaso del mundo que pasa y adviento del que viene prometido y que lo presente será, al fin de cuentas, la olvidable y final tramoya que desencadenará la anhelada Segunda Venida! El precio de tal recompensa seguiría siendo desproporcionadamente bajo.

Pero las certezas de la Fe no son certezas de hombres. Son certezas para los hombres. Cuya aceptación no dependerá de microscopios chinos de ultimísima generación ni de suspicaces estornudos sobre las mangas, ni mucho menos de humanas claudicaciones pastorales o de calculadas y cándidas apostasías públicas ni del siempre renovado y usual terrorismo político democrático. Nada de todo eso sirve.

“...la corona de justicia me dará el Señor... en aquel día, y no solo a mí sino a todos los que hayan amado su venida (II Timoteo 4, 7-8).

La verdad es que no sabemos nada que no sepan los demás.

Pero por que amamos su Venida escribimos esto.

jueves, 14 de junio de 2018

14 de junio: Día de Derrotas

Ya nadie puede dudar que el 14 de junio es una fecha siniestra para la Argentina. Derrota de Malvinas en 1982, derrota parcial de los bebes argentinos en 2018, ambas con implicación de masónicas manos. Según los desalmados que votaron por el aborto esta madrugada —hora de tinieblas— ahora las madres podrán asesinarlos a piacere. Eso de madres, desde luego es una mera licencia idiomática generda por la inercia del idioma, no por una apreciación moral; nosotros no aceptamos eso de las “pobres mujeres desesperadas” que matan a sus hijos, sean fruto de lo que fuera, aún de una improbable violación, para supuestamente aliviar su dolor: eso es egoísmo puro y duro. Matar siempre ee malo, es pecado y cuando se hace con un hijo, es abominable cualesquiera fueran las circunstancias.

Ahora, para ejemplo de las generaciones futuras, vamos a dejar estampados en nuestro blog los nombres de los miserables y canallescos desalmados que votaron afirmativamente por la legalización del aborto, llamado entre nos, eufemísticamente, como despenalización del aborto, algo que, ciertamente, no es.

Que los malvados se arreglen con Dios y los que resistieron, tengan su merecida recompensa; pero nosotros, ahora, no olvidaremos los nombres de unos y otros, a causa de esa razón de bien público que exige no ser demasiado estúpido incurriendo en el mismo error varias veces. No sin antes dejar bien declarado que esto sólo ha sido posible en este repulsivo medio “democrático, moderno y progresista”, como calificaron esos emasculados que se autodenominan conferencia episcopal al régimen imperante, al cual se negaron a enfrentar para poner a buen resguardo la salvación de las almas, como hubiera sido su deber. Sépase bien que todos aquellos que, por acción u omisión, han colaborado con esta agonía, están excomulgados; aunque sen obispos, y sobre todo si lo son.

Muy pocos, casi nadie, ha hablado en estos días de algo que está con toda seguridad en todas las mentes honorables: plan diabólico, pecado mortal, juicio final, infierno... penitencia y oración.

Esta es la hora de los canallas y los desalmados. Por lo menos, conozcamos quiénes son y recemos con esperanza...

domingo, 18 de febrero de 2018

Ochenta años, don Leopoldo

Hoy hemos vuelto para honrar otra vez a un agobiado inolvidable. Porque ya lo hicimos hace algunos años.
Cuando menos, para pedir para él las oraciones que toda alma requiere una vez que ha abandonado este mundo. Lo dejó hace 80 años de mala manera, en una feroz atropellada con Tropezón y caída que contrarió las leyes de Dios y de la naturaleza; que son las mismas y por eso son eternas. Y que deben respetarse.
Pero no podemos olvidarlo; su prosa limpia y exacta, su poesía única y perfecta, sus maneras argentinas y castellanas que no han encontrado todavía paralelo ni parangón y que se resisten a dejar de ser la causa ejemplar y la referencia ineludible para las letras argentinas e ibero-americanas.
¡Esa pobre alma atormentada...! ¿Cómo olvidarla? Por eso lo encomendamos a las oraciones de nuestros (pocos) lectores. No nos importa porqué se mató ni nos gusta escribir ni difundir culebrones sobre el asunto, ni aprovechar su tragedia para engalanar gratuitamente o a una nieta guerrillera o endilgarle un hijo supuestamente torturador. Su muerte la habrá arreglado él mismo con Dios Nuestro Señor, el Creador. Nos importa, eso sí, que su figura inmensa, su pluma augusta y su nombre limpio no caigan en manos de oportunistas, logreros e hijos simulados de prosapias que ni las merecen ni las respetan. Ni queremos aprovecharnos de los mitos creados por un periodismo irresponsable, macaneador y pervertido —vamos, periodismo puro— que ha hecho del poeta un dilecto blanco para arrojar basura contra la Patria.
Por eso lo recordamos en esta hoja y pedimos para él oraciones al Altísimo. Los homenajes, por ahora ni los hacemos ni los queremos.

viernes, 27 de mayo de 2016

“La Revolución de Mayo”, por Mario Accorsi

H
a caído en nuestras manos gracias a la generosidad habitual de un querido amigo, la obra “La Revolución de Mayo” del joven autor Mario Accorsi y que ha sido recientemente puesta a la venta por “Gárgola” Editores. Es prácticamente del tamaño de un folleto, con 125 páginas en cuerpo mediano, editado con elegancia aunque con algunos errores sintácticos y gramaticales menores sobre todo, en los tres primeros capítulos.
La obra, aparecida prácticamente en las vísperas del Bicentenario de la Independencia de Julio -onomástico que amenaza ser pasado por alto por las autoridades de ocupación de la pobre Nación Argentina- hace un resumen y pasa revista a las más imporantes cuestiones relativas a los episodios de Mayo, como por ejemplo: las hipotéticas influencia jacobina, influencia de la Independencia norteamericana sobre la nuestra, influencia inglesa, verdadero sentido monárquico y tradicionalista de los líderes más conspicuos de Mayo, y por fin, el punto más debatido de todos, que es si realmente existió una voluntad independentista en sentido absoluto y no una mera reafirmación autonómica, amenazada por la política de los Borbones y por los sucesos bonapartistas en Europa.
Todo ello, en precisas y preciosas grajeas que no dejan al acaso punto importante alguno, los cuales trátanse con espíritu sintético pero con exacto rigor científico.
Recordemos que tanto la Izquierda liberal, como los liberales de la Línea de Mayo-Caseros, coinciden con algunos pobres ilusos del carlismo -vernáculo o transoceánico- en caratular la Revolución de Mayo como un rebrote autóctono del jacobinismo revolucionario francés, lo cual no puede estar más alejado de la realidad y de las conclusiones que ofrece la historiografía disponible. Mucha de ella -y acompañada por las citas de afamados autores como Enrique Díaz Araujo, Roberto Marfany o Ricardo Zorraquín Becú- es utilizada por el autor para despejar las incógnitas que, tomadas como datos de la realidad, plantea como desafíos para el historiador.
No dudamos en recomendar el altísimo valor didáctico de esta obra, en particular, para quienes se sienten aficionados a la Historia Patria sin estar debidamente acreditados como historiadores sino como meros espectadores. No estaría demás emplear esta obrita en los colegios secundarios como refuerzo de los indigeribles manuales escolares oficiales en el año en que recordaremos la Declaración de la Independencia argentina; la cual, como dijera don Juan Manuel de Rosas en su discurso a la Legislatura de 1836, nos fuera impuesta más por la fatalidad que por nuestra voluntad.
Editó Gárgola, para su colección Revoluciones. En Buenos Aires y julio de 2015.

martes, 17 de mayo de 2016

Campo minado

Ese es el título, en inglés, para la película danesa Under Sandet (algo así como “Bajo la arena”) y cuyo asunto es el trato ilegal dado a los prisioneros de guerra alemanes por parte de los británicos después de la rendición en 1945, los cuales eran obligados a desenterrar las minas colocadas en las playas en previsión del desembarco aliado. Demás está decir que esta tarea está estrictamente prohibida en las Convenciones de Ginebra sobre tratamiento de prisioneros de guerra y que los alemanes jamás obligaron a los prisioneros a desarmar artefactos explosivos, pese a ser los malos del cuento. El asunto, pues, no es novedoso, pero forma parte del temario que solamente abordan los intrépidos y los sinceros, nunca los “correctos” y, en general, en medio de una escasez de recursos de producción rayano en la risa. Y es más, es de la clase de asunto del cual no se habla, o si se habla, se minimiza aludiendo a los judíos, a los rusos, a los polacos y -en medios católicos- al carácter pagano del nazismo. Como si la Unión Soviética, Estados Unidos, Inglaterra o la Francia Masónica del Frente Popular hubiesen sido campamentos de Acción Católica... Propiamente, un campo minado.

La película es de bajísimo presupuesto pero, no obstante, su desarrollo visual es -de la mano de una excelente dirección y una peculiarmente buena fotografía- de primerísimo nivel, así como el argumento resulta atrapante y bien presentado en su progresión hasta el final.

Si hiciera falta, esta película prueba que el buen cine es posible sin torrentes de lubricidad, efectos especiales, depravaciones sin cuento o sangre de tomate.

Ahora que, el asunto principal es triste y terrible y un espectador, dotado de un innegable buen sentido, ha querido calificarlo “como si fuera un accidente de trenes”: espectacular en su inicio y desarrollo, pero con un final horrible. Así es esta película o, mejor dicho, su argumento. Alemania no fue un país derrotado: fue un país devastado intencional y meticulosamente, y los otrora enemigos durante la contienda -eso fueron los dinamarqueses, cuyo territorio patrio fuera invadido por Alemania para permitir la defensa de Noruega, próxima a ser invadida por los francoingleses (y no con perfumería...) cuentan hoy la historia de una pequeña porción de este inmenso drama.

La película no la podemos recomendar por el asunto que trata no obstante hacerlo magníficamente bien, pues ese fondo es triste y feo: tanto, que el propio verdugo del comienzo, un suboficial inglés, termina por solidarizarse con sus víctimas; pero sí cuanto es una prueba palpable del bien hacer en materia de cinematrografía, algo que nos está faltando a gritos, pese a la oferta desenfrenada de celuloide electrónico, casi todo basura inmoral, que atesta y apesta “el mercado”.

martes, 10 de mayo de 2016

La Creación del Trabajador

La teología católica asegura que nadie es tentado más allá de sus fuerzas o, lo que es lo mismo, que Dios Nuestro Señor da a todos las gracias que le son necesarias para no pecar y salvarse.

Pero hay tentaciones y tentaciones, qué embromar. Hemos resistido cuanto hemos sido capaces de soportar, la tentación de demostrar que el peronismo fue más una efervescencia religiosa, un movimiento precursor zurdo-religioso-tercermundista, antes que una mera corriente política y social que, finalmente, desbarrancó un país relativamente rico y ordenado en la locura imparable del desencuentro, la violencia y la pobreza. Pero un paseo al simple acaso y a las puertas de la tercera edad por un suburbio bonaerense, nos ha quitado el resto de compostura burguesa arrojándonos al crisol de la pasión política desmadrada. ¡Y ved, noble lector, si la imagen no valía la pena!.

Pinche sobre la imagen para verla en todo su esplendor

Visto en el Partido de 3 de Febrero, Provincia de Buenos Aires, bajo el título -que no se ve en la fotografía- de "La Creación del Trabajador".

miércoles, 27 de abril de 2016

No he muerto: descansaba

a probada fidelidad a este blog de algunos lectores —que honra a su parte, que no la nuestra— exige alguna que otra explicación. Nada de disculpas ni justificaciones que no son nuestro estilo. Pero sí explicarnos, porque una ausencia de seis años redondos no es tan poca cosa como para entrar por la puerta como si nada hubiese pasado y preguntar despreocupadamente “—¿Qué hay de nuevo...?”.

La tarea intelectual, por poco que se valore lo que aquí se ha hecho y aún compadeciendo las limitaciones estratoféricas del autor, es desgastante, cansadora y pesada. No debería hacerse un intento de corte periodístico, como es este, sin ayuda del exterior, que es lo que dice Keynes hay que hacer cuando falla la economía de un país. Por guapo que uno se crea, la vida seguirá su curso y sus exigencias serán prioritarias para quien no tiene aseguradas la vianda, el techo y la honra.

Así pues, lo cierto es que descansábamos plácidamente. Y ese era todo el secreto de nuestra ausencia.