domingo, 5 de abril de 2020

Encerrona

Por esas cosas que a veces tiene uno de fakir o, acaso, de masoquista irredento, y para ayudar a pasar las largas horas de nuestro decretísimo encierro, este cronista tuvo la idea, nada mala en principio, de ver una película española reciente ... Como es ya connatural a las producciones españolas, cuenta con excelentes actuaciones y una magnífica producción que, emparejada con un fotografía insuperable y una dirección bien lograda, hace que el espectáculo visual sea memorable. Sobre todo, ahorrándonos a nosotros, pobres víctimas, aquellas exageraciones de los espectaculares pero desagradables efectos especiales hollybudenses. En lo demás, parece de Hollywood. O de Hellwood, mejor. Hay blasfemias a porrillo, insultos a la Patria, militares siempre desengañados de su deber, que sólo Dios sabe porque entonces lo cumplirán y algún fraile, fatalmente drogadicto y, por supuesto, ateo. De la historia auténtica -la de buenas y confiables fuentes- nos parece que nada de nada.

La película es una versión nueva de “Los últimos de Filipinas”, de Antonio Román, estrenada en 1945. Román era un director español de películas clase B, generalmente bien hechas. Como casi todo el cine europeo, el libreto cinematográfico es excepcionalmente bueno; obra del diplomático, compositor y escritor español Enrique Llovet, a quien pertenece el boceto original para difusión radiofónica, y el guión hecho en colaboración con Enrique Alfonso Barcones y Rafael Sánchez Campoy. Del cual, es bueno tenerlo presente, no ha quedado casi nada en esta remake, salvo los hechos esenciales. Llovet ha sido también el autor de la bellísima y melancólica habanera “Yo te diré”, que canta Nani Fernández en la versión de 1945.

Las actuaciones son muy buenas, especialmente la de Luis Tosar en el papel del teniente Cerezo; es un actor creíble, natural y de buen oficio, sin ese sobrecargo de dramatismo que algunos colegas transatlánticos, ocasionales compañeros de reparto que cruzan el mar para buscar cierto éxito que su terruño les niega. La producción es bastante buena aunque creemos que el vestuario deja algunas pequeñas astillas al aire; la fotografía, elogiable, como casi siempre sucede con el cine peninsular. El lenguaje no es de fines del siglo XIX, se nos ocurre.

El Sitio de Baler puede considerarse la última gran hazaña del Imperio Español con la cual se cierra heroicamente, como no podía ser de otra manera, su existencia. Los hechos son éstos: Unos sesenta soldados españoles se encierran en una pequeña capilla en el pueblo de Baler, isla de Luzón, para resistir o morir en el intento, un asedio de los tagalos filipinos rebeldes, cosa que hacen durante, nada menos, que un año casi completo. Finalmente caen en razón que España se ha rendido a los yankis y que éstos se han dado a la, para ellos, familiar tarea de masacrar a los ingenuos filipinos. Hay algunos desertores y dos son fusilados por el terrible jefe del destacamento, Teniente Cerezo; sin él, la hazaña no habría sido posible, no existiría. La férrea determinación castellana corre naturalmente por sus venas tremendas y decididas, con el mismo vigor con que los soldados y misioneros castellanos recorrieran toda América a pie, conquistando y evangelizando, todo a una. Y no solamente por las de él, sino por las de todo el destacamento. Sabemos a ciencia cierta que han sido los soldados quienes instaran a su jefe a resistir, siguiendo la prédica de dos frailes heroicos que la película no solamente convierte en uno solo, sino por añadidura drogón, mostrenco y hasta ateo por donde se mire. Desde luego, no es una película histórica, sino sobre un hecho histórico.

El problema, porque aquí hay uno, es que no está reflejando —aún con las indispensables noveleras licencias— el verdadero espíritu de los sitiados de Baler, herederos incuestionables del heroísmo español y ellos mismos actores de una asombrosa hazaña la cual, sin enorme grandeza de ánimo, no fuera posible; más bien se refleja a algunos peninsulares de hoy en día: cobardes, resueltos sí, pero para vivir en la inmundicia, apáticos con su Patria y, lo que es peor, apóstatas de Su Dios. No son españoles; por lo menos no de la clase que aquí llamamos españoles, sino meros peninsulares: modernos, progres, cínicos y democráticos. El director de la vista, además, nos quiere dejar sembrada la idea de la existencia de algunas sucias intenciones detrás de una determinación heroica que, o fué realmente heroica, o sencillamente no hubiera podido ser; incurre así en una infeliz contradicción que ni es española, sino saturnina, ni heroica. Más bien cubana moderna, castrista, como el libretista, o guionista de la cinta, oriundo de la feliz isla de Fidel. Vaya uno a saber qué puede pasar por la cabeza de un cubano milenial filmando una hazaña española del siglo XIX.

Cuando se le pregunta a un español contemporáneo cuándo terminó ese formidable imperio donde jamás se ponía el sol, afirman sin titubear que cuando se perdió Cuba y Filipinas tras la Guerra del 98. Esa es la percepción popular más común. Sin embargo, ni Cuba ni Filipinas eran ya, propiamente, reinos de un Imperio sino que, a osadas de los borbónicos despropósitos inaugurados por Felipe V, eran simples reliquias del pasado imperial, cachondas colonias que no dudaron ni un instante en aceptar a su nuevo dueño en lugar del español. Así les fue, es claro. Es llamativo este gesto negacionista ibérico respecto del Gran Imperio perdido por Fernando VII entre 1814 y 1819, cuando se negara a reconocer a sus vasallos de los Reinos de Indias como los verdaderos sostenerdores de su corona imperial de Castilla. El Manifiesto del Congreso de Tucumán habla, comprensiblemente, de “tamaña ingratitud” del rey; Fernando era un rey ingrato, o más bien un auténtico y descarado rufián y un patán asombroso. No solamente se negó a recibir a los embajadores rioplatenses que le ofrecían la restitución del Imperio de sus antepasados, en 1814, sino que mientras México se debatía con estertores de guerra interior, vendió a los norteamericanos buena parte del Virreynato de Nueva España por medio del Tratado de Adams-Onís, violando la regla de la “inenajenabilidad americana” (Libro III, título Primero, Recopilación de Indias, 1680), dispuesta por Carlos V. Caso notable y vinculado a los episodios que muestra esta vista, es el de don Emilio Aguinaldo, primer Presidente de la República de Filipinas en 1898, quien acudiera en 1941 al funeral por Alfonso XIII organizado en Manila por los españoles residentes. No poca sorpresa causó a los presentes; pero mucho mayor fue la declaración que dejara asentada 15 años más tarde, ya casi centenario:

Sí. Estoy arrepentido en buena parte por haberme levantado contra España y es por eso que, cuando se celebraron los funerales en Manila del Rey Alfonso de España, yo me presenté en la catedral para sorpresa de los españoles. Y me preguntaron por qué había venido a los funerales del Rey de España en contra del cual me alcé en rebelión… Y, les dije que sigue siendo mi Rey porque bajo España siempre fuimos súbditos, o ciudadanos, españoles pero que ahora, bajo los Estados Unidos, somos tan solo un Mercado de consumidores de sus exportaciones, cuando no parias, porque nunca nos han hecho ciudadanos de ningún estado de Estados Unidos… Y los españoles me abrieron paso y me trataron como su hermano en aquel día tan significativo…

16 de diciembre de 1958.

Luego del “destape”, los derechos de bragueta —como risueñamente los llama el gran Gordo de Prada— con que soñaba el peninsular medio y la descalificación planificada de todo aquello que fuera auténticamente propio y católico, han encontrado su “nicho” en el celuloide peninsular. Cierto que no ha hecho carrera y lo que el público —que tonto no es y sabe muy bien por qué pagar— ha elegido no son las comedias inmorales o los bodrios pornocráticos y antifranquistas elogiados por la prensa, siempre venal, del régimen; los que habrán pasado, conforme a sus méritos, sin ninguna pena que pagar ni alguna gloria que les honre. La elección ha recaído en cierto cine dramático o humorístico y también el de corte policial o de suspenso, donde el ingenio local suple con holgura la tontera de los “efectos especiales”. Un ejemplo destacable es la película “Contratiempo”, de Oriol Paulo, 2016, que a nuestro juicio es una verdadera joya cinematográfica. Es verdad que estos frutos en sazón son cada vez más escasos porque, de alguna manera, el cine no deja de revelarnos los defectos y acaso las pocas virtudes del pueblo que los produce y los consume. Si la “Guerra de las Galaxias” es un mamarracho congenialmente yanki, cosa que nadie osa dudar, España, pensamos, tiene todavía algunas cosas para ofrecer en este difícil y altamente competitivo renglón del fotograma. Son cada vez menos por desgracia, porque la democracia, el sanchopancismo y la extrema acidez de una autocrítica rayana en la locura suicida y siempre enfermiza y macaneadora, adunada a esa hipoteca “progre” que embarga todo lo bueno, los ha dejado sin temas que tratar con la elegancia, la frescura y el color que el medio requiere. Algunos parecen haber olvidado que el celuloide es vengativo; su arma predilecta es un ridículo imborrable.

Pero el cine español en su conjunto, ha sido magnífico y eso no se puede negar, cuanto que abarca varias décadas de genuinas creaciones geniales. Parecía un arte que había sido creado para ser español; los españoles son grandes actores natos y han tenido magníficos directores y fotógrafos y, en muchas ocasiones, han sabido burlarse de sí mismos con humor y grandeza, algo muy hispano, como prueban irrefutablemente Quevedo y Cervantes. Recordamos aquí “Bienvenido Mr. Marshall” y “El verdugo” o la más reciente “El Abuelo”, protagonizada por Fernán Gómez y Rafael Alonso sobre una novela de Benito Pérez Galdós; unas genialidades que, volvemos a decirlo, no se han visto precisadas de masacrar torrentes de dólares en producción ni al sentido común, ni ofender la inteligencia ni la prosapia del espectador, todo a una, para llegar a ofrecer un genuino espectáculo.

«—Oiga Usté; pero todo eso del masoquismo ¿qué pinta aquí...?»

Pues que la película narra nada menos que un encierro de casi un año, figúrese usté tamaña desgracia...



jueves, 2 de abril de 2020

Malvinas

Hoy es 2 de abril, aniversario de la recuperación de nuestras Islas Malvinas. Ningún bicho malevo nos va a impedir recordarlo ni elevar una oración por nuestros héroes caídos en esa gesta; ni por los que lucharon y perdieron. Vaya para todos ellos nuestro emocionado recuerdo y una patriótica oración a Dios Nuestro Señor por sus almas, por su bien y como ofrenda de nuestra obligada gratitud.



miércoles, 1 de abril de 2020

Antonio Caponnetto: Los que no sobrevivirán al corona virus*

La Nación de este 27 de marzo trae una nota firmada por el señor Luciano Román, que no debería pasar sin un cierto análisis. Se titula “El coronavirus no nos debe impedir el ejercicio de la duda”. Personalmente la llamaríamos de otra manera: Los que no sobrevirán moralmente al corona virus.

Por lo pronto no sobrevivirán los progresistas. Excepto que abran ahora y con furia el siniestro paraguas que acaba de abrir este escriba. ¿Cuál es ese paraguas negrísimo y sincericida? Leamos:

“Un clima ligeramente patriotero [como el que se está registrando durante la cuarentena] podría interpretarse como una señal de alarma. Es naturalmente sano que tendamos a unirnos ante la adversidad, que depongamos sectarismos y nos despojemos de oportunismos y conveniencias sectoriales. Pero también es sano preservarnos de aquel clima malvinero que nos amputó el espíritu crítico. Nunca es bueno abolir la disidencia, las preguntas y la duda, frente a temas en los que nadie es dueño de una verdad absoluta. ¿No se le estarán dando argumentos al Estado paternalista y autoritario? ¿No se estarán abonando, al amparo del miedo, la pretensión del pensamiento único y los rebrotes nacionalistas? Ya nos pasó en otras épocas: El que no salta, es un inglés. La versión de hoy parecería ser: “el que duda es un irresponsable (y quiere que el coronavirus nos mate a todos)”.

Traduzcamos salvajemente el mensaje: Compañeros, dijimos que Galtieri estaba borracho porque nos llevaba a una guerra con un enemigo visible y secular, ¿y ahora resulta que el Alberto está sobrio embarcándonos a todos en una contienda contra un enemigo invisible? Dijimos que los medios hegemónicos nos mintieron sobre lo que realmente pasaba en torno a Malvinas, y ahora somos nosotros esos medios que mansamente replican el parte oficial diario. ¿Ahora somos nosotros el Noticiero “60 Minutos”?

Pero ¡atención,compañeros! Resulta que fuimos nosotros los que inventamos la militancia contra el Estado policíaco, militarizado, opresor, profiriendo un largo etcétera de epítetos anticastrenses y pro libertarios, ¿y ahora somos nosotros los que aplaudimos a un Alberto enajenado, que despotrica, amenaza, conmina, ordena apresar a los ciudadanos en la vía pública, meterse casa por casa, secuestrar autos y pasajeros, y reducirlo todo al imperativo fascista “por la razón o por la fuerza”? ¿Y si nos aparecen otras Madres haciendo rondas porque no pueden ver a sus hijos, y otras Abuelas que han perdido contacto con sus nietos y otros Hijos que lloran la muerte de sus padres en manos de un Estado que, en la práctica, le restituyó a los milicos todo el poder de control en la vida pública y privada? A ver si encima alguien tiene el mal gusto de recordar aquél debate presidencial en el que se lo acusó a Alberto de su propensión cristínica para levantar índices acusadores desde atriles que imaginaba carrozas imperiales.

Pero hay más, compañeros. Prestemos atención. Ocurre que fuimos nosotros los que crucificamos al Ñato Rico porque lanzó su frasecilla “la duda es la jactancia de los intelectuales”, ¿y ahora nos parecen indubitables y apodícticas las resoluciones que toma un Alberto convertido de repente en la cabeza de carapintadismo sanitario y del fundamentalismo higiénico? ¿No será asturiano este Fernández? ¿De veras queda excluido de la dogmática reconvención cartesiana el criterio científico del criador de chanchos Ginés González García?

Lo peor de lo peor, compañeros, se los digo al final. ¿No se dan cuenta? Nos enorgullecimos durante Malvinas de ser anti belicistas, apátridas, cipayos, pacifistas, internacionalistas, razonables epicuros modernos sin fronteras. Llamamos “carro atmosférico” a la contienda, nos juntamos en manada alrededor de Juan Pablo II, gimoteando “queremos la paz, la paz, la paz”, lloramos con los versos de Giorgie sobre el encuentro ecuménico entre Juan López y John Ward, mentimos haber entendido las Tusculanas de Ciceron, con su ubi bene, ibi patria, nos opusimos al clima de gesta argentinista que se escapaba por los poros del cuerpo social,¿y ahora terminamos siendo nosotros simples nacionalistas, de imperdonables reminiscencias malvineras, que aplauden y brincan desde los balcones, en un remedo imperdonable de “el que no salta es un inglés”?

¡Please boys! No sea cosa que algunos mueran heroicamente en combate, en esta guerra contra el enemigo invisible, como la llamó Alberto con anacrónica semántica cuartelera, y aparezca después la derecha exclamando:Argentina tiene héroes. ¿Adónde iría a parar nuestro discurso alberdiano? ¿Dónde deberíamos esconder el viejo disco de John Lennon, acurrucándonos felinamente con su Imagine? ¿En qué Parque Lezama se juntará Carta Abierta para vendernos el hippismo sesentoso, envuelto en los hedores del pachuli y la crencha engrasada de Horacio González?

Como la burra de Balaam, así ha hablado este Luciano Román, interpelando a su tropa. Da vergüenza ajena su estirpe meteca y cartaginesa. Pero aún a su pesar, coopera a la verdad.

No sólo los progresistas incluidos genéricamente en la noteja de marras, no sobrevivirán moralmente al Corona Virus. Hay muchos más.

  • Los bergoglianos con su “Iglesia en Salida”, infamemente alineados en este evidente ensayo de disciplina social y obediencia debida impuesto por el Régimen. Son los primeros en haberse recluidos endógenamente. Se autoacuartelaron, no como soldados de Cristo, según recia petición paulina, sino como miedosos contumaces y cómplices de la tiranía.
  • Los que tienen siempre a mano el despectivo mote de “conspiranoides” para descalificar a quienes, desde hace décadas, vienen vaticinando, con pormenores, los planes de aquello tan temido que ahora tocamos, oímos y olemos día a día. Preguntamos nomás, sin retórica: ¿el Alberto que recita un manifiesto explícitamente masónico ante el G20, mientras arría su manchada taleguilla ante los judíos que le imponen una excepción para cumplir sus rituales cabalistas, ¿es un invento de los conspirativistas o una realidad que se nos hace patente? ¿La genuflexión ante poderes mundiales financieros, ideológicos, políticos e institucionales; ante todo el portentoso aparato supremacista, es una ilusión óptica de los propulsores de la tesis del complot, o lo están pasando en cadena por las inacabables redes sociales? ¿La catarata de documentos probatorios de que cuanto nos sucede cuenta con programadores, planificadores y severos propulsores, miembros de organizaciones planetaristas partidarias del Nuevo Orden Mundial, es propaganda zarista financiada por la embajada del Tercer Reich y por Hirohito?
  • Los constructivistas y relativistas de todo jaez, maestros de la autopercepción. ¿Por qué no les dicen a las víctimas fatales de esta peste maldita, que se autoperciban vivos o sanos? Las vaquillonas de moqueros aceituniles, ubres al viento siempre prontas para la impudicia, ¿por qué no aplican el Protocolo ILC, Interrupción Legal del Covid 19, y se lo sacan del cuerpo a la pobre legión de infestados? ¿Por qué Fernández, el módico neo Zeus nativo de la voz de cuesco, no sostiene que los mayores de 65 años en adelante ya no somos personas humanas (como lo hace con los embriones hasta los tres meses) y eleva al Congreso la legalización de nuestras muertes?

Suceda lo que sucediere con esta desgraciada enfermedad —que se ha llevado vidas cercanas a la nuestra y que puede llevarse la propia— hay factores de riesgo a los que tememos más que aquellos en los que nos coloca nuestra situación etaria y castigada salud. Es el riesgo de ver a la patria tiranizada por una banda de corruptos, incapaces,asesinos y mafiosos, sin que la sociedad atine a otra cosa mas que a repetir el estúpido latiguillo de “quedate en casa”.

Cada vez tiran más de la cuerda. Mañana será el “quedate en tu pieza”, después el “quedate en tu cama”; y al fin, el “quedate quieto, esto es un asalto”. Nos están asaltando las libertades concretas, están ejecutando sandeces, arrojando bravatas, cometiendo tropelías, creando un clima de crispación invivible, y encima tenemos que darles las gracias por cuidarnos la salud. Si quieren cuidarnos de veras la salud, maten el virus de la democracia, que le permite, ayer a unos, anteayer a otros y hoy a éstos, pero siempre de la misma especie perversa, intoxicar a la sociedad con sus políticas ajenas y contrarias al Bien Común Completo. La salud física incluida.

Hay un viejo cuento de Ray Bradbury, traducido como “El Caminante”. Vio la luz hacia 1951 y formó al fin parte de “Las doradas manzanas del sol”, un trabajo que el viejo Ray tenía entre sus predilectos, porque según él poseía un doble aroma, el de los buenos libros nuevos y el de los nobles libros usados.

La escena transcurre en un mundo entonces inimaginado, como es común denominador en la literatura de anticipación. Un mundo sórdido, masificado y sombrío, en el cual la existencia gris y aborregada transita obligatoriamente “en casas como tumbas, mal iluminadas por la luz del televisor, donde la gente estaba como muerta, con una luz multicolor que les rozaba la cara pero que nunca los tocaba realmente”.

Desafiando humildemente tamaña demencia colectiva y coercitiva, todas las noches, Leonard Mead salía a caminar. Para nada. Para contemplar, llenarse los pulmones de aire, ver un retazo de luna, o la sombra de un tronco añejo o entonarle una canción al viento del otoño.

Así hasta que un día lo detuvo la policía, lo metieron de prepo en uno de sus coches, “una cárcel en miniatura con barrotes que olía a antiséptico, a demasiado limpio, duro y metálico”, y se lo llevaron por la fuerza. ¿Adónde? Al “Centro Psiquiátrico de Investigación de Tendencias Regresivas”.

Es la hora de los caminantes. Necesitamos almas peregrinas que se calcen unas humildes sandalias y salgan por la calle. No precisamente para nada, aunque sí conservando el espíritu de gratuidad y de ocio contemplativo. Caminantes que sepan que hay Camino. Y prediquen desde los espacios libres y empinados que no vale la pena vivir si no se vive sacramentalmente. Que prediquen que una ciudad no es la compraventa reglada de insumos comestibles, sino los templos, las oraciones y los sacrificios, como diría Saint Exupery, o acaso antes Plutarco. Caminantes cuaresmales, que —como los legionarios de Millán Astray— sepan que sólo se muere una vez, y no es tan grave. Lo grave es vivir siendo un cobarde.

Caminates, al fin, que frente a un mundo homogeneizado, anestesiado, víctima del pánico y del lavado colectivo de cabezas, en medio de la tétrica soledad de una noche estatizada, tengan la modestísima osadía de vivar a Dios y a la Patria. Sí; como en los abrileñas e inolvidables jornadas de la Guerra de Malvinas.

*Nos hemos tomado el atrevimiento de dar por descontada la autorización del autor para reproducir el artículo.

martes, 31 de marzo de 2020

Dios en Buenos Aires

Nos informa Paco Pepe desde su “aislamiento social” que a partir de una iniciativa del Cardenal Primado de nuestro querido vecino Oriental, el Uruguay, los párrocos han salido a las puertas de sus Iglesias llevando respetuosamente, como es debido, al Santísimo Sacramento en procesión, para bendecir a toda la población. Realmente un acto católico; inesperado por su procedencia insólita y angustiosamente anhelado donde sigue faltando y era razonable esperarlo.

El ejemplo lo ha dado el recién estrenado cardenal Daniel Sturla, un salesiano a quien el papa Francisco acaba de designar como arzobispo de Montevideo, a principiosde este año.

Sabemos que en otros lugares de América católica, como Panamá, hechos semejantes se han verificado. En ciertos sitios de la Argentina también... pero a escondidas de los, en general, inhallables antístites.

¿Le costaría mucho al Cardenal arzobispo de Buenos Aires montarse a un carro de Bomberos —que no dudamos este Honorable Cuerpo le facilitaría sin ninguna dificultad, si de ellos dependiese...— o a un helicóptero acondicionado a tal fin, con la Custodia y el Santísimo Sacramento y recorrer los 100 barrios porteños, bendiciéndolos...?

No es cosa tan dificultosa ni atentatoria contra ningún dogma liberal; al contrario, el Concordato entre la Santa Sede y la Argentina de 1966 garantiza a la Iglesia Católica la perfecta libertad de culto y una jurisdicción amplia y libre en el ejercicio de su misión. Lo cual significa, en pocas palabras, que el Gobierno no puede legislar nada sobre los actos públicos de culto, porque no tiene competencia. No creemos que a ningún gobierno impío le importe un bledo esta o cualesquier otra legislación sobre los derechos del pueblo, visto que el único respetable y prevalenciente es el propio de imponer despóticamente lo que se les dé la real gana. Hasta eso de sacar a Dios de Buenos Aires podría haber sido un acto fallido o, si se prefiere, una profecía... Pero esa es otra historia.

De momento, esta ciudad anhela adorar a Su Salvador en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad y, como corolario, poder recibir en Pascua la absolución sacramental y, desde luego, la Santa Comunión.

Su Eminencia tiene la palabra:



lunes, 30 de marzo de 2020

“Aislamiento social”

En los aciagos días que corren, se invoca con insistencia sospechosa la locución aislamiento social, asociada a una supuesta necesidad explícita de “solidaridad social”, requerida en las circunstancias actuales. Quien no se prestare a este aislamiento, se convertiría por esta causa en un archienemigo social, haciéndose acreedor a la más indignada repulsa pública; sin descontar las amenazantes sanciones que promenten los gobiernos a quienes infringiesen esta imposición —ciertamente tiránica. Además de ser objeto de persecución policial, encierro y capitis deminutio máxima.

Es lo que, con todo rigor y derecho, podríamos denominar una salvajada.

Digámoslo sin retaceo alguno: el aislamiento social es un gran mal en sí mismo, superior a cualesquier otros males posibles, reales o imaginarios, como el demoledor ataque que es a las necesarias virtudes sociales, o sea políticas, de la concordia, la piedad, la liberalidad y la indulgencia heredadas de Roma; de consiguiente, un atentado directo y certero al bien común propiciado desde las esferas gobernantes por medio de amenazas y diseminado interesada o irresponsablemente —¿de qué otro modo hacen las cosas casi siempre?— por los medios de difusión. La vida política es un intento permanente, constante y necesariamente vigoroso de ascenso común hacia una vida virtuosa, por cuanto los gobernantes deben poner con empeño los medios propicios para lograrlo constituyéndose, así, en autores de la vida social. Este organismo vivo requiere un mínimo de virtud indispensable o, simultáneamente, una cierta tolerancia del mal, a sabiendas que la naturaleza humana herida por el pecado original no puede siempre y en todo, obrar con perfecta sabiduría y rectitud y, por lo tanto, cualquier exageración o dureza conllevaría la disolución social por ser una herida de un tejido social que, como lleva implícito su nombre, es portador de virtudes, flaquezas y heroísmos en su camino ascendente; apoyándose un punto en todos los demás. La famosa y nunca suficientemente vilipendiada tolerancia cero es, por estas razones, un disparate político, un agravio a la vida comunitaria y un mal congenial a su cuna anglosajona, que lo único que logra es debilitar esos puntos del tejido social haciéndolos tensos y rígidos donde debería existir la necesaria elasticidad que caracteriza a todo ser vivo. Mas favorecer directa y abiertamente el mal en sí mismo es una locura y una acción neta subversiva que quita toda legitimidad al gobierno que la lleva a cabo y lo destituye, ontológicamente, de aquella auctoritas, vale decir, de esa condición de autor permanente de la unidad, solidaridad y bonanza social que legitima su condición de gobernante.

Ni qué decir de la herida que se infiere a la virtud Cristiana de la Caridad, vulnerada por este funesto egoísmo social postulado y organizado desde el gobierno mismo, que consiste en volverle la espalda a nuestros hermanos de desgracia con el pretexto de la solidaridad social y la salud, como si la salud de los demás fuera de menor valor que la propia. Y que es como justificar un asesinato con el subterfugio de salvaguardar la vida. «Es mejor que estén dos que uno solo; tendrán la ventaja de la unión. Si el uno cae, será levantado por el otro. ¡Ay del que está solo, pues, si cae, no tendrá quien lo levante!» Ecl 4,9-12. «El hermano, ayudado por su hermano, es como una ciudad fortificada» Prov 18,19. En eso nos convertimos: en una ciudad abierta y en constante peligro. Y como si no fuera que Nuestro Señor Jesucristo consideró Su propia Vida, que es nada menos que la Vida misma de todo lo creado, como anuncia el principio del Evangelio de San Juan, digna de ser oblada para devolver la salud perdida a todo el género humano. Cierto pontífice jerosomilitano pronunció, según narra ese mismo evangelista, la frase trágica pero sin duda profética: Es necesario que uno muera para que se salven todos. La cual dió lugar a un crimen tremendo para quien lo instigó, para quien lo prohijó y para quien lo ejecutó; pero no obstante las Heridas de Nuestro Señor son la honra del pueblo cristiano y la fuente misma de Su Iglesia. Y no son otra cosa que el fruto de su donación personal para la salvación nuestra. Por eso esto de ahora es un crimen, y lo es de lesa Caridad, sobre la cual escribe Santo Tomás: la razón del amor al prójimo es Dios, pues lo que debemos amar en el prójimo es que exista en Dios. Es, por lo tanto, evidente que son de la misma especie el acto con que amamos a Dios y el acto con que amamos al prójimo. Por eso el hábito de la caridad comprende el amor, no sólo de Dios, sino también el del prójimo; S. Th, II, IIæ, q. 25, a. 1. El amor de caridad es nada menos que amistad, y en este caso concreto, vera amistad social, por medio de la cual se le desea al amado todos los bienes posibles.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Hace pocos días recibíamos en nuestros teléfonos celulares —hodiernos sucesores inanimados del juglar medieval— advertencias sobre la necesidad de “denunciar” a quienes violasen las reglas de “aislamiento social”; traducido a la realidad: atacar a quien se comporte como una persona civilizada. Se comprende que un enfermo deba guardar por sí mismo o por la fuerza de la autoridad, un aislamiento que se dicta en su favor y para beneficio de la sociedad toda; mas sin privarlo de lo que es necesario para vivir; y para sobrevivir. En primer lugar, el afecto de sus familiares y amigos. Pues no: aquí se manda que deba prevalecer la regla del egoísmo y del abandono y del apartamiento; la regla del “enfriamiento de la caridad”. Equivalente a decir que el aislamiento es de por sí, una condena social anticipada —tanto se la observe como si no—, por el delito común de no haber logrado superar el género humano la mera posibilidad de una enfermedad que, como fuera que se la quiera ver, no es más que otra consecuencia del pecado original que todos llevamos a cuestas. En Italia y España, nos cuentan, ha habido desgarradores casos de abandono de enfermos a las sombras de la muerte, sin parientes al pié de la cama, sin confesor ni Sacramentos y con el seguro destino de un crematorio antiséptico. Juan Manuel de Prada los denomina, con justicia sin igual, “morideros”; precedidos en muchísimos casos por esas horrendas gestorías modernas de depresión, abandono y tristeza que llamamos aquí geriátricos y allí, ni idea. Lo horroroso es que muchas o todas estas personas tienen hijos, hermanos o parentela que no los quieren entre ellos a pesar que le son deudores, o sea deudos, pero que son igualmente sometidos al “aislamiento social” preventivo porque aquellos a quienes le cambiaban los pañales de chicos, ahora son amnésicos y desagradecidos adultos. Si esto no clama al Cielo, decidme qué...

Esto es “aislamiento social”, un simple, llano, y vulgar caso de ese enfriamiento de la Caridad profetizado como una de las señales del final de este mundo; que bien podría pasar de una buena vez. Es cierto que no es igual en todas partes y que las causas de la enorme mortandad ofrecida por estas dos pobres naciones que mencionamos, son muy distintas entre sí y con relación a la situación en otros países; no tenemos noticia que aquí suceda con esa atroz intensidad devastadora lo que nos han narrado amigos españoles o italianos. Criticamos, sí y con gran pasión, el torcido criterio rector para combatir una crisis sanitaria cuyos orígenes son cada vez más obscuros y con estadísticas cada vez menos creíbles.

Todo el tratamiento de esto, además de su connatural inepcia, ha sido capaz para crear riesgos sociales alarmantes —tal vez sean en el futuro algo peor, pero desde nuestro propio aislamiento no estamos en condiciones de juzgarlo con certeza y mucha experiencia sobre esto, a Dios gracias, no hay— y no solamente los previsibles daños psicológicos y sanitarios que, con el tiempo, se irán destapando como otras tantas pestes que, cual serpientes insidiosas, amenazan el talón social tras la crisis presente. El problema del aislamiento y el tremendo mal que es siempre el fomento de la delación, más el abatimiento oficial de la sensatez y lo salvaje del tracto elegido, no pasará sin dejar esa borra maliciosa de desconfianza y desunión social; suspicacias de unos hacia otros y el advenimiento de un espíritu fosco y cerril —en cuántos, no sabemos— que es la consecuencia natural del apartamiento social y del regreso paulatino a la sociedad tribal.

Ni horas hace, un mensaje encapsulado en electrónico envase nos presentaba un notable episodio nocturno: vecinos de la misma manzana céntrica cuyas ventanas miraban hacia el pulmón común, se han puesto a cantar, a vitorear, a saludarse y todas esas cosas que esta locura no los deja hacer a la vista general. El diario que miente (¿otro más?) ha dado cuenta de esta singular práctica social. Esta emocionante y espontánea búsqueda de intimidad, urbana y concéntrica; explosiva, alegre y criolla, nos da no solamente plena razón en nuestra argumentación, sino fuerza y esperanzas ante el desasosiego de las noticias y el aislamiento lejano en que hemos quedado capturados.

Renglón aparte merece el desastre económico que esto ya ha significado para la Nación y en especial, las familias, sobre todo para las de menores recursos. La suspensión de los pagos, la carestía, el desabastecimiento y la pobreza desesperante, aún la de los más laboriosos, son los sombra de los horrores que se ven en lontananza, a hombros de una epidemia que no fué, pero que unos intereses atrevidos, audaces y criminales han llevado en andas del pánico y el terror más elemental (e ilegal, claro), al estrado de la locura nacional. Donde se hubiese requerido mesura, prudencia, serenidad y mil virtudes más de las que tiene que tener cualquier varón que se precie de tal ante la desgracia y el peligro, solo se han presentado el botaratistmo y una recepción acrítica —y sospechosa— de “las recomendaciones de la OMS”. El ridículo asistencialismo oficialista le ha puesto la tapa de hipocresía a esta olla del diablo, insigne burla a todo un pueblo que no ha recibido de sus gobernantes más que desgracias, groserías y saqueos desde que este cuadrúpedo cronista tiene memoria. Pero ya se sabe que el diablo hace sus fechorías y, tapando la olla, corre a esconderse; pero deja la cola afuera, que es de dónde lo agarra la Justicia Divina.

Así que hemos podido ver desplegarse conjugadamente ante nuestros ojos, todo el arsenal táctico de los movimientos subversivos: Reduccionismo, emocionalismo, cifras apabullantes medio tramposas y un ensañamiento dialéctico maniqueo y colérico.

Con la ayuda de Dios, la firmeza de nuestro pueblo sano —que es mucho y apabullante mayoría, aunque su bonhomía natural sea propensa al engaño— unido y organizado podrá salvar la situación. Una vez más.

viernes, 27 de marzo de 2020

Lo Imprevisto (para las horas inciertas)



Señor, nunca me des lo que te pida.
Me encanta lo imprevisto, lo que baja
de tus rubias estrellas, que la vida
me presente de golpe la baraja

contra la que he de jugar. Quiero el asombro
de ir silencioso por mi calle oscura,
sentir que me golpean en el hombro,
volverme, y ver la faz de la aventura.

Quiero ignorar en dónde y de qué modo
encontraré la muerte. Sorprendida,
sepa el alma, a la vuelta de un recodo,
que un paso atrás se le quedo la vida



Conrado Nalé Roxlo, argentino, 1898-1971



miércoles, 25 de marzo de 2020

Auxilios celestiales

Cierto día del mes de Julio del año 2018, un Jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires tomó una decisión que dejó perplejos y enojados a todos los zurdos que habitualmente lo rodean, lo alimentan, lo defienden y justifican sus peores fechorías (que no han sido pocas).

El hombre no tuvo mejor idea que consagrar su Gobierno, su persona y la Ciudad que gobernaba al Sagrado Corazón de Jesús, en presencia del Arzobispo de Buenos Aires, cardenal Mario Poli, del Regimiento de Patricios de Buenos Aires y numerosa concurrencia allí presente.

El berrinche que se agarraron todos los zurdos del país fue monumental.

Y la críticas más ácidas estuvieron dirigidas contra la Iglesia y no nada de reproches contra este Jefe de Gobierno. Era previsible. Como hemos adelantado en nuestra entrada anterior, esta reacción no es racional: Quien no tenga fe o practique una religión distinta o no practique ninguna, no tiene motivo para sentirse agraviado, por que esta Consagración no significará nada para él. Pero si su religión es el anticatolicismo, entendemos mucho mejor aquellos enojos, ahora olvidados.

Pero el hecho ha permanecido tal cual se lo hiciera; y creemos que Dios no lo echará de lado, porque cualquiera que hubiese podido ser la causa que movió al autor de esta Consagración, a la hora de su efecto no tiene relevancia de ninguna especie, dado que las autoridades públicas manifiestan sus acciones de forma exterior y objetiva por razón de su oficio público sin importar su interés particular, fuera éste coincidente o no y, por lo mismo, con prescindencia de sus intenciones. En todo caso sus intenciones íntimas militarán decisivamente en su virtud personal, a no dudar, si hubiese ido en ellas su conformidad con el acto exterior. No obstante, no gobiernan por un derecho propio sino por delegación del Cielo, como recordase Jesús a Pilato en tremendas circunstancias, sin que el Gobernador de Judea pudiese impugnar lo que acababa de oir ni, tal vez, lo comprendiese demasiado. Por lo tanto, esos actos son plenamente eficaces en el sentido declarado, exteriorizado, con exclusión de toda otra consideración.

De manera que Buenos Aires, ciudad que lleva el nombre de la Bendita Madre de Dios y habiéndose invocado para ese acto el auxilio el Corazón Inmaculado de María, tal como lo indicara el Jefe de Gobierno, ha quedado consagrada al Corazón Sacratísimo de Jesús.

Eso es inapelable.

Ánimo pues; esta batalla se está librando en este preciso momento entre las potencias infernales y el Rey del Universo; y estamos del lado vencedor.

martes, 24 de marzo de 2020

Tropiezos

No vivimos días apacibles. Lo que otrora fueran días penitenciales voluntarios aconsejados por la Iglesia, han devenido en obligatorios y en la celda de cada cual. Se crea o no en los terroríficos términos en que nos dirigen sus nada inocentes mensajes la Organización Mundial de la Salud —órgano de la ONU para la difusión del abortismo y el feminismo— lo cierto es que el asunto este avanza lenta pero seguramente. Mas no en todas partes igual. Y esto es lo llamativo.

México comenzó con su cosecha de enfermos pocas semanas después que Italia. Con una población que supera los 120 millones de habitantes y casi 2 millones de kilómetros cuadrados, según las fuentes habitualmente desinformativas debería estar “ahorita mismo” cursando una etapa desastrosa de la enfermedad a la cola de la península mediterránea, como correspondería a un ajuste previsto a la disciplina universal instalada en estos últimos meses. Pero críticas más o menos a quien hasta hace pocas semanas era adulado por la prensa izquierdista por sus supuestas ideas de avanzada y reformistas, lo cierto es que a este momento, horas finales del día 24 de marzo, México cuenta 367 casos de infección y cuatro víctimas fatales.

Inversa proporción a la tremendas críticas que ha merecido el presidente López Obrador, quien se ha mantenido firme en su rechazo a las políticas mundiales de control poblacional terrorista y ha garantizado en general a su pueblo que seguirá así mientras se pueda y, después, se irá viendo. Es un desafío a la OMS, a la ONU y a todas las siglas que manifiestan al NOM. El hombre es un pragmático, como dicen ahora y tiene criterio propio para estas cosas. Siguiendo el caso del cuco que se utiliza para aterrar a todos los confines de la tierra, Italia, México debería contar pues una enorme cantidad de infectados y muertos. Pero no es así y los hechos parecen negarle la razón al sometimiento y la docilidad ideológica que imprime la tiranía de las organizaciones internacionales.

Un caso notable, tal como lo ha resaltado un medio local hace unas horas.

“Casualidá”, refunfuña el escéptico mirando de soslayo, salvo que prefiera, como han hecho muchos analistas, coleccionistas habituales de connotados fracasos, poner la legitimación de sus opiniones en el futuro, época para la cual, si no sucediese lo que predicen, el mundo habría olvidado sus sandeces y les autorizaría seguir dictando sus majaderías sin temor al ridículo.

Pero lo realmente llamativo es otra cosa.

Este señor, López Obrador, a quien nadie en su sano juicio llamaría “católico” ni nada que se le parezca, en una conferencia de prensa donde ha comunicado que México mantendría su criterio propio para enfrentar la peste, ha exhibido orgullosamente dos Detentes que, asegura, le han hecho llegar personas del pueblo y que él siempre lleva encima; tanto como para mostrarlos recién sacados de su billetera. Estos sacramentales están profundamente unidos a la tradición católica ibérica y por supuesto, mexicana, como nadie bien informado ignorará, pues eran públicamente llevados al pecho por los soldados cristeros en la epopeya de los años '20 del siglo pasado contra la Masonería o por los soldados carlistas en la Cruzada Española de 1936.

Es imposible no quedarse impresionado por este gesto del Presidente de México. Que haya llamado a estas pequeñas insignias “amuletos” y hasta que las haya comparado con otros objetos probablemente idolátricos —asigún afirman los cronistas, no siempre veraces—, no quita que el hombre invocara al Sagrado Corazón de Jesús como lo haríamos nosotros. No es irrelevante que México haya sido consagrado al Sagrado Corazón el día 11 de octubre de 1924 por los Obispos católicos de entonces, ni tampoco que posea el monumento al Sagrado Corazón más importante de América en el Cerro “El Cubilete”, santuario que fuera dinamitado por las tropas de Plutarco Elías Calles en 1928 y reconstruído a partir de 1944. La Consagración fue renovada dos veces más por los obispos, en 2006 y en 2013.

Será esto todo lo casual que se quiera, pero son hechos sólidos y verdaderos. Claro, para nosotros no son casualidades de ninguna forma, pero vaya uno a decírselo a quien tiene necesidad de saberlo y obligación de hacerlo, sin recibir miradas socarronas y pestíferas acusaciones.

Dos cosas más todavía.

Como no se nos ocurre, al menos por ahora, que los Obispos de la Argentina fueran capaces de hacer una cosa así, le proponemos al Presidente Alberto Fernández que lo haga él; garantizándole que, llevándolo a cabo con la suficiente seriedad y renunciado públicamente a sostener el crimen del aborto, la Argentina será preservada de los efectos pestíferos de esta infección y sobre todo de las consecuencias sociales y económicas de las desastrosas acciones que se están llevando a cabo. Quien no tenga fe, no hay razón para que se sienta agraviado por ello; quien la tenga, tendrá no solamente un consuelo necesario en esta hora, sino la seguridad del auxilio del Cielo del que tan precisados estamos.

sábado, 21 de marzo de 2020

Un día déstos...

No había mucho sobre lo cual escribir o había demasiado; es igual. Aquel silencio nuestro hoy lo rompemos con no poco temor y esperanza. Y porque los sucesos desencadenados estos días, sin lograr despertar nuestra perplejidad, nos ponen, sí, en estado de alerta.

Pretextando el salvaguardo de las vidas, la ciudad se ha convertido en un cementerio. No es uno cualquiera; de vez en cuando se oyen voces horrísonas como saliendo de alguna tumba de consorcio, apostrofando a quien ose caminar por la calle; parecen sonidos del odio, el egoísmo y el individualismo que dos siglos hace ya, se ha venido fomentando en las almas para deshacerlas, entumecerlas, ahuyentarlas.

Pero está claro para cualquiera que en los cementerios no hay un alma...

Esta supuesta peste ha hecho emerger lo peor de muchos. Es de esperarse que esta emergencia se balancee con la otra tabla del tobogán, la que hace surgir lo mejor de todos; mas no somos demasiado optimistas en ese sentido. Siempre hemos creído que la afamada “marca de la Bestia” en la mano, son las malas acciones, así como la de la frente son los malos pensamientos. Contra algún que otro maniqueísmo generalizado –pura y dura pereza intelectual– debe saberse que el bien es la esencia de todo hombre, hecho bueno por Dios N. S., pero el mal ¡el mal...! está adherido a sus pasiones –de suyo accidentales y ni buenas ni malas– como la garrapata al perro ocioso.

Virus más o menos, la humanidad presente no parece poseedora de aquellos rasgos de heroísmo, desprendimiento y hasta de una cierta caridad incoada que ofrecían a nuestra admiración inclusive muchos pueblos paganos de la antigüedad; no digo nuestros venerables antepasados cristianos, a quienes lo presente repugnaría en lo más hondo por su bajeza esencial.

Lo de hoy es peor que el paganismo; ellos tenían por lo menos el sentido sobrenatural –erróneo e idolátrico, sí, pero sobrenatural– de la vida, la muerte, el matrimonio, la nueva vida que viene... Nuestro tiempo sólo piensa en salvarse la vida, esa miserable vida de hombre moderno, rico o pobre, pero instalado en ese esponjoso “bienestar” que le mangonea el Estado democrático y que le brinda a cuentagotas a cambio de la entrega de los jirones pertinentes de su alma eterna. Bien decía un profeta contemporáneo que los enemigos del Alma eran tres: El demonio, el mundo, la carne y el estado.

Es lo que tenemos como saldo de esta supuesta epidemia o lo que en definitiva fuera, pues para epidemia mundial o pandemia no está suficientemente crecida y es menos que adolescente, con menos víctimas que la gripe tradicional, los accidentes de tránsito y, por supuesto, muchísimas menos que el aborto, pero suficientes para tremolar de miedo a media humanidad y, no menos cierto, hacer reir a la otra mitad, que no se resigna a llorar por esta causa. La cual mitad segunda no lo hace público para no soportar el escarnio de sus vecinos con los cuales convive, moribundos de terror y no de COVID-19, o el vejámen de los medios de perversión social. Lo cierto y verdadero es que en muchos países se ha establecido un régimen policial terrorista que ha obligado a todo el mundo a meterse en su casa y a no salir, so pena de intervención policial. ¿Hubiéramos creído posible hace un par de años atrás que se encerraría a cal y canto a los sanos, lo que siempre se hizo solamente con los enfermos...? Ni soñando. Y los vehículos y helicópteros policiales sobrevuelan a los prisioneros domiciliarios para hacer ostensión de su presencia y mantener domesticados a los gatitos.

Pero hay un clamor que no tiene prensa ni audiencia: En la Argentina hay 10 millones de personas obligadas al paro forzoso que no cobran estipendio alguno, si no trabajan; para ellos la amenaza no es algún virus, remoto aún, sino el hambre, la desesperación y acaso el crimen; o sea el Estado democrático terrorista. El pretexto para ignorar su suerte y que se oye predicar a unos políticos habitualmente sociales y progres, titulares de una encomiable sensibilidad de cocodrilos, a los eclesiásticos “en salida” y unos gremialistas supuestamente combativos y parlanchines pero ahora misteriosamente silenciosos, es que “no se puede privilegiar la economía por encima de la vida”; lo cual, en boca de estos liberales marxistoides, materialistas recalcitrantes, es un agravio por la ironía burlesca que encierra. ¿Qué les ha importado jamás la vida a estos monigotes de satanás, mil veces abortistas, promotores de la genitalidad más brutal –y decimos brutal y no bestial, porque las bestias usan del sexo para conservar la especie–, cultores de la eutanasia y del desenfreno económico más indigno y cruel? No, no es algo que se pueda soportar sin ira, escuchar a los otrora profetas de la prioridad absoluta del liberalismo económico o del economicismo social –las dos caras de la medalla del materialismo crudo– mostrarse ahora como los protectores de una vida que han despreciado sin rubor ninguno y por todos los medios a su alcance. Se nos ocurre pensar que lo que frase tan rimbobante encierra es en realidad la expresión de una cruda verdad surgida del egoísmo a ultranza que es su regla vital liminar: la economía de los pobres no puede estar por encima de MI vida.

La verdad sin embargo es muy distinta: hay varios millones de cuentapropistas es decir, trabajadores independientes que viven de lo que producen y cobran su gaje día tras día para sobrevivir, con prescindencia o al margen de estos o cualesquier pensamientos teóricos económicos o filosóficos –de mala filosofía. No son asalariados, ni estipendiarios del gobierno envilecedor de turno sino gente laboriosa que vive de su trabajo personal. Profesionales, comerciantes, artesanos, transportistas, simples trabajadores que cotidianamente ganan su pan. En esta situación de histeria colectiva movida por el terror inseminado artificialmente, su suerte vale menos que “la vida de los otros”, como si la de ellos no fuera suficientemente valiosa y mereciera ser reducida, en esa ecuación y sólo Dios sabe por qué maligno arte del birlibirloque, a ese término difuso y tramposo “Economía”, trampeándose lo que en verdad es para ellos nada menos que el más importante sustento de la propia vida; o como si las potenciales víctimas del bicho fueran a ser tantas que superasen a los varios millones de despojados y potencialmente condenados a muerte. Sólo este crudo materialismo, dialéctico más que nunca, era capaz de causar semejante atrocidad. Mientras se emocionan cantando con la Negra Sosa que el mundo no les sea indiferente... Y es esta criminal indiferencia por la suerte de toda una clase social, justamente, sumado a la universal propagación del pánico por los medios de perversión social –televisión, radios y los misteriosos y mentirosos mensajes reenviados de las redes sociales– lo que nos lleva a pensar que esto, sea obra de quien fuera y terminase siendo lo que fuese, no es otra cosa que la consecuencia de una planificación demasiado minuciosa para ser espontánea o sobreviniente, destinada a provocar el caos social y la consiguiente imposición de una disciplina férrea a base del terror. Al final de la cual podría vislumbrarse la aparición de un todavía desconocido salvador...

No se puede cerrar esta revista sin mencionar la tremenda apostasía generalizada demostrada por aquellos mismos que deberían ser soporte y custodios de la Fe, pero han dado por contento su trabajo con suspender el culto público en casi todo Occidente católico. El sueño del anticristo hecho realidad de la mano de un bicho discernible solamente en un microscopio o, acaso, en un estornudo seguido de tos seca. El primer paso, increíblemente, ha sido dado por la Conferencia Episcopal de Italia, país donde reside el Papa y quienquiera sea éste, pues por ahora tenemos nominalmente a dos que llevan tal nombre. Y el lugar donde parece ser, contando únicamente las fronteras políticas que son puramente ideales, que el famoso bicho se ha cobrado la mayor cantidad de vidas. Ciertamente, no más que otros infortunios u otras pestes pasadas y presentes, como la gripe común o Influenza que, por muchos cuerpos (Santo Dios, que horrible metáfora...) le lleva funeral ventaja y, por supuesto, muchísimas menos que el delito, el aborto, el suicido –notablemente incólume a la cabeza de las causas de muerte en España– o los riesgos del embarazo, por cierto más heroicos y encomiables.

Que lo mencionamos al pasar, nomás. Porque ninguna de estas causas ha sido tratada con el mismo status panicus que el innoble coronavirus ni ha merecido prácticamente ninguna profilaxis preventiva o defensiva en este apóstata mundo por la parte civil. No hemos presenciado, al menos en gran escala, rogativas ni Misas para aplacar la más justa que nunca ira de Dios, ni el tradicional y corajudo desafío de los clérigos a las leyes de los hombres cuando se tratase de traerle el Cielo a los hombres, a sabiendas que la Liturgia es una continuación de la Encarnación por otros medios, en medio de una tierra devastada. Ilusoriamente devastada, en realidad; por el terror a una muerte sin eternidad y por esa cobardía atroz como es querer vivir para siempre una vida insignificante con coche nuevo y medicina prepaga.

“¿Habrá fe en la tierra cuando vuelva el Hijo del hombre?”

Está escrito que Cristo vuelve como un ladrón, que llamará a la puerta, que es la llave de David, y que toda la creación suspira por ese día pero que habrá antes una inmensa apostasía. Y también que Dios protegerá a sus elegidos para preservarlos de la gran tribulación y de Su santa cólera. Lo cual significa también que los protegerá de la apostasía; de no, no habría a quien proteger.

Con San Juan Clímaco creemos que la esperanza es la imagen presente de los bienes ausentes; y si es cierto que Cristo no ha vuelto tantas otras veces que se creyó inminente su Venida no lo es menos que, cuando Él venga, nadie lo estará esperando. Ahora ya nadie Lo espera. Ni el Papa habla de eso. Pero que tiene que volver es un hecho, pues está también escrito que debe entregar Su Reino al Padre; y para que esto sea posible es necesario que Él reine; no Se va a presentar al Padre con las manos vacías. Pues para reinar tiene que volver.

No es que sepamos con certeza de hombres que nos hallamos ante la anhelada Parusía ¡qué más quisiéramos para esta hora; qué consuelo infinito sería saber que, al fin, todo esto no era más que el ocaso del mundo que pasa y adviento del que viene prometido y que lo presente será, al fin de cuentas, la olvidable y final tramoya que desencadenará la anhelada Segunda Venida! El precio de tal recompensa seguiría siendo desproporcionadamente bajo.

Pero las certezas de la Fe no son certezas de hombres. Son certezas para los hombres. Cuya aceptación no dependerá de microscopios chinos de ultimísima generación ni de suspicaces estornudos sobre las mangas, ni mucho menos de humanas claudicaciones pastorales o de calculadas y cándidas apostasías públicas ni del siempre renovado y usual terrorismo político democrático. Nada de todo eso sirve.

“...la corona de justicia me dará el Señor... en aquel día, y no solo a mí sino a todos los que hayan amado su venida (II Timoteo 4, 7-8).

La verdad es que no sabemos nada que no sepan los demás.

Pero por que amamos su Venida escribimos esto.

jueves, 14 de junio de 2018

14 de junio: Día de Derrotas

Ya nadie puede dudar que el 14 de junio es una fecha siniestra para la Argentina. Derrota de Malvinas en 1982, derrota parcial de los bebes argentinos en 2018, ambas con implicación de masónicas manos. Según los desalmados que votaron por el aborto esta madrugada —hora de tinieblas— ahora las madres podrán asesinarlos a piacere. Eso de madres, desde luego es una mera licencia idiomática generda por la inercia del idioma, no por una apreciación moral; nosotros no aceptamos eso de las “pobres mujeres desesperadas” que matan a sus hijos, sean fruto de lo que fuera, aún de una improbable violación, para supuestamente aliviar su dolor: eso es egoísmo puro y duro. Matar siempre ee malo, es pecado y cuando se hace con un hijo, es abominable cualesquiera fueran las circunstancias.

Ahora, para ejemplo de las generaciones futuras, vamos a dejar estampados en nuestro blog los nombres de los miserables y canallescos desalmados que votaron afirmativamente por la legalización del aborto, llamado entre nos, eufemísticamente, como despenalización del aborto, algo que, ciertamente, no es.

Que los malvados se arreglen con Dios y los que resistieron, tengan su merecida recompensa; pero nosotros, ahora, no olvidaremos los nombres de unos y otros, a causa de esa razón de bien público que exige no ser demasiado estúpido incurriendo en el mismo error varias veces. No sin antes dejar bien declarado que esto sólo ha sido posible en este repulsivo medio “democrático, moderno y progresista”, como calificaron esos emasculados que se autodenominan conferencia episcopal al régimen imperante, al cual se negaron a enfrentar para poner a buen resguardo la salvación de las almas, como hubiera sido su deber. Sépase bien que todos aquellos que, por acción u omisión, han colaborado con esta agonía, están excomulgados; aunque sen obispos, y sobre todo si lo son.

Muy pocos, casi nadie, ha hablado en estos días de algo que está con toda seguridad en todas las mentes honorables: plan diabólico, pecado mortal, juicio final, infierno... penitencia y oración.

Esta es la hora de los canallas y los desalmados. Por lo menos, conozcamos quiénes son y recemos con esperanza...

domingo, 18 de febrero de 2018

Ochenta años, don Leopoldo

Hoy hemos vuelto para honrar otra vez a un agobiado inolvidable. Porque ya lo hicimos hace algunos años.
Cuando menos, para pedir para él las oraciones que toda alma requiere una vez que ha abandonado este mundo. Lo dejó hace 80 años de mala manera, en una feroz atropellada con Tropezón y caída que contrarió las leyes de Dios y de la naturaleza; que son las mismas y por eso son eternas. Y que deben respetarse.
Pero no podemos olvidarlo; su prosa limpia y exacta, su poesía única y perfecta, sus maneras argentinas y castellanas que no han encontrado todavía paralelo ni parangón y que se resisten a dejar de ser la causa ejemplar y la referencia ineludible para las letras argentinas e ibero-americanas.
¡Esa pobre alma atormentada...! ¿Cómo olvidarla? Por eso lo encomendamos a las oraciones de nuestros (pocos) lectores. No nos importa porqué se mató ni nos gusta escribir ni difundir culebrones sobre el asunto, ni aprovechar su tragedia para engalanar gratuitamente o a una nieta guerrillera o endilgarle un hijo supuestamente torturador. Su muerte la habrá arreglado él mismo con Dios Nuestro Señor, el Creador. Nos importa, eso sí, que su figura inmensa, su pluma augusta y su nombre limpio no caigan en manos de oportunistas, logreros e hijos simulados de prosapias que ni las merecen ni las respetan. Ni queremos aprovecharnos de los mitos creados por un periodismo irresponsable, macaneador y pervertido —vamos, periodismo puro— que ha hecho del poeta un dilecto blanco para arrojar basura contra la Patria.
Por eso lo recordamos en esta hoja y pedimos para él oraciones al Altísimo. Los homenajes, por ahora ni los hacemos ni los queremos.

viernes, 27 de mayo de 2016

“La Revolución de Mayo”, por Mario Accorsi

H
a caído en nuestras manos gracias a la generosidad habitual de un querido amigo, la obra “La Revolución de Mayo” del joven autor Mario Accorsi y que ha sido recientemente puesta a la venta por “Gárgola” Editores. Es prácticamente del tamaño de un folleto, con 125 páginas en cuerpo mediano, editado con elegancia aunque con algunos errores sintácticos y gramaticales menores sobre todo, en los tres primeros capítulos.
La obra, aparecida prácticamente en las vísperas del Bicentenario de la Independencia de Julio -onomástico que amenaza ser pasado por alto por las autoridades de ocupación de la pobre Nación Argentina- hace un resumen y pasa revista a las más imporantes cuestiones relativas a los episodios de Mayo, como por ejemplo: las hipotéticas influencia jacobina, influencia de la Independencia norteamericana sobre la nuestra, influencia inglesa, verdadero sentido monárquico y tradicionalista de los líderes más conspicuos de Mayo, y por fin, el punto más debatido de todos, que es si realmente existió una voluntad independentista en sentido absoluto y no una mera reafirmación autonómica, amenazada por la política de los Borbones y por los sucesos bonapartistas en Europa.
Todo ello, en precisas y preciosas grajeas que no dejan al acaso punto importante alguno, los cuales trátanse con espíritu sintético pero con exacto rigor científico.
Recordemos que tanto la Izquierda liberal, como los liberales de la Línea de Mayo-Caseros, coinciden con algunos pobres ilusos del carlismo -vernáculo o transoceánico- en caratular la Revolución de Mayo como un rebrote autóctono del jacobinismo revolucionario francés, lo cual no puede estar más alejado de la realidad y de las conclusiones que ofrece la historiografía disponible. Mucha de ella -y acompañada por las citas de afamados autores como Enrique Díaz Araujo, Roberto Marfany o Ricardo Zorraquín Becú- es utilizada por el autor para despejar las incógnitas que, tomadas como datos de la realidad, plantea como desafíos para el historiador.
No dudamos en recomendar el altísimo valor didáctico de esta obra, en particular, para quienes se sienten aficionados a la Historia Patria sin estar debidamente acreditados como historiadores sino como meros espectadores. No estaría demás emplear esta obrita en los colegios secundarios como refuerzo de los indigeribles manuales escolares oficiales en el año en que recordaremos la Declaración de la Independencia argentina; la cual, como dijera don Juan Manuel de Rosas en su discurso a la Legislatura de 1836, nos fuera impuesta más por la fatalidad que por nuestra voluntad.
Editó Gárgola, para su colección Revoluciones. En Buenos Aires y julio de 2015.

martes, 17 de mayo de 2016

Campo minado

Ese es el título, en inglés, para la película danesa Under Sandet (algo así como “Bajo la arena”) y cuyo asunto es el trato ilegal dado a los prisioneros de guerra alemanes por parte de los británicos después de la rendición en 1945, los cuales eran obligados a desenterrar las minas colocadas en las playas en previsión del desembarco aliado. Demás está decir que esta tarea está estrictamente prohibida en las Convenciones de Ginebra sobre tratamiento de prisioneros de guerra y que los alemanes jamás obligaron a los prisioneros a desarmar artefactos explosivos, pese a ser los malos del cuento. El asunto, pues, no es novedoso, pero forma parte del temario que solamente abordan los intrépidos y los sinceros, nunca los “correctos” y, en general, en medio de una escasez de recursos de producción rayano en la risa. Y es más, es de la clase de asunto del cual no se habla, o si se habla, se minimiza aludiendo a los judíos, a los rusos, a los polacos y -en medios católicos- al carácter pagano del nazismo. Como si la Unión Soviética, Estados Unidos, Inglaterra o la Francia Masónica del Frente Popular hubiesen sido campamentos de Acción Católica... Propiamente, un campo minado.

La película es de bajísimo presupuesto pero, no obstante, su desarrollo visual es -de la mano de una excelente dirección y una peculiarmente buena fotografía- de primerísimo nivel, así como el argumento resulta atrapante y bien presentado en su progresión hasta el final.

Si hiciera falta, esta película prueba que el buen cine es posible sin torrentes de lubricidad, efectos especiales, depravaciones sin cuento o sangre de tomate.

Ahora que, el asunto principal es triste y terrible y un espectador, dotado de un innegable buen sentido, ha querido calificarlo “como si fuera un accidente de trenes”: espectacular en su inicio y desarrollo, pero con un final horrible. Así es esta película o, mejor dicho, su argumento. Alemania no fue un país derrotado: fue un país devastado intencional y meticulosamente, y los otrora enemigos durante la contienda -eso fueron los dinamarqueses, cuyo territorio patrio fuera invadido por Alemania para permitir la defensa de Noruega, próxima a ser invadida por los francoingleses (y no con perfumería...) cuentan hoy la historia de una pequeña porción de este inmenso drama.

La película no la podemos recomendar por el asunto que trata no obstante hacerlo magníficamente bien, pues ese fondo es triste y feo: tanto, que el propio verdugo del comienzo, un suboficial inglés, termina por solidarizarse con sus víctimas; pero sí cuanto es una prueba palpable del bien hacer en materia de cinematrografía, algo que nos está faltando a gritos, pese a la oferta desenfrenada de celuloide electrónico, casi todo basura inmoral, que atesta y apesta “el mercado”.

martes, 10 de mayo de 2016

La Creación del Trabajador

La teología católica asegura que nadie es tentado más allá de sus fuerzas o, lo que es lo mismo, que Dios Nuestro Señor da a todos las gracias que le son necesarias para no pecar y salvarse.

Pero hay tentaciones y tentaciones, qué embromar. Hemos resistido cuanto hemos sido capaces de soportar, la tentación de demostrar que el peronismo fue más una efervescencia religiosa, un movimiento precursor zurdo-religioso-tercermundista, antes que una mera corriente política y social que, finalmente, desbarrancó un país relativamente rico y ordenado en la locura imparable del desencuentro, la violencia y la pobreza. Pero un paseo al simple acaso y a las puertas de la tercera edad por un suburbio bonaerense, nos ha quitado el resto de compostura burguesa arrojándonos al crisol de la pasión política desmadrada. ¡Y ved, noble lector, si la imagen no valía la pena!.

Pinche sobre la imagen para verla en todo su esplendor

Visto en el Partido de 3 de Febrero, Provincia de Buenos Aires, bajo el título -que no se ve en la fotografía- de "La Creación del Trabajador".

miércoles, 27 de abril de 2016

No he muerto: descansaba

a probada fidelidad a este blog de algunos lectores —que honra a su parte, que no la nuestra— exige alguna que otra explicación. Nada de disculpas ni justificaciones que no son nuestro estilo. Pero sí explicarnos, porque una ausencia de seis años redondos no es tan poca cosa como para entrar por la puerta como si nada hubiese pasado y preguntar despreocupadamente “—¿Qué hay de nuevo...?”.

La tarea intelectual, por poco que se valore lo que aquí se ha hecho y aún compadeciendo las limitaciones estratoféricas del autor, es desgastante, cansadora y pesada. No debería hacerse un intento de corte periodístico, como es este, sin ayuda del exterior, que es lo que dice Keynes hay que hacer cuando falla la economía de un país. Por guapo que uno se crea, la vida seguirá su curso y sus exigencias serán prioritarias para quien no tiene aseguradas la vianda, el techo y la honra.

Así pues, lo cierto es que descansábamos plácidamente. Y ese era todo el secreto de nuestra ausencia.

Un exceso de Fraternidad

Los amigos de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X han sido puestos en una encrucijada por el sedicente papa Francisco. Se les ofrece, o se les impondrá —vaya uno a saber con este pontífice— un tipo de estructura jurídica semejante a una Prelatura personal, con el propósito de “restablecer” sólo Dios sabe qué plenitud unitaria echada en falta, o qué otra exigencia que los haría, si acaso, más plenamente católicos o menos “cismáticos”. Lo real es que la situación efectiva de esta esforzada asociación irregular nunca jamás ha sido debidamente aclararada por nadie, ni de adentro, ni de afuera, lo cual hace mucho más difícil juzgar el acierto o desacierto de un “Acuerdo” así como su conveniencia y, desde luego, su oportunidad. Y precisamente esta indefinición jurídica es lo que ha suscitado, junto a las sospechas fundadas en experiencias amargas anteriores y en toda clase de diatribas insensatas que han recaído gratuitamente sobre la organización, la resistencia interna de la muchachada, que busca para lo presente autoasignarse las banderías de “acuerdistas” y “antiacuerdistas”, según lo aconseje el propio juicio.

Por nuestra parte, hemos adelantado ya en el pasado nuestro parecer negativo frente a esta posibilidad, inclusive mucho antes del sorpresivo advenimiento de Jorge Mario Bergoglio como Obispo de Roma, apoyados en la prudencia que exige tan delicado asunto y, ahora no menos, en la personalidad y dudosa doctrina de quien concedería este novedoso status. Es cierto, por lo demás, que una lucha tan singularmente virulenta y duradera como la que ha llevado adelante esta Fraternidad no la creemos ni por un instante obra única y exclusiva de hombre, pero claramente signada por el favor divino en más de una ocasión, lo que demostraría también que el estado de situación presente es la voluntad divina. Sabemos inclusive de ciertos milagros a la antigua ocurridos en sus entrañas, llamémosle sociales, con sorpresa de muchos que seguían pensando que los amigos lefes eran cismáticos por que a algún masoncete se le había ocurrido afirmarlo trepado a un membrete y un sello de goma.

Siete años atrás, casi justitos, decíamos así:

A la vez, la unidad de la susodicha Fraternidad San Pío X, el más notorio y supuestamente monolítico movimiento antimodernista en la Iglesia, es blanco de toda clase de ataques y bombardeos mediáticos, con el fin de levantar la sospecha interna contra sus autoridades, fomentar la división entre sus miembros y obtenerse la consiguiente depresión de los integrantes y seguidores. Y así, dispersarlos definitivamente. De momento, la falta de regularidad canónica de dicha asociación (o lo que sea que esta es) es una verdadera bendición para ellos, por que los ataques deben realizarse necesariamente desde fuera y no es posible imponérseles ninguna clase de cuña jurídica interior; puesto que, desde la óptica de los modernistas y de ciertos círculos vaticanos, se trataría tan solo de un movimiento puramente cismático que está fuera de la Iglesia; y que no ha merecido nunca, ni merecerá ahora, el trato demagógico y untuoso que se ha dado a verdaderos cismáticos como los protestantes; para citar solo un ejemplo. De manera que resulta imposible, desde todo punto de vista, ingerir en su funcionamiento y constitución interna, sin previamente admitírselos con capacidad plena dentro de la estructura jurídica de la Iglesia, algo que todavía se ve lejano. Los ataques contra dicha Fraternidad no deben considerarse, por lo tanto, cuestiones aisladas o ajenas al Cuerpo mismo de la Iglesia, porque demuestran a las claras que el modernismo conoce con bastante aproximación su talón de Aquiles; y reconoce desde dónde podría provenir la restauración eclesiástica que tanto desea impedir, y cuáles serían los peligros para la futura religión sincretista que tanto anhela construir.
y no hallamos la razón para cambiar ni una iota.

A lo dicho solamente deberíamos agregar que la indefinición sobre el status real de la Fraternidad no se ha despejado en la más mínima parte, de manera que sigue siendo un misterio real cuál sería aquél, su déficit presente, que obsta para merecer el sellito anhelado de “comunidad plena” con la Iglesia. Este misterio es la causa profunda de las divisiones internas que un arreglo temprano posiblemente radicalizará, al no comprenderse, no verse por ningún lado, la utilidad real de un paso tan determinante como peligroso en las presentes circunstancias. Y ya se sabe a quién nos referimos.

El dedo de Fellay en el timbre correcto...

Sin duda que a instancias del ocupante de la Residencia de Santa Marta, es que ha sido la Argentina el campo de pruebas respecto a la Fraternidad; por de pronto y desde muchos años atrás, los matrimonios celebrados en los diversos prioratos eran insciptos en los registro de la Arquidiócesis de Buenos Aires a instancias del entonces cardenal arzobispo Bergoglio. Asimismo, el actual Ordinario de Buenos Aires, cardenal Poli, ha solicitado, ya poco más de un año ha, que las autoridades civiles reconocieran a la Fraternidad como Congregación religiosa. Entonces nos preguntamos ¿qué otra cosa haría falta...?

Deseamos lo mejor para la Fraternidad San Pío X y, deliberadamente, dejamos de lado ciertas honduras y matices de la cuestión que ofrecen, a nuestro pobre juicio, solamente argumentos para desbarrancar y nunca para acertar y que, sospechosamente, vemos como florecen en blogs que podríamos hasta llamar amigos, al menos en un sentido amplio, y que pujan —contra toda prudencia— para forzar el arreglo empantanándose en la actual situación irregular de la FSSPX. La cual, como acabamos de demostrar, ya no existe.

jueves, 15 de abril de 2010

El Cardenal hablaba en sánscrito ...

En el magnífico blog Secretum meum mihi encontramos esta exqusita perlita, consistente en un reportaje al Cardenal Darío Castrillón Hoyos, prefecto emérito de la Congregación para el Clero y de la Comisión Ecclesia Dei.

El Cardenal expone sin vueltas de ninguna especie el problema de la supuesta “pedofilia de los sacerdotes”, declarando que los casos denunciados son ínfimos con relación a los 410.000 ordenados que existen en todo el mundo; también deja en claro que, a pesar de aparentar ser el castellano la lengua común a entrevistadora y entrevistado, la comprensión parece algo remoto e imposible. Y de paso, deja entrever que la mayoría de los casos denunciados son falsos...


No quisiéramos parecer cargosos —a decir verdad, el soñoliento paso del tiempo transcurrido desde nuestra anterior entrada pareciera eximirnos plenamente de este borrón— pero esta campaña de desprestigio contra la Iglesia, su Divino Fundador, su Vicario y su Cuerpo Místico, está anunciada en varios noticieros que le llevan unos 2.000 añitos a la catostante CNN.

lunes, 29 de junio de 2009

¡Fiesta Cívica! ... el día después

«El día después» es de ordinario el del decaimiento, la depresión y la tristeza. Se trate del ocaso del “optimismo” —ese imbécil y falso entusiasmo de creer asequible una posibilidad incierta e improbable que no debería razonablemente esperarse— de una elección política, o del final, nada glorioso y quasi vergonzoso, pero seguramente menos indecente, de una borrachera. «El día después», es el reproche de una conciencia insatisfecha con la inconsciencia de la fechoría mal urdida y peor ejecutada. Y el sabor amargo de una derrota pregustada ya en el derroche moral de una conquista efímera.

Abajo va puesto, entonces, un modesto sufragio para sobrellevar el dolor de lo presente.

Se ha esbozado la naturaleza de la política en una concepción católica. Pero ¿es posible realizar una política cristiana?

Según se insinúa (...), querer volver a una política cristiana sin el Espíritu cristiano que mueve las almas no sólo es imposible, sino que sería lo más pernicioso que pudiera acontecer a una nación y a la misma política cristiana. Sería reproducir el grave error de la Acción Francesa. Ideólogos que fabrican una política de encargo, sin metafísica, teología ni mística.

Si es así, ¿para qué, entonces, estas páginas de política cristiana? Misterio fecundo será siempre si logramos llevar a otros la convicción de que la política, tal como la quiere la Iglesia, no es posible sin Jesucristo. El es Vida, Verdad y Camino, y no hay nada, absolutamente nada, que sea en verdad humano que pueda lograr su integridad sin El. Más: todo lo humano que sin El nazca y se desarrolle caerá bajo la protección del diablo. La política, pues, la política concreta, militante, del mundo moderno, que debió ser cristiana, y por malicia del hombre no lo es, está amasada en cenizas de condenación.

Pero he aquí que este mundo se deshace. El hombre moderno había cifrado su ideal en realizar el “homo oeconomicus”, el hombre regido por sus necesidades económicas. Y creyó haber triunfado. Despliegue gigantesco de industrias, obra del hombre y para el hombre.

Pero llegamos a un punto en que el “homo oeconomicus” siente que todo en él es barro. Se deshace este mundo imbécil que pretendió ser cómodo sin Jesucristo. No que Cristo le haga cómodo, pues la Cruz es lo opuesto al “confort” de los burgueses. Pero la locura de la Cruz, al mismo tiempo que restituía al hombre a la participación sobrenatural de la vida de la Trinidad, le salvaba la integridad de su propia condición humana, hacía posible su vida en el destierro,

La Iglesia y Cristo, su cabeza, nunca han prometido más de lo que la realidad presente permite. “Buscad primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”. Se nos prometió, es verdad, el reino de los cielos y no la comodidad de la tierra. Mas por añadidura se nos aseguraba la habitabilidad de este valle.

Los pretendidos filósofos, en cambio, los teóricos de la política liberal y socialista, nos prometieron el paraíso en la tierra y nos han dado un confortable infierno aquí abajo y la garantía del inextinguible fuego en la vida venidera.

Por fortuna para el hombre, para los auténticos derechos del Hombre, que no son otros que los derechos de Cristo —Salvador del hombre—, este mundo estúpido se deshace. En ésta su liquidación se salvarán las piedras de un mundo nuevo. Este mundo nuevo no lo elaborarán ni la economía, ni la política, ni la ciencia, ni siquiera la sabiduría metafísica. Sólo la teología, la sabiduría divina, en su realización auténtica que es la mística o sabiduría de los santos, podrá con su hálito trocar la muerte en vida. Un poderoso soplo de santidad ha de reanimar los despojos del mundo moderno.

¿Y los católicos? ¿Andaremos, mientras tanto, afanosos por tomar posiciones a la derecha, en el centro, o a la izquierda?

¿A la derecha, en el centro, o a la izquierda de quién?

Nos rodea la podredumbre, ¿y pretendemos situarnos en el centro, o a sus lados?

Dejémosles a los mundanos estos términos, y dejémosles que tomen posiciones en las filas del diablo.

¿Haremos alianza con el fascismo o con la democracia? ¿Propiciaremos las conquistas modernas del sufragio femenino? ¿Trataremos de cristianizar el liberalismo, el socialismo, la democracia, el feminismo?

Sería más saludable que nos cristianicemos nosotros mismos. Seamos católicos. Y como católico significa únicamente santo, tratemos verdaderamente de ser santos.

La santidad es vida sobrenatural. No consiste en hablar y pensar de la santidad. Es vida. Si es cierto que toma raíces en la fe, o sea en el conocimiento sobrenatural de Jesucristo, no culmina sino en la Caridad, que es el amor de Dios sobre todas las cosas y del prójimo por amor de Dios.

La vida católica, plenamente vivida en el ejercicio de la caridad, nos impondrá, por añadidura, una fisonomía católica en las manifestaciones puramente humanas de la vida: en arte, ciencia, economía y política. La sobreabundancia de la caridad dará lugar a un arte, ciencia, economía y política católicas.

Precisamente es éste el programa de la acción católica, a la que con instancias supremas nos invita el vicario de Cristo. Acción católica, no acción nuestra, no acción de los católicos como si fuesen una agrupación partidaria que tiene que defenderse como se defienden los burgueses o socialistas y comunistas.

Acción católica: esto es, acción del Padre por Jesucristo que vive sobrenaturalmente en el alma cristiana; acción santa y santificadora; acción imposible de realizarse aunque se posea una ciencia y habilidad muy grande de las cosas de religión, mientras no se esté en contacto con Jesucristo; acción cuya eficacia no está en proporción del movimiento o de la energía desplegada, sino de la santidad de que se vive.

Acción católica, que es el apostolado de los laicos con la jerarquía. Pero que es apostolado, o sea actividad de la santidad interior que, por su sobreabundancia, se derrama y comunica.

Acción católica: he ahí la posición indispensable de los católicos. Adviértase bien: indispensable.

¿Será, entonces, necesario que los católicos abandonemos las luchas en el mismo terreno político y económico y nos concretemos tan sólo a la acción católica?

La acción católica es la posición indispensable, pero no exclusiva. Ella es primera, de suerte que no podemos ocuparnos en otra actividad si resulta en su detrimento, y toda otra actividad debe ejercérsela en cuanto tienda, directa o indirectamente, a auxiliar a la acción católica. Lo exige el sentido de la jerarquía de las obras. Jerarquía no es absorción ni negación, sino afirmación de los derechos autónomos en la unidad del conjunto.

Salvada, entonces, esta primacía de la acción católica, los católicos, teniendo en cuenta las exigencias de su fe y de su misión, y las posibilidades de su propia vocación, pueden dedicarse especialmente a forjar la ciudad católica en nuestras sociedades descristianizadas. El programa de la ciudad católica para los tiempos actuales está ya elaborado. En documentos públicos, León XIII, San Pío X, Pío XI, Pío XII y Juan XXIII han dado las bases de un orden social cristiano de la sociedad. Ningún problema fundamental, económico o político ha sido omitido. Sólo falta que los católicos, con seriedad y honradez, asimilen esa doctrina que constituye el derecho público cristiano. Digo con seriedad y honradez, porque, desgraciadamente, los católicos, en lugar de escuchar atenta y fielmente a los Pontífices, sin mezclar con lo que ellos dicen sus propias concepciones, a veces hacen una mezcla de principios cristianos con liberalismo, socialismo y comunismo, que resulta un peligroso explosivo.

Una vez asimilados los principios que han de regir la ciudad católica, hay que diseminarlos en todos los ambientes y capas sociales. Esta es, por excelencia, la obra de la ciudad católica.


Pbro. Julio Meinvielle, en «Concepción católica de la política»

martes, 9 de junio de 2009

Brevísimo relato del estado de situación de la Iglesia

or medio de una nota firmada por su Secretario, monseñor Camile Perl, la comisión Ecclesia Dei ha indicado que el Rito Ambrosiano de Milán, está amparado por la disposición de la constitución apotólica en forma de motu proprio “Summorum Pontificum”. Es particularmente sugestiva la redacción del documento, por que hace empleo de una doctrina muy razonable y sensata, tanto como dejada de lado por una multiplicidad de obispos a lo largo y ancho de todo el planeta. Dícese allí que si se ha liberado el uso del rito romano, considerado el más elevado en dignidad entre todos lo de Occidente, la regla vale con más razón para los restantes ritos latinos; deducción que se sigue del texto y natura del motu proprio y aunque no figuren expresamente mencionandos otros ritos latinos concretos.1

Pero impresiona aún más todavía, que el Padre J. Moore, un norteamericano que sede en Milán, haya desistido de seguir celebrando tan venerable rito por temor a un enfrentamiento con su arzobispo, que se opone con toda su fuerza a que esta tradicional manera de celebrar los Sagrados Misterios sea restablecida en su diócesis. El P. Moore rige una casa de estudios y la consulta sobre la vigencia del rito Ambrosiano, como los lectores pueden verificar por sí mismos, fue realizada con miras a la enseñanza litúrgica. Todos recordamos que, meses atrás, desde la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos, se recomendaba vivamente la enseñanza y aprendizaje del Rito Tradicional en los Seminarios y casas de formación de sacerdotes.

El cisma occidental, que con tanta pena anticipáramos hace un par de años como consecuencia fatal de los intentos del Sumo Pontífice de cerrar las llagas abiertas en la Iglesia por el Progresismo, se ha acelerado, como da cuenta la creciente rebelión de los episcopados de Alemania, Austria, Holanda y algunos otros aislados que desacatan en forma permanente las directivas, tanto litúrgicas como doctrinales, de la Santa Sede.

El creciente impulso que han adquirido todos los movimientos tradicionales dentro de la Iglesia, informales o no y, en especial el acercamiento de la Fraternidad San Pío X al Papa Benedicto XVI, ha congelado la sangre en las venas de los sublevados y, por esta razón, han arreciado los ataques de todo tipo, tanto contra el Papa como contra las disposiciones vaticanas que se consideran contrarias al “espíritu” del Concilio Vaticano II (versión modernista, es claro). A la vez, la unidad de la susodicha Fraternidad San Pío X, el más notorio y supuestamente monolítico movimiento antimodernista en la Iglesia, es blanco de toda clase de ataques y bombardeos mediáticos, con el fin de levantar la sospecha interna contra sus autoridades, fomentar la división entre sus miembros y obtenerse la consiguiente depresión de los integrantes y seguidores. Y así, dispersarlos definitivamente.

De momento, la falta de regularidad canónica de dicha asociación (o lo que sea que esta es) es una verdadera bendición para ellos, por que los ataques deben realizarse necesariamente desde fuera y no es posible imponérseles ninguna clase de cuña jurídica interior; puesto que, desde la óptica de los modernistas y de ciertos círculos vaticanos, se trataría tan solo de un movimiento puramente cismático que está fuera de la Iglesia; y que no ha merecido nunca, ni merecerá ahora, el trato demagógico y untuoso que se ha dado a verdaderos cismáticos como los protestantes; para citar solo un ejemplo. De manera que resulta imposible, desde todo punto de vista, ingerir en su funcionamiento y constitución interna, sin previamente admitírselos con capacidad plena dentro de la estructura jurídica de la Iglesia, algo que todavía se ve lejano. Los ataques contra dicha Fraternidad no deben considerarse, por lo tanto, cuestiones aisladas o ajenas al Cuerpo mismo de la Iglesia, porque demuestran a las claras que el modernismo conoce con bastante aproximación su talón de Aquiles; y reconoce desde dónde podría provenir la restauración eclesiástica que tanto desea impedir, y cuáles serían los peligros para la futura religión sincretista que tanto anhela construir.

En su concepción, típicamente horizontal y humanista, descreen del origen divino y, consiguientemtne, del auxilio sobrenatural que socorre a la Iglesia y, nos parece, la ven ya humanamente derrotada —en lo cual no les falta mucha razón— por lo que deben evitar a todo trance la restauracíon de una Doctrina y una Liturgia que, como quiera que sea, conocen de antemano es capaz de re-suscitar flores de santidad y el infalible espíritu misional que ha hecho de la Iglesia, al menos en el orden histórico, una institución única, mártir y de permanente predominio espiritual.

La denigración constante de la doctrina por medio de su relativización y de la santidad de los más sagrados ministerios, tarea que corre normalmente a cargo de algunos purpurados infiltrados en la Iglesia que pretenden poner en crisis la doctrina divina, haciendo llover dudas sobre la autenticiad, firmeza e inamovilidad de las fuentes de la Revelación, son más de lo mismo: lobos disfrazados de pastores que, a la postre, se ven confundidos cada vez que el Vicario de Cristo toma la palabra y dice lo que hay que decir, tal como debe decirse.

La Iglesia, a despecho de cuanta supuesta regla natural o pretendidamente “científica” ha osado ponerle límites, fué siempre un lugar donde se dieron feliz encuentro el misterio y el milagro, y muestra al presente su subsistencia misma como el hecho más asombroso de la época. A los conatos, intentos y atentados de ponerle fin desde fuera, siempre ha respondido con crecientes conversiones y mayor santidad, de lo cual es eficaz y sangriento testigo el siglo XX; a este último intento, que creemos final, de ponerle fin desde adentro, ha respondido de una manera que asombra aún más: Ha tomado fuerzas de donde parecía no haberlas más (incluyendo el destacable hecho de que S. S. felizmente reinante haya considerado conveniente desautorizar al otrora cardenal J. Ratzinger) y ha dado otro inesperado salto hacia arriba.

Los progresistas en particular y los modernistas en general, no creen que la Iglesia sea obra de Dios, obra permanente de Dios, que en todo tiempo la auxilia y la recrea desde la nada que somos sus miembros inferiores, resucitando permanentemente el Cuerpo Místico de Su Hijo, que es la Cabeza invisible.

De hecho, los modernistas no creen esto pero, según parece, quien sí lo creería sería el autor último de los ataques contra la Sagrada Liturgia que hemos presenciado —y sufrido— estos últimos años, en particular, a partir del desembargo de la Liturgia Tradicional, punto de inflexión del ataque contra el Papado y la Iglesia toda. Alguien sabe que la fortaleza de la Iglesia está en la Presencia de Cristo en medio de ella; y que esa Presencia es Eucarística.

Esta lucha presente, de la cual todo, absolutamente todo depende, parece tener poco sentido para el mundo: una Misa más o una Misa menos no hace demasiado a favor ni en contra, según lo juzgan aquellos que no ven la Iglesia sobrenaturalmente; y esta visión sobrenatural se obtiene exclusivamente desde la Fe y no por otros medios, salvo los milagros. Y el caso, es que Nuestro Señor se preguntó si habría Fe sobre la tierra cuando Él volviera.



1. Gentileza de Secretum meum mihi>. Volver arriba